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FALSAS APARIENCIAS

>> viernes, 29 de junio de 2012

El otro día, viendo una película de James Cagney de los años treinta (creo que se trataba de “El enemigo público”), se me ocurrió cambiar el audio. De la versión doblada española pasé a la versión original subtitulada. La escena se desarrollaba en una sala de fiestas en la que todo el mundo bailaba. ¡Cuál sería mi sorpresa al comprobar que la música que sonaba de fondo cambiaba completamente! Ya no era una canción tristona sino una más bien animada. Además, el sonido general (más allá del de la música) había cambiado completamente. El ambiente “español” de la banda sonora que había escuchado estaba sucio. Sonaban chisporroteos por todas partes. El sonido de la película original era limpio, no parecía de una película antigua.
Otro día en el que se me volvió a presentar la ocasión, decidí volver a experimentar. De nuevo se trataba de un film clásico. Desde el mando pulsé el botón mágico. ¿Qué sucedió entonces? De una escena en silencio se pasó a otra con música de fondo. Aún siendo las mismas imágenes, la atmósfera cambiaba completamente. Pensé entonces seriamente qué películas había estado viendo hasta ahora. Cuántas veces me habían engañado miserablemente en un pasado en el que no existía ese botón mágico que ahora tenía a mi disposición.
Recuerdo la primera vez que escuché la voz original de Marlon Brando. Los dobladores se habían preocupado de otorgarle una personalidad muy varonil. Su voz grave y profunda convencía al público femenino. Yo, por mi parte, ya me había acostumbrado a escucharle de este modo y aquella voz me parecía coherente. Lo cierto es que acompañaba creíblemente a su físico. Ahora, descubierto el pastel, escuchaba a un Marlon Brando con voz de hombrecillo convaleciente. En alguna ocasión comenté también la impresión que sentí al escuchar por primera vez otra voz relevante en el cine, la de Woody Allen. Acostumbrado a Joan Pera, la voz del Allen original me parecía una broma de mal gusto. Se había caído para mí el cincuenta por ciento del mito.
La música de “Capitanes Intrépidos” de Víctor Fleming ya no sonaba como aquella que me había aprendido de niño. Recuerdo, además, que la primera versión que vi del film era en color. Años después descubrí, ingenuo de mí, que la película había sido rodada en blanco y negro y coloreada, como otras tantas, a posteriori (“Sospecha” de Hitchcock, por ejemplo). Esto me hizo sospechar de otras, como “El mago de Oz”. La primera vez que la vi fue por la televisión. Cuando sintonicé el canal, la película ya había comenzado. Como en aquel momento no podía verla, decidí coger la primera cinta VHS que tuviese a mi alcance para grabarla, con la mala suerte de que ésta también estaba empezada y no pudo grabarla entera. Casualmente, faltaban las partes en blanco y negro del film. Así pues, creí que se trataba de una película en color. Lo que no sabía es que su director había decidido muy acertadamente parcelar el film y rodar las partes que hacían referencia a la realidad en blanco y negro y las oníricas en color. No obstante y como ya he dicho, la primera vez que la vi no me percaté de dichos fragmentos y, tiempo después, ya vista la versión íntegra (esto es, con principio y final), recordé la otra película casualmente también dirigida por Víctor Fleming.




El caso de “El mago de Oz” era distinto, pues mientras “Capitanes Intrépidos” había sido rodada expresamente en blanco y negro y coloreada después en una nueva versión, “El mago de Oz” tenía ya a su alcance el sistema Technicolor, por lo que las partes en color fueron rodadas expresamente así. Hay entre los dos Films dos años de diferencia. “Capitanes Intrépidos” se rodó en 1937 y “El mago de Oz” en 1939. 1938, el año justamente intermedio, fue el de “Lo que el viento se llevó”, la primera película en color de la historia del cine (y, ¿adivinan quién fue uno de los directores que participaron en ella? ¡Premio! ¡Víctor Fleming!).
   
Cuando algo parece que no puede sorprenderte, entonces te sorprende.
¿Qué sentido podía tener cambiarle la banda sonora a un film? La música es universal, no es necesario traducirla. La música parece lo menos inamovible de este mundo.
Las ejecuciones sinfónicas de Sergiu Celidibache de nuevo me descubrían que una misma música podía contener pequeños secretos inaudibles aparentemente. Era conocida la lentitud con la que el maestro rumano dirigía las piezas que pasaban por su batuta. A diferencia de otros directores como Karajan, que alababan las grabaciones de estudio, Celidibache defendió siempre la música en directo, sin postproducción. Karajan representaba la velocidad y el retoque sonoro, Celidibache la lentitud y verosimilitud de la música. Su modo de entender la partitura podría haber sido la de un cirujano que con bisturí en mano sacaba a relucir notas escondidas dentro de un tejido. La ralentización provocaba que cada instrumento sonase limpiamente en su melodía, articulando cada sonido, haciéndolo notar. Cada momento tenía su importancia, todo quedaba perfectamente definido y diferenciado de lo demás.
Karajan prometía una falsa belleza de la música mediante la conversión del director en un falso Mesías de gestos amanerados. Su figura estilizada era la de un gran actor que cerraba los ojos y movía las manos graciosamente, como embelesado por la propia atmósfera que él creaba. Celidibache era más rudo dirigiendo pero cada gesto tenía una función, más allá de una mímica estética. Con un dedo señalaba a un violinista para que entrase o a un flautista para que tuviera cuidado e hiciese más piano sus notas.
Al fin y al cabo, el director es una pieza más dentro de la orquesta. Sin los instrumentos a los que da órdenes acaba reducido a un individuo que mueve extrañamente sus manos en un silencio atronador, como dijo en alguna ocasión Sarasate.
Sin los músicos, la partitura no es más que un papel manchado con signos indescifrables.

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El jeque y la jequesa


Bolígrafo azul y negro, lápiz y rotulador sobre papel

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Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955)

