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SE FUE SIN DESPEDIRSE NI DAR LAS GRACIAS

>> lunes, 7 de mayo de 2012


El día toca a su fin y hay que volver a casa. Hoy ha sido uno de esos días en los que uno pone toda la carne del asador y se le quema. El banquete frugal se ha convertido en una parrillada abrasada. Con el ánimo por los suelos, he decidido dejar de conceder favores al mundo para pedir uno solo a quien quiera oírme: ¿Podéis abrirme la puerta del portal? ¡No me apetece sacar las llaves! A medida que avanzo por la acera, se agotan las posibilidades de que me sea concedido el favor. La gente que tengo delante se puede contar con los dedos de un muñón y además no me suena de nada. Ni un vecino en la costa. Todos pasan de largo al lado de la puerta. Me dispongo a mandar una orden al brazo desde mi cerebro para que vaya abriendo la cremallera del abrigo y saque la ristra de chorizos metálicos, cuando entonces se obra lo inesperado: alguien desde dentro abre con diligencia cuando me encuentro a un paso de la entrada al edificio. Serán las diez de la noche, imagino. Mi capacidad para calcular la hora aproximada en cualquier momento del día ha permitido el divorcio con el reloj de pulsera. De él solo conservo una marca, como un callo escocido en mi brazo derecho. Debo de ser de los pocos que no se ponía el reloj en el brazo izquierdo. Por lo que se ve, el reloj y yo siempre estuvimos condenados a no entendernos.
Sé que, después del portal, llegará la puerta de mi piso. Pero esto ya apenas me importa. Con golpear con los nudillos un par de veces, alguien abrirá. Siempre hay alguien. Esta es la suerte.
Tras un día más (o un día menos, según se vea) en mi vida ¿qué cabe recordar de estas veinticuatro horas recientemente pasadas? Quizá una sola cosa refulja de entre todo ese montón de cosas mates: Un rostro.
Un rostro entre la multitud, algo excesivamente manido por la literatura pero que uno se niega a admitir que solo pertenezca a este ámbito. Uno es romántico de por sí y se comporta exageradamente. Le sale del alma. Uno es sentimental, aunque poco a poco se me vaya olvidando si sentimental se escribe con o sin “H”. Me gusta apoyar mi barbilla sobre la palma de mi mano mientras escucho un aria de Puccini, me gusta sentir escalofríos que me remitan a esa misma aria escuchada un gran número de veces anteriormente aunque de maneras distintas. Conocer las cosas que sé que nunca me fallarán y a las que puedo acudir constantemente.
Pues bien, ese rostro apareció como debe aparecer: sin ser esperado. Iba yo esta tarde en un vagón de metro que me conducía a una facultad vacía, yendo a una clase en la que la asistencia no era obligatoria y por eso casi nadie iba. Por querer hacer las cosas bien, decidí perder tres horas de mi vida antes que quedarme en casa… ¿leyendo? ¡Bueno, también se puede leer de viaje! Por eso me llevé un libro para el metro. Un libro que deseaba leer desde hacía mucho tiempo y cuyo título no diré para que nadie se ría de mí. Esa tarde deseé con todas mis fuerzas un asiento vacío en el vagón y lo encontré. Iba a sacar “Ensayo sobre la ceguera” (vaya, ya lo he confesado) cuando ese rostro apareció ante mí. Se trataba de una chica con una cara que recordaba a Audrey Hepburn o, al menos, con los valores que la caracterizaban. Yo nunca deseé a una Hepburn en mi vida, pero sí hubiese querido tener a alguien junto a mí que reuniese una serie de características que la definiesen: dulzura, sonrisa y timidez. Ya ven ustedes qué tres cosas tan tontas. Pues esas tres las encontré reunidas en aquel rostro. Quería deleitarme mirándola pero no quería que ella se sintiera incómoda. La observé de soslayo mientras abría el libro. Después, bajé la vista al primer capítulo de la obra. De vez en cuando volvía levantar la mirada para observarla mientras acudían a mí una serie de pensamientos en fila india: ¿Cómo podemos enamorarnos de una cara y no de una persona? ¿Cómo saber si aquello que intuimos a través de aquella faz es verdaderamente así? ¿Por unos ojos se adivina la dulzura o la timidez? ¿La bondad?
Se juntó el enamoramiento con las ganas de leer. No obstante yo creía ser un buen administrador y no me importó compaginar las dos cosas. La pregunta era si eso iba a ser posible. ¡Qué poca seriedad eso de querer leer un libro (bueno, parte de él siendo más precisos) mientras se está uno enamorando! ¿No?
Un amigo me dijo una vez que idealizaba en exceso a las mujeres, como abstrayéndolas de su condición humana. “Ellas también van al baño ¿sabes?” Ha pasado mucho tiempo desde aquella conversación y yo he cambiado bastante. Una vez que se entra en contacto por primera vez y de verdad con otro cuerpo, con otro ser, las cosas dejan de ser como las habíamos imaginados. Pasamos de la teoría a la práctica. Ahora seguía siendo sentimental aunque práctico.
