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MEDIA TARDE Y MEDIA NOCHE EN MEDIO DE SAN BERNARDO

>> lunes, 5 de marzo de 2012

                                             Fotograma de "Don Quintín el Amargao" de Luis Buñuel


Probablemente muchos de quienes pasen por allí desconozcan el secreto que alberga aquella fachada. Aparentemente no resulta una construcción muy particular, aunque se distinga de otros edificios de la misma calle por una mayor vistosidad. Si resulta raro imaginar que tras esos muros se impartan clases de canto, más extraño puede ser imaginar que aquello fue un palacio originariamente, allá por el siglo XVIII.
Yo, particularmente, tuve la suerte de descubrir el secreto ya de niño gracias a una amiga de mis padres que, siendo profesora allí, me llevó a asistir a un recital de canción española. Así, escuchando a Granados, Turina o Halffter, me quedaba anonadado observando aquí y allá los mil detalles de aquel teatro barroco donde tenía lugar el concierto. Parecía como si nos hubiésemos desplazado hacia atrás en el tiempo. Todo parecía mantenerse como el primer día en que fue construido.
No haría mucho que había asistido con mi abuelo a una representación de “El barberillo de Lavapiés” en el Teatro Calderón (hoy, Teatro Hagën Dazs- pronto, Madrid puede que acabe cambiando también de nombre para llamarse, por ejemplo, “Ciudad Telefónica”). El personaje de aquella obra fue para mí el primer pícaro que conocí, mucho antes que el Lazarillo de Tormes. También, fue la primera zarzuela que escuché… y la primera obra de un estilo tan característico. Después llegaría Rossini a mi cultura y, entonces, diría: “¡Suena al barberillo de Lavapiés!”. Y es que  Barbieri nada tenía que envidiar al “Barbero de Sevilla” (tras escuchar “jugar con fuego”, terminó de quedarme claro).  El teatro Calderón se incendió poco después y ya no he vuelto por allí, cosas de la vida. No obstante, después de aquel concierto en el que mi amiga Paloma tocó el piano, regresé al Palacio Bauer. Y allí volví a recordar a Barbieri. Aquella música tan “italiana”  parecía haber sido compuesta para ser representada en un escenario como ese.
Hace dos años pedí permiso para poder filmar allí las primeras escenas de un cortometraje que me encontraba preparando titulado “Juego a dos manos”. Apenas dispusimos de una hora para filmar. No obstante, mereció la pena. Ahora, he tenido de nuevo la oportunidad de volver allí, de nuevo en calidad de espectador. Los alumnos de la escuela de canto representaban dos zarzuelas: “El bateo” y “Don Quintín el Amargao”. La representación comenzaba a las ocho de la tarde y finalizaba a las doce de la noche. Paloma había sido de nuevo la culpable de mi reincidencia en aquel sacrosanto lugar. De “Don Quintín” conocía las versiones cinematográficas sonoras (la muda se perdió) y una de las canciones de la zarzuela que se volvió popular en la época:

Don Quintín,
no lo hace con mal fin.
Don Quintín,
no es un majalandrín.
Don Quintín,
no está mal educao.
Don Quintín,
el pobre está amargao.

Si algún día amanece
de mal talante...
Se oyen sus alaridos
en Alicante.
Y el que diga una cosa
que le moleste...
Sabe que al otro día
duerme en el Este.
¡Sí que debe ser brutal!
¡Sí que debe ser bestial!