>> jueves, 28 de junio de 2012

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DE MONTAIGNE A HÖLDERLIN



La libertad de cátedra que siento al ponerme a escribir debo de agradecérsela al bueno de Montaigne. Desde que patentó aquello de escribir sobre las cosas bajo su propio y particular punto de vista, no han dejado de salirle malos imitadores, cada uno a su estilo. Yo no sé cual es el mío todavía, la verdad. Nadie me lo ha dicho. Por lo tanto, solo me queda seguir buscando.
Hay quien es menos original y solo se le ocurre revisar cuestiones universales sobre las que tratar. El amor, por ejemplo. Muchos lo consideran su “asignatura pendiente”. Yo, para ser sincero, no considero al amor como una chiquillada que tenga que revisarse en septiembre. Aunque el amor tiene mucho de niño, prefiero decir que se me resiste, que no logro comprenderlo. Algo se me escapa de toda aquella rica combinación de engranajes que lo conforman. Debe de olvidárseme accionar alguna palanca o apretar algún botón. Quién sabe. De todas formas, que nadie se asuste, pues no pienso hablar de asunto tan manido.
Luego, está por ejemplo la nostalgia de los paraísos perdidos. Yo no creo en la bondad del hombre, como creía Rousseau (un hombre al que tampoco hay quien le entienda, pues es capaz de dar lecciones escribiendo “Emilio o la educación” a la vez que abandona a sus cinco hijos). Salvajes hay muchos, buenos ya no sé. De un padre de la ilustración un tanto incoherente pasamos a un pobre loco recluido en un molino. Sí señores, Hölderlin.
Hace unos meses tuve la oportunidad de acudir al Instituto Goethe para oír el poema “El Archipiélago” de boca de Javier Navarro. Quien fue mi profesor de escenografía en la facultad era el encargado de dar vida y voz a unos versos inmortales. Es curioso que ya Hölderlin contemplase a Grecia con lástima, pensando en la cuna de la cultura que fue en un pasado. Ahora la situación es dramática allí. Si lo viese Hölderlin (Hölderlin cuerdo, claro…).
Pero aquel no era día de una sola nefasta coincidencia. Theo Angelopoulos fallecía ese mismo 24 de enero, tratando de concluir la que sería su última película en el más estricto sentido de la palabra.
Además de la lectura del poema, se presentaba un libro con el texto  traducido al español y acompañado de fotografías que ilustraban el poema desde un punto de vista desprovisto de poética. Imágenes de la Grecia actual, desnuda, sin mitología ni cultura clásica de ningún tipo. ¡Fuera estatuas!
Entre los ponentes, conocí a Juan Barja, actual director del Círculo de Bellas Artes. Me apenó el no entender el cincuenta por ciento de las cosas que decía, pues aunque eran bien interesantes, las decía de carrerilla y para el cuello de su camisa. De entre las cosas más o menos audibles que le entendí, hubo una que me llamó la atención considerablemente. Barja hacía mención a las palabras monosílabas, concretamente aquellas que encerraban una gran fuerza en su sentido. Por mencionar algunas, por ejemplo: “No”, “Dios”, “Fin”, “Ya”…
Lo mejor, como ya digo, fue la lectura de Javier Navarro. Nunca le había visto recitar y descubrí un gran poeta en él. Su faceta dramática había pasado desapercibida para mí. Tuve la suerte después de colaborar con él en una versión contemporánea que escribió de “La vida es sueño”. Él era Clotaldo y yo Segismundo encadenado. Pero ahí no terminaron las cosas, y es que después logré que accediera a poner una de las voces en off de un cortometraje que realicé titulado “Variaciones sobre un mismo tema”, hoy todavía en proceso de conclusión.
De “El archipiélago” existían traducciones anteriores, de entre ellas una de las mejor consideradas a cargo de Luis Díez del Corral. No obstante, no se había logrado un acercamiento fiel a la obra. Así lo cuenta Jaime Siles:

"No es que no hubiera buenas versiones poéticas de Hölderlin, que las hay: lo que faltaba era una forma de mentis linguaeque que, al optar por el hexámetro de cuño klopstockiano en que en su idioma se escribió, aportara una distinta tonalidad y colocatura, sorprendente en sus efectos acústicos y estéticos para el lector, y que tuviera la virtud de mostrar el punto de vista desde el que el autor lo entiende".

En este sentido, Helena Cortés Gabaudán realizó un excelente trabajo de traducción en el libro actual.
La poesía de Hölderlin no es, ni mucho menos, de cartón piedra. Su actualidad sigue interesando a los lectores. El poeta alemán consiguió convertirse en clásico sin ser clasicista. Su visión de Grecia era la de alguien que la admiraba aún sospechando que había más de ideal que de real en ella. La poesía se convertía en el único medio donde retener todo aquel mundo soñado que parecía no tener intención de volver jamás.

¿Tornan las grullas de nuevo a tu lado y enfilan de nuevo
rumbo a tus costas los barcos?¿Envuelven en calma tu
flujo
brisas ansiadas y sube del fondo el delfín y su lomo
baña al reclamo del sol que le alumbra con luces no
usadas?
¿Jonia florece? ¿Ya es primavera? ¿La hora en que
siempre
joven se torna en los vivos el alma y amores primeros
nácenle al hombre y despiertan recuerdos de edades
doradas,
tiempo en que acudo a tu lado y saludo al silente, ¡oh
anciano!

Como en una especie de rito ancestral, Hölderlin parece convocar todo aquel mundo antiguo y mítico (que no histórico) mediante el artificio poético, dotándolo de un ritmo contenido en la métrica, convirtiendo en musicalidad unas palabras ciertamente evocadoras que parecen llamar a aquel mundo mágico, quererlo despertar de su letargo, recordarle quién fue, admirar toda su grandeza.    

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SE EXTRAVIÓ UN PENDIENTE


Se extravió un pendiente
Una pequeña gota plateada
Escondida en el césped
Bajo el pedestal de una estatua
Sin sexo y sin brazo
Que alzar para declamar algo

Un agujero nuevamente vacío
De una oreja perdida entre cabello
Acariciado por una mano que no era
Precisamente de piedra. Dos cuerpos
Bañados por el vapor de una tarde
Que amenazaba lluvia, con el frío
Que puede permitirse el verano

Solo la mirada vacía y perdida
De la divinidad clásica nos observaba
Mientras, a tu lado, recordaba
De nuevo lo que era el cariño
En el silencio más solemne, entre miradas
Sonrisas y complicidades

A lo lejos, pavos reales
Y cerca, sus reproducciones
Garabateadas sobre papel
Interrumpida su ejecución
Por esta torre de Babel
De emociones tan distintas
pero tan reconocibles y comunes

Te marchaste conmigo
con el impar en tus lóbulos
¡Habrá que volver quizá
Para nuevamente perderlo!
A este lugar tan lleno de sentido
Para nosotros… antes, tan normal  

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“SUEÑO Y SILENCIO”, LO NUEVO DE JAIME ROSALES


Se dio a conocer con “Las horas del día” y obtuvo el reconocimiento con “La soledad”. A día de hoy, Jaime Rosales es uno de los cineastas españoles más interesantes. Ahora ha presentado su último film, “Sueño y silencio”, con el que reflexiona acerca del sentimiento que provoca en el ser humano la pérdida de un ser querido. Mediante le reflexión sobre la muerte, acaba por valorarse la vida, experiencia única a la que podemos catalogar de “milagro”.
Su forma de expresión, su manera de relatar, le ha ido perfilando con características propias.
Mediante los planos largos, la apuesta por el blanco y negro y la utilización de actores no profesionales, Rosales sigue su línea de experimentación y de búsqueda a través del cine (aunque, como él ha dicho en alguna ocasión, busque con este método “encontrar” más que “buscar”, dejarse sorprender por lo desconocido). Trabaja con los sentimientos y con la plasticidad, que también puede convertirse en emoción.
La realidad resulta un terreno bien interesante sobre el que profundizar mediante la ficción, produciendo tantos resultados como personas indaguen en ella, cada uno distinto, infinito. Así define su propuesta el cineasta en una entrevista al periódico ABC:   

“Como dice Kant, la trascendencia está fuera de la experiencia, por lo que no puede desarrollarse un discurso racional. Creo que hay algo que me acompaña y me supera, así percibo yo la vida. Todas las formas religiosas de darle una explicación racional no me resultan satisfactorias, por eso decidí hacer la película. Propongo una comunión con el espectador en cuanto a emociones. La belleza del experimento humano es arrojarse a vivirlo aún sabiendo que no vamos a encontrar respuestas, aunque sería trágico no hacerse las preguntas”.

El film abre y cierra con la presencia de Miquel Barceló, al que recientemente hemos visto en las dos partes de la última propuesta de Isaki Lacuesta, “Los pasos dobles” y “El cuaderno de barro”. Quizá sus obras ayuden a comprender un poco más lo que Rosales quiera contar. Contar con el arte como forma de expresión resulta siempre una buena baza. Siempre ayuda a enriquecer algo que en su propia abstracción resulta bien complejo de relatar.  
El director es consciente de que hay algo más allá de lo que podemos comprender que nos produce desasosiego. La vida acaba convirtiéndose en algo interesante y misterioso. En la actualidad,  el ser humano parece haber invertido sus valores, dejando de lado cosas que eran para él importantes en un tiempo anterior y tomando interés por otras que pueden resultar carentes de contenido, vacías. La palabra empleada por él lo resume a la perfección: El yo del ser humano se ha “empobrecido”.   
Rosales prefiere la realidad a la ficción. Por ello, radiografiando el alma humana para ponerla después en una pantalla, consigue la reflexión en el espectador sobre la propia vida, sobre su vida.

“Yo defiendo la diversidad cinematográfica porque la riqueza de lo humano está en la diversidad. Pero tiene que existir un mundo que refleje esa realidad, que nos devuelva nuestra mirada a nosotros mismos porque todo proyecto humano es un intento de mejora y sin ver los problemas es imposible mejorar. No digo que no haya momentos de evasión, pero si solo nos evadimos no hay progreso posible. Enfrentarse a la realidad es la condición absolutamente necesaria para progresar”.
  
Rosales defiende la importancia del creador y apuesta por un “mecenas” del que importe poco su origen. Ya sea público como privado, debe preocuparse por aquello que avala, interesarse por lo que puede contar a los demás. Dejar de poner por delante el dinero.



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GUSTAVO PÉREZ PUIG, IN MEMORIAM

>> miércoles, 27 de junio de 2012



En el verano de 1998, mi abuelo me llevó a conocer a Enrique Jardiel Poncela. Contaba yo con diez añitos cuando pisé por primera vez el Teatro Español (desde las butacas, claro). La obra llevaba por título “Los habitantes de la casa deshabitada”. De ella recuerdo entre los actores al simpático de Sazartonil haciendo de chófer, a José Carabias interpretando a un hombre sin cabeza (cosa difícil)  y a Paloma Paso Jardiel (cuyos apellidos nos remiten-y no por casualidad- a dos pesos pesados del teatro)… Nunca podré olvidar tampoco el miedo que pasé. Nada más comenzar la obra, y en un oscuro total, sonaron las notas más conocidas de “una noche en el monte pelado”. Yo debí pensar que no era cosa para tomárselo a broma, y ni aún después de haber descubierto el humor de Jardiel pude quitarme la impresión del cuerpo. Yo soy una persona un tanto cabezota, y si algo me ha dado miedo… ¡pues me ha dado miedo, y no hay forma de convencerme de lo contrario! Es curioso cómo a Jardiel le gustaba jugar con el elemento sobrenatural. Si  hacemos un repaso de sus piezas más afamadas, recordaremos al muerto que vuelve a la vida vestido de torero con barba en “Un marido de ida y vuelta”, al pacto que hace el protagonista de “Las cinco advertencias de Satanás” con el Señor de las Tinieblas, al reencuentro con sus antepasados del romántico de “Angelina o el honor de un brigadier” o a la extraña casa de “Eloísa está debajo de un almendro”.
En el programa de la función, que todavía conservo (cómo serán las cosas que al final acabé por tomarle cariño a la obra que de niño me asustó), ponía- y sigue poniendo, claro- que la dirección era de Mara Recatero. Este nombre me iba sonando cada vez más a medida que me iba interesando por el mundillo del teatro. Tampoco tardé en aprenderme el de Gustavo Pérez Puig, gracias a alguna reposición que tuve la oportunidad de ver de Estudio 1. ¡Qué casualidad que estos dos nombres tuviesen detrás de ellos a dos personas que acabaran casándose!
A Puig le debemos no sólo que acabase convenciendo a don Miguel Mihura para el estreno de sus “Tres sombreros de copa”. Él tuvo la culpa de que el teatro entrase en las casas gracias a la televisión. Hoy en día resulta desternillante que la gente ponga su televisor para ver teatro. Por aquel entonces, la cultura todavía se consideraba espectáculo… un espectáculo entretenido para la mayoría de los españoles. Más de dos generaciones recuerdan todavía ese “Don Juan tenorio” interpretado por Paco Rabal y Concha Velasco. Hoy día, no solo el teatro en la televisión representa un rara avis (de vez en cuando, alguna obra se realiza por parte de TVE). Pérez Puig también suena a la gente como un Expediente X. Entiéndase “la gente” como la generación actual, la que no creció con el blanco y negro y ni siquiera con parte de la de color. Uno no sabe si hacer como Arturo de Córdoba en “Él” de Buñuel, concretamente en la escena del campanario, y defender las virtudes del egoísmo como herramienta para compadecerse del resto de los humanos. Sin saberlo, muchos de ellos están condenando al ostracismo a esa parte de la cultura que, si no ha muerto todavía, anda de velatorio en velatorio, esperando su final. Su final en vida y su final en la Historia. La memoria es frágil, y esto representa un gran problema. Cierto que existen hemerotecas, pero suelen estar frecuentadas por personas a las que no les importa levantarse a las nueve un sábado para ir a coger sitio en sus mesas, como los domingueros de Benidorm en verano. Y no sé si fiarme de esa gente, la verdad.  
 
Algunos opinan que Puig cayó en la desatención por parte de la gente de la cultura debido en parte a su ideología. Tiene gracia… hay quien todavía cree que la cultura solo pertenece a un signo político. Me deprime la estrechez de mira de tantos, el no darse cuenta de que cada forma de pensar tiene de lo que presumir y de lo que callar. Si Picasso contestó en una ocasión “está prohibido hablar con el conductor” cuando le preguntaron qué pensaba sobre el cubismo, a veces me dan ganas de decir “no se habla de política cuando se está comiendo, que es de mala educación” cuando alguien se empeña en sacar el tema cuando se habla de cultura. La cultura es para mí mi comida, mi sustento (espiritualmente hablando). Sin ella, no sabría qué hacer. Acabaría de brazos cruzados sentado en la cama de mi habitación. La cultura dignifica al hombre. La política lo embrutece, saca sus peores pasiones. ¿Quién dijo que la política era la vida? ¿Aristóteles? Pues yo le contestaba a Aristóteles: “Ya nos podemos pegar un tiro todos entonces. La vida es demasiado corta como para gastarla tan inútilmente”. Y es que a veces parece que no aprendemos de los errores del pasado. La política puede ser interesante vista desde la barrera, con la objetividad que marca la distancia. La política se ha encargado de destruir la cultura cuando ha podido. La historia la escriben los vencedores (y también borran cosas, faltaría decir). La política se encarga de desmemoriar. Las bibliotecas son como quirófanos en los que se trata de mantener con vida muchas cosas que han recibido estocadas de muerte. Muchas veces resurgen tras tiempo dormidas (esto es, olvidadas). Otras veces, continúan en su letargo esperando. Hay quien desconecta la máquina que mantiene con vida esa parte de la cultura, que la hace desaparecer por fuerza. Grandes relatos se han escrito sobre esto mismo (el “Fahrenheit” de Bradbury, por ejemplo). Y es que la ciencia ficción no deja de ser una moraleja de la realidad.

Dicen que Pérez Puig descubrió su vocación teatral viendo, de niño, una representación de “Los claveles” de José Serrano. La zarzuela ¡otra gran olvidada!
¡Qué bella obra la de “Los claveles”! La música del valenciano es uno de los grandes legados que nos ha dejado la música. Siempre tuvo Serrano un poso melancólico en lo que compuso. Algo parecido a lo que le sucedía a Sorozábal (en este caso, el mal trato que recibió por parte de la cultura del momento y su origen vasco pueden justificar esas partituras de atmósfera triste). Yo de pequeño pensaba que la Calle Serrano estaba dedicada a don José y no a un señor militar del que la memoria histórica se ha encargado de borrar de la H.G.P.C. (“Historia General Popular Contemporánea”). Ciertamente, me apenó el descubrir que aquella calle tan conocida de Madrid no desprendía notas musicales (y me molestó no saber quién era Francisco Serrano). Una calle en la que vivió Manuel de Falla y escribió “La vida breve”. Esto lo sé por una placa que había puesta. En la actualidad, el cartel en el que se refería este hecho desapareció de la casa de la calle Serrano al concluir una obra de rehabilitación del edificio… De nuevo la mala memoria… la mala memoria de devolver las cosas a su sitio. Hay muchas veces que la política se olvida a propósito, con toda su mala idea, de devolver las cosas a su sitio.
Espero que la Historia ponga las cosas en su sitio y no se olviden de dedicar a Pérez Puig una calle, una placa, o lo que sea, aunque tengan que ponerse en los lugares menos propicios, en los más escondidos.

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Cinemanía

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Belén

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Dos visiones de Javier Navarro





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"NADA". UNA OBRA DE CÁSCARA ROTA

>> martes, 26 de junio de 2012




He tenido el placer de asistir -como espectador privilegiado- al forjamiento, durante una serie de años, de un grupo teatral que ha ido ganando en consistencia, profesionalidad y calidad. Sus integrantes se conocieron en los años de existencia del Grupo de Teatro Bellas Artes, propuesta escénica creada por Eva Libertad dentro de la susodicha Facultad de la Universidad Complutense de Madrid.
 De aquella experiencia quedaron cuatro miembros con ganas de continuar unidos su andadura teatral, de prolongar los buenos resultados. Tras obras como “Pánico” o “Cómo vivir 100 años”, ahora han resurgido desde sus éxitos en un formato nuevo: Cáscara rota. La formación la integran  Lucía Sánchez, Gonzalo López, Andrea Díaz y Javier Ramírez. Desde hace un año trabajan conjuntamente para sacar proyectos ideados por ellos mismos en los que dirigen y actúan a partes iguales. Dentro de esta forma de trabajo tan peculiar (y tan práctica, todo sea dicho) han llevado por diversas salas de Madrid una obra que lleva por título “Nada”. Dicho proyecto no ha hecho sino crecer a lo largo de este tiempo, evolucionando en su libreto y puesta en escena. Todo es susceptible de cambio, y no solo ellos son los responsables de dicho avance, sino también los espectadores que la conocen. “Se aceptan propuestas de todo tipo” parecen decir. Los actores-escritores-directores provienen, como ya hemos dicho antes, de un campo concreto: las Bellas Artes. Esto afecta inevitablemente en su proyecto “Cáscara rota”. Hay un interés estético evidente. Todo el atrezzo dispuesto en torno a su escenario nos remite a dicha sensibilidad.
“Nada” es una propuesta con humor de un tema que no por viejo deja de estar en el candelero de la actualidad: Las relaciones de pareja. Desde el ser humano primigenio hasta el actual, numerosos quebraderos de cabeza han amenazado la estabilidad emocional de quien ha entrado en este pantanoso terreno.
La obra es aparentemente sencilla:
Tres personas sentadas en torno a una mesa. Alumbradas por unos pocos focos que les confieren presencia escultórica, más allá de este pequeño círculo de luz les rodea una oscuridad en la que se guarecen los espectadores que observan la escena.
Sobre la mesa que acaba resultando un pequeño pantano, tres jarras flotan sobre agua. Una jarra las rellena cuando quedan vacías, colaborando en este exceso acuático.
Dos beben. El otro, que les sirve más agua, representa esa inestabilidad en el dúo, en la pareja. A pesar de su condición de tercero, de estar en segundo plano, interfiere de forma directa en los demás. Sin él, no tendría sentido la obra. Los tres personajes permanecen casi hieráticos en escena, conformando una escena pictórica además de la otra escultórica.
“Nada” ha pasado por “La Bagatela”, "La Tabacalera", “La Tirana” o “Kubik Fabrik” en Madrid, y en breve visitará Florencia en su Festival de San Casciano. Conviene estar atentos para descubrir cuál será su nuevo escenario.

