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P. R. A. V. Grupo B

>> jueves, 31 de mayo de 2012

Ejercicio Nº 7: Videoproyecto



Ejercicio Nº 6 de grupo: "Cadáver exquisito"



Ejercicio Nº 5: Videomontaje



Ejercicio Nº 4: Videoclip

Audio (Banda sonora)


Audio e imagen


Ejercicio Nº 3: Spot



Ejercicio Nº 2: Dos Haikus



Ejercicio Nº 1: Plano secuencia

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TATUAJE

Érase una vez un rey en su lecho de muerte.
¡Terrible forma de comenzar un cuento!
¿Será que quizá no es un cuento?
¿Y qué será entonces?
Un hecho histórico, a lo mejor.

Un monarca que fundó una dinastía que todavía hoy se perpetúa.
Un rey que consiguió que en sus tierras hubiese paz y prosperidad.
Hace doscientos años…
El rey se muere.
¿Dónde?
En Suecia, donde fue amo y señor gracias a las gracias de quienes hicieron posible su subida al trono.
El rey es despojado de sus riquezas y su cuerpo yace desnudo en horizontalidad mortuoria.
¡Mirad! ¡Ahí!
¿Dónde?
En su cuerpo… ¡Hay algo!
¡Un tatuaje!
Hay algo escrito en él…
En lengua francesa…
¿Qué dice?
Dice… ¡Dice “Muerte a los reyes”!
¡Dios mío!
Hay que tratar de esconder esta infamia… No debe salir a la luz.

Sin duda, aquella inscripción sobre la epidermis solo podía pertenecer a tiempos lejanos.
Esta anécdota corrobora que todos tenemos un pasado.
Allá cuando el rey fue militar en la Francia de la Revolución Francesa.
Cuando Carlos XIV Juan se llamaba en realidad Jean-Baptiste Bernadotte.

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"Un anuncio y cinco cartas" de Enrique Jardiel Poncela

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Tiovivo romano

Acrílico sobre lienzo pegado a tabla
80 x 60 cm

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"Lazarillo"

Acrílico sobre lienzo
41 x 33 cm (2012)


Boceto original (año 2004)


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LA JETÉE

>> martes, 29 de mayo de 2012

A día de hoy, Chris Marker sigue siendo uno de los fantasmas vivos menos conocidos por el público. Referente imprescindible del género de cine-ensayo (podríamos decir que casi fue su padre biológico), su leyenda siempre ha estado alimentada por una política personal propia de no querer “dejarse ver” demasiado. Como a otros personajes de la cultura al estilo Salinger, a Marker no le debe gustar ser consciente de que su trabajo importa y mucho a la gente del mundo. La fama le resulta áspera. A sus más de noventa años, Marker sigue en la brecha junto a alguno de sus contemporáneos y amigos como Resnais (con quien trabajó en piezas audiovisuales tan importantes como “Nuit et brouillard” o “Les Statues meurent aussi”) o Varda. Formó parte de “La rive gauche”, nacida casi al mismo tiempo que la Nouvelle Vague. Después, se fue desmarcando para generar un estilo propio, gestando obras tan importantes como “Sans soleil” o “Lettre de Sibérie”. La “Jetée” puede considerarse una obra bien distinta de todas las demás de Marker. Definida por él como “fotonovela”, “La Jetée” resulta una historia de ciencia ficción extrañamente bella. Sus imágenes (en este caso “imágenes” literalmente hablando, fotografías) nos narran la historia de un hombre que viaja en el tiempo debido a un experimento político-científico llevado a cabo durante la Tercera Guerra Mundial. Marker construye un interesante relato con tan solo un puñado de fotografías, una voz en off narradora, música y sonidos ambientales. Para el espectador es posible que muchas de esas imágenes, muchos de esos personajes-actores, pasen desapercibidos. Marker no da puntadas sin hilo y su vida personal (sus amigos, sus recuerdos, aquello que para él tiene relevancia y solo él lo sabe y no nosotros) aparece retratada en cada una de sus instantáneas, más allá del relato ficticio que nos presenta. Podría decirse, de hecho, que Marker parte de su propia realidad para construir dicha ficción a expensas nuestra. Con “La Jetée”, Marker consiguió el reconocimiento internacional. Actualmente puede adquirirse en Dvd dentro de un pack sobre Chris Marker que el sello Intermedio ha sacado al mercado. Al resultar un autor poco rentable a nivel económico, Marker parece negársenos a los que nos encontramos ávidos de él. Sus obras apenas son difundidas y localizarlas resulta a veces cuestión de un milagro. Esto, sin duda, contribuye a construir su leyenda.

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CANCION DE CUNA

Hay un momento claro en la filmografía de José Luis Garci en la que su carrera se ve partida en dos etapas bien diferenciadas: la primera, aquella que nace del momento que vive España de transición democrática. En ella, podemos encontrar títulos como “Asignatura pendiente” o “Solos en la madrugada”. Otra, en la que hay una revisión clara del pasado cultural español. En este caso, encontramos adaptaciones literarias de Galdós, Pérez de Ayala, Mihura, Sagarra. Luego, hay otros filmes difíciles de clasificar dentro de estos dos momentos, como las dos versiones de “El crack”, que más parecen relatos desligados de un momento histórico. Podría decirse que son homenajes al film noir, ficciones deudoras del cine clásico. Por último, tenemos películas como “Las verdes praderas” o “Volver a empezar” (su obra maestra). Es esta última, concretamente, las más “garciana”. En “Volver a empezar” se pone de manifiesto una seña de identidad del director español: su interés por las relaciones entre los personajes (entiéndase “relación” por “encuentro” y “conversaciones”), relaciones en las que a ser posible se produzca una rememoración de tiempos pasados. Dos personas que, tras muchos años de amistad, vuelven a juntarse para hablar con nostalgia de lo que han sido sus vidas. Este cine, heredero de títulos como “Tú y yo” de Leo McCarey, se sitúa dentro de un terreno complicado para el espectador: Cine íntimo, cine sentimental. “Canción de cuna”, es una película bisagra, pues se encuentra entre aquellos dos momentos en un principio mencionados de la trayectoria cinematográfica de Garci. Es una película que adapta la obra de uno de los autores más importantes de la literatura española de principios de siglo XX, Gregorio Martínez Sierra. Por otro lado, es una historia que nos habla del mundo íntimo del ser humano. Esta película es una historia de mujeres. “Canción de cuna”, como tantas obras, llevaba la firma pública de Martínez Sierra y la privada o secreta de su mujer, María Lejárraga. Una escritora que vivió a la sombra de su marido, para el que siguió escribiendo incluso cuando él la dejó por otra. En “Canción de cuna” se observa claramente la mano de una mujer, de María Lejárraga. Y esta mano resulta perfecta, pues de ella brota la clara belleza de la obra. Una historia aparentemente ya manida por los melodramas de le época: un recién nacido es abandonado en un convento. Desde “Currito de la Cruz” hasta “Marcelino pan y vino” hay sobrados ejemplos. No obstante, como ya hemos dicho previamente, esta historia no es una historia de monjas sino de mujeres. El propio Garci conocía la obra, de niño la había escuchado dramatizada por la radio. Cuenta que es de las pocas veces en las que sintió cómo algo se conmocionaba dentro de él, algo hermoso. El filme nos habla de esas vidas que dejan de vivir apartándose de las cosas mundanas para encomendarse a Dios. Unas mujeres que acaban teniendo que ser madres, que han de encargarse de una tarea para ellas un tanto extraña. La forma en que cada una lo afronta perfila a los personajes otorgándoles una visión del mundo, individualizándoles. “Canción de cuna” es de esas películas misteriosas que obran de nosotros un pequeño milagro. Algunos de los culpables de este hecho, además de los ya mencionados: Manuel Rojas, director de fotografía. Zurbarán invade cada uno de los fotogramas gracias a una naturalista iluminación. Manuel Balboa, cuya banda sonora es un regalo para los oídos. Alfredo Landa, Fiorella Faltoyano o Maria Luisa Ponte en el reparto. Esta versión de “canción de Cuna” es la última de un total de cinco y, a mi juicio, la más sobresaliente.

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CANTANDO BAJO LA LLUVIA

Ahora que está tan de moda el film “The Artist” convendría volver la vista atrás en la historia del cine para encontrar otros ejemplos sobre la propia historia del cine. A algunos desmemoriados o simplemente demasiado jóvenes, quizá les haya pasado inadvertidos una película que trata también sobre un momento de la historia del cine en el que el cine mudo comenzó a hablar. Se trata de “Singin in the rain” (“Cantando bajo la lluvia” aquí en España), un film de los años cincuenta dirigido por Stanley Donen en colaboración con Gene Kelly. Este último, actor, bailarín, cantante… Un todoterreno de los que ya no quedan. Curiosamente, los años treinta tenían en común con la época actual un rasgo bien importante: la situación crítica que atravesaba la económica. El cine se estaba convirtiendo en una fábrica de sueños, en una forma de olvidar por un momento las preocupaciones para deleitarse con canciones, coreografías y argumentos novelescos. “Cantando bajo la lluvia”, a pesar de haber sido realizada veinte años después, consigue que nos olvidemos por un momento de nuestros disgustos para enfrentarnos a una historia deliciosa de principio a fin. Da la sensación de que nada puede faltar o sobrar en esta película. Y, sin embargo, el título de la cinta puede despistar, alejarnos del asunto de corte histórico en el que se basa la película. Todo cinéfilo tiene grabado en su memoria a Don Lockwood (Kelly) despidiéndose de Kathy (Debbie Reynolds) y regresando a casa mientras cae sobre el una lluvia de leche. Gene Kelly rodó esta escena de estudio con fiebre y, en efecto, mojándose con una lluvia que acabó trucándose con líquido lácteo para que la cámara apreciase mejor “el agua”. Cosmo Brown, papel interpretado por Donald O´Connor, es el compañero inseparable de Don y, por cierto, es uno de los descubrimientos del film. Derrocha talento a raudales. Es el toque de humor más sobresaliente, pues en general todos los personajes viven felices, alegres, a pesar de sus penurias (es lo que tienen los musicales). Por otro lado, no podemos olvidar tampoco a Cyd Charisse, la bailarina que aseguró sus piernas por cinco millones de dólares. La pregunta del millón: ¿Quién compuso la banda sonora de la película? La respuesta es Nacio Herb Brown. Su partitura tiene mucha culpa del éxito obtenido del film, y apenas suena en la cabeza de los espectadores o entendidos, a diferencia de otros compositores clave en los Films de Kelly (Gershwin, Bernstein, etc.) Como colofón final, comentar que “Cantando bajo la lluvia” explica infinitamente mejor los problemas que sufrió la industria con el advenimiento del sonoro: el problema de actores con voces inadecuadas, de desincronización de sonido e imagen, el problema de un sonido todavía primitivo y lleno de imperfecciones. Toda una lección de historia a la par que de entretenimiento perfecto.