Por fin llegó la parada en la que tenía que bajarme y ¡oh, maravilla! Ella también se bajó. La según a cierta distancia con el libro abierto.  
Llegamos al tramo de las escaleras mecánicas y, sin darme cuenta, he vuelto a prestar atención a la lectura. Lo cierto es que aquello no habría funcionado. ¿Quién se ha presentado a alguien así porque sí? ¿Quién le ha dicho a alguien: “Hola, perdona, no me conoces como yo a ti tampoco pero me pareces hermosa”…? Además, en cuanto le hubiese dicho que iba a una clase a la que solo iba a asistir yo solo por hacer caso al deber de estudiante, me habría mandado a freír puñetas… Este es otro fallo mío, que mezclo dichos. En lugar de decir “a hacer puñetas” o “a freír espárragos” digo las dos cosas en una sola.
Pero ¿y si funciona? Corro escaleras arriba antes de que ellas me lleven y la busco… pero ya ha desaparecido.
Todavía me queda mi libro. A pesar de las advertencias que desde niño me dieron, yo siempre he leído andando. Sé que tengo una capacidad innata para leer y, a la vez, saber lo que ocurre a mi alrededor. Y no, no me desconcentra.
Así, el camino hasta la facultad se me hace más corto. También, el leer andando te evita saludar a quien no deseas. Si alguien aún así te para con el fin de saludarte, ese es un amigo de verdad. Si quiere saludarte, te saludará aunque tú no te enteres de que pasas por su lado. He conocido montones de personas que te saludan porque tú las saludas y ellas se sienten en la obligación moral de corresponder. Lamentable.
Cuando ya por fin entro en el edificio, veo que ella está ahí, esperando al ascensor. De no haberme rendido tan fácilmente poniéndome a leer, habría acabado alcanzándola en mi camino. Ella iba delante de mí, a su ritmo, y yo tras ella, leyendo. Así todo el camino.
“¿Qué lees?” me preguntó viendo que yo no era capaz de decir nada aunque por mis gestos comprendiese que lo deseaba. “Nada, una tontería… Oye, por cierto, apunta: este es mí número de teléfono”. Y se lo dije. Esta forma fue más brusca que la de “no te conozco pero eres hermosa”. No obstante, ella apuntó la cifra. Fue suerte que tuviese un lápiz y un cuaderno pequeño en su abrigo. Yo, en mi estúpida arrogancia, debí de darlo por sentado cuando dije tan convencidamente lo de mi número de móvil. Quizá fueran los nervios y no encontrase mejor forma de decir que me gustaba. El tiempo se escapaba y ella también como la vez anterior, de modo que debía ser rápido. Y lo fui, aunque hubiese preferido serlo de otro modo, como ya digo.
Esta noche me ha llamado un número desconocido al móvil. Pensé que era ella y lo cogí de forma decidida. Falsa alarma. Era un familiar que acababa de cambiarse de móvil y no me había avisado.
Luego hubo otra llamada. Esta sí era ella. Me dijo que se llamaba Andrea. ¡Era perfecto! Yo la dije que a partir de ese momento sería para mí “Audrey”. Le conté lo de la Hepburn aunque ella me dijo que no veía ese tipo de cine, que le parecía cursi. Esto a mí me molestó aunque no se lo transmití. “Conozco su cara por las carteras, bolsos y libretas que la llevan impresa. Nada más.” Realmente, como era de esperar, esa Andrea y yo no teníamos nada que ver. Pero al menos ella había llamado a mi móvil, y ya solo por eso merecía la pena seguir hablando. “Tampoco me gusta Saramago. Se ha convertido en un nombre más que en un novelista. Se lo valora en exceso. A veces no sé en qué piensan los que dan los Nobel.” No le gustaba Saramago pero al menos tenía algo de cultura literaria. “Por cierto, estoy preparándome para ser cantante”. ¡Qué horror! A los cantantes solo los quiero en los teatros. No necesito vivir al lado de una persona que ensaye noche y día y tenga “contentos” a los vecinos.
De todas formas, Andrea había dejado de convencerme nada más haberla escuchado hablar. Tenía un timbre de voz un tanto desconcertante… aunque el ser humano se acaba acostumbrando a todo ¿no?
Colgué deseándola una buena noche. Mi tono de voz, como su timbre, expresó con suficiente claridad su descontento hacia la otra persona. Mi voz decía: Eres simpática, pero no la simpática que yo creía. Su timbre de voz de la tarde pasada, sin embargo, no transmitía ningún mensaje, auque el efecto provocado en el otro fuese igualmente negativo.
Dicen que toda literatura que se precia repite siempre el título en el propio texto al que da nombre. Allá voy:
En el día de hoy, he descubierto que el hombre sentimental que quedaba en mí se había ido “sin despedirse ni dar las gracias”.

7 – 5 - 12

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