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NIMROD

>> lunes, 23 de abril de 2012

“Nimrod” fue el nombre de un patriarca al que el Antiguo Testamento definió como “Un poderoso cazador frente a Dios”. Nimrod también es el nombre de una de las piezas pertenecientes a las “Variaciones Enigma” de Sir Edward Elgar. Toda la partitura en sus números está dedicada a amigos del compositor. Quizá “Nimrod” haya pasado de entre todas ellas a la Historia por su fuerza sobrecogedora. No era para menos. Elgar se la dedicó a su amigo y crítico Jaeger. La comparación de “cazador” es también metafórica, pero en el sentido más sentimental. En el idioma alemán, “Jaeger” significa “cazador”. Y es que Elgar atravesaba por una gran depresión que le llevó incluso a plantearse abandonar la música cuando recibió la vista de su amigo una noche. Este, al encontrarle en tal estado, sintió la necesidad de darle ánimos y le habló de las penalidades que sufrió Beethoven. Canturreó un fragmento de la “Patética” para después decirle: “Esto es lo que tienes que hacer, sobreponte a tus miserias y sigue el ejemplo del divino sordo, que sin importarle sus amarguras compuso música cada vez más hermosa”. De no haber sido por Jaeger tal vez Elgar no habría sido capaz de volver a la vida musical. Elgar es conocido sobre todo por su “pompa y circunstancia”, que ha llegado a convertirse en todo un símbolo del imperio británico. Su solemnidad y majestuosidad es claramente palpable.

Recuerdo que una vez sonó “Nimrod” por la radio. Yo todavía creo que ni sabía quién era Elgar. Mi madre, por lo que se ve, también desconocía la pieza, porque me preguntó: “¿A qué me suena esto?” Obviamente, si me preguntaba a mí era porque yo también había escuchado esta pieza anteriormente con ella aún sin saber cuál era. Traté de recordar dónde podía haberla escuchado con mi madre. Entonces lo recordé: “El abuelo”. Había escuchado esta música viendo la película “El abuelo” de José Luis Garci con mi madre. Tenía que haber sido ahí. Si no era esa música, al menos era bien parecida. Recordé la banda sonora de Manuel Balboa. “Será la banda sonora de Manuel Balboa”. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando el locutor dijo, al final de la misma, que se trataba de una composición de Edward Elgar. ¡Había llegado a conocer a Elgar por Balboa! Entonces supe que toda la música de la película era un homenaje a “Nimrod”, y que solo al final, en el momento álgido, sonaba la obra original. Esa música, sin saberlo, me había conmovido tremendamente. En el momento en que vi la película me encontraba pasando por uno de los momentos más duros de mi vida. Y esta película había conseguido detener el tiempo. Un tiempo lleno de tristeza, dolor y miedo. Aquella música me había elevado hasta aquellos cavilados desde observaba todo sin miedo. Me encontraba protegido por algo extraño que no llegaba a divinar.
El ser humano siempre se ha empeñado en exteriorizar sus pasiones tratando de definirlas concretamente, hacerlas comprensibles a los demás. En esa necesidad de sentirse comprendido ha puesto todas las herramientas que tenía a su alcance. No obstante, el hombre se encuentra limitado, no puede aspirar a ser un Dios que todo lo controla.
El famoso cuadro renacentista de “La tempestad” ya nos hablaba de las fuerzas de la naturaleza respecto al poder limitado del ser humano. A diferencia de cómo se veían las cosas en el Mundo Antiguo, el Hombre había dejado de ser modelo de las cosas. En torno a él ya no giraba lo demás, sino más bien al revés. El Mundo se hacía grandioso y la persona en sí era consciente de lo poquita cosa que era.
¿Qué sintió Elgar al componer “Nimrod”? ¿Qué pude sentir yo al escucharlo por primera vez? Todas las palabras se quedan pequeñas. De hecho, creo que el lenguaje con el que podría explicar esos sentimientos todavía no se ha inventado. No existe y no sé si alguna vez existirá. Mi cuerpo atesora verdaderos bienes con los que morirá sin darlos a conocer. Todos esos secretos imposibles de transmitir son los que nos hacen a los humanos misteriosos, inexpugnables.
Así nosotros somos capaces de inundar un lugar de fantasmas, de recuerdos y de sensaciones. Ninguna otra persona podrá sentir allí, en ese sitio, lo que nosotros sentimos cuando lo habitamos. Desde una casa familiar donde han convivido generaciones hasta el banco de un parque donde tuvo lugar una importante conversación para nosotros o simplemente donde se dio un beso concreto.
Las personas mueren y, con ellas, sus secretos, sus pasiones, su sabiduría… Todos los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida mueren con el cuerpo. Todo ese aprendizaje finaliza y no puede retenerse para bien de la humanidad, para bien de los que vengan después. Un libro acaba siendo insuficiente. Una confidencia, también. El hombre se siente frustrado por no poder conseguir transmitir un sentimiento, una evocación, a alguien ajeno a él.
Ese es el drama. Esa es la maravilla. El interior del “alma” humana.

23 – 4 – 12

4 comentarios:

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