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Álvaro Pombo


Rotulador azul de pinta fina, lápices de colores y acuarela sobre papel

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La espera


Rotulador azul de pinta fina, lápices de colores y acuarela sobre papel

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La Comedia del Arte


Rotulador azul de pinta fina, lápices de colores y acuarela sobre papel

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Autorretrato

Rotulador azul de pinta fina y acuarela sobre papel

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ENTREVISTA A MÍ MISMO


P: Se cree usted muy guapo ¿verdad?
R: ¡Qué le vamos a hacer! Hay gente que me dice “es usted un tanto atractivo” y lo mínimo que puedo hacer para agradecérselo es mirarme una o dos veces al espejo diariamente…
P: Luego le gusta retratarse o que le retraten.
R: Sí, pero esto no es culpa mía. Me lo enseñaron maestros tan antiguos como el daguerrotipo. Todo escritor, músico o artista que se precie merece figurar en la solapa de algún libro, catálogo, partitura o programa de mano.
P: ¿Se entrevista usted a usted mismo muy a menudo?
R: Eso dímelo tú… (risas)
P: ¿Qué valora de la vida?
R: Para mí, el ser humano cuenta con cuatro placeres: comer, culturizarse, hace el amor y… del cuarto no me acuerdo. Luego están la amistad y el amor, que para mí se encuentran fuera de la definición de “Placer”. La propia palabra “placer” me parece algunas veces demasiado materialista y frívola. Cuando esto brilla por su ausencia, surgen entonces el amor y la amistad. En definitiva, vienen a cubrir la necesidad del hombre por creer que no está solo en el mundo. El ser humano siempre será uno, individual y solitario. Se encuentra dentro de su naturaleza intransferible. Pero es la compañía, la necesidad de sentirse querido, lo que le hace enamorarse (que no sentirse atraído sexualmente, aquí hay que diferenciar) o hacer migas con alguien. A pesar de mi ego supino, me considero espiritual antes que materialista. ¡Ah, ya me acuerdo de la cuarta cosa: La Risa!
P: Luego hablaremos del ego… Hábleme de sus creencias.
R: Yo fui educado cristianamente. Esto puede ser una tara a la hora de ver estas filosofías con objetividad. Sí es verdad que, con el paso de los años, he ido soltando lastre para quedarme con lo que me interesaba. Como dijo alguien alguna vez, “soy antes cristiano que católico”. Creo en la figura de Jesús, por otro lado figura histórica, que existió. Creo en su ejemplo. Hay quien cree en Gandhi o en Luther King. Yo creo en esa forma de ver el mundo, en esa manera de luchar sin recurrir a la violencia. Alguien que muere por luchar en lo que cree me parece “digno de fe”. Aún así, soy consciente de la cantidad de trabas que hay en el camino. El escritor Álvaro Pombo dijo en alguna ocasión que era precisamente el propio Jesucristo un impedimento para conocer a Jesucristo. No obstante, la vida se encuentra plagada de contradicciones y no nos queda más remedio que creer en ella.
Recuerdo una anécdota que nos contó mi profesor de filosofía, don Nicolás Tello Ingelmo. Al parecer, cuando estudiaba en Alemania, tenía que pasar todos los días por un subterráneo para llegar desde su casa hasta la escuela. Un día, en una de las paredes del túnel se encontró con una frase: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. A la semana siguiente, otra frase había sido escrita como respuesta a la anterior y decía así: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”.
P: ¿Es usted enamoradizo?
R: ¡Mucho! Soy un hombre que cree en la duración de las cosas. En la actualidad, se ha puesto de moda lo efímero y lo superficial. Bauman lo ha denominado “la era de lo líquido”. Ya nada es sólido. Cada vez hay más gente ya no cree en el compromiso. En el compartir, el sacrificar cosas de uno en pos del otro. El amor es un niño que ya no quiere ser mayor. Pero, como le he dicho, a pesar de esto soy muy cabezota y lucho por las cosas, lucho en lo que creo. Creo en mí, creo en el amor. Yo siempre he sido muy dependiente de lo afectivo. No sé si será por el hecho de ser Géminis (los horóscopos solo me los creo cuando dicen cosas positivas) pero muchas veces sufro cambios en el estado de ánimo y acabo minusvalorándome, viéndolo todo negro. Los egocéntricos solo se quieren a sí mismos y necesitan a la gente para hacerles creer en ellos.  No creo que sea mi caso. Yo a las personas las quiero para lo bueno y para lo malo. Pero sí es cierto que necesito de cariño. Quizá tenga que ver con que necesito creer en una sociedad todavía sin destruir, en la que quepa la sensibilidad. La gente es cada vez más difícil de sondear, cuesta más llegar a su interior. Son como armaduras sin carne. Y esto es terriblemente desalentador. Volviendo al asunto del amor, no creo en el “aquí te pillo, aquí te mato y por la mañana me levanto y ahí te quedas en la cama dormitando”.    
P: Hábleme de su ego.
R: Creía que se le iba a olvidar e iba a conseguir salirme con la mía y que no me preguntara por ello. Vamos a ver, aquí hay una cosa que debemos dejar clara antes de continuar: Todos tenemos ego. Necesitamos creer en nosotros mismos. Yo tengo que creer que lo que hago es bueno, si no ¿para qué iba a continuar empeñado en ello? También es verdad que hay un primer ego más fuerte y que luego aquello se va suavizando. Yo, al empezar la carrera de bellas artes, creía que iba a ser alguien importante. Ya me creía alguien en el primer curso de carrera ¿qué le parece? Luego, fui siendo consciente de la necesidad de una formación, de que las cosas no salen porque sí. Siempre he tenido a la humildad como arma con la que luchar contra ese ego a veces tan fuerte. No obstante, siempre tuve referencias de grandes figuras egocéntricas. Me encantaba Dalí, Buñuel, Napoleón… hay que creer en la fuerza interior de uno mismo… Y saberse vender bien. Otro profesor me dijo en una ocasión que bastaba con hacerse experto de una cosa pero contarla tan bien que pareciese que uno sabía de todo. No sé si esto es del todo cierto, pero hoy en día hay que parecer, vender una imagen para que crean en ti. Verte seguro, dominante. Eso cautiva en los demás. También esa seguridad la da el “conócete a ti mismo”. Marcel Proust empeñó años y años de su vida en busca del tiempo perdido. Es decir, perdiendo el tiempo buscando, cosa muy loable.
P: ¿Por qué dice que lo que más le gusta es escribir?
R: ¡Porque tengo que decidirme con algo en concreto! Siempre he sido muy disperso, me han gustado muchas cosas. Lo bueno que tiene el oficio de escribir es que lo puedes hacer en cualquier sitio. Solo hace falta papel y lápiz (y concentración, por supuesto). Si además poseemos buena memoria a veces no hace falta ni eso. Retener ideas para luego volcarlas en una hoja en blanco o en una pantalla, escribiendo o tecleando como el que sufre de una fiebre selvática. El cine me parece, por otra parte, ese séptimo arte que reúne a los seis anteriores. Allí pueden volcarse las demás inquietudes: la pintura, la música, el teatro, la escritura… Es maravilloso. La música es la representación abstracta más perfecta. Con ella pueden expresarse imágenes, pensamientos… La música impresionista ¡qué maravilla! Debussy es eso: una serie de sensaciones que acuden a ti con la misma presteza con la que se van, sin darte tiempo a veces de retenerlas. Hay que disfrutar esos toques de color, como con la pintura mismamente impresionista. La gente rompió con el estudio y salió al campo pintando como le daba la gana por primera vez. Luego vinieron las críticas, la incomprensión en una palabra. Pero la historia se ha ocupado de ponerles en su sitio.
P: ¿Cuándo descubrió su vocación?
R: ¡Huy, muy tempranamente! Yo siempre he sido un teatrero y un charlatán. Ya antes de saber escribir correctamente me cogía un lápiz y me ponía a garabatear letras en un papel, a veces tan deprisa que no se entendía lo que ponía. Junto a esos cuentos improvisados ilustraba cada uno de los momentos de las historias con dibujos delirantes. Ahora disfruto sacando de vez en cuando aquellos fósiles, porque lo conservo casi todo. En mi familia hemos sido siempre muy de guardar. Tuve épocas en las que me daba por ser Torquemada y arramplaba con todo. Mi madre me decía: “Pero no lo tires, dámelo a mí.” Yo le daba los escritos o los dibujos y, cuando no me veía, llegaba a su habitación y los rompía. Bueno, esto no sé si es del todo cierto. Alguno conservó mi madre a pesar mío, y se lo agradezco. Mi madre espoleó mi vocación, era la que ha pasado más tiempo conmigo y la que ha tenido más paciencia de mi familia. Sabe escuchar, y esto no es nada fácil. Antes de enfadarse, se lo plantea y muchas veces acaba no compensándola.
P: Bueno, vamos a concluir la entrevista. Quiero que me diga por qué me ha utilizado a mí para tirarse flores a sí mismo.
R: Si no recurro a ti, ¿a quién voy a recurrir? En este mundo cada vez es más difícil abrirse camino, despuntar… o simplemente darse a conocer. Los valores se han invertido y ahora se tienen en estima otras cosas. La cultura, hoy más que nunca, está en extinción. Una cultura en la que se valore el esfuerzo, la calidad. Espero equivocarme, pero a día de hoy es lo que pienso. Hay quien dice que la cultura está reservada para unos pocos privilegiados. A mí me parece un camelo. Hay mucha gente que seguro que no accede al conocimiento por desinterés e incluso por pereza. ¡Allá que trabajen los que quieran! ¡He dicho!

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UNOS ARTISTAS DE LOS LUNARES

>> domingo, 24 de junio de 2012


Aquel día estaba contento. Cuando a las diez de la noche se metió en la cama, sin darse cuenta, se puso a cantar una ópera entera. Habían pasado cuarenta y cinco minutos y se encontraba atravesando el segundo acto de “La Boheme”, cuando alguien llamó a la puerta. Era su hermano pequeño:
 “¡He perdido un lunar!”
El niño entró en el dormitorio y le señaló a Elías la parte de su rostro en la que se había producido tal desaparición.
“Hermano ¿los lunares se cambian de sitio?”
Elías no sabía qué responder. Para empezar, se había sentido un poco ridículo al ser descubierto in fraganti cantando a Puccini. Su hermano Ezequiel entonces se quedó estupefacto mirándole la cara. Al parecer, había descubierto algo en su rostro con lo que no contaba.
“¡Elías, tienes tú mi lunar!”
“¡No digas tonterías!”
“¡Que sí, que sí! Ve al baño a mirarte. ¡Lo tienes donde yo lo tenía!”
“¡Déjame ahora, Ezequiel! ¡Es tarde! Ya lo miraré mañana…”
Ezequiel tenía razón. A Elías le había salido un lunar sobre la boca que antes no tenía. Según cuentan los entendidos, los lunares no surgen aleatoriamente en cualquier parte del cuerpo. Cada zona tiene su sentido.
A Ezequiel siempre le había gustado la poesía. Era muy ducho inventando rimas y todo tipo de trabalenguas. Aquel mismo día en que le desapareció el lunar, se había inventado uno que decía así: “En el cementerio, un tanto perezosos, aparecieron los que habían perecido y ahora eran aparecidos”. Su hermano Elías, sin embargo, nunca había cantado. A partir de esa noche, Ezequiel dejó de recitar y su hermano descubrió la faceta musical en él mismo.
Pero aquel traspaso debía de tener consecuencias. No tardaría en producirse otro suceso de similares características pero a la inversa, conformando estos dos hechos un intercambio justo de hermano a hermano. Y es que Elías había donado a Ezequiel, sin saberlo, la pasión por el dibujo. Desde siempre había tenido un lunar en el dedo índice de su mano izquierda. En el lenguaje secreto de los lunares, esto simboliza destreza en la escritura o en el dibujo. Lo curioso es que Elías nunca había sentido interés por ninguna de estas cosas y, sin embargo, su hermano, era un apasionado rellenando hojas con cualquier excusa. Solía componer poemas con estilográfica y papel de carta. El lunar, como era de esperar, pasó del dedo de un hermano al dedo del otro hermano. A pesar de haber perdido la pasión por la poesía, a Ezequiel todavía le quedaba la posibilidad de ser un gran dibujante, y no se lo pensó dos veces.
Eran, a todas luces, unos artistas de los lunares.            
       