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ELISA, VIDA MÍA

Cuando Carlos Saura realizó este film, en su filmografía ya se contaban títulos como “La caza”, “Peppermint Frappé”, “La prima Angélica” o “Cría Cuervos”. Su etapa de cine más comprometido (esto es, más original, más personal) daba a su fin. Llegaba la transición, todo cambiaba de pronto para una generación de cineastas que había nacido a mediados de los años cincuenta con las Conversaciones de Salamanca, llenos de expectativas por cambiar el modelo de cine español. Saura siempre fue de los más activos y de los más presentes en el panorama cinematográfico. Sus historias, muchas de ellas guionizadas junto con Rafael Azcona, eran claramente reconocibles. La seña de identidad del aragonés se acentuaba con la admiración y amistad que sentía por Buñuel. Cada una de sus películas brilla por un halo de misterio, de inquietud, de reflexión interior. “Elisa, vida mía”, destaca de entre todas las anteriores por ser la película más íntima, más reflexiva. Saura no solo fue reconocido en nuestro país sino que supo hacerse entender en el extranjero. En Cannes, esta película fue valorada (como otras anteriores como “Cría Cuervos”, la cual también estuvo nominada en los Óscar) con el premio al Mejor Actor, Fernando Rey. Su personaje es el de Luis, un hombre ya mayor que vive recluido en una casa en el campo. Su hija Elisa (Geraldine Chaplin) va a su encuentro tras años sin hablar con él. Ella se encuentra en la misma situación que él: necesitan alejarse de las cosas mal llamadas mundanas, están cansados. Necesitan reencontrarse a sí mismos. El pasado inevitablemente vuelve a sus vidas con este encuentro y comienzan a sentirse unidos, casi como una sola persona. Un filme donde todo resulta intimista, donde prima la necesidad de la conversación para tratar de comprender. Hasta las propias Gymnopedies de Satie, tan recurrentes y manidas como tema musical, parecen sonar en este film como algo no escuchado hasta el momento, algo totalmente novedoso. La escritura resulta una forma imprescindible de recorre el interior humano, así como las otras artes. Eso sí: siempre desprovistas de toda intención estética, tratadas como recurso necesario de expresión, nada más. “Elisa, vida mía”, sigue resultando aún con el paso de los años, hipnótica. Cargada de un halo de trascendencia que se deja sentir en cada momento, como un palpitar leve pero continuo, es marca de la casa. En la actualidad, se echa de menos este tipo de películas en su director. No obstante, Carlos Saura siempre ha hecho lo posible por renovarse, por cambiar. El género musical (concretamente el flamenco, aunque también los fados, el tango, etc.), el histórico… Hay muchos Sauras, y de cada uno podría quedarme con un ejemplo, pero si he de elegir uno me quedo con el Saura de la primera época. El Saura de las historias con Geraldine Chaplin (aunque no me haga especialmente gracia en sus interpretaciones). El Saura de los sesenta-setenta. Maravilloso.

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CIUDADANO KANE

Fue su primera película y, para muchos, la mejor de la historia del cine. Orson Welles venía de revolucionar el mundo con su particular retransmisión radiofónica de la obra de otro Wells (H.G.) “La Guerra de los mundos”, cuando La R.K.O. le dio carta blanca para llevar a cabo dos filmes en sus estudios. “Citizen Kane” fue el primero, y “The Magnificent Ambersons” la segunda (mutilada por la propia R.K.O. en su duración hasta cuarenta minutos). La idea era presentarse al público del séptimo arte con la historia de un personaje basado en la figura de William Randolph Hearst. Para ello, escribió un guión en colaboración con Herman J. Mankiewicz (hermano del famoso director) y se valió de actores con los que había trabajado durante su etapa en el Mercury Theatre (destacando entre ellos a su amigo Joseph Cotten). Charles Foster Kane es un magnate que ha dirigido “en la sombra” la historia de América desde finales del siglo XIX hasta casi mediados del XX. Suyos son la práctica totalidad de los periódicos, a los cuales se ha encargado de insuflar el amarillismo que, en adelante, se hará común en los medios de comunicación. De él se conoce su vida pública pero apenas se sabe algo de su vida privada. La película trata de introducir al espectador en este mundo haciéndole partícipe de las diferentes versiones de dicha realidad: los noticiarios, los investigadores, la gente que le conoció… Diferentes puntos de vista para contar una historia de megalómanas pretensiones. He aquí un de los aciertos de la película. Welles aportó un nuevo “enfoque” cinematográfico que sorprendió en gran medida y que determinó los derroteros del cine en buena parte. A pesar de que en un primer momento los estudios desconfiaron de este jovencito, poco a poco fueron siendo conscientes de su enorme talento (de hecho, las primeras filmaciones las realizó clandestinamente arguyendo pruebas de fotografía). “Ciudadano Kane” posee una construcción argumental y narrativa bien sólida y no deja de sorprender a quienes la ven con el paso de los años. Hay otros factores que deben observarse a la hora de emitir un juicio sobre el filme: La música, compuesta por un Bernard Herrman todavía desconocido y que revolucionaría el mundo de la banda sonoro. Y es que Herrmann es uno de los primeros compositores que se dedica a escribir partituras que no sean un mero elemento decorativo, o una bella ilustración de las imágenes. Además, está Robert Wise en la labor de montaje, que resulta importantísimo en esta película. Después acabaría poniéndose tras la cámara en películas tan celebradas como “West Side Story” o “The Sound of Music”. La historia de Welles no solo es la historia de un histriónico magnate (uno de sus caprichos es tratar de atesorar todas las obras de Arte de la Historia para luego albergarlas en una gran edificación que casi es un mundo aparte: “Xanadú”), sino la historia de sus pasiones, siempre universales. La ambición destaca por encima de todas ellas al representar el mayor incentivo de Kane. Tratar de hacer suya a América intentando atesorar también a los que en ella viven. Esto lo intenta tratando de controlar lo que leen, tratando de controlar el modo en el que se informan, mediante los periódicos, pero también presentándose como presidente de la Casa Blanca. “Rosebud” es la última palabra que dice al morir, y en realidad, el cebo con el que se teje toda la historia cinematográfica. Tratando de averiguar a qué se podía referir con ella, comienza a despertarse el apetito en el espectador. Así, conocemos que la historia de Kane es la historia de sus fracasos… La historia de un niño sin infancia al que se obligó a jugar al rol de adulto mediante el dinero. He aquí la moraleja.

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“LUCES DE BOHEMIA” EN EL TEATRO MARÍA GUERRERO

Era la España de principio de siglo XX y, sin embargo, parecía la de ahora. He ahí donde reside la vigencia de Valle-Inclán. Aquel personaje, más que escritor, que pasó de ser un modernista entusiasta de Rubén Darío a un fiero poeta de acerada prosa. Aquello que deseaba contar se escapaba al verso y era menester el comentario fluido, exento de artificio. Su “esperpento” no era más que uno de los espejos del Callejón del Gato expuesto en el escenario, mostrando al espectador el espectador mismo. Aunque el espejo decía ser deformante, lo era para hacer caer a quien lo miraba en la realidad de las cosas. Solo deformando la visión de la realidad llegaba a comprenderse. Todo un cuadro goyesco de personajes y situaciones grotescas y miserables donde cualquiera podía verse reconocido. Máximo Estrella y Don Latino son un Don Quijote y un Sancho Panza contemporáneos, testigos de revueltas callejeras, de lugares donde se reúnen tipos siniestros de la más baja estofa, de la puesta en escena de todo tipo de ideologías. La noche les acoge como espejo deformante en el que contemplar una España que representa todos los pecados capitales, donde se esconde la virtud y se muestran (y se premian) los malos hábitos, la degeneración humana. Todo cuanto trata de esconderse sale cuando las luces se van. Lluis Homar lleva a cabo una versión de Luces de Bohemia bien sencilla, porque lo que pesa es el texto y la dramaturgia. Será acaso el suelo el mayor protagonista escenográfico, cubierto todo de libros. Allí van a caer los personajes, sobre él caminan y flaquean. El uso de las escaleras (que llevan nuevamente al suelo) resulta también determinante para dividir la escena en dos planos… e incluso en tres si mencionamos las trampillas que conducen más allá del suelo a un estrato desconocido, por debajo de nuestra mirada. En cuanto al repertorio, mencionar nombres tan conocidos para el público como Gonzalo de Castro, Isabel Ordaz, Miguel Rellán, todos ellos ya veteranos del oficio. Como música, un piano y un violín, que nos recrean los cafés castizos, aquel San Ginés de chocolatada, espejo y humo de cigarro, de tertulia. Más de dos horas de representación donde uno no puede dejar de mirar al escenario. En escena hasta el 25 de marzo. Representaciones con aforo completo. Para no perdérselo.

