Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

¿QUÉ SUCEDIÓ?

>> martes, 29 de mayo de 2012

  
Nada. No sucedió nada. Todo estaba en mi cabeza.
Un lunes más me encontraba allí, a las siete y media de la tarde, sentado en una butaca y esperando a que el concierto comenzase.
Cuarenta minutos antes, salía de mi casa y caminaba por la calle Príncipe de Vergara hasta llegar al Auditorio Nacional. Como suele sucederme, suelo llegar temprano y  decido invertir el tiempo sobrante en leer los apuntes al programa. Mi lectura llega poco más o menos hasta el punto en el que las luces de las lámparas comienzan a bajar y los rezagados toman posiciones en sus asientos. Como siempre, me levanto y dejo educadamente que la gente pase hasta el lugar que se les ha asignado. Siempre gente mayor, siempre gente que tose en los silencios y se marcha durante los aplausos finales. Si alguna vez fuese director de orquesta, por alguna remota casualidad, no me gustaría ver que cuando salgo a saludar la gente se levanta de donde está sentada para marcharse por la puerta. Sin aplaudir por el trabajo supuestamente bien hecho. Ojala la batuta se convirtiese en varita mágica para poder lanzar destellos a esas personas maleducadas. No me gusta que la sociedad convierta esta clase de cosas en ritos y funcionen casi mecánicamente, dejando al lado su sensibilidad melómana (que, de tenerla, seguramente no permitiría que el trasero, como si funcionase como por resorte de muelle, se levantase de donde está posado).
¡Bendita muchedumbre decrépita que asiste a los conciertos como defensora a ultranza de la música clásica! Con amigos como estos, más vale dar por muerta la música concertil.
Pero sucedió ¡oh, milagro inesperado! Que la persona que acabó sentándose junto a mí no era de aquella de los sesenta para arriba, sino más bien de los veinticinco para abajo. ¡Y cuánta belleza irradiaba! La vulgaridad, aún así, asomaba tímida en un cuerpo contaminado por algún tatuaje y algún piercing (eso sí, tímidos, apenas inapreciables).
Una mujer que me ignoró casi por completo. Una mujer que iba acompañada por su padre, que parecía atormentarla felizmente con indicaciones cultas respecto de lo que sucedía en el escenario. A ella le gustaba esta ilustración tan fraternal, asintiendo y diciendo a cada momento: “¡Qué bonito, qué bonito!”
¿Qué pasó por mí? De frente era bella, pero de perfil aún más.
Esta pequeña secta donde nos concentramos las supuestas personas sensibles, escondidos, resguardados del resto de la sociedad, contaba con un miembro femenino extraordinario. Al menos, desde su envoltorio. Un enamoramiento inexplicable pasó por mí velozmente, como esa mosca que revolotea en torno a la oreja dispuesta a meterse dentro de ella y zumbar alegremente.
Esta mañana pensé en un profesor que me enseñó lo que era la poesía. Un hombre que pertenecía a esa otra entrañable secta de tipos que cubren su cabeza con sombrero. Un hombre al que quizá le olía el aliento pero no importaba, porque uno le conocía por lo que escribía, no tanto por lo que hablaba. Es la ventaja de los poetas. Que se expresan grafológicamente. Injusto sería decir que a este gran hombre le olía el aliento. Puedo habérmelo inventado, nunca llegaré a saber la verdad. Solo la mentira. Pero él siempre estuvo distante conmigo (concretamente siempre nos separaba una gran mesa). Y me dio sabios consejos. E insisto: al menos tenía una cara a la que no le pegaba que la alitosis.

