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LA CARTA

>> sábado, 14 de abril de 2012

Recibió la carta al mediodía. Al parecer, la familia se había encargado de que el mensaje llegase a todas las personas con las que él había tenido un trato estrecho. El mensaje era breve y claro. El profesor Medina había fallecido a sus ochenta y cinco años tras unos años de deterioro físico. La noticia salió además en los periódicos acompañada de algunas fotografías que mostraban al fallecido en sus últimos días de vida en un estado lamentable. Era tiempo de reflexión para Bautista. Dejó la carta sobre la mesa de su despacho y se quedó por unos momentos como embebido, abstraído de la realidad. Surgió en su cabeza el siguiente pensamiento: “Me hubiera gustado no enterarme de esto”. La cosa estaba clara para Bautista. Todos tenemos que morir en algún momento, pero sería mejor no enterarnos ni de nuestra muerte ni de la de los demás. Uno podía dejar este mundo por la noche, mientras el sueño somete al individuo a un estado de inconsciencia. Esta sería la muerte más dulce. Muerte al estilo Frank Sinatra. Uno podía no enterarse de la muerte de las personas queridas. Bautista confiaba en no enterarse nunca de la muerte de quien fue su amigo en el pasado. Un día se fue del país sin avisar a nadie. Había encontrado trabajo de profesor en el extranjero. No importaba donde. Al parecer no se despidió de nadie. No quería que aquello fuese un trauma para nadie. Pero lo fue. Al menos para Bautista. En un principio no comprendió la acción de su amigo, la encontraba enormemente injusta. Los dos eran profesores por entonces pero se habían conocido en el pasado estudiando filología. Poco a poco, fue entendiendo el por qué de la forma de actuar de su amigo. Todo encajaba. Odiaba todo lo sentimental, en su vida no entraba la emoción. Medina había sido un hombre que había sufrido mucho y esto le había hecho fuerte y duro. Bautista se dijo a sí mismo: “Más vale quedarse con esta imagen feliz de lo que fue nuestra amistad, mantenerla fija e inmutable por el resto de sus días. Así, el amigo se convertía en eterno, en inmortal. Con lo que no contaba era con la fama que iba a adquirir su amigo con los años. Una fama tardía, ya en el crepúsculo de su vida. Ahora no solo tenía que leer su necrológica sino ver su cuerpo débil, sustentado por una silla de ruedas. “No es justo” pensó. Este último pensamiento le resultaba dicho como por un niño que no quiere admitir la realidad. Los dos tenían casi la misma edad pero él se había mantenido con buena salud, con un vigor extraordinario teniendo la edad que tenía. Bautista, continuando con sus pensamientos ilógicos, se sintió con esta infausta noticia doblemente traicionado por su amigo. Bautista se sentía un hombre maltratado en general por la propia vida. Siempre había tratado de hacer las cosas bien. Pensaba que así nada podía salir mal. No obstante, aunque él no hubiese tenido la culpa de sus infortunios, lo cierto es que no había dejado de tener malas experiencias en su conocimiento del mundo. Él era un hombre profundamente dependiente, necesitado de los demás. Ahora estaba solo. Siempre lo había estado, aunque en algunas etapas de su vida se hubiese creído ilusoriamente acompañado. Había tenido pareja y esa pareja le había dado descendencia. Ahora ni la pareja ni los hijos estaban ya. “¿Cómo podía ser esto?” se preguntaba. Cuestión de monotonía, de aburrimiento. Siempre acababa quedándose pequeño para los demás. Era un hombre sencillo que había tenido la mala costumbre de rodearse de gente complicada. Tal vez no había sabido elegir bien. Esto nunca lo sabría. Todo se le había escapado como agua entre los dedos. Sentía la soledad del individuo, ahora más que nunca. “Siempre estamos solos, esta es la única verdad de todas”. Entonces Bautista supo que, como ser infeliz dentro un mundo de pobres infelices, lo único que realmente había tenido siempre era su capacidad para soñar.

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