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LE QUATTRO VOLTE

En el año 2010, Michelangelo Frammartino sorprendió en el Festival de Cannes con una cinta entre el documental y la ficción titulada “Le quattro volte”. En ella, podíamos ver cómo transcurría la vida en un pueblecito calabrés. El ciclo natural encontraba representación en cuatro elementos: un viejo pastor, su rebaño de cabras, un abeto y carbón. A través de ellos, el espectador se enfrentaba a la cotidianidad, a ese “no pasa nada” de la vida diaria. El tiempo parece detenerse o ir más lento. Al menos eso nos parece, al encontrarnos tan poco acostumbrados a ver este tipo de cosas en pantalla. Y es que la vida, al contrario que la narrativa de ficción a la que nos encontramos más habituados, es mucho más sencilla de lo que queremos creer (aunque interiormente lo sepamos). La cámara, a través de la cual vemos, aparentemente sigue aquello que filma y espera, es paciente. Parece depender de algo que no controla, que es aquello que filma. ¡Nada más lejos de la realidad! Todo esto no son más que triquiñuelas, pues cada plano está más que pensado. La naturaleza es en realidad la que se doblega al director, solo que dentro de un pacto tácito y secreto en el que nosotros no hemos sido invitados. La idea de que en los pueblos todo es mucho menos complicado y más rutinario es en realidad una falacia como una casa. Ciertamente, la gente que vive en las ciudades, es menos consciente de esto e incluso sufre una especie de trastorno al pasar de un lugar a otro. Cada cosa tiene sus particularidades y quien es de un sitio se acostumbra a su entorno, qué duda cabe. No obstante, este filme tiene la peculiaridad de sorprender con lo más sencillo, con lo que acaba resultando más natural. ¿Será que nos hemos “desnaturalizado” y vemos ya con otros ojos?

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EL ABUELO

Don Rodrigo de Arista Potestad, Conde de Albrit, Señor de Jerusa y de Polán, regresa a España tras un pasado frustrado como indiano en las Américas. Su hijo ha muerto y la que fue su mujer, Lucrecia, ha viajado desde Madrid con sus dos hijas para encontrarse con don Rodrigo en el pueblo natal de este. Lucrecia es recibida con todo tipo de agasajos mientras que don Rodrigo resulta, para el pueblo de Jerusa, un estorbo. Las fuerzas vivas del lugar (representadas en el alcalde, el cura y el médico), corruptas hasta el tuétano, viven por y para Lucrecia, que representa la ayuda económica que recibe Jerusa. Anteriormente lo fue don Rodrigo, pero al encontrarse arruinado tras sus años de aventuras al otro lado del mar, ya no les impone ningún respeto ni interés. Para Lucrecia, don Rodrigo también es un personaje e cierto modo incómodo. Leonor y Dorotea son quizá los pocos apoyos que tiene su abuelo, junto a Pío, un viejo maestro que ahora se dedica a darle clase a las nietas de este. El “león de Albrit”, que así se hace llamar don Rodrigo debido a su fuerte carácter y personalidad, viene dispuesto a ajustar cuentas con el pasado, y esto incumbe a los demás personajes. José Luis Garci llevó a cabo esta memorable adaptación de la novela de Galdós, sin duda la mejor de sus tres versiones cinematográficas (hay una muda realizada por José Buchs y otra de Rafael Gil titulada “La duda”). Horacio Valcárcel representa un buen apoyo en cuestiones de guión para Garci, y a esto hay que sumarle la espléndida fotografía de Rafael Pérez Cubero y la ambientación de Gil Parrondo (otros dos escuderos fieles del director). Por si esto fuera poco, el film cuenta con una música compuesta por Manuel Balboa (uno de sus últimos trabajos) que bebe de las mejores fuentes sinfónicas (además de versionar una de las Gymnopedies de Satie, el tema principal y sus variaciones son un homenaje al “Nimrod”, de Elgar). En la película tiene un gran peso la interpretación memorable de Fernando Fernán Gómez (con ella ganó un premio Goya), pero también son de estimar las del resto de sus compañeros, entre los que cabe mencionar a Agustín González (que da vida al perverso “Senén”) o la de Rafael Alonso haciendo de “Pío”, su última interpretación y una de las más recordadas. El abuelo fue una producción de 1998 y fue nominada a los Óscar como Mejor película de habla no inglesa.

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¿QUÉ SUCEDIÓ?

  
Nada. No sucedió nada. Todo estaba en mi cabeza.
Un lunes más me encontraba allí, a las siete y media de la tarde, sentado en una butaca y esperando a que el concierto comenzase.
Cuarenta minutos antes, salía de mi casa y caminaba por la calle Príncipe de Vergara hasta llegar al Auditorio Nacional. Como suele sucederme, suelo llegar temprano y  decido invertir el tiempo sobrante en leer los apuntes al programa. Mi lectura llega poco más o menos hasta el punto en el que las luces de las lámparas comienzan a bajar y los rezagados toman posiciones en sus asientos. Como siempre, me levanto y dejo educadamente que la gente pase hasta el lugar que se les ha asignado. Siempre gente mayor, siempre gente que tose en los silencios y se marcha durante los aplausos finales. Si alguna vez fuese director de orquesta, por alguna remota casualidad, no me gustaría ver que cuando salgo a saludar la gente se levanta de donde está sentada para marcharse por la puerta. Sin aplaudir por el trabajo supuestamente bien hecho. Ojala la batuta se convirtiese en varita mágica para poder lanzar destellos a esas personas maleducadas. No me gusta que la sociedad convierta esta clase de cosas en ritos y funcionen casi mecánicamente, dejando al lado su sensibilidad melómana (que, de tenerla, seguramente no permitiría que el trasero, como si funcionase como por resorte de muelle, se levantase de donde está posado).
¡Bendita muchedumbre decrépita que asiste a los conciertos como defensora a ultranza de la música clásica! Con amigos como estos, más vale dar por muerta la música concertil.
Pero sucedió ¡oh, milagro inesperado! Que la persona que acabó sentándose junto a mí no era de aquella de los sesenta para arriba, sino más bien de los veinticinco para abajo. ¡Y cuánta belleza irradiaba! La vulgaridad, aún así, asomaba tímida en un cuerpo contaminado por algún tatuaje y algún piercing (eso sí, tímidos, apenas inapreciables).
Una mujer que me ignoró casi por completo. Una mujer que iba acompañada por su padre, que parecía atormentarla felizmente con indicaciones cultas respecto de lo que sucedía en el escenario. A ella le gustaba esta ilustración tan fraternal, asintiendo y diciendo a cada momento: “¡Qué bonito, qué bonito!”
¿Qué pasó por mí? De frente era bella, pero de perfil aún más.
Esta pequeña secta donde nos concentramos las supuestas personas sensibles, escondidos, resguardados del resto de la sociedad, contaba con un miembro femenino extraordinario. Al menos, desde su envoltorio. Un enamoramiento inexplicable pasó por mí velozmente, como esa mosca que revolotea en torno a la oreja dispuesta a meterse dentro de ella y zumbar alegremente.
Esta mañana pensé en un profesor que me enseñó lo que era la poesía. Un hombre que pertenecía a esa otra entrañable secta de tipos que cubren su cabeza con sombrero. Un hombre al que quizá le olía el aliento pero no importaba, porque uno le conocía por lo que escribía, no tanto por lo que hablaba. Es la ventaja de los poetas. Que se expresan grafológicamente. Injusto sería decir que a este gran hombre le olía el aliento. Puedo habérmelo inventado, nunca llegaré a saber la verdad. Solo la mentira. Pero él siempre estuvo distante conmigo (concretamente siempre nos separaba una gran mesa). Y me dio sabios consejos. E insisto: al menos tenía una cara a la que no le pegaba que la alitosis.