24 – 6 - 12     

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La boda (The wedding)

>> jueves, 21 de junio de 2012


Banda sonora para el dibujo:

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La Verbena de la Paloma


Banda sonora para el dibujo:

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LA NOCHE DE LA IGUANA


En 1964, el polifacético aventurero John Huston decide rodar “La noche de la iguana”, una adaptación de la obra teatral de Tenessee Williams. Dicha pieza logró cierto éxito y contó para el papel de Maxine con la actriz Bette Davis, cuya interpretación sobre las tablas mereció todo tipo de elogios.
Las historias de Tenessee Williams tienen como particularidad excepcional la descripción de personajes turbulentos que acaban confrontándose unos con otros conformando historias de gran tensión dramática. El autor sacaba a relucir en sus dramas esa sangre caliente sureña con la que se sentía tan identificado. La acción central se desarrolla en gran parte en la costa de México. Allí, en un hotel barato regentado por una mujer llamada Maxine, van a parar el reverendo T. Lawrence Shannon y su grupo de mujeres turistas maduras. Shannon, que ha decidido encargarse de guiar excursiones en autobús por México, se encuentra pasando por una crisis personal. No del todo convencido de su vocación, decide ir a visitar a su vieja amiga Maxine, una mujer que representa su pasado como hombre libre de todo condicionamiento religioso. Maxine, una mujer pasional que acaba de perder a su pareja, Fred, se encuentra obsesionada con su viejo amigo Fred. En el autobús viaja una jovencita, Charlotte, todavía menor de edad, que disfruta jugando a pervertir al reverendo Shannon. Junto a ella va también su protegida, Judith, mujer puritana que no ve nada bien la actitud de Charlotte y amenaza constantemente a Shannon con expulsarle, gracias a sus influencias, de la Iglesia.
Al hotel acuden también (y por otro lado) Hanna, una solterona cercana a los cuarenta, y Nonno, el abuelo de esta. Los dos tratan de vivir de sus aficiones. Hanna es pintora y Nonno, nonagenario, “el único poeta vivo y en activo” de su edad (así lo presenta Hanna). Este ha ido perdiendo facultades y Hanna ha decidido ir con él hasta allí para que se recupere descansando.
Tres mujeres (Hanna, Maxine y Charlotte) que comparten vivencias con un hombre. Juntos los cuatro experimentan una convivencia intensa.
El film (y la obra de la que parte) cuestiona planteamientos morales que, aunque pertenezcan a la sociedad del momento, hoy en día siguen vigentes.
Sobre el reverendo Shannon planea la sombra de la duda. Se habla de episodios de fornicación por parte de los fieles de su iglesia, los cuales él niega. En un momento de una de las misas oficiadas por Shannon, este se rebela contra la hipocresía de quienes acuden a escuchar su palabra. Esto provoca un revuelo que le obliga a abandonar su cargo y dedicarse a los viajes turísticos ya citados. Shannon acaba refugiándose en la bebida. Sus dudas acerca de su profesión (la profesión de la fe) se mezclan con las constantes tentaciones a las que le somete Charlotte. Además, está Maxine. La figura que simboliza la búsqueda de la libertad en Shannon se encuentra plasmada en una iguana que dos empleados mexicanos del hotel retienen atada para alimentarla y después utilizarla de alimento. La amoralidad también cuestiona a Maxine, quien utiliza a estos dos jóvenes como entretenimiento nocturno en la playa que hay bajo el hotel. Sus necesidades primarias hacen que dependa de los mejicanos en sus momentos de ocio.
Hanna, por otro lado, cree en un amor puro, un amor hogareño, el que le retiene al lado de su abuelo Nonno. Su amistad con él, la fidelidad que le procesa, representa otro planteamiento de la vida para Shannon, que necesita –como él dice- creer en algo como todo el mundo en esta vida (espiritualmente o terrenalmente).
La fantasía y la realidad, dos formas de enfrentarse a la vida por parte del ser humano, representan otro elemento importante dentro de la trama.
Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon encarnan los personajes de este film ya mítico, como tantos otros inspirados en obras de Williams. Huston tuvo buen ojo a la hora de escoger el reparto y de llevar a cabo la adaptación del texto teatral. Solo un director como él, con sus ya conocidas armas que le avalaban, habría podido llevar a cabo esta película. Más adelante realizó otro film, “Reflejos en un ojo dorado”, que aunque no basado en un texto del ganador del Pulitzer, poseía unas características bien similares a las de su estilo dramático.
La fotografía de “La noche de la iguana” corrió a cargo de Gabriel Figueroa, mejicano de depurada técnica famoso por haber colaborado en Films de Buñuel como “Los Olvidados”.       
    

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Variaciones sobre un mismo tema

>> miércoles, 20 de junio de 2012















 














Un cortometraje de
JAVIER MATEO


SUSANA IBAÑEZ
NACHO CAÑETE
JOSE LUIS MARTINEZ
VIRGINIA HIDALGO
JAVIER NAVARRO
                                                                    LUIS CANICIO


Fotografía
NACHO HUERTA
JAVIER RAMÍREZ

Sonido
ANTONIO RUIZ

Script
CRISTINA DÍAZ

Montaje
JAVIER MATEO
NACHO HUERTA
JAVIER RAMÍREZ

Música
BELA BARTOK
ISAAC ALBENIZ

Agradecimientos
LUCIA MARTIN
JUAN RODRÍGUEZ
CENTRO CULTURAL FEDERICO CHUECA
FACULTAD DE BELLAS ARTES (U.C.M.)