Este poeta se encontraba cansado ya de los muermos como yo, siempre pendientes de los asuntos amorosos. Yo también a veces me resulto cursi y me irrita no tener de que hablar salvo del amor en tantos momentos. Podría ahorrármelo, pues sé que no voy a llegar a ninguna conclusión nueva sobre ello. Solo puedo aportar mi punto de vista. Celebro no descubrir el secreto mecanismo por el que se rige este perfume fatal, que diría el fraile de alguna zarzuela.
El otro día recordé un fragmento de aquella película maravillosa de Mervyn Leroy titulada “Mujercitas”, en la que un hombre de físico parecido a Schubert tocaba al piano una canción de Goethe. Jo, una de aquellas niñas hechas mujer de la novela de Louisa May Alcott, le escuchaba doblegada por aquel perfume antes mencionado. Goethe, que lo mismo hablaba de amor que de tinieblas con su “Fausto” o su “Aprendiz de Brujo”, entendía también de música, llegando a conocer a eminencias como Mozart, Beethoven o Mendelssohn. Este último, siendo Goethe ya anciano, visitó su casa siendo niño. Un niño prodigio al que el escritor alemán valoró y elogió por encima del propio Mozart. Según Goethe, Mendelssohn poseía una madurez impropia de su edad.
Hoy en el auditorio sonaba “Paulus”, obra precisamente de Mendelssohn escrito contra la intolerancia religiosa. Mis profundas creencias se vieron avivadas ante este maravilloso oratorio tan deudor de Bach y Haendel.
La magnificencia de su composición inundaba mi espíritu. Toda la teatralidad musical dispuesta para ilustrar pasajes del evangelio hizo mella en mí. Y entre mis creencias cristianas y Mendelsohn, se interpuso esta mujer. Todo se unió confabulándose en contra mía o a favor mía en un momento delicado de mi situación personal.
Aquello fue uno de tantos momentos imposibles que no debían haber comenzado para no tener que terminar. El padre me miraba cuando a veces se percataba de mis miradas hacia su hija, insolentes. Yo mismo me sentía avergonzado. Desde que en el intermedio del concierto decidí, aprovechando la ausencia de ella, recoger su programa que había caído al suelo para dárselo en propia mano después, sabía lo que me esperaba. Ni yo mismo era capaz de mirarla con valentía, tan cerca la tenía. Quizá fuese esa proximidad tan incómoda la que me impidiera mirarla cuando ella me mirase. Solo cuando ella miraba al frente, a la orquesta y al coro, me atrevía a posar mis ojos en los suyos.
Los libros blancos de partituras que sujetaban las cantantes vestidas también de blanco, se me antojaban alas. Extrañas alas que, en lugar de ir tras la espalda iban delante, ante el pecho. Ángeles celestiales que dejaban salir el aire de dentro inspirados por Mendelssohn, el niño prodigio.
El pueblo, ciego, insultaba a los que manifestaban la palabra divina y los amenazaban con la lapidación. Dios les decía: “No tengáis miedo, estoy aquí”.
Ella estaba allí, indiferente, diciendo “¡qué bonito!”. Estas dos palabras comenzaban a cargarme. Por otro lado, su cuerpo no se conmovía ante la música, pero también es cierto que mucha gente lleva la procesión por dentro. Por fortuna o desgracia, yo no soy así. Yo necesito exteriorizar los sentimientos, mi cuerpo parece destrozarse por dentro, retorcerse de gozo y extraño dolor. A veces no nos gusta emocionarnos y lo pasamos mal. Pero debe ser inevitable (y remarco lo de “debe”, si deseamos que aquello que nos dignifica como personas no se pierda). El ser humano es animal, agresivo por naturaleza. Solo hace falta visitar una guardería. Canalizar la fuerza que llevamos dentro, la necesidad de expresarnos. Pero también somos seres que, además de actuar con nuestro cuerpo hacia los demás de forma negativa, somos capaces de regocijarnos a nosotros mismos hacia adentro.
Yo, poco a poco, me había dejado caer hacia la izquierda. La tenía más cerca que nunca. Más próximo que la distancia que la separaba del padre. ¡Qué incómodo debió ser para ella! O qué placentero, porque a veces por encima de situaciones engorrososas priman otros sentimientos. Nunca lo sabré. Todo estaba en mi cabeza y yo mismo me había construido la historia. Qué lento funciona el amor y cómo nos cuesta mostrar nuestro cariño mutuamente, construir una relación.
Ahora Mendelsohn estaba conmigo. Ahora me había olvidado ya de mi aventura pasajera. La obra daba su últimas boqueadas y allí estaba todo el público estremecido. Tras la última nota y sentí un deseo violento, como los antes mencionados, que canalicé aplaudiendo con toda mi fuerza. No sentía dolor en las manos ante los choques de mis palmas, llevaba un rato aplaudiendo y no me cansaba. ¡Qué bello! Y, sí, “¡qué bonito!” como dijera la muchacha.
Ordenadamente, la gente salió del auditorio. Yo iba entre ellos, y no me importó regresar a casa sabiendo que no la volvería a ver más.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP