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LA NUEVA VIDA DE NORMAN

>> martes, 17 de abril de 2012

En la sala de montaje, una pequeña cabina en un edificio destartalado del centro de la ciudad, trabajaba Norman. En pantalla aparecían los fotogramas, corriendo a toda velocidad convertidos en imágenes en movimiento. ¡Magia! Quienes allí aparecían habían sufrido un meticuloso proceso de conversión que podía definirse en tres golpes transformadores: amigos-actores-personajes. Ahora, aunque en el celuloide nada hubiese cambiado manteniéndose inmutable, en la realidad las cosas ya no eran como antes. Volviendo en sentido inverso el proceso (personajes-actores-amigos) la realidad se había impuesto y aquellos seres habían continuado con sus vidas fuera del cine. Norman ya solo los conservaba en su película todavía sin montar. No quería comenzar a trabajar todavía en una película definitiva porque sabía que, una vez acabado el proceso, todas aquellos “seres” habrían desaparecido definitivamente de su vida. Ya los había perdido en la realidad y no quería acabar con ellos en la ficción. Por esto, prolongaba artificialmente el proceso y se contentaba con ver la película en bruto una y otra vez, regodeándose en el pasado. Algunos de los que allí figuraban habían muerto, otros sinceramente habían desaparecido. Llevaba veinte años a vueltas con aquellas imágenes inéditas. La sala se había llenado del humo de cigarro desde el primer día en el que había comenzado a “trabajar” en ella. Era una atmósfera perfecta, un clima idóneo para él. Como cuando uno teme salir del baño después de haberse duchado porque no quiere que el vapor del agua caliente se escape por la puerta. Como un cabello no del todo acometido por el secador que teme encontrarse con el frío de la calle en invierno. Algo así.
Norman tuvo una vez un sueño: en él se encontraba con su padre, muerto hace años. Mantenía una conversación con él con total normalidad, pasando por alto su defunción. El padre, en un momento concreto de la charla, le preguntaba por Melisa… Melisa acababa de dejarle y él todavía no había pasado página. Al despertar pensó: “Ya perdí a alguien a quien quería, mi padre. No estoy dispuesto a perder a una persona más.” Sin Melisa su rumbo se había desorientado. Ahora, sin sus amigos, no se atrevía a dar un solo paso más hacia delante.
La puerta de la cabina se abrió y alguien entró sin avisar. Alguien que conocía todo esto. Alguien que ordenó que amordazaran a Norman mientras se colocaba frente a la mesa de montaje, cogía la película y la prendía fuego. Durante unos instantes una luz de incendio sorprendió a los ojos de Norman, incapaces de cerrarse.
“Te dije más de una vez que trabajases con formatos digitales, pero no me hiciste ni caso. Tú siempre aferrado al antiguo aprendizaje, defendiendo que eras demasiado mayor como para aprender cosas nuevas. ¿Ahora no lo lamentas?”
Norman no podía ver la cara de aquel hombre. Podía estar soñando, no lo sabía. Estaba ya harto de confundir la ficción con la realidad.
“Norman, Norman. ¡Qué nombre más absurdo! Como el de Melisa… ¡Pareces de otro mundo! Por cierto: ¿Sabes que el cielo se aproxima a la Tierra? Cada vez está más cerca y acabará por aplastarnos…”
A Norman le resultaba imposible zafarse de aquellos dos fornidos tipos que le sujetaban con fuerza.
“Bueno, me marcho. ¡Y deja ya el cine porque hace tiempo que él te abandonó a ti! Por cierto: voy a hacer que entre un poco de aire aquí… Esta atmósfera resulta irrespirable… ¡hasta el fumar ha pasado de moda, querido Norman!”
No podía ser verdad. ¿O sí? Por fin su monótona existencia había sufrido un cambio. ¿Traumático? Según como se mire.
Cuando todo volvió a quedar en silencio, Norman salió de allí como si nada hubiese sucedido.

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