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DE MONTAIGNE A HÖLDERLIN

>> jueves, 28 de junio de 2012



La libertad de cátedra que siento al ponerme a escribir debo de agradecérsela al bueno de Montaigne. Desde que patentó aquello de escribir sobre las cosas bajo su propio y particular punto de vista, no han dejado de salirle malos imitadores, cada uno a su estilo. Yo no sé cual es el mío todavía, la verdad. Nadie me lo ha dicho. Por lo tanto, solo me queda seguir buscando.
Hay quien es menos original y solo se le ocurre revisar cuestiones universales sobre las que tratar. El amor, por ejemplo. Muchos lo consideran su “asignatura pendiente”. Yo, para ser sincero, no considero al amor como una chiquillada que tenga que revisarse en septiembre. Aunque el amor tiene mucho de niño, prefiero decir que se me resiste, que no logro comprenderlo. Algo se me escapa de toda aquella rica combinación de engranajes que lo conforman. Debe de olvidárseme accionar alguna palanca o apretar algún botón. Quién sabe. De todas formas, que nadie se asuste, pues no pienso hablar de asunto tan manido.
Luego, está por ejemplo la nostalgia de los paraísos perdidos. Yo no creo en la bondad del hombre, como creía Rousseau (un hombre al que tampoco hay quien le entienda, pues es capaz de dar lecciones escribiendo “Emilio o la educación” a la vez que abandona a sus cinco hijos). Salvajes hay muchos, buenos ya no sé. De un padre de la ilustración un tanto incoherente pasamos a un pobre loco recluido en un molino. Sí señores, Hölderlin.
Hace unos meses tuve la oportunidad de acudir al Instituto Goethe para oír el poema “El Archipiélago” de boca de Javier Navarro. Quien fue mi profesor de escenografía en la facultad era el encargado de dar vida y voz a unos versos inmortales. Es curioso que ya Hölderlin contemplase a Grecia con lástima, pensando en la cuna de la cultura que fue en un pasado. Ahora la situación es dramática allí. Si lo viese Hölderlin (Hölderlin cuerdo, claro…).
Pero aquel no era día de una sola nefasta coincidencia. Theo Angelopoulos fallecía ese mismo 24 de enero, tratando de concluir la que sería su última película en el más estricto sentido de la palabra.
Además de la lectura del poema, se presentaba un libro con el texto  traducido al español y acompañado de fotografías que ilustraban el poema desde un punto de vista desprovisto de poética. Imágenes de la Grecia actual, desnuda, sin mitología ni cultura clásica de ningún tipo. ¡Fuera estatuas!
Entre los ponentes, conocí a Juan Barja, actual director del Círculo de Bellas Artes. Me apenó el no entender el cincuenta por ciento de las cosas que decía, pues aunque eran bien interesantes, las decía de carrerilla y para el cuello de su camisa. De entre las cosas más o menos audibles que le entendí, hubo una que me llamó la atención considerablemente. Barja hacía mención a las palabras monosílabas, concretamente aquellas que encerraban una gran fuerza en su sentido. Por mencionar algunas, por ejemplo: “No”, “Dios”, “Fin”, “Ya”…
Lo mejor, como ya digo, fue la lectura de Javier Navarro. Nunca le había visto recitar y descubrí un gran poeta en él. Su faceta dramática había pasado desapercibida para mí. Tuve la suerte después de colaborar con él en una versión contemporánea que escribió de “La vida es sueño”. Él era Clotaldo y yo Segismundo encadenado. Pero ahí no terminaron las cosas, y es que después logré que accediera a poner una de las voces en off de un cortometraje que realicé titulado “Variaciones sobre un mismo tema”, hoy todavía en proceso de conclusión.
De “El archipiélago” existían traducciones anteriores, de entre ellas una de las mejor consideradas a cargo de Luis Díez del Corral. No obstante, no se había logrado un acercamiento fiel a la obra. Así lo cuenta Jaime Siles:

"No es que no hubiera buenas versiones poéticas de Hölderlin, que las hay: lo que faltaba era una forma de mentis linguaeque que, al optar por el hexámetro de cuño klopstockiano en que en su idioma se escribió, aportara una distinta tonalidad y colocatura, sorprendente en sus efectos acústicos y estéticos para el lector, y que tuviera la virtud de mostrar el punto de vista desde el que el autor lo entiende".

En este sentido, Helena Cortés Gabaudán realizó un excelente trabajo de traducción en el libro actual.
La poesía de Hölderlin no es, ni mucho menos, de cartón piedra. Su actualidad sigue interesando a los lectores. El poeta alemán consiguió convertirse en clásico sin ser clasicista. Su visión de Grecia era la de alguien que la admiraba aún sospechando que había más de ideal que de real en ella. La poesía se convertía en el único medio donde retener todo aquel mundo soñado que parecía no tener intención de volver jamás.

¿Tornan las grullas de nuevo a tu lado y enfilan de nuevo
rumbo a tus costas los barcos?¿Envuelven en calma tu
flujo
brisas ansiadas y sube del fondo el delfín y su lomo
baña al reclamo del sol que le alumbra con luces no
usadas?
¿Jonia florece? ¿Ya es primavera? ¿La hora en que
siempre
joven se torna en los vivos el alma y amores primeros
nácenle al hombre y despiertan recuerdos de edades
doradas,
tiempo en que acudo a tu lado y saludo al silente, ¡oh
anciano!

Como en una especie de rito ancestral, Hölderlin parece convocar todo aquel mundo antiguo y mítico (que no histórico) mediante el artificio poético, dotándolo de un ritmo contenido en la métrica, convirtiendo en musicalidad unas palabras ciertamente evocadoras que parecen llamar a aquel mundo mágico, quererlo despertar de su letargo, recordarle quién fue, admirar toda su grandeza.    

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