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ENTREVISTA A MÍ MISMO

>> martes, 26 de junio de 2012


P: Se cree usted muy guapo ¿verdad?
R: ¡Qué le vamos a hacer! Hay gente que me dice “es usted un tanto atractivo” y lo mínimo que puedo hacer para agradecérselo es mirarme una o dos veces al espejo diariamente…
P: Luego le gusta retratarse o que le retraten.
R: Sí, pero esto no es culpa mía. Me lo enseñaron maestros tan antiguos como el daguerrotipo. Todo escritor, músico o artista que se precie merece figurar en la solapa de algún libro, catálogo, partitura o programa de mano.
P: ¿Se entrevista usted a usted mismo muy a menudo?
R: Eso dímelo tú… (risas)
P: ¿Qué valora de la vida?
R: Para mí, el ser humano cuenta con cuatro placeres: comer, culturizarse, hace el amor y… del cuarto no me acuerdo. Luego están la amistad y el amor, que para mí se encuentran fuera de la definición de “Placer”. La propia palabra “placer” me parece algunas veces demasiado materialista y frívola. Cuando esto brilla por su ausencia, surgen entonces el amor y la amistad. En definitiva, vienen a cubrir la necesidad del hombre por creer que no está solo en el mundo. El ser humano siempre será uno, individual y solitario. Se encuentra dentro de su naturaleza intransferible. Pero es la compañía, la necesidad de sentirse querido, lo que le hace enamorarse (que no sentirse atraído sexualmente, aquí hay que diferenciar) o hacer migas con alguien. A pesar de mi ego supino, me considero espiritual antes que materialista. ¡Ah, ya me acuerdo de la cuarta cosa: La Risa!
P: Luego hablaremos del ego… Hábleme de sus creencias.
R: Yo fui educado cristianamente. Esto puede ser una tara a la hora de ver estas filosofías con objetividad. Sí es verdad que, con el paso de los años, he ido soltando lastre para quedarme con lo que me interesaba. Como dijo alguien alguna vez, “soy antes cristiano que católico”. Creo en la figura de Jesús, por otro lado figura histórica, que existió. Creo en su ejemplo. Hay quien cree en Gandhi o en Luther King. Yo creo en esa forma de ver el mundo, en esa manera de luchar sin recurrir a la violencia. Alguien que muere por luchar en lo que cree me parece “digno de fe”. Aún así, soy consciente de la cantidad de trabas que hay en el camino. El escritor Álvaro Pombo dijo en alguna ocasión que era precisamente el propio Jesucristo un impedimento para conocer a Jesucristo. No obstante, la vida se encuentra plagada de contradicciones y no nos queda más remedio que creer en ella.
Recuerdo una anécdota que nos contó mi profesor de filosofía, don Nicolás Tello Ingelmo. Al parecer, cuando estudiaba en Alemania, tenía que pasar todos los días por un subterráneo para llegar desde su casa hasta la escuela. Un día, en una de las paredes del túnel se encontró con una frase: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. A la semana siguiente, otra frase había sido escrita como respuesta a la anterior y decía así: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”.
P: ¿Es usted enamoradizo?
R: ¡Mucho! Soy un hombre que cree en la duración de las cosas. En la actualidad, se ha puesto de moda lo efímero y lo superficial. Bauman lo ha denominado “la era de lo líquido”. Ya nada es sólido. Cada vez hay más gente ya no cree en el compromiso. En el compartir, el sacrificar cosas de uno en pos del otro. El amor es un niño que ya no quiere ser mayor. Pero, como le he dicho, a pesar de esto soy muy cabezota y lucho por las cosas, lucho en lo que creo. Creo en mí, creo en el amor. Yo siempre he sido muy dependiente de lo afectivo. No sé si será por el hecho de ser Géminis (los horóscopos solo me los creo cuando dicen cosas positivas) pero muchas veces sufro cambios en el estado de ánimo y acabo minusvalorándome, viéndolo todo negro. Los egocéntricos solo se quieren a sí mismos y necesitan a la gente para hacerles creer en ellos.  No creo que sea mi caso. Yo a las personas las quiero para lo bueno y para lo malo. Pero sí es cierto que necesito de cariño. Quizá tenga que ver con que necesito creer en una sociedad todavía sin destruir, en la que quepa la sensibilidad. La gente es cada vez más difícil de sondear, cuesta más llegar a su interior. Son como armaduras sin carne. Y esto es terriblemente desalentador. Volviendo al asunto del amor, no creo en el “aquí te pillo, aquí te mato y por la mañana me levanto y ahí te quedas en la cama dormitando”.    
P: Hábleme de su ego.