Este poeta se encontraba cansado ya de los muermos como yo, siempre pendientes de los asuntos amorosos. Yo también a veces me resulto cursi y me irrita no tener de que hablar salvo del amor en tantos momentos. Podría ahorrármelo, pues sé que no voy a llegar a ninguna conclusión nueva sobre ello. Solo puedo aportar mi punto de vista. Celebro no descubrir el secreto mecanismo por el que se rige este perfume fatal, que diría el fraile de alguna zarzuela.
El otro día recordé un fragmento de aquella película maravillosa de Mervyn Leroy titulada “Mujercitas”, en la que un hombre de físico parecido a Schubert tocaba al piano una canción de Goethe. Jo, una de aquellas niñas hechas mujer de la novela de Louisa May Alcott, le escuchaba doblegada por aquel perfume antes mencionado. Goethe, que lo mismo hablaba de amor que de tinieblas con su “Fausto” o su “Aprendiz de Brujo”, entendía también de música, llegando a conocer a eminencias como Mozart, Beethoven o Mendelssohn. Este último, siendo Goethe ya anciano, visitó su casa siendo niño. Un niño prodigio al que el escritor alemán valoró y elogió por encima del propio Mozart. Según Goethe, Mendelssohn poseía una madurez impropia de su edad.
Hoy en el auditorio sonaba “Paulus”, obra precisamente de Mendelssohn escrito contra la intolerancia religiosa. Mis profundas creencias se vieron avivadas ante este maravilloso oratorio tan deudor de Bach y Haendel.
La magnificencia de su composición inundaba mi espíritu. Toda la teatralidad musical dispuesta para ilustrar pasajes del evangelio hizo mella en mí. Y entre mis creencias cristianas y Mendelsohn, se interpuso esta mujer. Todo se unió confabulándose en contra mía o a favor mía en un momento delicado de mi situación personal.
Aquello fue uno de tantos momentos imposibles que no debían haber comenzado para no tener que terminar. El padre me miraba cuando a veces se percataba de mis miradas hacia su hija, insolentes. Yo mismo me sentía avergonzado. Desde que en el intermedio del concierto decidí, aprovechando la ausencia de ella, recoger su programa que había caído al suelo para dárselo en propia mano después, sabía lo que me esperaba. Ni yo mismo era capaz de mirarla con valentía, tan cerca la tenía. Quizá fuese esa proximidad tan incómoda la que me impidiera mirarla cuando ella me mirase. Solo cuando ella miraba al frente, a la orquesta y al coro, me atrevía a posar mis ojos en los suyos.
Los libros blancos de partituras que sujetaban las cantantes vestidas también de blanco, se me antojaban alas. Extrañas alas que, en lugar de ir tras la espalda iban delante, ante el pecho. Ángeles celestiales que dejaban salir el aire de dentro inspirados por Mendelssohn, el niño prodigio.
El pueblo, ciego, insultaba a los que manifestaban la palabra divina y los amenazaban con la lapidación. Dios les decía: “No tengáis miedo, estoy aquí”.
Ella estaba allí, indiferente, diciendo “¡qué bonito!”. Estas dos palabras comenzaban a cargarme. Por otro lado, su cuerpo no se conmovía ante la música, pero también es cierto que mucha gente lleva la procesión por dentro. Por fortuna o desgracia, yo no soy así. Yo necesito exteriorizar los sentimientos, mi cuerpo parece destrozarse por dentro, retorcerse de gozo y extraño dolor. A veces no nos gusta emocionarnos y lo pasamos mal. Pero debe ser inevitable (y remarco lo de “debe”, si deseamos que aquello que nos dignifica como personas no se pierda). El ser humano es animal, agresivo por naturaleza. Solo hace falta visitar una guardería. Canalizar la fuerza que llevamos dentro, la necesidad de expresarnos. Pero también somos seres que, además de actuar con nuestro cuerpo hacia los demás de forma negativa, somos capaces de regocijarnos a nosotros mismos hacia adentro.
Yo, poco a poco, me había dejado caer hacia la izquierda. La tenía más cerca que nunca. Más próximo que la distancia que la separaba del padre. ¡Qué incómodo debió ser para ella! O qué placentero, porque a veces por encima de situaciones engorrososas priman otros sentimientos. Nunca lo sabré. Todo estaba en mi cabeza y yo mismo me había construido la historia. Qué lento funciona el amor y cómo nos cuesta mostrar nuestro cariño mutuamente, construir una relación.
Ahora Mendelsohn estaba conmigo. Ahora me había olvidado ya de mi aventura pasajera. La obra daba su últimas boqueadas y allí estaba todo el público estremecido. Tras la última nota y sentí un deseo violento, como los antes mencionados, que canalicé aplaudiendo con toda mi fuerza. No sentía dolor en las manos ante los choques de mis palmas, llevaba un rato aplaudiendo y no me cansaba. ¡Qué bello! Y, sí, “¡qué bonito!” como dijera la muchacha.
Ordenadamente, la gente salió del auditorio. Yo iba entre ellos, y no me importó regresar a casa sabiendo que no la volvería a ver más.

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EL NEGRO QUE TENÍA EL ALMA BLANCA

>> domingo, 13 de mayo de 2012


España no ha tenido nunca en su historia lo que podríamos denominar una auténtica influencia cinematográfica. Sí han existido casos reseñables como el de Buñuel o el de Almodóvar, pero lo cierto es que la fama les llegó siendo considerados más como extranjeros que como españoles. “Un perro andaluz” figura en los manuales de cine como una película francesa, “Un chien andalou” (lo cual no resulta tan descabellado). El cine español se valora en otros países por su pintoresquismo, por su toque exótico. Otros autores como Berlanga encuentran difícil traducción a la hora de ser exportados. Este es el problema de hacer un cine con una idiosincrasia tan peculiar y concreta… que a veces solo lo entiende el público propiamente autóctono.
En España ha prevalecido siempre un cine más o menos mediocre, contándose con los dedos de una mano los casos que se escapan de esta consideración. Se considera, por tanto, un cine más o menos de calidad, al que trata de proponer planteamientos un poco más interesantes que aquellos a los que se tiene acostumbrado al público. Esta novedad muchas veces resulta incomprendida e incluso criticada. Fue el caso por ejemplo de Benito Perojo, uno de los pioneros más importantes de la historia de nuestro cine español. Perojo era un cosmopolita que había hecho todo cuanto estaba en su mano por aprender el oficio de cineasta de la mejor manera posible. Por eso, en cuanto pudo, no dudó en salir al extranjero para perfeccionar su técnica. Él era consciente de que los medios de los que disponía España para el desarrollo de su industria eran escasos e insuficientes.
Cuando decidió llevar a cabo sus proyectos en Francia o en Alemania, e incluso de dotarse de técnicos extranjeros para rodar en España, fue vapuleado duramente por críticos y compañeros. Ellos sabían que era uno de los mejores cineastas españoles, y quizá por ello los ataques fueron más encarnizados.
Perojo fue uno de esos directores que iluminó las salas de cine españolas con alternativas a un cine poco interesante. Por aquel entonces, los empresarios no veían interesante el negocio del cine y apostaban poco por él. Muchos de los realizadores eran espontáneos que se lanzaban a la aventura buscando una suerte incierta en sus trabajos. Perojo procedía de una familia desahogada económicamente y esto sin duda resultó ser un factor positivo a favor de sus sueños de celuloide.
Cuando llevó a cabo el film “El negro que tenía el alma blanca”, Perojo contaba con una sólida carrera cinematográfica a sus espaldas. El éxito de sus películas le daba carta blanca a sus proyectos. Corría el año 1927 cuando decidió adaptar en Francia la célebre novela de Alberto Insúa. Contrató a una jovencísima Conchita Piquer para el papel protagonista femenino y a Raymond de Sarka para el masculino. La buena acogida del público le llevó a realizar una nueva adaptación (esta ya sonora) en los años treinta con Angelillo como estrella (en los años cincuenta Hugo del Carril realizaría la última de las tres versiones cinematográficas).
A pesar de que ahora las cosas han cambiado bastante, el asunto del film debió resultar bastante moderno para la época, y que no era otro que la superación de las barreras racistas.
Peter Wald, un famoso bailarín de music-hall, decide contratar a Emma, una chica de clase baja con pretensiones de artista, como pareja para sus números artísticos. En un principio, a Emma la asusta el color negro de Peter (lo ve casi como un demonio y llega a tener pesadillas con él), pero poco a poco va salvando los obstáculos infundados de los prejuicios para acabar, gracias a él, saliendo de la miseria en la que se encontraba.
Peter tiene en común con Emma ese espíritu de fortaleza. Él supo abrirse camino confiando en su talento y rompiendo con los estigmas sociales que se tenían sobre las personas de su raza. De criado en una familia adinerada en España pasó a ser botones en una famosa sala de fiestas parisina y, de ahí, a convertirse en un gran bailarín de Charleston.
Entre Emma y Peter está el padre de esta, don Mucio, personaje entrañable donde los haya que hace todo lo posible para que su hija llegue a ser lo que ella siempre deseó. Gracias a su empeño cumple su gran sueño y consigue la felicidad.
Peter va poco a poco enamorándose de Emma y desea por todos los medios que ella también le quiera. Aquí entran los problemas raciales en escena, pues Emma no puede desear a Peter por ser negro. Poco a poco, ella irá dándose cuenta que lo que de verdad importa es la bondad de Peter, su “alma blanca”.
Tras este film, perojo realizaría su primera incursión en el sonoro, “La bodega”, también con Conchita Piquer. Tras esta, las malas relaciones entre el director y la actriz se hacen patentes y la unión cinematográfica concluye, siendo más del gusto del director para los futuros papeles Imperio Argentina. Curiosamente, Piquer acabaría trabajando con Florián Rey, quien a su vez había sido marido de Imperio Argentina y que había acabado separándose de ella tras éxitos como “Nobleza baturra” o “Morena clara”.
“El negro que tenía el alma blanca” contó para los efectos especiales con Segundo de Chomón, otro de nuestros pioneros y experto en trucajes al estilo de Meliés  aprendidos en la casa Pathé (también viajó y trabajó en Francia e Italia, colaborando en importantes producciones como “Cabiria” de Pastrone o “Napoleón” de Gance). Este fue su última intervención cinematográfica.
Destacar, por último, las cualidades de doña Concha para el baile, concretamente del baile moderno de la época, ya que en el film hubiese resultado complicado oírla cantar (a pesar de que ya había hecho una prueba con sincronización de disco en América). De no ser por el no ir en cueros, nada habría tenido que envidiar a la mismísima Josephine Baker.