Año
2012



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TIEMPO DE SILENCIO

>> martes, 19 de junio de 2012


En el cuarto año de estudios de Bellas Artes, cursé una asignatura en la facultad de filosofía que llevaba como título “La novela española actual”. Para la profesora, Marina Mayoral, era su último año antes de retirarse de la enseñanza. Para cualquier lector empedernido era esta una extraordinaria ocasión. En un solo cuatrimestre zanjé la deuda que sentía que había contraído con algunos de los más importantes autores de nuestra literatura. Siempre tenía sus nombres en la boca, siempre deseaba entrar de lleno en sus obras más importantes… y siempre había algo que postergaba dicha misión. Así, encontré una excusa perfecta en la asignatura que desde la Universidad Complutense se me permitía convalidar paralelamente a mis estudios generales. De Octubre a febrero leí “La familia de Pascual Duarte” y “La Colmena” de Cela, “Nada” de Carmen Laforet, “Entre visillos” de Carmen Martín Gaite, “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio”, “Las mocedades de Ulises” de Álvaro Cunqueiro, “La plaza del diamante” de Mercé Rodoreda, “Don Julián” de Juan Goytisolo, “Volverás a región” de Juan Benet  y “Tiempo de silencio” de LuisMartín-Santos. Algunas otras que entraban en temario como “La verdad sobre el caso Savolta” ya las había leído con anterioridad. Es curioso que “La novela española actual” solo llegase hasta el último título que he mencionado. Todo depende del profesor que lleve la clase, de cómo interprete su libertad de cátedra. Puede ser que la persona en cuestión considerase que después de estos nombres ya no habían aparecido autores que concibiesen obras de tal envergadura. Que ninguna obra literaria contemporánea hasta el momento hubiese podido hacer sombra a las que ella seleccionó. Quizá su forma de entender la literatura se hubiese quedado anquilosada en tiempos pasados, cosa muy normal por otra parte. Todos tarde o temprano nos quedaremos atrasados.
Aquel fue un año muy fructífero para mí. Además de esta asignatura cursé alguna más dentro del departamento de filología. El quinto año acudí de nuevo a esta facultad para estudiar la influencia del pensamiento alemán en los escritores españoles. Así, leí a Unamuno, Baroja, Machado y Ortega a la vez que estudiaba algunas obras de Schopenhauer, Nietzsche o Heidegger. Mientras esperaba sentado mi turno el día de las tutorías con el profesor, don Rogelio Rovira, un estudiante de filosofía que también estaba haciendo tiempo se sentó junto a mí con la intención de conversar. Sus intentos fueron un tanto torpes, pero ello no impidió que yo contestase cada una de sus preguntas con respeto y educación (a pesar de que me sintiese en un interrogatorio). Recuerdo que primero creyó que yo estaba estudiando la carrera de filosofía (debió llegar a esta simplona conclusión estableciendo una conclusión directa entre la facultad y el que yo me encontrara en ella). Al comprender que no era así, me preguntó que qué estudiaba entonces. Yo le dije que Bellas Artes, y entonces puso cara de póker. “¿Y por qué estudias filosofía?” Al parecer debe resultar extraño que un belloartista se interese por cualquier asunto trascendental (o que lo tome en serio y lo estudie). “Sabes que en esta carrera hay que estudiar ¿no?” Aquí llega de nuevo el bendito prejuicio. No sé qué fama deben de tener los estudiantes de bellas Artes, pero cada vez que sucede una cosa de estas voy haciéndome una idea más aproximada sobre ese pensamiento generalizado.
Yo siempre he dicho que, cada año que pasaba en la carrera, iba siendo más consciente de que lo que me gustaba era escribir.
“Tiempo de silencio” representó para mí un ejemplo a seguir en mis afanes literarios.


Preocupado por la renovación en el lenguaje, Luis Martín-Santos tomó como ejemplo el “Ulises” de Joyce y lo volvió comprensible. Todavía recuerdo las horas muertas de los sábados por la mañana en La casa del Libro tratando de leer aquel mastodonte del irlandés, teniendo que reconocer al final el fracaso de mi empeño (en otra ocasión traté de leerme en ese mismo lugar una edición comentada de “La Odisea” de Homero, pero también acabé reconociendo mi derrota, cansado de tener que recurrir a las notas a pie de página para comprender el génesis mitológico- las cuales excedían siempre en cada página al texto original).            

No es por tanto tan importante la trama de la novela sino el cómo es contada. Digamos que el argumento es tan solo una excusa para sacar a relucir propuestas novedosas en el tratamiento de la prosa (recuerdo a D´Anunzzio y a sus recursos poéticos dentro del texto de las propias novelas).
Hace unos días emitieron en la televisión la adaptación cinematográfica de la obra. El film llevaba el sello inconfundible de Vicente Aranda. Lo que diré a continuación está dicho con todo mi cariño y admiración: A mi juicio, en la historia del cine español, hay dos grandes “viejos verdes”: Bigas Luna y Vicente Aranda. Más allá de los tratamientos ramplones y vulgares del cine de la transición española (destacando, entre todos ellos, los de las películas del gran Mariano Ozores), el cine de Luna y Aranda tiene algo de cautivador. La visión de lo Erótico en Bigas Luna se escapa a mis entendederas (quizá por eso me atraiga). En cambio, Aranda se me hace más asequible, y tiene además otro aliciente: se preocupa por lo literario. Entre sus adaptaciones, se han destacado siempre aquellas basadas en novelas de Juan Marsé. Este matrimonio literario-cinematográfico ha acabado siempre en fracaso. No obstante, ambos han seguido intentándolo, poniendo lo mejor de cada uno: “Si te dicen que caí” “La muchacha de las bragas de oro”, “Canciones de amor en Lolita´s club”…
Pero quizá haya sido “Tiempo de silencio” una de sus películas más interesantes. Quitando el hecho de lo difícil que resulta adaptar una novela en la cual el argumento es lo de menos (como ya hemos dicho), lo cierto es que Aranda lleva a cabo una labor irreprochable tras la clamara. Los ambientes “neorrealistas” que logra crear son admirables. Todo lo oscuro, todo lo sucio, lo vergonzoso de la sociedad, sale a la luz gracias a un afilado bisturí. De médicos va la cosa, y es que el protagonista de “Tiempo de silencio” es un investigador. En concreto, investiga los efectos del cáncer en las ratas en el Madrid de los años cuarenta (concretamente entre 1946 y 1949). Una posguerra que, aunque no inmediata, sí cercana.


Pedro acude a una chabola de las afueras regentada por gitanos para conseguir los ratones con los que investiga. “El muecas” es el jefe del clan, aquel que le consigue los animales. Un mal día, una de sus hijas aborta un hijo que ha tenido secretamente con su padre. Pedro es llamado para salvar la vida de la chica. A partir de este momento, la vida comienza a complicarse para este personaje al que parecían irle las cosas medianamente bien.
No podemos obviar el factor pesimista que pesa fuertemente sobre toda la novela.
Las únicas víctimas que escapan de esta visión tan desencantada acerca del ser humano son Pedro, Dorita y la mujer e hijas de “El Muecas”, víctimas de sus circunstancias,  impotentes ante la dificultad de salir a flote. Pedro ve truncado sus sueños de investigador para la cura del cáncer por unos sucesos que le complican en su “mal aparentar frente a los del qué dirán” y termina marchando de Madrid rumbo a un futuro como médico rural, de destino decidido por el director del centro donde trabaja, de ideales filosóficos alemanes (como Ortega). Aquí encontramos la influencia marxista de Santos y su crítica a un modo de ver la vida, a su entender, inútil y caduco. Pero la referencia negativa hacia Ortega continúa. “Tiempo de Silencio” no es solo una visión demoledora de la España franquista. Hay toda una revisión de la Historia de España, de sus males. Santos se atreve incluso con la Generación del 98. Para él, el Monasterio de El Escorial es un símbolo de retraso y la meseta castellana la ve como un páramo (recordemos el inicio de la “Meditación del Quijote”).
En un momento concreto de la novela se describe una conferencia dada por Ortega en Madrid. El círculo de mujeres de alta sociedad para el que va destinado dicho evento, se cree culto solo por ir a escuchar al “maestro” (aunque no entiendan nada y se queden en la superficialidad de un discurso por otro lado vacuo).
He aquí la transcripción del referido fragmento de la obra:
 
