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LE QUATTRO VOLTE

>> martes, 29 de mayo de 2012

En el año 2010, Michelangelo Frammartino sorprendió en el Festival de Cannes con una cinta entre el documental y la ficción titulada “Le quattro volte”. En ella, podíamos ver cómo transcurría la vida en un pueblecito calabrés. El ciclo natural encontraba representación en cuatro elementos: un viejo pastor, su rebaño de cabras, un abeto y carbón. A través de ellos, el espectador se enfrentaba a la cotidianidad, a ese “no pasa nada” de la vida diaria. El tiempo parece detenerse o ir más lento. Al menos eso nos parece, al encontrarnos tan poco acostumbrados a ver este tipo de cosas en pantalla. Y es que la vida, al contrario que la narrativa de ficción a la que nos encontramos más habituados, es mucho más sencilla de lo que queremos creer (aunque interiormente lo sepamos). La cámara, a través de la cual vemos, aparentemente sigue aquello que filma y espera, es paciente. Parece depender de algo que no controla, que es aquello que filma. ¡Nada más lejos de la realidad! Todo esto no son más que triquiñuelas, pues cada plano está más que pensado. La naturaleza es en realidad la que se doblega al director, solo que dentro de un pacto tácito y secreto en el que nosotros no hemos sido invitados. La idea de que en los pueblos todo es mucho menos complicado y más rutinario es en realidad una falacia como una casa. Ciertamente, la gente que vive en las ciudades, es menos consciente de esto e incluso sufre una especie de trastorno al pasar de un lugar a otro. Cada cosa tiene sus particularidades y quien es de un sitio se acostumbra a su entorno, qué duda cabe. No obstante, este filme tiene la peculiaridad de sorprender con lo más sencillo, con lo que acaba resultando más natural. ¿Será que nos hemos “desnaturalizado” y vemos ya con otros ojos?

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