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EL BARNIZADOR

>> viernes, 11 de mayo de 2012


Llevaba encerrado en la habitación una semana entera y el poco tiempo que le quedaba libre lo dedicaba a salir para hacer compras, comer y dormir. Se había propuesto lijar por entero el suelo de su dormitorio. Tras cerca de diez años de uso ininterrumpido para cualquier cosa que se prestase, el parquet se encontraba en un estado lamentable. Había sido y seguía siendo la habitación de un hombre inquieto en todos los sentidos. En ella pintó, esculpió, bailó, rodó alguna peliculita e incluso durmió (y cuando la cama que utilizaba era ocupada por algún invitado, dormía en un colchón que ponía en el suelo). En esta habitación jugó solo y acompañado cuando fue niño, trajo de adolescente a amigos que luego desaparecieron de su vida o permanecieron en ella, mantuvo sus relaciones formales e informales con chicas y, sobre todo, se forjó como persona creadora en búsqueda de un futuro que dar a su vida. Dentro de aquellas cuatro paredes salieron algunas de sus obras más importantes y otras no tan importantes aunque necesarias para su formación.
Mientras pasaba la lija por la madera veía cómo aquellas marcas, que habían servido de testimonio de todos los años pasados, desparecían a favor de un nuevo suelo impoluto. Sus dedos amenazaban con perder las huellas digitales a fuerza de trabajar sin protección de guante alguno. Por la boca había entrado una gran cantidad de polvo directo a sus pulmones. Y él reflexionaba entre todo esto, pensando en todo lo que habían abarcado esos casi diez años. Para él, aquel lugar se encontraba lleno de significado, iba unido a su propio ser tal y como lo entendía en la actualidad. Se imaginó: “Ojala no tuviera que abandonarte en tantas ocasiones y pudiera suceder todo aquí.”
Pero, ¿acaso no habían sucedido grandes cosas allí dentro? ¿Acaso no había imaginado mundos increíbles, vivido experiencias inconfesables, participado en historias apasionantes sin necesidad de traspasar aquellos muros? Recordó su condición de hijo único y los beneficios que ello le reportaba. La imaginación, por encima de todos. La soledad había sido convertida por él en muchas ocasiones como un valor a explotar en lugar de verla como una desventaja.
Por eso, valoraba ese cuadro de Chirico tanto. Había olvidado cuánto tiempo llevaba colgado en forma de reproducción “La vuelta de Ulises” en una de las paredes de su habitación. Él nunca supo cuál era el nombre del cuadro, pero tampoco le interesaba. Temía incluso conocer el título porque seguramente le decepcionaría respecto a la idea que de él se había formado. Le gustaba simplemente por todo ese mundo surrealista que el pintor italiano había generado en una habitación que bien podía ser la suya.
En una de aquellas tardes de sofocante calor (había esperado a que fuese verano para poder abrir la ventana después de barnizar), se levantó del suelo, todo lleno de “polvo amarillo” y se sentó en el borde de la cama. Miró al frente, a su ventana, que daba a un patio azul de sábanas colgadas. Poco a poco, imaginó que aquel azul era el color del cielo reflejado en el mar y que aquellas sábanas eran lienzos que servían de velas para pequeños barcos. El aire caliente entonces se soportaba mejor por tener tan cerca un puerto refrescante. ¿Y por qué no? ¡Que vengan las cosas a verme a mí y no yo a ellas! Estoy cansado de salir de casa, de abandonar esta habitación…
Luego, miró al sol, una bombilla absurdamente encendida en mitad del día y que colgaba en el techo de la habitación. Todas aquellas telarañas que la rodeaban de esquina a esquina bien podían ser nubes grisáceas y los huevos que algún insecto plantó entre el gotelé del cielo seguramente podían sustituirse por pequeñas estrellas o grandes constelaciones.
La sábana tirada en una punta del suelo, bajo la ventana, era en verdad una muchacha recostada de espaldas y, sobre ella, lo que podían ser cojines eran en realidad pequeños montecitos verdes de un campo primaveral.
A la izquierda, una cometa recogida parecía el árbol que daba sombra a la muchacha, que había comenzado a cantar una canción. La voz procedía en realidad de una vecina que comenzaba a recoger alguna sábana, pero esto realmente importaba bien poco.
La librería pegada a pared de la derecha siempre quiso ser una pequeña biblioteca de Alejandría. Sus libros se amontonaban en varias filas en cada estantería, y sus tamaños y colores organizaban curiosamente el caos que ellos mismos habían formado en su anárquico orden dispuestos.
El bote de líquido tóxico que utilizaba para quitar el barniz antiguo hacía días que se había caído derramando su interior. Había formado un pequeño arroyo que él no había dejado de respirar día tras día.
Llamaron a la puerta. ¿Quién podría ser? Estúpidamente pensó: “Un antiguo amor arrepentido que deseaba imaginar conmigo un nuevo mundo”. Fue a abrir. El interfecto en cuestión era un entendido de arte que había conocido de la existencia del barnizador artista y que se mostraba interesado en sacar rentabilidad de él. Todo un prócer de nuestra época. “Nada tengo ya mío. Todo esto se ha creado en mi imaginación y no puedo ofrecérselo. Si quiere, le puedo narrar lo que veo.” Y entonces comenzó a desgranar pequeños detalles de los que iba dándose cuenta mirando aquel “Jardín de las delicias”. El invitado al jardín asentía maravillado bajo aquel abrigo amarillo y aquel bigotito insignificante. “Pero ahora no me moleste más, porque espero una orquesta”. El hombrecito se fue obediente afirmando que volvería en otra ocasión y, mientras se cruzaba con veinte hombres que entraban en ese momento cargados de instrumentos, se despidió con una sonrisa enigmática.
Todos aquellos músicos entraron incomprensiblemente en aquel reducido espacio. Iban ataviados con pelucas y trajes coloridos de siglos pasados. Ninguno se sentó (como no contaban con que no hubiera sillas, no las trajeron de palacio). Tocaron la Tocata y Fuga de Bach muy despacio, pero con brío.
Cuando concluyeron la ejecución de la pieza, regresaron por donde habían venido de la misma forma que antes. Uno de ellos, al pasar por el lado del hombre sentado en el borde de la cama, le dijo: “Termina ya de barnizar el suelo y déjate de jerigonzas.”
Y así fue.

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EL APARTAMENTO



Mil novecientos sesenta fue un año de grandes nominaciones a los Óscar: “El Álamo”, “Psicosis”, “Éxodo”… De entre todas ellas, hubo una que relumbró sobre las demás y significó la obtención de los laureles para su director. Esa película fue “El Apartamento” (“The Apartment”). Billy Wilder ya había obtenido un éxito considerable con su película “Con faldas ya lo loco” (O “Some like it hot” si se prefiere, ya sin ningún tipo de censura hispana a su título), pero serían las cinco estatuillas ganadoras en aquella velada (Mejor director, al Mejor montaje, a la Mejor película, a la Mejor dirección de arte y al Mejor guión original) las que terminarían por consagrar ese tándem entre el director y L.I.Diamond. Juntos crearon una nueva forma de hacer cine. Sus comedias siempre aparecerán entre las más recordadas de la historia del cine. ¿Cuál fue la fórmula mágica para recibir tal merecimiento? Quizá otra mezcla explosiva: El tándem Jack Lemmon y Shirley MacLaine o, si se prefiere, C.C. Baxter y Frank Kubelik. Juntos participarían en otro film de Wilder, “Irma la dulce”, que obtuvo cierto éxito aunque nada en comparación con el de “El apartamento”. Sus personajes se ganaron rápidamente la simpatía del público. Suyas son las historias de dos personas buenas y abnegadas a las que la vida les trata bien y mal a partes iguales. Baxter trabaja en una gran oficina de Manhattan y es ambicioso a la par que eficiente y sacrificado. Tanto es así que está dispuesto a que sus jefes se aprovechen de él a cambio de poder ascender en su puesto. Esta mezcla de bondad e interés se comprende en el apartamento que generosamente “presta” a los interesados en cuestión para que, a cambio, estos hagan para ayudarle en su carrera laboral. Este lugar es solicitado para las relaciones en secreto con señoritas por parte de los superiores masculinos de Baxter. La señorita Kubelik trabaja como ascensorista en el mismo lugar que Baxter. Como este, tiene otro currículum a parte del laboral: su lista de fracasos amorosos. Baxter se encuentra enamorado de la señorita Kubelik, pero lo que no sabe es que esta se encuentra teniendo una relación ilícita con el jefe jefazo de la oficina (Fred MacMurray).
El apartamento contó con una deliciosa banda sonora a cargo de Adolph Deutsch cuyo pegadizo leit motiv permaneció, permanece y permanecerá en la memoria colectiva de quienes la vieron, la ven y la verán.
La responsabilidad artística recayó en Alexandre Trauner, un exquisito pintor de ambientes con películas como “Othello” de Wells, “Les enfants du paradis” de Carné o À Nous la liberté” de Clair.
El film supuso un merecidísimo éxito para Jack Lemmon, uno de los mejores actores cómicos de aquella época dorada del cine. Sería injusto no mencionar otra de las interpretaciones memorables del film: la de Jack Kruschen como Dreyfuss, vecino de Baxter. Un doctor siempre solícito para cualquier problema en las juergas que se corren en el piso del oficinista.