“Pero ya el gran maestro aparecía y el universo-mundo completaba la perfección de sus esferas. Perseguido por los siseos de los bien-indignados respetuosos, los últimos petimetres se deslizaron en sus localidades extinguida la salva receptora. Los círculos del purgatorio (que como tal podemos designar a las localidades baratas, sólo en apariencia más altas que el escenario) recibieron su carga de almas rezagadas y solemne, hierático, consciente de sí mismo, dispuesto a abajarse hasta el nivel necesario, envuelto en la suma gracia, con ochenta años de idealismo europeo a sus espaldas, dotado de una metafísica original, dotado de simpatías en el gran mundo, dotado de una gran cabeza, amante de la vida, retórico, inventor de un nuevo estilo de metáfora, catador de la historia, reverenciado en las universidades alemanas de provincia, oráculo, periodista, ensayista, hablista, el-que-lo-había-dicho-ya-antes-que-Heidegger, comenzó a hablar, haciéndolo poco más o menos de este modo:
“Señoras (pausa), señores (pausa), esto (pausa) que yo tengo en mi mano (pausa) es una manzana (gran pausa). Ustedes (pausa) la están viendo (gran pausa). Yo (gran pausa) veo la misma manzana (pausa) pero desde aquí, desde donde estoy yo (pausa muy larga). La manzana que ven ustedes (pausa) es distinta (pausa), muy distinta (pausa) de la manzana que yo veo (pausa). Sin embargo (pausa), es la misma manzana (sensación)”

Según Luis Martín-Santos, filosofías como las de Ortega se encontraban anacrónicas. La ironía es sutil, mordaz, inteligente. Reserva al público casi como en la “Divina Comedia”, dispuestos a escucharle. Un pensador que tanto para la derecha como para la izquierda estaba bien visto.
En contraposición a este ambiente, resulta interesante la descripción que Santos hace del mundo marginal de las chabolas. Para Pedro, representa su viaje a los infiernos. El lenguaje empleado para describir un lugar miserable es grandilocuente. Parece describirse, de hecho, bajo la visión del régimen. No le falta verdad pero lo que ya no se puede sentir es “orgullo”.
Se viola el tabú del incesto como en cualquier playa paradisíaca (forma parte del “encanto” de esos lugares, si es que “encanto” es la palabra).
Lenguaje barroco, de párrafos inmensos donde se ansía un punto final que lo cierre, una respuesta al acertijo, a la adivinanza que se nos plantea. Es necesario en muchas de estas ocasiones llegar al final de tales descripciones para adivinar adónde quiere ir a parar el escritor.
Ese lenguaje tan culto del narrador contrasta con el lenguaje social de los personajes, donde, hasta en las clases más altas se cae en lo coloquial. Quizás en la intención irónica de las intervenciones del narrador entra la de crear este fuerte contraste que hace todavía más corrosiva la denuncia de aquella España de posguerra. Así también encontramos contrastes de otro tipo, en las relaciones sociales: cómo Pedro, el protagonista, puede alternar con las tres clases en una sola noche: primero con Matías cuando sale con él de fiesta (clase alta), después al retornar a la pensión donde se le prepara una encerrona para casarle con Dorita, la nieta de la dueña (aquí nos encontramos con la misma clase media que la de Pedro) y cuando ya parece que la noche toca a su fin, es requerido por “El Muecas” para intervenir en un aborto en el mundo del extrarradio chabolista (clase baja). Digamos que Luis Martín-Santos pertenecería a la primera, junto con Juan Benet, al que siempre se consideró inspirador del personaje de Matías. Y no nos referimos a una clase alta por posibles sino a la cuestión cultural, a la baza que no todos poseían en el momento.
Luis-Martín Santos introduce elementos autobiográficos en su personaje. Los años de Pedro corresponderían a aquellos en los que el autor estudió medicina y ejerció, hasta marchar para Alemania donde ampliaría estudios en psicología.
Aquellos juegos comparativos en los que se atreve a relacionar al chivo de Goya con Ortega llegan a recordarnos a los desvaríos del Ulises de Joyce, donde ansiamos una separación de lo real y lo imaginativo.


Algunas características de la vanguardia literaria de “Tiempo de silencio” son, por ejemplo:
-         La corriente de conciencia o monólogo interior. Luis-Martín Santos dota de este sistema novedoso a sus personajes, concretamente, el protagonista. El pensamiento parece fluir sin cortapisas volviendo más creíble y real el factor literario de ficción. Así, conocemos todo lo que le pasa por la cabeza a Pedro, recluido en una celda y después de tantas cosas como le han sucedido. Un tratar de poner orden por su parte, una intención tranquilizadora correspondiente a la ética individual. Dentro de él luchan diferentes fuerzas que no hacen más que trastornarle.
-           Lenguaje irónico que hace caricatura de lo que cuenta, que se inventa palabras mezclando idiomas.
-         Utilización de guiones para describir una conversación en la que solo habla una persona. Como ejemplo, la conversación del policía con Dorita. Un diálogo que no es, que conserva los guiones pero donde solo escuchamos la voz del policía, que representa por tanto la soledad de la que reclama, de la imposibilidad del recurrir al socorro.
-         El narrador muestra objetivamente lo que sucede (literalmente las supuestas palabras de los personajes) pero mutila la realidad, así como se atreve a comentar más allá de lo que se consideraría correcto en una narración imparcial: el tono editorial que trasciende el omnisciente, esto es, lo que piensan los personajes por boca de ese dios que todo lo sabe y que nos hace llegar la información.     
-         Narrador que alcanza categoría de personaje. No se respeta voluntariamente el decoro de los personajes, algunos no hablan conforme a su condición social. Ejemplo: Lenguaje barroco en los barrios más bajos.
-         No hay saltos en el tiempo.
-         Es un viaje poético, no busca nada más. Prácticamente no hay acción sino retratos de personajes que cuentan historias y se enlazan como muñecas rusas.
-         Pasa de la tercera persona que realiza comentarios (donde identificamos al autor, inevitablemente) a un “yo” que narra historias al que pasa la palabra.
-         Mezcla del tiempo mitológico con el actual: Grandes barcos y aviones, Amadís de Gaula, Ricardo Corazón de León y Ulises. 
-         Una serie de acciones secundarias convergen en la principal.
-         Los personajes son más complejos que los de la novela social.
-         Contenido ideológico: Marxismo y existencialismo como bases. Hay un determinismo ambiental importante. Importancia de la responsabilidad moral de los actos individuales. Si el protagonista hubiese tenido la fuerza de voluntad para mantenerse en su posición no le habrían pasado las cosas que le acaban por pasar.
-         Uso excesivo de extranjerismos: palabras del inglés, alemán, francés, pero también del griego y de un latín macarrónico. No utiliza un virtuosismo técnico para demostrar “lo listo que soy y lo bien que sé escribir”. Tiene una función el porqué se cuenta así.

“Tiempo de Silencio” supuso una ruptura dentro de la literatura española que se venía escribiendo. No por ello renuncia al costumbrismo, a las estampas sociales que Madrid le transmite. Desde las calles en torno a Atocha, el bullicio nocturno, la descripción de los locales, los días de feria, el mundo organizado de aquellos seres marginales que habitan en sus moradas ilegales en las afueras… Todo explicado con una voz que podríamos comparar a la del NO-DO. El relato puede resultar tan terrible como los de Valle-Inclán, pero el leguaje resulta bello hasta para describir las situaciones más desagradables. 
Un libro delatador de una propia sociedad que nada hizo por salir adelante en pos del progreso (y, por supuesto, en la medicina incluyo el comentario). El autor, conocedor de la psicología más europea del momento, concienciado político y médico ante todo (desarrolla la novela veinte años antes de su publicación, cuando era todavía estudiante), crea una novela filosófica donde, tanto la trama como el hacer pensar más allá de una historia, se encuentran perfectamente equilibrados.



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