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EL NEGRO QUE TENÍA EL ALMA BLANCA

>> domingo, 13 de mayo de 2012


España no ha tenido nunca en su historia lo que podríamos denominar una auténtica influencia cinematográfica. Sí han existido casos reseñables como el de Buñuel o el de Almodóvar, pero lo cierto es que la fama les llegó siendo considerados más como extranjeros que como españoles. “Un perro andaluz” figura en los manuales de cine como una película francesa, “Un chien andalou” (lo cual no resulta tan descabellado). El cine español se valora en otros países por su pintoresquismo, por su toque exótico. Otros autores como Berlanga encuentran difícil traducción a la hora de ser exportados. Este es el problema de hacer un cine con una idiosincrasia tan peculiar y concreta… que a veces solo lo entiende el público propiamente autóctono.
En España ha prevalecido siempre un cine más o menos mediocre, contándose con los dedos de una mano los casos que se escapan de esta consideración. Se considera, por tanto, un cine más o menos de calidad, al que trata de proponer planteamientos un poco más interesantes que aquellos a los que se tiene acostumbrado al público. Esta novedad muchas veces resulta incomprendida e incluso criticada. Fue el caso por ejemplo de Benito Perojo, uno de los pioneros más importantes de la historia de nuestro cine español. Perojo era un cosmopolita que había hecho todo cuanto estaba en su mano por aprender el oficio de cineasta de la mejor manera posible. Por eso, en cuanto pudo, no dudó en salir al extranjero para perfeccionar su técnica. Él era consciente de que los medios de los que disponía España para el desarrollo de su industria eran escasos e insuficientes.
Cuando decidió llevar a cabo sus proyectos en Francia o en Alemania, e incluso de dotarse de técnicos extranjeros para rodar en España, fue vapuleado duramente por críticos y compañeros. Ellos sabían que era uno de los mejores cineastas españoles, y quizá por ello los ataques fueron más encarnizados.
Perojo fue uno de esos directores que iluminó las salas de cine españolas con alternativas a un cine poco interesante. Por aquel entonces, los empresarios no veían interesante el negocio del cine y apostaban poco por él. Muchos de los realizadores eran espontáneos que se lanzaban a la aventura buscando una suerte incierta en sus trabajos. Perojo procedía de una familia desahogada económicamente y esto sin duda resultó ser un factor positivo a favor de sus sueños de celuloide.
Cuando llevó a cabo el film “El negro que tenía el alma blanca”, Perojo contaba con una sólida carrera cinematográfica a sus espaldas. El éxito de sus películas le daba carta blanca a sus proyectos. Corría el año 1927 cuando decidió adaptar en Francia la célebre novela de Alberto Insúa. Contrató a una jovencísima Conchita Piquer para el papel protagonista femenino y a Raymond de Sarka para el masculino. La buena acogida del público le llevó a realizar una nueva adaptación (esta ya sonora) en los años treinta con Angelillo como estrella (en los años cincuenta Hugo del Carril realizaría la última de las tres versiones cinematográficas).
A pesar de que ahora las cosas han cambiado bastante, el asunto del film debió resultar bastante moderno para la época, y que no era otro que la superación de las barreras racistas.
Peter Wald, un famoso bailarín de music-hall, decide contratar a Emma, una chica de clase baja con pretensiones de artista, como pareja para sus números artísticos. En un principio, a Emma la asusta el color negro de Peter (lo ve casi como un demonio y llega a tener pesadillas con él), pero poco a poco va salvando los obstáculos infundados de los prejuicios para acabar, gracias a él, saliendo de la miseria en la que se encontraba.
Peter tiene en común con Emma ese espíritu de fortaleza. Él supo abrirse camino confiando en su talento y rompiendo con los estigmas sociales que se tenían sobre las personas de su raza. De criado en una familia adinerada en España pasó a ser botones en una famosa sala de fiestas parisina y, de ahí, a convertirse en un gran bailarín de Charleston.
Entre Emma y Peter está el padre de esta, don Mucio, personaje entrañable donde los haya que hace todo lo posible para que su hija llegue a ser lo que ella siempre deseó. Gracias a su empeño cumple su gran sueño y consigue la felicidad.
Peter va poco a poco enamorándose de Emma y desea por todos los medios que ella también le quiera. Aquí entran los problemas raciales en escena, pues Emma no puede desear a Peter por ser negro. Poco a poco, ella irá dándose cuenta que lo que de verdad importa es la bondad de Peter, su “alma blanca”.
Tras este film, perojo realizaría su primera incursión en el sonoro, “La bodega”, también con Conchita Piquer. Tras esta, las malas relaciones entre el director y la actriz se hacen patentes y la unión cinematográfica concluye, siendo más del gusto del director para los futuros papeles Imperio Argentina. Curiosamente, Piquer acabaría trabajando con Florián Rey, quien a su vez había sido marido de Imperio Argentina y que había acabado separándose de ella tras éxitos como “Nobleza baturra” o “Morena clara”.
“El negro que tenía el alma blanca” contó para los efectos especiales con Segundo de Chomón, otro de nuestros pioneros y experto en trucajes al estilo de Meliés  aprendidos en la casa Pathé (también viajó y trabajó en Francia e Italia, colaborando en importantes producciones como “Cabiria” de Pastrone o “Napoleón” de Gance). Este fue su última intervención cinematográfica.
Destacar, por último, las cualidades de doña Concha para el baile, concretamente del baile moderno de la época, ya que en el film hubiese resultado complicado oírla cantar (a pesar de que ya había hecho una prueba con sincronización de disco en América). De no ser por el no ir en cueros, nada habría tenido que envidiar a la mismísima Josephine Baker.

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