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INÚTIL COMBATE

>> domingo, 17 de junio de 2012



De pronto, me desperté. Algo extraño había sucedido el margen del sueño. Una mano se posaba sobre mi cabeza con todo su peso. Estaba como muerta. Al levantarme de forma brusca para desembarazarme de ella comprendí que no iba a poder hacerlo. Era mi propia mano. Mi brazo había acabado colocándose como el miembro de una marioneta descompuesta sobre mi mismo. No comprendía cómo había podido dormir así. Miré el reloj: Las dos y cuarto. ¿Dónde estaba? ¡Ah, ya recuerdo! En casa de la filósofa. No sé cómo había acabado allí. Como hombre temeroso del alcohol, cuando me preguntó si quería beber, dije: “Me abstemio”. Con unas gotitas del vino más inocentón era capaz de hacer cosas que ni yo mismo sospechaba. Para no quedar en evidencia, para disimular el emborrachamiento, trataba de comportarme con normalidad. Y esto era peor, porque todavía se me notaba más la cogorza. Acababa comportándome grotescamente, deletreando cada palabra lo más correctamente posible o andando de una forma nueva (tratando de hacerlo también correctamente). El tono de voz aumentaba, eso siempre ocurría. La curda, el pedo, la mona… Tantos términos tan divertidos para algo que no me hacía ninguna gracia. Por eso, aguanté estoicamente cada vez que me ofrecían una copa, aún a riesgo de que me considerasen sospechoso. El sueño, que es otra forma de emborrachamiento, iba haciendo mella en mí. La gente, curiosamente, cuanto más bebía, menos cansada estaba. Yo, iba poco a poco amodorrándome, diciendo insensateces. Ni pensaba en lo que decía, si soy sincero. Entonces, a pesar de ese dentro de ese atolondramiento, noté que alguien se enamoraba de mí. No me pregunten cómo lo supe, pero así fue. Hay cosas que se sienten desde lo más dentro de uno, eso es así. Misterios insondables del alma. La enamoradiza era una filósofa de mucho cuidado. Esta, a pesar de presumir de tal afición tan seria, se puso de lo más divertida. El amor nos hace a todos un poco niños. Empezó a comportarse un tanto infantilmente, a tratarme como si tuviese diez años. Decidí seguir el juego contestándola con cosas como “mi mamá me mima mucho” y cosas por el estilo. Ella me cogió cariño. Cuanto más imbécil, más simpático. “¿Y quién te va a cuidar a ti, alma cándida?” decía. Entonces dije las palabras mágicas: “Tengo sueño, me voy a mimir”. Y allí acabé, en su casa.
Entre tanta oscuridad, había una luz encendida. Deduje que era la del baño al oír sonar la cisterna del váter. Ella se acercó a mi lecho (un sofá recubierto por una sábana amarillenta), se sentó en mis piernas y me preguntó: “¿Tú crees en Dios, Joaquín?” ¡Qué preguntas a las dos de la mañana! Recordé lo que me decía mi abuela de niño, al verme pensativo: “¡Hijo, no seas filósofo, que se sufre mucho!” ¿Qué contesté? A mi abuela, que no se preocupase. A la filósofa, que creía en algo no físico, en una especie de aura que sentía dentro de mí. “Ya… ¿Sabes? A mí me pasa algo parecido, pero me molesta tanta indefinición”. “¿A que te refieres?” pregunté. “A no saber concretar qué es lo que siento, no poder saber más allá de lo que puedo comprender como ser mortal”. Eché una ojeada de nuevo al reloj esquivando la mirada filosófica de aquella mujer enamoradiza con instinto maternal. “Las dos de la mañana y hablando de creencias… ¡No son horas, por Dios! (nunca mejor dicho) ¿Dónde estaré? ¿Qué calle será esta? ¿Podré esquivar este trascendental interrogatorio? ¿Tendrá ventana el baño? ¿Qué altura tendrá este piso? ¡Dios mío (otra vez), que sea una primera planta!”
“¿Te importa que pase al baño? Siento una imperiosa necesidad física por encima de cualquiera espiritual que me impide seguir aquí tumbado…” En cierta forma era verdad: deseos de huir además de desahogarme sentado en una taza… Primero lo segundo y luego lo primero (siempre fui desordenado).
“La primera puerta a la derecha del pasillo” dijo.
Me levanté con una premura inusitada en mí. No me importó la hora ni el cansancio. Atravesé el pasillo como una exhalación. Aunque todo estuviese en penumbra, un sexto sentido me guiaba a través del inmenso negro.
Ya en el escusado, cerré la puerta con pestillo y miré a todos los lados. No había nada que se pareciese a una ventana en ninguna pared de las cuatro alicatadas. Pero la lógica con la que hasta ahora me había desenvuelto comenzó a flaquear y el sueño volvió a imponerse sobre la realidad, mellando la razón que conducía el instinto de supervivencia. Me dije “quizá pueda salir por el váter… o, mejor dicho, por el agujero que haya bajo el retrete, que será más ancho”. Debí pensar esto al ver un destornillador que alguien había dejado en el lavabo. “Sería de algún fugitivo anterior a mí” pensé en mi locura. Comencé a desatornillar los tornillos que sujetaban aquella pesada pieza al suelo. Una vez conseguido, saqué fuerzas de dentro de mí y levanté el “trono”. En efecto, allí había un gran agujero. No me pareció que oliese muy mal (aunque tampoco le habría hecho ascos). Salté y comenzó el viaje. Al lado de este, el de la Alicia de Carroll era un insignificante cuento de abuelita.
Como todo lo que empieza tiene que acabar, el final del viaje no se hizo esperar. Caí de culo en una especie de caverna. La gente no estaba atada a sillas mirando ninguna sábana sobre la que se proyectaran sombras de la realidad. Había gente oscura, eso sí, sentada contra las paredes.
“¿Quiénes sois?” pregunté sin andarme con rodeos. “Somos sombras sentadas que proyectamos personas sobre sábanas blancas”. Esto me hizo pensar seriamente que, en algún momento del viaje, me había dormido. “¿Estoy dormido?” pregunté. “Nosotros solo somos sombras. Las sombras no tenemos ojos. No podemos saber si tienes los ojos cerrados” Esto me hizo gracia. Cambié la pregunta: “¿Formáis parte de mi sueño?” Nadie contestó. Pasaron unos incómodos segundos en el más absoluto silencio. Entonces, uno de ellos me preguntó: “¿Crees en Dios?” Esta pregunta me había encolerizado. Estaba cansado ya de jugar al ratón y al gato. Me levanté y comencé a agredir a aquellas sombras, idiota de mí. ¿Cómo podía atacar a una sombra? “¡Decidme donde están esos cuerpos que proyectáis! ¡Quiero darles de puñetazos y puntapiés hasta cansarme!” Lo gracioso de todo es que aquellas sombras, además de mentirosas, eran variaciones de la misma. Todas eran yo. Entonces me miré de arriba abajo y comprendí que yo también era una de esas variaciones. Sombra era y nada más.

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