R: Creía que se le iba a olvidar e iba a conseguir salirme con la mía y que no me preguntara por ello. Vamos a ver, aquí hay una cosa que debemos dejar clara antes de continuar: Todos tenemos ego. Necesitamos creer en nosotros mismos. Yo tengo que creer que lo que hago es bueno, si no ¿para qué iba a continuar empeñado en ello? También es verdad que hay un primer ego más fuerte y que luego aquello se va suavizando. Yo, al empezar la carrera de bellas artes, creía que iba a ser alguien importante. Ya me creía alguien en el primer curso de carrera ¿qué le parece? Luego, fui siendo consciente de la necesidad de una formación, de que las cosas no salen porque sí. Siempre he tenido a la humildad como arma con la que luchar contra ese ego a veces tan fuerte. No obstante, siempre tuve referencias de grandes figuras egocéntricas. Me encantaba Dalí, Buñuel, Napoleón… hay que creer en la fuerza interior de uno mismo… Y saberse vender bien. Otro profesor me dijo en una ocasión que bastaba con hacerse experto de una cosa pero contarla tan bien que pareciese que uno sabía de todo. No sé si esto es del todo cierto, pero hoy en día hay que parecer, vender una imagen para que crean en ti. Verte seguro, dominante. Eso cautiva en los demás. También esa seguridad la da el “conócete a ti mismo”. Marcel Proust empeñó años y años de su vida en busca del tiempo perdido. Es decir, perdiendo el tiempo buscando, cosa muy loable.
P: ¿Por qué dice que lo que más le gusta es escribir?
R: ¡Porque tengo que decidirme con algo en concreto! Siempre he sido muy disperso, me han gustado muchas cosas. Lo bueno que tiene el oficio de escribir es que lo puedes hacer en cualquier sitio. Solo hace falta papel y lápiz (y concentración, por supuesto). Si además poseemos buena memoria a veces no hace falta ni eso. Retener ideas para luego volcarlas en una hoja en blanco o en una pantalla, escribiendo o tecleando como el que sufre de una fiebre selvática. El cine me parece, por otra parte, ese séptimo arte que reúne a los seis anteriores. Allí pueden volcarse las demás inquietudes: la pintura, la música, el teatro, la escritura… Es maravilloso. La música es la representación abstracta más perfecta. Con ella pueden expresarse imágenes, pensamientos… La música impresionista ¡qué maravilla! Debussy es eso: una serie de sensaciones que acuden a ti con la misma presteza con la que se van, sin darte tiempo a veces de retenerlas. Hay que disfrutar esos toques de color, como con la pintura mismamente impresionista. La gente rompió con el estudio y salió al campo pintando como le daba la gana por primera vez. Luego vinieron las críticas, la incomprensión en una palabra. Pero la historia se ha ocupado de ponerles en su sitio.
P: ¿Cuándo descubrió su vocación?
R: ¡Huy, muy tempranamente! Yo siempre he sido un teatrero y un charlatán. Ya antes de saber escribir correctamente me cogía un lápiz y me ponía a garabatear letras en un papel, a veces tan deprisa que no se entendía lo que ponía. Junto a esos cuentos improvisados ilustraba cada uno de los momentos de las historias con dibujos delirantes. Ahora disfruto sacando de vez en cuando aquellos fósiles, porque lo conservo casi todo. En mi familia hemos sido siempre muy de guardar. Tuve épocas en las que me daba por ser Torquemada y arramplaba con todo. Mi madre me decía: “Pero no lo tires, dámelo a mí.” Yo le daba los escritos o los dibujos y, cuando no me veía, llegaba a su habitación y los rompía. Bueno, esto no sé si es del todo cierto. Alguno conservó mi madre a pesar mío, y se lo agradezco. Mi madre espoleó mi vocación, era la que ha pasado más tiempo conmigo y la que ha tenido más paciencia de mi familia. Sabe escuchar, y esto no es nada fácil. Antes de enfadarse, se lo plantea y muchas veces acaba no compensándola.
P: Bueno, vamos a concluir la entrevista. Quiero que me diga por qué me ha utilizado a mí para tirarse flores a sí mismo.
R: Si no recurro a ti, ¿a quién voy a recurrir? En este mundo cada vez es más difícil abrirse camino, despuntar… o simplemente darse a conocer. Los valores se han invertido y ahora se tienen en estima otras cosas. La cultura, hoy más que nunca, está en extinción. Una cultura en la que se valore el esfuerzo, la calidad. Espero equivocarme, pero a día de hoy es lo que pienso. Hay quien dice que la cultura está reservada para unos pocos privilegiados. A mí me parece un camelo. Hay mucha gente que seguro que no accede al conocimiento por desinterés e incluso por pereza. ¡Allá que trabajen los que quieran! ¡He dicho!

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