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METRÓPOLIS



Se encuentra en la lista de los pocos filmes elegidos por la Unesco como “Memoria del mundo”. Su concepción como una obra megalómana por parte de su creador, Fritz Lang, lo demuestran los datos que así la definen: 170 minutos de duración (en su origen) como resultado de 310 días de rodaje en los estudios UFA y con quince mil extras actuando. “Metrópolis” ha sido una de las obras más ambiciosas (en todos los sentidos) de la Historia del Cine y también una de las peores tratadas. La Paramount no tardó en adquirir los derechos de la misma y hacer con ella todo cuanto se le antojó. Una de las cosas que más traían de cabeza en dicho traspaso era el excesivo metraje del film. ¿Cómo podían hacer de aquello algo digerible para el espectador medio americano? Comenzaron así una serie de montajes y remontajes que acabaron mutilando el film hasta límites insospechados. Luego llegó la guerra y el olvido. Incluso el propio Lang pareció dar por perdida la reconstrucción posterior de su propio film. “¿Por qué tanto interés en una película que ya no existe?” le preguntó en una ocasión a Robert Bloch, el autor literario de “Psicosis”. La respuesta está en que “Metrópolis” representa, a día de hoy, un icono del cine de ciencia-ficción y una terrible fábula del mundo del progreso, por aquel entonces en plena ebullición. El guión fue obra de la por entonces mujer de Lang, Thea Von Harbou, la cual acabaría afiliándose a las dilas del régimen fascista con la llegada de Hitler al poder. Lang puso tierra de por medio ante una propuesta del ministro de cultura nazi Goebbels de hacerse cargo de los estudios cinematográficos donde, paradójicamente, había rodado Metrópolis, acabando su carrera en Estados Unidos con filmes de mucha menor calidad (destacando algunos como “Perversidad” o “La mujer del cuadro”). “Metrópolis”, que antes de ser guión fue novela (escrita también por Harbou), narra la historia de una ciudad futurista (se ambiente en el año 2021), con todos los adelantos imaginables e inimaginables, ideada por Johan Fredersen y construida por todo un mundo subterráneo de obreros que continúan trabajando hasta la extenuación por mantenerla. Freder, el hijo de Fredersen, vive ajeno a este infierno en el “cielo” superior, rodeado de privilegios y lujos, llevando una vida frugal y frívola. Un día, conoce a María, al subir esta en uno de los ascensores que conectan el “mundo” con el “inframundo”. Nada más verla se siente cautivado por ella y viceversa. Pero María es obligada a volver al mundo de donde proviene, y Freder corre tras ella. Es así como conoce todo ese mundo que hace posible que él sea tan feliz. Poco a poco va tomando conciencia y poniéndose en contra de su padre al defender a todas esas personas pertenecientes a ese otro mundo, el de los obreros. María funciona como figura esperanzadora para todos aquellos hombres y mujeres deseosos también de rebelarse contra ese poder establecido que les condena a su dura vida. Su mensaje es de paciencia, de espera. Pronto llegará un tiempo en el que todo se arreglará. María se presenta como líder espiritual que habla como representante de una justicia divina. Es la bondad personificada. Sus mensajes los proclama en unas catacumbas que bien pueden recordarnos a aquellas donde se refugiaron los cristianos en la antigüedad.
El film tiene como su definición un mensaje: “El mediador entre el cerebro (el poderoso) y la mano (el trabajador) ha de ser el corazón”. Este pensamiento defendido por el partido nacional socialista es una de las cosas que nos remiten a Harbou ineludiblemente y a ese tufillo ciertamente fascista que desprende el film. Por otro lado, la visión del mundo de la noche, el de la fiesta y la desinhibición, se muestra como algo ciertamente negativo y reprobable, otra de las cosas que juegan en contra del film y de su visión del mundo. Porque, otra de las cosas que refleja Metrópolis es una visión del mundo, con sus críticas y sus cosas constructivas.
Hay otra figura importante en la película, la del científico Rotwang capaz de rivalizar con el mismísimo doctor Frankenstein. Fredersen tuvo en común con este personaje el haber tenido un mismo amor: Hel. Con ella, Fredersen tuvo su hijo Freder, y esta murió al dar a luz. Rotwang trabaja para devolver a la vida a esta mujer de quien estuvo enamorado, y no dudará en usarla en contra del padre, del hijo y de la ciudad entera.
El filme, realizado en 1927, acabó convirtiéndose en uno de los mejores exponentes del expresionismo alemán del momento, junto a otros filmes como “El gabinete del Doctor Caligari” o “Nosferatu”. La construcción de imponentes escenarios y de impresionantes maquetas para llevarla a cabo, hacen de esta película una obra de arte en sí misma. Una de las influencias de Lang fue su visita a ese “Nuevo Mundo” que era por entonces New York.
La banda sonora, compuesta por Goffried Huppertz es, a pesar de su corsé clásico en lo que a sinfónico se refiere, una partitura atrevida y vanguardista. Ella también ha sufrido diversas reconstrucciones siempre dependientes de los montajes más o menos fieles que se podían realizar con los materiales disponibles. Fue en el año 2008 cuando la historia de Metrópolis sufrió un considerable avance. Y es que se encontró en Buenos Aires una copia del filme con 26 minutos hasta el momento inéditos del filme. Al parecer, se trataba de una versión previa a los montajes de la Paramount. Lo malo fue el mal estado en el que se conservaba. No obstante, con ella se realizó la que pasa por ser la reconstrucción más fiel de la película por el momento.
Su historia es la demostración palpable de que el cine, a pesar de ser denominado el 7º arte, funcionó desde sus inicios como invento de explotación comercial, con inconvenientes de este tipo. Afortunadamente, hay cada vez una mayor sensibilidad en este sentido y se están tratando de enmendar con gran empeño estos “errores” cometidos en el pasado.
 Lang ya había dado muestras de su impresionante visión creadora con Films como el de “Los Nibelungos”. Su primera obra, “Las Tres Luces” (todas ellas realizadas con Harbou) resulta una bella fábula sobre la lucha del amor por vencer nada más y nada menos que a la Muerte. Luis Buñuel habla de ella como la película que le impulsó a hacer cine.


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TAKE SHELTER

>> martes, 8 de mayo de 2012



Ganadora del primer premio en la Semana de la Crítica del festival de Cannes, esta segunda película de Jeff Nichols promete. Su ópera prima, “Shotgun Stories”, realizada en 2007, consiguió que muchos se fijaran en él, pero ha sido esta última la que le ha presentado oficialmente al público internacional. "Tenía un profesor en la universidad, un profesor de Europa del Este, que solía decirnos que los Oscar estaban bien, pero que nada supera a Cannes, que Cannes son los Oscar para el mundo. Nichols es de esos creadores que se toma su tiempo para hacer bien la cosas. Como Paul Thomas Anderson (“Magnolia”, “Pozos de ambición”), se hace esperar y desear.
“Take Shelter” es la historia de Curtis LaForche, un hombre que vive en Ohio y que para muchos es un ejemplo de hombre ejemplar. La relación que mantiene con su mujer y su hija parece hecha a prueba de bombas… ¿Pero lo estará también a prueba de Apocalipsis? Y es que las cosas comienzan a torcerse cuando Curtis comienza a tener una serie de pesadillas en las que imagina que una gran tormenta amenaza a la Tierra y a cuantos viven en ella. Poco a poco, se irá convenciendo de que estos sueños tienen un poso de verdad y que cuanto ha imaginado por las noches sucederá. La obsesión llega a invadirle de tal forma en el terreno de lo real que aquello que ve en sus creaciones oníricas traspasa dichas barreras para producirse también cuando él está despierto. En un principio, cree que aquello que ven sus ojos lo ven también los ojos de los demás. Poco a poco, la gente que le rodea comienza a preocuparse por él. Curtis recordará un antecedente familiar, el de su madre, que sufrió de esquizofrenia. Teme que él vaya por el mismo camino y trata de poner todos los medios que tiene a su alcance para evitar el mismo destino (lee libros sobre enfermedades mentales, se medica, acude a psicólogos) pero todo es en vano. Toda su estabilidad vital comienza a tambalearse, pero esto acaba desplazándose a un segundo plano ante la certeza cada vez mayor del advenimiento de aquella tormenta apocalíptica. La mejor forma que encuentra para remediar este mal y sobrevivir a él es construirse un refugio subterráneo, y no duda en endeudarse y poner en peligro su trabajo en la minería para llevarlo a cabo.
Para Nichols, la tormenta real que nos encontramos sufriendo en estos momentos los comunes mortales es la de la crisis financiera. La ciencia ficción se convierte en este sentido en una metáfora. Una de las metáforas menos literarias y menos reales, pues ciertamente esta noticia está afectando por desgracia a nuestras vidas psicológicamente. Es una especie de cataclismo, de fin de una era… de la que no sabemos cómo vamos a salir.
Lo mejor del film de Nichols es el tratamiento que aplica a una película de ciencia ficción para convertirla en una historia personal. La historia de un hombre que poco a poco se va viniendo abajo y que nadie comprende. Él mismo pone a prueba la relación con su mujer siendo sincero y contándole todo lo que pasa dentro de su cabeza. Jessica Chastain, que interpreta dicho papel, la recordaremos por su papel en “El árbol de la vida”. De hecho fue el propio Malick quien se la recomendó a  Nichols como actriz. Su papel bien recuerda al de su anterior film: mujer y madre abnegada, bondadosa, paciente… El protagonista, Michael Shannon, es de momento el actor fetiche de Nichols (quien le siga le recordará en la anterior película de este director).
Toda la trama, todo lo que el espectador creía porque se lo había construido durante todo el film, acaba desmoronándose al final de la película. Esto también es de admirar en Nichols. Su giro copernicano convierte a su trabajo en una obra redonda. Perfecta.

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SE FUE SIN DESPEDIRSE NI DAR LAS GRACIAS

