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CANCION DE CUNA

>> martes, 29 de mayo de 2012

Hay un momento claro en la filmografía de José Luis Garci en la que su carrera se ve partida en dos etapas bien diferenciadas: la primera, aquella que nace del momento que vive España de transición democrática. En ella, podemos encontrar títulos como “Asignatura pendiente” o “Solos en la madrugada”. Otra, en la que hay una revisión clara del pasado cultural español. En este caso, encontramos adaptaciones literarias de Galdós, Pérez de Ayala, Mihura, Sagarra. Luego, hay otros filmes difíciles de clasificar dentro de estos dos momentos, como las dos versiones de “El crack”, que más parecen relatos desligados de un momento histórico. Podría decirse que son homenajes al film noir, ficciones deudoras del cine clásico. Por último, tenemos películas como “Las verdes praderas” o “Volver a empezar” (su obra maestra). Es esta última, concretamente, las más “garciana”. En “Volver a empezar” se pone de manifiesto una seña de identidad del director español: su interés por las relaciones entre los personajes (entiéndase “relación” por “encuentro” y “conversaciones”), relaciones en las que a ser posible se produzca una rememoración de tiempos pasados. Dos personas que, tras muchos años de amistad, vuelven a juntarse para hablar con nostalgia de lo que han sido sus vidas. Este cine, heredero de títulos como “Tú y yo” de Leo McCarey, se sitúa dentro de un terreno complicado para el espectador: Cine íntimo, cine sentimental. “Canción de cuna”, es una película bisagra, pues se encuentra entre aquellos dos momentos en un principio mencionados de la trayectoria cinematográfica de Garci. Es una película que adapta la obra de uno de los autores más importantes de la literatura española de principios de siglo XX, Gregorio Martínez Sierra. Por otro lado, es una historia que nos habla del mundo íntimo del ser humano. Esta película es una historia de mujeres. “Canción de cuna”, como tantas obras, llevaba la firma pública de Martínez Sierra y la privada o secreta de su mujer, María Lejárraga. Una escritora que vivió a la sombra de su marido, para el que siguió escribiendo incluso cuando él la dejó por otra. En “Canción de cuna” se observa claramente la mano de una mujer, de María Lejárraga. Y esta mano resulta perfecta, pues de ella brota la clara belleza de la obra. Una historia aparentemente ya manida por los melodramas de le época: un recién nacido es abandonado en un convento. Desde “Currito de la Cruz” hasta “Marcelino pan y vino” hay sobrados ejemplos. No obstante, como ya hemos dicho previamente, esta historia no es una historia de monjas sino de mujeres. El propio Garci conocía la obra, de niño la había escuchado dramatizada por la radio. Cuenta que es de las pocas veces en las que sintió cómo algo se conmocionaba dentro de él, algo hermoso. El filme nos habla de esas vidas que dejan de vivir apartándose de las cosas mundanas para encomendarse a Dios. Unas mujeres que acaban teniendo que ser madres, que han de encargarse de una tarea para ellas un tanto extraña. La forma en que cada una lo afronta perfila a los personajes otorgándoles una visión del mundo, individualizándoles. “Canción de cuna” es de esas películas misteriosas que obran de nosotros un pequeño milagro. Algunos de los culpables de este hecho, además de los ya mencionados: Manuel Rojas, director de fotografía. Zurbarán invade cada uno de los fotogramas gracias a una naturalista iluminación. Manuel Balboa, cuya banda sonora es un regalo para los oídos. Alfredo Landa, Fiorella Faltoyano o Maria Luisa Ponte en el reparto. Esta versión de “canción de Cuna” es la última de un total de cinco y, a mi juicio, la más sobresaliente.

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