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REGINO

>> jueves, 22 de marzo de 2012

Muchas veces, yendo por la calle, en autobús, metro o simplemente merendando en una cafetería, nos ha parecido conocer a alguien que pasaba fugazmente por nuestro lado. Nuestro miedo a que aquel que creíamos conocido acabara siendo desconocido nos hizo tratar de retener ese rostro lo máximo posible antes de que se transformara en otro bien distinto. ¿Cuánto tiempo duró “Roberto” la última vez que creyó usted verle? “Sesenta segundos antes de que se acabase convirtiendo en un tal Gerardo”. La capacidad de retener conscientemente una ilusión, un espejismo, es casi un don divino dado por los dioses. Existen pocos afortunados con este regalo. Una vez, creí tener frente a mí a Regino. Y, en efecto, era Regino. Esto fue maravilloso. No tuve que tratar de retener su imagen porque era verdaderamente aquella. Ese rostro era el de Regino. Esto es típico en él: Parecer Regino y serlo. Regino es el portero del bloque de pisos donde vivo. Es todo un fenómeno. Trabaja como el que más y nunca se permite descanso. Esto es totalmente cierto: vive en el portal donde trabaja. El año pasado compró la casa con la puerta que daba al portal. Regino no quiere tener tiempo libre. Se aburre. Esto es terrible. No sabe no vivir fuera de su portal. Si sale a la calle, es para conseguir cosas con las que entretenerse dentro de él. Y no me refiero solo a la comida: Regino lleva veinte años de su vida redecorando aquel sitio de paso. El que pasa por él para coge el ascensor o subir las escaleras, no puede no sorprenderse con las tareas de Regino. Un día, le pregunté: “¿Qué haces, Regino?” Y él me contestó: “¿No lo ves? Instalar los nuevos tiradores de las puertas de la entrada.” Yo entonces le pregunté de nuevo: “¿Pero no estaban nuevos los tiradores?” Y él volvió a contestarme: “Sí, pero no eran lo suficientemente bonitos. Mira ahora como relucen de dorado”. Llamaba dorado a lo que era una capa de pintura amarilla. Otro día le pregunté: “¿Qué haces, Regino?” Y él me dijo: “Es usted un poco insistente en sus preguntas… Pues mire, estoy pintando unos frescos en las paredes de la entrada del portal”. La verdad es que para no haber pintado nunca en su vida, el resultado fue excelente: En la pared de la izquierda, según se entraba al portal, se veían los siguientes temas: El rapto de Europa, la educación de Aquiles, Apolo y Daphne y Susana y los viejos. En la pared de la derecha, había pintado lo siguiente: La guerra de Troya, el regreso de Ulises, la fábula de Aracne y el nacimiento de Venus. Precioso, todo en un estilo neoclásico. No obstante, los vecinos se encontraban un poco cansados de los caprichos de Regino. Evidentemente había que pagar justamente cada uno de los trabajos de nuestro portero. Todos éramos conscientes de que su gusto se iba refinando cada vez más y, claro, el precio de sus servicios iba subiendo cada vez más. Todavía recuerdo el día en que le pregunté: “¿Qué haces, Regino?” y él me dijo “Tú siempre tan original con tus preguntas. He cambiado las columnas que soportan el peso de los pisos de arriba. ¡Eran muy feas! Ahora son columnas salomónicas. Y estas de aquí se han convertido en cariátides. No está mal ¿no?”
¿Cuándo comenzó Regino a trabajar fuera del portal? Debió de ser un par de meses después. Levantó todo un andamiaje que cubría la fachada del edificio. Quería convertir ahora la arquitectura exterior. El bloque de pisos había sido construido a base de ladrillos, cristal y metal. No se diferenciaba al resto de edificaciones construidas en el barrio. A veces uno podía confundirse de casa y entrar en otra distinta si no atendía a los números que había sobre las puertas. Regino quiso diseñar su propio edificio (no le importaba que ya estuviese construido). Tras tres años de trabajo minucioso, quitó los andamios. La fachada era ahora de estilo Art Decó. Increíble.
Los vecinos ya no pudieron más y lo despidieron. ¡Pobre Regino! De la noche a la mañana dejó de ser un portero risueño para convertirse en un humanista incomprendido.

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