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Y, SIN EMBARGO, LLORÓ

>> sábado, 14 de abril de 2012

Todo era oscuridad. Bien se lo advirtieron inmediatamente después de conocer que tenía intención de ingresar en la orden: “Tendrás un camino duro y penoso que recorrer para lograr conseguir lo que pretendes”. A él no le importaba. Decía que de niño había sentido la “llamada divina”, nada más y nada menos. Ahora, tenía la oportunidad de aprovechar esa virtud que Dios le había dado. Ahora se encontraba encerrado entre cuarto paredes dispuesto a pasar una noche muy larga. Solo por primera vez desde hacía mucho tiempo. Sabía que de ahora en adelante solo se tendría a sí mismo. Solo con su propia compañía. Pero en realidad no estaba solo. Dios velaba por él, lo sentía dentro. Con él pasaría felizmente la prueba. Aquellos de los que ahora dependía le habían dicho que tenía que velar el cuerpo incorrupto de un hombre santo. Dicho cuerpo estaba en la misma habitación en la que él se encontraba, un sótano frío cuyas dimensiones resultaban imposibles de adivinar en la negrura de la oscuridad. Si superaba aquella noche, entraría a formar parte de la congregación.
La primera media hora la pasó sin ningún incidente. Tan solo con pesar en cosas bellas había logrado vencer el miedo. Pensó en campos con flores de todos los colores, en la brisa y el color de una tarde de domingo. En el calor del sol conservado por las paredes blancas de las casas del pueblo. En la música de los pájaros. Un anciano que sonreía feliz sentado en un banco, sintiéndose con el deber cumplido tras sesenta años de vida trabajando honradamente para mantener a su familia. En un niño que chillaba lleno de alborozo mientras correteaba de aquí a allá vigilado por la atenta mirada de su madre.
Fue a partir de media noche cuando deseó el silencio que antes temía porque le faltaba. Una serie de ruidos extraños comenzaron a sonar, primero inapreciables, luego generosos. Eran ruidos que recordaban los de alguien que necesitaba respirar porque apenas se lo permitían sus pulmones. Alguien que se ahogaba. Sonidos imposibles de reproducir. Luego, maderas que crujían y pisadas de pies que se dejan arrastrar. Por último, ruidos metálicos. Como de cadenas. El joven escuchó pacientemente cada uno de estos sonidos, tratando de mantener fijadas las imágenes agradables antes imaginadas. Imposible. Ahora surgían todos aquellos monstruos que, desde niño, había imaginado en la soledad de su cama, cuando los mayores se habían ido ya a dormir. Cuando ya no eran de este mundo porque se habían dormido. Cuando solo él estaba despierto en su casa. Reptiles con cabezas humanas que se arrastraban bajo su cama. Criminales que trataban de escalar la pared de la fachada para llegar hasta su ventana desde la calle. Pájaros con capacidad para hablar y atravesar paredes, que picoteaban a sus víctimas hasta matarlas. Todo esto dejaba existir en la realidad. Su realidad. Todos esos monstruos se quedaban pequeños en comparación con la imagen de un hombre santo pero que se dedicaba a volver a la vida para atormentar a personas que aspiraban a ser tan buenas como él lo había sido. Decidió habla para vencer el miedo. Se dirigió directamente a él, estaba convencido de que lo que imaginaba era real. No temía que aquel a quien preguntaba le contestase y se dirigiese a él arrastrando su cuerpo difunto.
Tan preocupado estaba pensando en sus mágicos conjuros que no escuchó el único de los sonidos importantes: el de unas risas. Risas por lo bajo de dos hombres que ya habían pasado antes por todo eso, que lo habían sufrido en sus propias carnes. Ahora eran ellos quienes tenían que hacer de hombre santo resucitado. Era importante mantenerlo vivo haciendo creer a los nuevos religiosos en el miedo de lo sobrenatural. A tenerle respeto. Durante toda la noche se irían turnando para mantener despierto al joven. Este pensaba en la supuesta bondad de quien ahora volvía del mundo de los muertos para atemorizarle. Aunque tal vez no fuese esa la palabra más indicada. “atemorizar”. Tal vez tan solo eran manifestaciones sobrenaturales. Debía ser normal que los espíritus causasen inquietud a los mortales de este mundo. O quizá no. La Virgen María seguro que, de presentarse milagrosamente, causaría tranquilidad y felicidad a quien tuviese la oportunidad de verla. El mismo Jesucristo. Estas apariciones, al contario, resultarían bellas. Las almas buenas no tenían por qué amedrentar a quien creía en ellas. Refulgirían de luminosidad y…. ¿Por qué esta aparición no era luminosa? ¿Por qué se movía entre tinieblas como lo podría hacer un insecto o una serpiente? No podía ser, por tanto, cosa de un ser santo. A esta conclusión llegó el joven mientras dejaba escapar unas lágrimas de sus ojos.

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