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TERCIOPELO AZUL (BLUE VELVET)

>> miércoles, 13 de junio de 2012




En 1986, Dino de Laurentis, uno de los ojos clínicos del mundo de la producción cinematográfica, decidió apostar de nuevo por David Lynch haciendo posible la realización de su film “Terciopelo azul”. Su anterior experiencia conjunta, “Dune”, había resultado un absoluto fracaso. No obstante, al italiano debió de seducirle el guión que el americano llevaba gestando desde hace años.  El exitoso resultado sirvió como trampolín internacional para el director, que ya venía dando muestras de talento desde “Cabeza borradora”, su primer largometraje de 1977. El mundo en el que nos sumerge (o, más bien, en el que nos nubla) el americano, resulta una clara apuesta por el surrelismo con referencias de lo más variponitas: desde Fellini hasta Francis Bacon. Salvo excepciones como la de “El hombre elefante” (donde, aún así, introduce elementos oníricos) podríamos considerar su trabajo como cine de autor. No obstante, Lynch ha conseguido granjearse la simpatía y el interés de crítica y público, recibiendo con cada uno de sus nuevos trabajos cierta repercusión mediática. Sus últimas películas han puesto a prueba dicha fidelidad, debido a la excesiva densidad e inexactitud de los temas tratados y a la farragosa duración de las mismas.   
En “Terciopelo azul”, Lynch nos adentra en un mundo fantástico, inquietante y perverso.
La película comienza con imágenes de Lumbertown, un barrio estadounidense. Sobre ellas se escucha a modo de banda sonora “Blue Velvet”, la canción de Bobby Vinton que da nombre al film. El espectador se siente relajado en estos primeros momentos. Poco a poco, las escenas cotidianas nos llevan a una casa concreta, la de Mr. Beaumont, que se encuentra regando el césped. De pronto, sufre un infarto. Sui hijo Jeffrey (el protagonista del film encarnado por Kyle MacLachlan, uno de los actores fetiche de Lynch) va a visitarle al hospital y, de vuelta a casa, encuentra una oreja humana entre las hierbas de un descampado. Jeffrey decide recogerla y llevársela al detective Williams, al que conoce por ser su vecino. Comienza así una investigación. Sandy (Laura Dern), la hija de Williams, conoce a Jeffrey y ambos inician una relación de amistad. Sandy va adelantándole a Jeffrey los detalles que su padre le avanza sobre el caso. Así, los dos inician sus propias pesquisas paralelamente a las del detective. Estas, les conducen al apartamento de Dorothy Vallens (Isabella Rosellini). Jeffrey decide entrar por su cuenta en el piso y acaba sintiéndose atraído por su inquilina (y ésta por él). Dorothy tiene como amante a un tipo de cuidado llamado Frank Booth (Dennis Hopper), el cual la maltrata con su consentimiento. Al parecer, a Dorothy le gusta que la maltraten, esto la excita. Hay pues, en esta pareja, una relación sadomasoquista.
Jeffrey, sin comerlo ni beberlo, ha entrado en un mundo distinto, alejado de la pacífica cotidianidad a la que estaba acostumbrado. Su inocencia se resquebraja. Una realidad oscura se abre ante él.     
La dualidad se establece en todos los niveles. No solo hay dos mundos, dos ciudades distintas (la apacible y la inquietante), hay también - por ejemplo - dos modelos femeninos por los que Jeffrey se siente atraído: la adorable, pura y abnegada Sandy y la tormentosa, impetuosa y oscura Dorothy. La oreja cortada representa así esa introducción a la otra realidad a través de la cual Jeffrey experimenta. Una experimentación que lleva a cabo en solitario, como si fuese la única persona a la que no le está vedado el camino. Al quedarse sin padre, Jeffrey parece haber asumido sus roles, haberse sentido con la valentía de tomar sus propias decisiones, de construir el destino de su vida. Un destino, por cierto, cada vez más oscuro.
¿Qué hay de fantaseado y de real en el film? La respuesta está en la mirada de su protagonista, que construye a su antojo su propia experiencia. Jeffrey se siente seducido por esta otra realidad, la realidad Lynchiana, que configura una nueva estética, un mundo tan personal como desconocido para el espectador (el otro seducido).
La banda sonora, nos remite a un momento cultural concreto, el de los años cincuenta en América, por el que Lynch y Ángelo Badalamenti (el compositor con el que el director comenzó a trabajar a partir de este film) sienten auténtica admiración. Ésta logra confundirnos a la hora de situar en una época al film.
Lynch, gran conocedor del cine clásico, ha sabido utilizar todas las herramientas de un séptimo arte anterior (aprovechando lo mejor de este bello testamento) para construir desde el presente una visión postmoderna audiovisual.
Esta pesadilla fascinante llamada “Terciopelo azul” sigue siendo, a día de hoy, una de sus obras maestras. 

1 comentarios:

LOOEPZ 14 de junio de 2012, 3:51  

Magnífica reseña... recuerdo haber visto esta peli y pensar inmediatamente en la iluminación de Bacon, acaso una bombilla suspendida de forma austera, o por las paredes pintadas de rojo... "Soy el payaso de la cara de caramelo"... grande Hopper. Por cierto, últimamente me acuerdo mucho de Corazón Salvaje, con Nicholas Cage y Laura Dern, si no recuerdo mal...

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