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LUZ QUE AGONIZA (GASLIGHT)

>> lunes, 26 de marzo de 2012




Patrick Hamilton fue un escritor de pensamiento marxista que decidió impregnar su obra de denuncia social. Como si de un Charles Dickens postrero se tratase, sus escritos rezumaban cantos tristes al presentarnos una sociedad deprimente e injusta. No obstante, la elegía acababa convirtiéndose en una especie de bel canto, al encontrarse llena de esperanza. Hamilton creía en la idea de progreso y esto ha podido convertir en la actualidad a sus trabajos en un bien de interés cultural. Quizá el cine haya tenido bastante que ver como fuente de divulgación tan inmensa. Quien vea “The rope” o “Gaslight” puede que no sepa que las escribió ese tal Hamilton. En cualquier caso, no creo que el autor buscase elevar su nombre a la quintaesencia de lo sagrado. Presumo que lo que buscaba, transmitir ciertos mensajes de denuncia, lo consiguió. Sus obras teatrales quedaron fijadas en el celuloide gracias a directores de la talla de Alfred Hitchcock o George Cukor. ¿Qué es lo que puede quedar por encima de las ideas de Hamilton? La atmósfera de suspense, tan bien conseguida en los dos casos. “Gaslight” tuvo dos versiones cinematográficas. Una, la más cercana al estreno de la obra teatral original, fue llevada a cabo por Thorold Dickinson en 1940. La otra cuatro años posterior, se impuso a la primera. “Gaslight” fue traducida en su primera versión de forma literal (“Luz de gas”). La segunda, para distinguirse de la primera, adaptó y adoptó el nombre de “Luz que agoniza”. ¿Qué nos cuenta el argumento? Para evitar destripar nada de la trama, nos basaremos en el mensaje de Hamilton: el cómo una mujer puede acabar viajando a las montañas de la locura por culpa de la manipulación a la que es sometida por su marido. Cukor, que tan bien conocía el universo femenino, supo dotar a la cinta del ambiente preciso, dando unas lecciones magistrales a Ingrid Bergman, la mujer torturada en cuestión. Charles Boyer, con un papel que le venía como anillo al dedo, hizo el resto. Como tercer eslabón de una misma cadena, Joseph Cotten, que consigue crear un equilibrio necesario entre esas dos fuerzas actorales tan descomunales. El film, como ya hemos dicho previamente, mantiene la atmósfera de suspense tan idónea de la neblina londinense y se empareja en estética con otras del productor David O.Selznick como “Rebeca” o “Recuerda” de Hitchcock (también de los años cuarenta). Todo un lujo para la vista.

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