>> lunes, 7 de mayo de 2012


El día toca a su fin y hay que volver a casa. Hoy ha sido uno de esos días en los que uno pone toda la carne del asador y se le quema. El banquete frugal se ha convertido en una parrillada abrasada. Con el ánimo por los suelos, he decidido dejar de conceder favores al mundo para pedir uno solo a quien quiera oírme: ¿Podéis abrirme la puerta del portal? ¡No me apetece sacar las llaves! A medida que avanzo por la acera, se agotan las posibilidades de que me sea concedido el favor. La gente que tengo delante se puede contar con los dedos de un muñón y además no me suena de nada. Ni un vecino en la costa. Todos pasan de largo al lado de la puerta. Me dispongo a mandar una orden al brazo desde mi cerebro para que vaya abriendo la cremallera del abrigo y saque la ristra de chorizos metálicos, cuando entonces se obra lo inesperado: alguien desde dentro abre con diligencia cuando me encuentro a un paso de la entrada al edificio. Serán las diez de la noche, imagino. Mi capacidad para calcular la hora aproximada en cualquier momento del día ha permitido el divorcio con el reloj de pulsera. De él solo conservo una marca, como un callo escocido en mi brazo derecho. Debo de ser de los pocos que no se ponía el reloj en el brazo izquierdo. Por lo que se ve, el reloj y yo siempre estuvimos condenados a no entendernos.
Sé que, después del portal, llegará la puerta de mi piso. Pero esto ya apenas me importa. Con golpear con los nudillos un par de veces, alguien abrirá. Siempre hay alguien. Esta es la suerte.
Tras un día más (o un día menos, según se vea) en mi vida ¿qué cabe recordar de estas veinticuatro horas recientemente pasadas? Quizá una sola cosa refulja de entre todo ese montón de cosas mates: Un rostro.
Un rostro entre la multitud, algo excesivamente manido por la literatura pero que uno se niega a admitir que solo pertenezca a este ámbito. Uno es romántico de por sí y se comporta exageradamente. Le sale del alma. Uno es sentimental, aunque poco a poco se me vaya olvidando si sentimental se escribe con o sin “H”. Me gusta apoyar mi barbilla sobre la palma de mi mano mientras escucho un aria de Puccini, me gusta sentir escalofríos que me remitan a esa misma aria escuchada un gran número de veces anteriormente aunque de maneras distintas. Conocer las cosas que sé que nunca me fallarán y a las que puedo acudir constantemente.
Pues bien, ese rostro apareció como debe aparecer: sin ser esperado. Iba yo esta tarde en un vagón de metro que me conducía a una facultad vacía, yendo a una clase en la que la asistencia no era obligatoria y por eso casi nadie iba. Por querer hacer las cosas bien, decidí perder tres horas de mi vida antes que quedarme en casa… ¿leyendo? ¡Bueno, también se puede leer de viaje! Por eso me llevé un libro para el metro. Un libro que deseaba leer desde hacía mucho tiempo y cuyo título no diré para que nadie se ría de mí. Esa tarde deseé con todas mis fuerzas un asiento vacío en el vagón y lo encontré. Iba a sacar “Ensayo sobre la ceguera” (vaya, ya lo he confesado) cuando ese rostro apareció ante mí. Se trataba de una chica con una cara que recordaba a Audrey Hepburn o, al menos, con los valores que la caracterizaban. Yo nunca deseé a una Hepburn en mi vida, pero sí hubiese querido tener a alguien junto a mí que reuniese una serie de características que la definiesen: dulzura, sonrisa y timidez. Ya ven ustedes qué tres cosas tan tontas. Pues esas tres las encontré reunidas en aquel rostro. Quería deleitarme mirándola pero no quería que ella se sintiera incómoda. La observé de soslayo mientras abría el libro. Después, bajé la vista al primer capítulo de la obra. De vez en cuando volvía levantar la mirada para observarla mientras acudían a mí una serie de pensamientos en fila india: ¿Cómo podemos enamorarnos de una cara y no de una persona? ¿Cómo saber si aquello que intuimos a través de aquella faz es verdaderamente así? ¿Por unos ojos se adivina la dulzura o la timidez? ¿La bondad?
Se juntó el enamoramiento con las ganas de leer. No obstante yo creía ser un buen administrador y no me importó compaginar las dos cosas. La pregunta era si eso iba a ser posible. ¡Qué poca seriedad eso de querer leer un libro (bueno, parte de él siendo más precisos) mientras se está uno enamorando! ¿No?
Un amigo me dijo una vez que idealizaba en exceso a las mujeres, como abstrayéndolas de su condición humana. “Ellas también van al baño ¿sabes?” Ha pasado mucho tiempo desde aquella conversación y yo he cambiado bastante. Una vez que se entra en contacto por primera vez y de verdad con otro cuerpo, con otro ser, las cosas dejan de ser como las habíamos imaginados. Pasamos de la teoría a la práctica. Ahora seguía siendo sentimental aunque práctico.
Por fin llegó la parada en la que tenía que bajarme y ¡oh, maravilla! Ella también se bajó. La según a cierta distancia con el libro abierto.  
Llegamos al tramo de las escaleras mecánicas y, sin darme cuenta, he vuelto a prestar atención a la lectura. Lo cierto es que aquello no habría funcionado. ¿Quién se ha presentado a alguien así porque sí? ¿Quién le ha dicho a alguien: “Hola, perdona, no me conoces como yo a ti tampoco pero me pareces hermosa”…? Además, en cuanto le hubiese dicho que iba a una clase a la que solo iba a asistir yo solo por hacer caso al deber de estudiante, me habría mandado a freír puñetas… Este es otro fallo mío, que mezclo dichos. En lugar de decir “a hacer puñetas” o “a freír espárragos” digo las dos cosas en una sola.
Pero ¿y si funciona? Corro escaleras arriba antes de que ellas me lleven y la busco… pero ya ha desaparecido.
Todavía me queda mi libro. A pesar de las advertencias que desde niño me dieron, yo siempre he leído andando. Sé que tengo una capacidad innata para leer y, a la vez, saber lo que ocurre a mi alrededor. Y no, no me desconcentra.
Así, el camino hasta la facultad se me hace más corto. También, el leer andando te evita saludar a quien no deseas. Si alguien aún así te para con el fin de saludarte, ese es un amigo de verdad. Si quiere saludarte, te saludará aunque tú no te enteres de que pasas por su lado. He conocido montones de personas que te saludan porque tú las saludas y ellas se sienten en la obligación moral de corresponder. Lamentable.
Cuando ya por fin entro en el edificio, veo que ella está ahí, esperando al ascensor. De no haberme rendido tan fácilmente poniéndome a leer, habría acabado alcanzándola en mi camino. Ella iba delante de mí, a su ritmo, y yo tras ella, leyendo. Así todo el camino.
“¿Qué lees?” me preguntó viendo que yo no era capaz de decir nada aunque por mis gestos comprendiese que lo deseaba. “Nada, una tontería… Oye, por cierto, apunta: este es mí número de teléfono”. Y se lo dije. Esta forma fue más brusca que la de “no te conozco pero eres hermosa”. No obstante, ella apuntó la cifra. Fue suerte que tuviese un lápiz y un cuaderno pequeño en su abrigo. Yo, en mi estúpida arrogancia, debí de darlo por sentado cuando dije tan convencidamente lo de mi número de móvil. Quizá fueran los nervios y no encontrase mejor forma de decir que me gustaba. El tiempo se escapaba y ella también como la vez anterior, de modo que debía ser rápido. Y lo fui, aunque hubiese preferido serlo de otro modo, como ya digo.
Esta noche me ha llamado un número desconocido al móvil. Pensé que era ella y lo cogí de forma decidida. Falsa alarma. Era un familiar que acababa de cambiarse de móvil y no me había avisado.
Luego hubo otra llamada. Esta sí era ella. Me dijo que se llamaba Andrea. ¡Era perfecto! Yo la dije que a partir de ese momento sería para mí “Audrey”. Le conté lo de la Hepburn aunque ella me dijo que no veía ese tipo de cine, que le parecía cursi. Esto a mí me molestó aunque no se lo transmití. “Conozco su cara por las carteras, bolsos y libretas que la llevan impresa. Nada más.” Realmente, como era de esperar, esa Andrea y yo no teníamos nada que ver. Pero al menos ella había llamado a mi móvil, y ya solo por eso merecía la pena seguir hablando. “Tampoco me gusta Saramago. Se ha convertido en un nombre más que en un novelista. Se lo valora en exceso. A veces no sé en qué piensan los que dan los Nobel.” No le gustaba Saramago pero al menos tenía algo de cultura literaria. “Por cierto, estoy preparándome para ser cantante”. ¡Qué horror! A los cantantes solo los quiero en los teatros. No necesito vivir al lado de una persona que ensaye noche y día y tenga “contentos” a los vecinos.
De todas formas, Andrea había dejado de convencerme nada más haberla escuchado hablar. Tenía un timbre de voz un tanto desconcertante… aunque el ser humano se acaba acostumbrando a todo ¿no?
Colgué deseándola una buena noche. Mi tono de voz, como su timbre, expresó con suficiente claridad su descontento hacia la otra persona. Mi voz decía: Eres simpática, pero no la simpática que yo creía. Su timbre de voz de la tarde pasada, sin embargo, no transmitía ningún mensaje, auque el efecto provocado en el otro fuese igualmente negativo.
Dicen que toda literatura que se precia repite siempre el título en el propio texto al que da nombre. Allá voy:
En el día de hoy, he descubierto que el hombre sentimental que quedaba en mí se había ido “sin despedirse ni dar las gracias”.

7 – 5 - 12

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"El bailarín y el trabajador" (Luis Marquina, 1936). Extracto

>> domingo, 6 de mayo de 2012

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FICCIONAR Y MENTIR. RECURSOS EN EL CINE DE NO FICCIÓN





Bajo este título se impartió el pasado viernes 4 de mayo en el Centro de Arte Complutense un taller bien interesante a cargo de Helena Grande y Javier Ramírez. A día de hoy me sigue sorprendiendo (cuando no desmoralizando) el poco seguimiento que este tipo de actividades tienen dentro del marco universitario. A la charla acudimos unos pocos y, en parte, amigos de quienes oficiaron la ceremonia.
En cosa de tres horas bien aprovechadas Javier y Helena realizaron un recorrido exhaustivo y bien completo de la historia del documental como formato “creador y creativo”. Más allá del ejercicio clásico de reportaje, lo que interesaba en el planteamiento teórico del taller era trabajar sobre el elemento manipulador que podía ejercerse sobre el propio formato.
El motivo por el que escribo estas líneas no es otro que el de realizar un resumen de aquello que me fue contado aquella tarde, uniéndolo a la opinión personal que yo mismo tengo de aquellas piezas que se presentaron en el taller.

