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LA OBRA Y LA BIOGRAFÍA

>> martes, 5 de junio de 2012



 
 

En una entrevista para televisión concedida por el ya desaparecido Miguel Delibes, el que fue uno de los últimos grandes de nuestra literatura afirmaba - con esa naturalidad que le caracterizaba – que eran precisamente sus escasas apariciones públicas las que habían despertado un mayor interés sobre su persona por parte del público.

“El que se muestra todos los días, pues ya nos le sabemos más o menos… y la gente va buscando a ver cómo es Delibes.”  

Sin duda, el maestro deseó pertenecer hasta el final de su vida a un mundo que se había ido extinguiendo a lo largo del siglo XX. La vida rural y de las tradiciones amenazó ruina desde el momento en el que el progreso se impuso en el humano desde la era moderna. Delibes amaba el papel, la palabra, la voz. La historia narrada por un abuelo a sus nietos había desaparecido, según él, con la televisión. Así, el interés que despertaba un relato familiar de viva voz había sido desplazado por otro interés que buscaba otro tipo de historias. La magia de la imaginación no tenía nada que hacer frente a la fascinación mostrada por imágenes y sonidos directos, mucho más cómodos para el espectador. Así, el mundo se mostraba a través de una pantalla, y tanto nietos como abuelos (y padres) se sentaban ahora frente al aparato, igualmente expectantes aunque callados entre ellos.
El mismo Delibes renegaba del ordenador, considerándolo un invento del diablo. Ahora, para cualquiera de nosotros, resultaría seguramente imposible concebir la vida sin dicho aparato. Incluso el propio televisor se ha visto desplazado por la computadora (a mi juicio, vocablo más justo que el de “ordenador”).
El mundo de Delibes resulta ahora de ciencia-ficción. Hay quien decide retornar a la utopia, al regreso al campo. En España existen gran número de pueblos abandonados. Sus antiguos habitantes decidieron ser infieles a sus lugares apostando por la ciudad. Ahora, que el sistema tal y como ha sido concebido por el hombre capitalista parece amenazar ruina, aquellos lugares idílicos se nos presentan como alternativa de modus vivendi prometiendo sosiego, calma… En fin, la opción para evitar sufrir un colapso y, entonces, dejar de estar agobiado para siempre. Volver a cultivar los propios alimentos, a criar ganado, a comunicarse mediante el trueque… Todo esto, que sin duda exige un enorme sacrificio por parte de quien toma la decisión (y que muchas veces ni se piensa en ello, pues los propios pros del asunto impide ver los inconvenientes) puede causar un verdadero trastorno en el ser humano. Un cambio drástico en sus hábitos y costumbres. Una renuncia al reconocimiento a gran escala por parte de quien pretende pasar a los anales de la historia por sus hechos. De ser ducho en su profesión, seguro que recibiría la admiración de sus vecinos. Y ya está. Cualquiera que haya decidido prosperar en su carrera y que no se haya conformado (debido a sus tamañas aspiraciones) con las limitaciones del pequeño lugar del que procedía, ha acabado apostando por las reglas del juego en sociedad. Ahora, debido a que todo parece presentar un exceso en su propio cupo, parece cada vez más difícil destacar en algo. Ahora, parece que se impone una regeneración en todos los ámbitos de la sociedad. El sistema capitalista, como ya he dicho antes, se resquebraja, pero no por ello va a dejar de existir. Quizá se convierta en otra cosa. La idea de un hipotético retorno mundial a un estilo de vida arcaico parece imposible. Renunciar a todos los avances conseguidos resulta incluso una locura. No parece que el hombre esté muy por la labor de volver a la vida sencilla de nuestros antepasados.
No obstante, cada vez se valora más una visión ecológica del mundo. Una apuesta por valorar la Tierra, incluso por temerla. ¿Quién sabe si algún día la Madre Gea no acabará castigándonos – si no lo está haciendo ya - por tantos castigos que hemos infligido sobre ella? Los habitantes de la Tierra han visto en todas las épocas de su Historia un Apocalipsis cercano. Siempre hemos estado en crisis.
Ahora, una de las visiones apocalípticas que se me presentan es la que me atañe a mí y a Delibes: Una Apocalipsis literaria.
El otro día, recorriendo los puestos de la Feria del Libro de Madrid, comprobé un fenómeno curioso: cada vez hay menos escritores de literatura y más periodistas. El literato como tal ha ido perdiendo fuelle y siendo sustituido por toda una horda de personajes que, no siendo menos públicos, dejan que desear en el sentido de la calidad. El fenómeno mediático de la televisión tiene una gran parte de culpa en todo esto. Y es que, aquellos con los que nos sentimos más familiarizados han acabado por ser precisamente aquellos que se dejan ver diariamente. En esto, Delibes estaría ahora equivocado. El fenómeno mediático ha propiciado que ahora los lectores-admiradores se hayan convertido en fans y que su exigencia literaria haya descendido hasta niveles insospechados.
El “best-seller” se ha hecho el dueño y señor de los stands de las librerías. Muchas veces se compra un libro por quien lo escribe y no por lo que se escribe. Muchas personas han probado fortuna novelizando sus escritos y no les ha ido nada mal. Pero, lo peor de todo, es que estas personas han acabado por no ser ni escritoras. No hablo ya de tertulianos ni de escritores de columnas periodísticas… Hablo de esos seres que triunfan desde la polémica y que tienen días de fama contados.
Por desgracia, todavía me queda el consuelo de los escritores muertos, pero estos difícilmente dedican libros. Es mas, no puedes hablar con ellos. Quien busca la firma de un escritor admirado en un puesto de venta es consciente de la artificiosidad del asunto. Muchas veces he tenido la necesidad de cambiar impresiones con aquellos a los que he dedicado tiempo de mi vida en conocerlos. No obstante, las palabras puestas en común pueden durar, como mucho, cinco minutos. Hay libros que vender y una cola de personas tras de uno deseando comprarlos. No hay que perder tiempo. Los escritores son conscientes de ello y ni se plantean la idea de conocer a personas con las que estrechar lazos afectivos.
La cosa está en lo efímero, tristemente.
Hay que añadir, por otro lado, lo difícil que es vivir de las ventas de un libro y lo fácil que es, por el contrario, vivir apareciendo en programas diarios, recibiendo audiencias exageradas. Mantenerse en lo alto es también lo difícil. Interesar, tener algo que aportar novedoso.
No obstante, yo soy de las dos “D”:
En primer lugar, la “D” de Delibes, pues pienso que lo importante es lo que se cuenta a la hora de la verdad (en un libro, una pintura o una película) y no lo que nos cuenta el “contador” cuando deja de contar lo que importa.
En segundo lugar, es verdad que también soy de la “D” de Dalí, a pesar de que este fue uno de los primeros que comenzó a vivir de sí mismo, de su propio marketing.
Siendo sinceros, lo más chabacano que pudo hacer Dalí me parece mucho más interesante que lo menos deplorable que es capaz de hacer cualquiera de estos individuos deudores del share.

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