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GUSTAVO PÉREZ PUIG, IN MEMORIAM

>> miércoles, 27 de junio de 2012



En el verano de 1998, mi abuelo me llevó a conocer a Enrique Jardiel Poncela. Contaba yo con diez añitos cuando pisé por primera vez el Teatro Español (desde las butacas, claro). La obra llevaba por título “Los habitantes de la casa deshabitada”. De ella recuerdo entre los actores al simpático de Sazartonil haciendo de chófer, a José Carabias interpretando a un hombre sin cabeza (cosa difícil)  y a Paloma Paso Jardiel (cuyos apellidos nos remiten-y no por casualidad- a dos pesos pesados del teatro)… Nunca podré olvidar tampoco el miedo que pasé. Nada más comenzar la obra, y en un oscuro total, sonaron las notas más conocidas de “una noche en el monte pelado”. Yo debí pensar que no era cosa para tomárselo a broma, y ni aún después de haber descubierto el humor de Jardiel pude quitarme la impresión del cuerpo. Yo soy una persona un tanto cabezota, y si algo me ha dado miedo… ¡pues me ha dado miedo, y no hay forma de convencerme de lo contrario! Es curioso cómo a Jardiel le gustaba jugar con el elemento sobrenatural. Si  hacemos un repaso de sus piezas más afamadas, recordaremos al muerto que vuelve a la vida vestido de torero con barba en “Un marido de ida y vuelta”, al pacto que hace el protagonista de “Las cinco advertencias de Satanás” con el Señor de las Tinieblas, al reencuentro con sus antepasados del romántico de “Angelina o el honor de un brigadier” o a la extraña casa de “Eloísa está debajo de un almendro”.
En el programa de la función, que todavía conservo (cómo serán las cosas que al final acabé por tomarle cariño a la obra que de niño me asustó), ponía- y sigue poniendo, claro- que la dirección era de Mara Recatero. Este nombre me iba sonando cada vez más a medida que me iba interesando por el mundillo del teatro. Tampoco tardé en aprenderme el de Gustavo Pérez Puig, gracias a alguna reposición que tuve la oportunidad de ver de Estudio 1. ¡Qué casualidad que estos dos nombres tuviesen detrás de ellos a dos personas que acabaran casándose!
A Puig le debemos no sólo que acabase convenciendo a don Miguel Mihura para el estreno de sus “Tres sombreros de copa”. Él tuvo la culpa de que el teatro entrase en las casas gracias a la televisión. Hoy en día resulta desternillante que la gente ponga su televisor para ver teatro. Por aquel entonces, la cultura todavía se consideraba espectáculo… un espectáculo entretenido para la mayoría de los españoles. Más de dos generaciones recuerdan todavía ese “Don Juan tenorio” interpretado por Paco Rabal y Concha Velasco. Hoy día, no solo el teatro en la televisión representa un rara avis (de vez en cuando, alguna obra se realiza por parte de TVE). Pérez Puig también suena a la gente como un Expediente X. Entiéndase “la gente” como la generación actual, la que no creció con el blanco y negro y ni siquiera con parte de la de color. Uno no sabe si hacer como Arturo de Córdoba en “Él” de Buñuel, concretamente en la escena del campanario, y defender las virtudes del egoísmo como herramienta para compadecerse del resto de los humanos. Sin saberlo, muchos de ellos están condenando al ostracismo a esa parte de la cultura que, si no ha muerto todavía, anda de velatorio en velatorio, esperando su final. Su final en vida y su final en la Historia. La memoria es frágil, y esto representa un gran problema. Cierto que existen hemerotecas, pero suelen estar frecuentadas por personas a las que no les importa levantarse a las nueve un sábado para ir a coger sitio en sus mesas, como los domingueros de Benidorm en verano. Y no sé si fiarme de esa gente, la verdad.  
 
Algunos opinan que Puig cayó en la desatención por parte de la gente de la cultura debido en parte a su ideología. Tiene gracia… hay quien todavía cree que la cultura solo pertenece a un signo político. Me deprime la estrechez de mira de tantos, el no darse cuenta de que cada forma de pensar tiene de lo que presumir y de lo que callar. Si Picasso contestó en una ocasión “está prohibido hablar con el conductor” cuando le preguntaron qué pensaba sobre el cubismo, a veces me dan ganas de decir “no se habla de política cuando se está comiendo, que es de mala educación” cuando alguien se empeña en sacar el tema cuando se habla de cultura. La cultura es para mí mi comida, mi sustento (espiritualmente hablando). Sin ella, no sabría qué hacer. Acabaría de brazos cruzados sentado en la cama de mi habitación. La cultura dignifica al hombre. La política lo embrutece, saca sus peores pasiones. ¿Quién dijo que la política era la vida? ¿Aristóteles? Pues yo le contestaba a Aristóteles: “Ya nos podemos pegar un tiro todos entonces. La vida es demasiado corta como para gastarla tan inútilmente”. Y es que a veces parece que no aprendemos de los errores del pasado. La política puede ser interesante vista desde la barrera, con la objetividad que marca la distancia. La política se ha encargado de destruir la cultura cuando ha podido. La historia la escriben los vencedores (y también borran cosas, faltaría decir). La política se encarga de desmemoriar. Las bibliotecas son como quirófanos en los que se trata de mantener con vida muchas cosas que han recibido estocadas de muerte. Muchas veces resurgen tras tiempo dormidas (esto es, olvidadas). Otras veces, continúan en su letargo esperando. Hay quien desconecta la máquina que mantiene con vida esa parte de la cultura, que la hace desaparecer por fuerza. Grandes relatos se han escrito sobre esto mismo (el “Fahrenheit” de Bradbury, por ejemplo). Y es que la ciencia ficción no deja de ser una moraleja de la realidad.

Dicen que Pérez Puig descubrió su vocación teatral viendo, de niño, una representación de “Los claveles” de José Serrano. La zarzuela ¡otra gran olvidada!
¡Qué bella obra la de “Los claveles”! La música del valenciano es uno de los grandes legados que nos ha dejado la música. Siempre tuvo Serrano un poso melancólico en lo que compuso. Algo parecido a lo que le sucedía a Sorozábal (en este caso, el mal trato que recibió por parte de la cultura del momento y su origen vasco pueden justificar esas partituras de atmósfera triste). Yo de pequeño pensaba que la Calle Serrano estaba dedicada a don José y no a un señor militar del que la memoria histórica se ha encargado de borrar de la H.G.P.C. (“Historia General Popular Contemporánea”). Ciertamente, me apenó el descubrir que aquella calle tan conocida de Madrid no desprendía notas musicales (y me molestó no saber quién era Francisco Serrano). Una calle en la que vivió Manuel de Falla y escribió “La vida breve”. Esto lo sé por una placa que había puesta. En la actualidad, el cartel en el que se refería este hecho desapareció de la casa de la calle Serrano al concluir una obra de rehabilitación del edificio… De nuevo la mala memoria… la mala memoria de devolver las cosas a su sitio. Hay muchas veces que la política se olvida a propósito, con toda su mala idea, de devolver las cosas a su sitio.
Espero que la Historia ponga las cosas en su sitio y no se olviden de dedicar a Pérez Puig una calle, una placa, o lo que sea, aunque tengan que ponerse en los lugares menos propicios, en los más escondidos.

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