“The Swiss Spaguetti Harvest” fue un falso documental realizado por Charles de Jaeger para BBC News en 1957. En él se mostraba una región de los alpes suizos en la que los habitantes del lugar habían plantado “árboles de spaghetti”. Al día siguiente, muchos curiosos aparecieron en el lugar donde se había realizado la película para interesarse por aquellos “árboles de spaghetti”.
Indudablemente no podemos evitar recordar la polémica suscitada tras la difusión radiofónica de “La guerra de los mundos” por parte de Orson Welles. En este caso, nada había de engaño, pues los que hubiesen leído la novela habrían caído en la cuenta de que lo que se estaba haciendo era “simplemente” transmitir a los oyentes una obra literaria.
No dejamos a Orson Wells porque la siguiente pieza presentada fue su film “Fraude” (“F For Fake”). Cuando en 1973 la carrera cinematográfica de ficción de Wells estaba más que finiquitada, el maestro supo reciclarse ocurriéndosele construir una especie de documental que tratase sobre el fraude. ¿Y cómo hacerlo? Pues de un modo bien inteligente: hablando de algo utilizando su misma herramienta. Durante la última parte del film, el espectador asiste a una gran mentira. Se nos presenta a un falsificador de obras de arte que nunca existió, Elmyr de Hory. Este hombre, según Wells, había sido el responsable de gran parte de las obras de grandes autores que los museos albergaban en el mundo. Él se había hecho pasar por Rembrandt, Cezanne, Picasso… Y nadie se había dado cuenta. Por supuesto, el propósito del film no es otro que el de plantear una gran reflexión acerca de todo esto… eso sí, con grandes gotas de ironía wellsiana.
“Opération Lune” es un film de 2002 de William Karel donde se decide aprovechar una polémica que ha llegado hasta nuestros días: “¿Llegó o no llegó el hombre a la Luna?”
Hay muchos que piensan que todo fue una ficción, que aquellas imágenes se grabaron en un plató. Pues bien, Karel no duda en meter en el embrollo hasta a Stanley Kubrick como el responsable de la filmación de aquella mentira. En el documental participan testimonios verídicos (la señora de Kubrick, Jan Harlan, autoridades políticas) y se aportan pruebas ciertas para disfrazar al discurso de verosimilitud. No obstante, hay otra serie de datos evidentemente falsos pero que pueden pasar desapercibidos para un público que no esté correctamente informado. ¿El resultado? Una gran tomadura de pelo, como lo de Wells. En los dos casos, se descubre el pastel finalmente, como si los responsables sintieran una cierta responsabilidad que les obligase a aclarar el engaño. Pero ¿qué ocurriría si la verdad no se destapase?


“Zelig”, obra de Woody Allen allá por 1983, es un claro falso documental. El protagonista es él mismo y junto a él aparecen otras caras conocidas como Mia Farrow. Allen nos cuenta la historia de un tipo apodado “Zelig” que poseía la capacidad de adaptar el rostro de aquello que le viniera en gana, de metamorfosearse increíblemente. Su historia, apoyada con testimonios fotográficos, periodísticos, etc. sucedió a principios de s. XX. Es este contexto lo que le da verosimilitud a su discurso.
"Alive in Joburg” es un cortometraje realizado por Neill Blomkamp en 2006 cuya repercusión llevó a una adaptación cinematográfica con el título “Distrito 9” (apadrinada por Peter Jackson) cuyo resultado dejaba bastante que desear respecto a la idea original. Esta consiste en la llegada de los extraterrestres a la Tierra y su posterior acondicionamiento en el lugar acabando viviendo casi como indigentes entre basura.
“Catfish” de Henri Joost y Ariel Schulman fue un documental de 2010 en el que los propios autores no quisieron reconocer si aquello era falso o no. La pregunta es si al espectador le importa verdaderamente esto o si le da igual. “Catfish” trata de los mundos de ficción construidos utilizando como herramienta las relaciones por Internet. Así, unos chicos entablan relación con una niña que pinta cuadros y los vende por este medio. Esta niña tiene una hermana mayor de la que se enamora uno de los del grupo, mientras que otro de ellos envía fotografías realizadas por él a la niña para que las convierta en obras de arte. Un día, los amigos deciden realizar una visita sorpresa a la casa donde vive aquella familia. Y aquí se descubre todo el pastel. La tal niña no es en realidad la autora de los cuadros y aquella chica de la que se enamora el chico es en realidad una modelo brasileña ajena a todo esto. La madre es la que se lo ha inventado todo, la que se ha creado una historia irreal.
Más allá de este documental del que se acabó admitiendo su ficción, aquella niña acabó, influida por todo esto, pintando de verdad. De aquí podemos extraer una curiosa conclusión, y es que la propia mentira a dado lugar a una realidad. La propia ficción se ha convertido, en parte, en cierta.
“Garbo el Espía”, de Edmon Roch (2009), fue el documental más caro hecho en aquel año en España. La historia de cómo el rumbo de la Segunda Guerra Mundial pudo cambiar en parte debido al espía español Joan Pujol, es contada con el apoyo en gran parte de imágenes bélicas cinematográficas. Es curioso cómo seguramente el imaginario que guardamos de este momento histórico lo hemos extraído de películas.
“I´m Still Here” de Casey Affleck (2010) resulta una de las propuestas planteadas más interesantes. Esta película fue la causante de que Joaquin Phoenix anunciase su retirada del mundo del cine para dedicarse por completo al mundo de la música. Quería ser rapero, decía. Pronto la noticia fue portada en multitud de noticiarios y llegó a ser motivo incluso de parodia. La cuestión es que la gente picó con el anzuelo y creyó dicha historia. Phoenix aceptó la propuesta aún a sabiendas de lo arriesgado de la elección. Llevar una vida ficticia durante trescientos sesenta y cinco días no debió ser cosa fácil e incluso es posible que le afectara personalmente. Desde luego fue su papel más complicado y lo atajó con muy buena nota.
“Sans Soleil” (1983) es casi un clásico del cine francés, concretamente del cine-ensayo. Dentro de la obra de Marker es quizá lo que mejor le define. Un ejemplo de cómo apropiarse de imágenes de todo tipo e hilarlas bajo un discurso, bajo una voz en off que estructura, que hace de esa amalgama un bloque sólido gracias a su propiedad unificadora.


“Zoom” resulta un ejercicio bien interesante en el que, como en el caso anterior de Marker, el discurso de una voz narradora aporta coherencia a unas imágenes. A diferencia de Marker, León Siminiani se conforma con un solo video, con una sola grabación. Con el texto con el que las ilustra es capaz de extraer diversas conclusiones acerca de las mismas. Diferentes formas de verlas. Distintos puntos de vista que pueden cambiar el sentido con el que las vemos. Esto ya lo hizo Marker con sus “Cartas de Siberia”, mostrando unas imágenes repetidas varias veces con distintos discursos (y en este caso, la palabra “discurso” cobra más sentido)  acompañándolas, tergiversándolas, manipulándolas.
“Sweet and Lowdown” es un film de Woody Allen de 1999 en el que en todo momento se afirma su formato de ficción. Allen se inventa a un personaje de arriba abajo. Ray Emmet, un guitarrista casi a la altura de Django Reinhardt (tan admirado por el director) con música, apariencia y biografía propias. La película intercala la trama de ficción con entrevistas a diversas personas (entre ellas Allen) hablando de la ficticia figura del músico.
“La leyenda del tiempo”, de Isaki Lacuesta (2006) es un documental hecho a partir de un casting. Lacuesta buscaba a personas reales para su historia y para poder mostrarlas lo más verosímilmente posible necesitaba filmarlas en sus ambientes propios. Así, ni corto ni perezoso, se llevó la cámara a las localizaciones frecuentadas por sus actores biografiados y les grabó en su salsa. Una asiática que quiere aprender a cantar como Camarón y un gitanillo andaluz son los personajes clave del film.
“La pyramide humaine” (1961) es uno de los trabajos de Jean Rouch, considerado el documentalista francés por excelencia. Rouch pone como pretexto la filmación de una película donde se trate la cuestión del racismo en Francia para buscar a una serie de actores que la interpreten. Las personas elegidas serán en realidad víctimas de un experimento sociológico llevado a cabo por Rouch. Las relaciones que nacen en la realidad entre los actores (de raza blanca y negra) son el verdadero motivo por el que Rouch decide afrontar el proyecto, demostrando que la cuestión racial entre los jóvenes ha dejado de ser un problema. No puedo por menos recordar otra justificación cinematográfica casi diez años más joven: En 1972 Pier Paolo Pasolini realiza un viaje a África para buscar a los actores de la que será su siguiente película. La intención del italiano es realizar una adaptación de “La Orestiada” llevándola al momento político actual africano. Finalmente, el film nunca llegó a realizarse pero quedaron como testimonio las imágenes realizadas por Pasolini en dicho viaje. Con ellas, realizó un documental que llevó por título “Appunti per un'Orestiade africana”. Los trabajos de Pasolini siempre resultan interesantes, a pesar de que su mirada crítica haya quedado un tanto anticuada con el paso de los años. Las cosas en el mundo han cambiado bastante pero sin duda los problemas principales y más básicos continúan siendo los mismos. Su mismo posicionamiento le llevó siempre a preferir los actores no profesionales a la hora de realizar una película. Estos acaban resultando personajes que recuerdan a los de los cuadros de Piero de la Francesca o Giotto. La falta de conocimiento interpretativo los convierte en figuras hieráticas, como esculpidas en un bloque de madera rígido y primitivo.

Podemos decir que aquello que une a todos estos trabajos es la palabra. Con ella se construye un discurso, con ella se puede “hablar de algo”. Con un discurso estructurado se puede convencer, engatusar, engañar, justificar, distraer y sobre todo interesar. Javier Ramírez y Helena Grande llevan demostrándolo dos años consecutivos con los ciclos de cine-ensayo propuestos en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense. Porque, si algo se echa en falta últimamente en los tiempos que corren, es esa necesidad de la palabra como herramienta para pensar- y lo que es más importante: reflexionar.


          Acompañado de amigos durante una de las jornadas de "Geografías Humanas" de cine-ensayo

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