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EL BARNIZADOR

>> viernes, 11 de mayo de 2012


Llevaba encerrado en la habitación una semana entera y el poco tiempo que le quedaba libre lo dedicaba a salir para hacer compras, comer y dormir. Se había propuesto lijar por entero el suelo de su dormitorio. Tras cerca de diez años de uso ininterrumpido para cualquier cosa que se prestase, el parquet se encontraba en un estado lamentable. Había sido y seguía siendo la habitación de un hombre inquieto en todos los sentidos. En ella pintó, esculpió, bailó, rodó alguna peliculita e incluso durmió (y cuando la cama que utilizaba era ocupada por algún invitado, dormía en un colchón que ponía en el suelo). En esta habitación jugó solo y acompañado cuando fue niño, trajo de adolescente a amigos que luego desaparecieron de su vida o permanecieron en ella, mantuvo sus relaciones formales e informales con chicas y, sobre todo, se forjó como persona creadora en búsqueda de un futuro que dar a su vida. Dentro de aquellas cuatro paredes salieron algunas de sus obras más importantes y otras no tan importantes aunque necesarias para su formación.
Mientras pasaba la lija por la madera veía cómo aquellas marcas, que habían servido de testimonio de todos los años pasados, desparecían a favor de un nuevo suelo impoluto. Sus dedos amenazaban con perder las huellas digitales a fuerza de trabajar sin protección de guante alguno. Por la boca había entrado una gran cantidad de polvo directo a sus pulmones. Y él reflexionaba entre todo esto, pensando en todo lo que habían abarcado esos casi diez años. Para él, aquel lugar se encontraba lleno de significado, iba unido a su propio ser tal y como lo entendía en la actualidad. Se imaginó: “Ojala no tuviera que abandonarte en tantas ocasiones y pudiera suceder todo aquí.”
Pero, ¿acaso no habían sucedido grandes cosas allí dentro? ¿Acaso no había imaginado mundos increíbles, vivido experiencias inconfesables, participado en historias apasionantes sin necesidad de traspasar aquellos muros? Recordó su condición de hijo único y los beneficios que ello le reportaba. La imaginación, por encima de todos. La soledad había sido convertida por él en muchas ocasiones como un valor a explotar en lugar de verla como una desventaja.
Por eso, valoraba ese cuadro de Chirico tanto. Había olvidado cuánto tiempo llevaba colgado en forma de reproducción “La vuelta de Ulises” en una de las paredes de su habitación. Él nunca supo cuál era el nombre del cuadro, pero tampoco le interesaba. Temía incluso conocer el título porque seguramente le decepcionaría respecto a la idea que de él se había formado. Le gustaba simplemente por todo ese mundo surrealista que el pintor italiano había generado en una habitación que bien podía ser la suya.
En una de aquellas tardes de sofocante calor (había esperado a que fuese verano para poder abrir la ventana después de barnizar), se levantó del suelo, todo lleno de “polvo amarillo” y se sentó en el borde de la cama. Miró al frente, a su ventana, que daba a un patio azul de sábanas colgadas. Poco a poco, imaginó que aquel azul era el color del cielo reflejado en el mar y que aquellas sábanas eran lienzos que servían de velas para pequeños barcos. El aire caliente entonces se soportaba mejor por tener tan cerca un puerto refrescante. ¿Y por qué no? ¡Que vengan las cosas a verme a mí y no yo a ellas! Estoy cansado de salir de casa, de abandonar esta habitación…
Luego, miró al sol, una bombilla absurdamente encendida en mitad del día y que colgaba en el techo de la habitación. Todas aquellas telarañas que la rodeaban de esquina a esquina bien podían ser nubes grisáceas y los huevos que algún insecto plantó entre el gotelé del cielo seguramente podían sustituirse por pequeñas estrellas o grandes constelaciones.
La sábana tirada en una punta del suelo, bajo la ventana, era en verdad una muchacha recostada de espaldas y, sobre ella, lo que podían ser cojines eran en realidad pequeños montecitos verdes de un campo primaveral.
A la izquierda, una cometa recogida parecía el árbol que daba sombra a la muchacha, que había comenzado a cantar una canción. La voz procedía en realidad de una vecina que comenzaba a recoger alguna sábana, pero esto realmente importaba bien poco.
La librería pegada a pared de la derecha siempre quiso ser una pequeña biblioteca de Alejandría. Sus libros se amontonaban en varias filas en cada estantería, y sus tamaños y colores organizaban curiosamente el caos que ellos mismos habían formado en su anárquico orden dispuestos.
El bote de líquido tóxico que utilizaba para quitar el barniz antiguo hacía días que se había caído derramando su interior. Había formado un pequeño arroyo que él no había dejado de respirar día tras día.
Llamaron a la puerta. ¿Quién podría ser? Estúpidamente pensó: “Un antiguo amor arrepentido que deseaba imaginar conmigo un nuevo mundo”. Fue a abrir. El interfecto en cuestión era un entendido de arte que había conocido de la existencia del barnizador artista y que se mostraba interesado en sacar rentabilidad de él. Todo un prócer de nuestra época. “Nada tengo ya mío. Todo esto se ha creado en mi imaginación y no puedo ofrecérselo. Si quiere, le puedo narrar lo que veo.” Y entonces comenzó a desgranar pequeños detalles de los que iba dándose cuenta mirando aquel “Jardín de las delicias”. El invitado al jardín asentía maravillado bajo aquel abrigo amarillo y aquel bigotito insignificante. “Pero ahora no me moleste más, porque espero una orquesta”. El hombrecito se fue obediente afirmando que volvería en otra ocasión y, mientras se cruzaba con veinte hombres que entraban en ese momento cargados de instrumentos, se despidió con una sonrisa enigmática.
Todos aquellos músicos entraron incomprensiblemente en aquel reducido espacio. Iban ataviados con pelucas y trajes coloridos de siglos pasados. Ninguno se sentó (como no contaban con que no hubiera sillas, no las trajeron de palacio). Tocaron la Tocata y Fuga de Bach muy despacio, pero con brío.
Cuando concluyeron la ejecución de la pieza, regresaron por donde habían venido de la misma forma que antes. Uno de ellos, al pasar por el lado del hombre sentado en el borde de la cama, le dijo: “Termina ya de barnizar el suelo y déjate de jerigonzas.”
Y así fue.

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