Antes de saber quién era Buñuel ya había oído de niño en más de una ocasión a mi abuelo canturrear aquellos versos. Mi abuelo era toda una orquesta sinfónica. Preciso como el que más, de faltarle letra a la música siempre decía las notas de lo que cantaba. Así, por ejemplo, se le oía cantar una canción con la siguiente letra: “Fa do sol, si la si, sol fa mi, re do do”.
En la época en la que la obra se estrenó, las canciones se hacían populares de boca a boca, pues la radio todavía no existía y no todo el mundo podía permitirse el ir al teatro. “Don Quintín el amargao” era original de Antonio Estremera pero sobre todo de Carlos Arniches, el exponente máximo del casticismo teatral. Por esto mismo, quizá tuviese tan poca partitura. Jacinto Guerrero debió comedirse en cierta medida a la hora de ilustrar musicalmente sus escenas, ante el apabullante texto de casi dos horas de duración. No obstante, melodías como aquella que se sabía mi abuelo se hicieron bien conocidas. ¡Quién le iba a decir a él que iba a encontrase tiempo después con el músico yendo de camino al “Coliseum”, en Madrid, para escuchar una de sus revistas! “Maestro, voy a verle ahora mismo en sus “Cinco minutos nada menos” le dijo, subidos los dos en un tranvía.
Lo más curioso de la puesta en escena fue el uso de proyecciones con cañón desde un ordenador volviendo “virtual” todo posible decorado. En el inicio de “Don Quintín” sucedió algo previsible: un error tecnológico hizo que las imágenes desapareciesen del escenario, quedando los actores abandonados a su suerte en medio de la oscuridad. “Esto, con la decoración del cartón piedra, no habría sucedido”, seguro que pensaban todos los que allí estaban. En cierto modo, el teatro necesita de una ambientación en tres dimensiones, de la especialidad generada por los telones o el atrezzo. Sin esto, realmente el teatro como tal puede llegar a resultar innecesario, pudiendo representarse la obra en cualquier parte. El teatro, como tal, quedaría reducido en el diccionario como “lugar que tiene como fin concentrar a un número de gente concreta dispuesta a asistir a una representación”. Es decir, el teatro sería una arquitectura, un espacio cerrado (o ni siquiera esto). La decisión de introducir lo digital como recurso de sustitución puede venir dado también por una cuestión económica. La síntesis que se hace de esa “ambientación”, de esa “atmósfera”, sale mucho más rentable y trae menos quebraderos de cabeza. Lo malo, el otro platillo de la balanza, viene cuando suceden cosas de este tipo: “La Gran Vía” de Madrid acaba apagándose para mostrar un fondo de telón, esto es, la trampa y el cartón (cosa también, interesante).        
La atmósfera escenográfica de “Don Quintín” y de “El bateo” recordaba al ambiente vivido durante los años de la República. Parece ser que en este país, de un tiempo a aquí, nos hemos vueltos nostálgicos y hemos sufrido un revivir vintage de ciertas épocas pasadas. Mi abuela, por cierto, en aquellos momentos hacía también su teatro particular. Durante la guerra, realizó representaciones en el Teatro Español de obras de Lorca, Lope de Rueda y Ramón de la Cruz. “Las castañeras picadas”, de este último autor, es una de las que recordaba haber llevado a las tablas. Madrid era zona roja y las representaciones se hacían para los soldados heridos en la contienda. “Después de cada obra, teníamos que subir a la zona de los palcos para saludar al general Miaja”.
De las dos obras, era “El bateo” la que tenía una verdadera carga política, eso sí, caricaturizada. Para hacernos una idea, parte del argumento consistía en el dilema que se le presentaba a un obrero con ideas políticas incendiarias al presentársele la situación de tener que estar presente durante el bautizo de su nieto. En este caso, el libreto era de Antonio Domínguez y Antonio, mientras que la música era del genial Federico Chueca. El estilo del compositor es inconfundible. Sus canciones suenan a alegría y a humor. Maravilloso siempre. Como muestra, un botón: el número de “Gavota”, en el que los organilleros se declaran en huelga y la música prevista de la verbena ha de sustituirse por otra más clásica. Allí están los chulapos y chulapas más chulos que un ocho bailando con su propio estilo una inigualable gavota.
El sainete en un acto, más castizo que “Don Quintín”, juega a parodiar el lenguaje castizo tan propicio a la invención de vocablos.
Reconozco, en mi caso, que todo ese Madrid tan santo (el de San Isidro y de San Antonio de la Florida) puede que no exista. Sus imágenes han sido construidas en mi imaginación a base de películas, libros y narraciones de quienes sobrevivieron a la época, a cuando el mundo era todavía ingenuo. Ese finales del diecinueve y principios del veinte tan visual, tan gustoso, tan oloroso, tan táctil y tan musical. Los cinco sentidos de una verbena de la Paloma que pareció creada por Gómez de la Serna.

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