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“LUCES DE BOHEMIA” EN EL TEATRO MARÍA GUERRERO

>> martes, 29 de mayo de 2012

Era la España de principio de siglo XX y, sin embargo, parecía la de ahora. He ahí donde reside la vigencia de Valle-Inclán. Aquel personaje, más que escritor, que pasó de ser un modernista entusiasta de Rubén Darío a un fiero poeta de acerada prosa. Aquello que deseaba contar se escapaba al verso y era menester el comentario fluido, exento de artificio. Su “esperpento” no era más que uno de los espejos del Callejón del Gato expuesto en el escenario, mostrando al espectador el espectador mismo. Aunque el espejo decía ser deformante, lo era para hacer caer a quien lo miraba en la realidad de las cosas. Solo deformando la visión de la realidad llegaba a comprenderse. Todo un cuadro goyesco de personajes y situaciones grotescas y miserables donde cualquiera podía verse reconocido. Máximo Estrella y Don Latino son un Don Quijote y un Sancho Panza contemporáneos, testigos de revueltas callejeras, de lugares donde se reúnen tipos siniestros de la más baja estofa, de la puesta en escena de todo tipo de ideologías. La noche les acoge como espejo deformante en el que contemplar una España que representa todos los pecados capitales, donde se esconde la virtud y se muestran (y se premian) los malos hábitos, la degeneración humana. Todo cuanto trata de esconderse sale cuando las luces se van. Lluis Homar lleva a cabo una versión de Luces de Bohemia bien sencilla, porque lo que pesa es el texto y la dramaturgia. Será acaso el suelo el mayor protagonista escenográfico, cubierto todo de libros. Allí van a caer los personajes, sobre él caminan y flaquean. El uso de las escaleras (que llevan nuevamente al suelo) resulta también determinante para dividir la escena en dos planos… e incluso en tres si mencionamos las trampillas que conducen más allá del suelo a un estrato desconocido, por debajo de nuestra mirada. En cuanto al repertorio, mencionar nombres tan conocidos para el público como Gonzalo de Castro, Isabel Ordaz, Miguel Rellán, todos ellos ya veteranos del oficio. Como música, un piano y un violín, que nos recrean los cafés castizos, aquel San Ginés de chocolatada, espejo y humo de cigarro, de tertulia. Más de dos horas de representación donde uno no puede dejar de mirar al escenario. En escena hasta el 25 de marzo. Representaciones con aforo completo. Para no perdérselo.

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