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TIEMPO DE SILENCIO

>> martes, 19 de junio de 2012


En el cuarto año de estudios de Bellas Artes, cursé una asignatura en la facultad de filosofía que llevaba como título “La novela española actual”. Para la profesora, Marina Mayoral, era su último año antes de retirarse de la enseñanza. Para cualquier lector empedernido era esta una extraordinaria ocasión. En un solo cuatrimestre zanjé la deuda que sentía que había contraído con algunos de los más importantes autores de nuestra literatura. Siempre tenía sus nombres en la boca, siempre deseaba entrar de lleno en sus obras más importantes… y siempre había algo que postergaba dicha misión. Así, encontré una excusa perfecta en la asignatura que desde la Universidad Complutense se me permitía convalidar paralelamente a mis estudios generales. De Octubre a febrero leí “La familia de Pascual Duarte” y “La Colmena” de Cela, “Nada” de Carmen Laforet, “Entre visillos” de Carmen Martín Gaite, “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio”, “Las mocedades de Ulises” de Álvaro Cunqueiro, “La plaza del diamante” de Mercé Rodoreda, “Don Julián” de Juan Goytisolo, “Volverás a región” de Juan Benet  y “Tiempo de silencio” de LuisMartín-Santos. Algunas otras que entraban en temario como “La verdad sobre el caso Savolta” ya las había leído con anterioridad. Es curioso que “La novela española actual” solo llegase hasta el último título que he mencionado. Todo depende del profesor que lleve la clase, de cómo interprete su libertad de cátedra. Puede ser que la persona en cuestión considerase que después de estos nombres ya no habían aparecido autores que concibiesen obras de tal envergadura. Que ninguna obra literaria contemporánea hasta el momento hubiese podido hacer sombra a las que ella seleccionó. Quizá su forma de entender la literatura se hubiese quedado anquilosada en tiempos pasados, cosa muy normal por otra parte. Todos tarde o temprano nos quedaremos atrasados.
Aquel fue un año muy fructífero para mí. Además de esta asignatura cursé alguna más dentro del departamento de filología. El quinto año acudí de nuevo a esta facultad para estudiar la influencia del pensamiento alemán en los escritores españoles. Así, leí a Unamuno, Baroja, Machado y Ortega a la vez que estudiaba algunas obras de Schopenhauer, Nietzsche o Heidegger. Mientras esperaba sentado mi turno el día de las tutorías con el profesor, don Rogelio Rovira, un estudiante de filosofía que también estaba haciendo tiempo se sentó junto a mí con la intención de conversar. Sus intentos fueron un tanto torpes, pero ello no impidió que yo contestase cada una de sus preguntas con respeto y educación (a pesar de que me sintiese en un interrogatorio). Recuerdo que primero creyó que yo estaba estudiando la carrera de filosofía (debió llegar a esta simplona conclusión estableciendo una conclusión directa entre la facultad y el que yo me encontrara en ella). Al comprender que no era así, me preguntó que qué estudiaba entonces. Yo le dije que Bellas Artes, y entonces puso cara de póker. “¿Y por qué estudias filosofía?” Al parecer debe resultar extraño que un belloartista se interese por cualquier asunto trascendental (o que lo tome en serio y lo estudie). “Sabes que en esta carrera hay que estudiar ¿no?” Aquí llega de nuevo el bendito prejuicio. No sé qué fama deben de tener los estudiantes de bellas Artes, pero cada vez que sucede una cosa de estas voy haciéndome una idea más aproximada sobre ese pensamiento generalizado.
Yo siempre he dicho que, cada año que pasaba en la carrera, iba siendo más consciente de que lo que me gustaba era escribir.
“Tiempo de silencio” representó para mí un ejemplo a seguir en mis afanes literarios.


Preocupado por la renovación en el lenguaje, Luis Martín-Santos tomó como ejemplo el “Ulises” de Joyce y lo volvió comprensible. Todavía recuerdo las horas muertas de los sábados por la mañana en La casa del Libro tratando de leer aquel mastodonte del irlandés, teniendo que reconocer al final el fracaso de mi empeño (en otra ocasión traté de leerme en ese mismo lugar una edición comentada de “La Odisea” de Homero, pero también acabé reconociendo mi derrota, cansado de tener que recurrir a las notas a pie de página para comprender el génesis mitológico- las cuales excedían siempre en cada página al texto original).            

No es por tanto tan importante la trama de la novela sino el cómo es contada. Digamos que el argumento es tan solo una excusa para sacar a relucir propuestas novedosas en el tratamiento de la prosa (recuerdo a D´Anunzzio y a sus recursos poéticos dentro del texto de las propias novelas).
Hace unos días emitieron en la televisión la adaptación cinematográfica de la obra. El film llevaba el sello inconfundible de Vicente Aranda. Lo que diré a continuación está dicho con todo mi cariño y admiración: A mi juicio, en la historia del cine español, hay dos grandes “viejos verdes”: Bigas Luna y Vicente Aranda. Más allá de los tratamientos ramplones y vulgares del cine de la transición española (destacando, entre todos ellos, los de las películas del gran Mariano Ozores), el cine de Luna y Aranda tiene algo de cautivador. La visión de lo Erótico en Bigas Luna se escapa a mis entendederas (quizá por eso me atraiga). En cambio, Aranda se me hace más asequible, y tiene además otro aliciente: se preocupa por lo literario. Entre sus adaptaciones, se han destacado siempre aquellas basadas en novelas de Juan Marsé. Este matrimonio literario-cinematográfico ha acabado siempre en fracaso. No obstante, ambos han seguido intentándolo, poniendo lo mejor de cada uno: “Si te dicen que caí” “La muchacha de las bragas de oro”, “Canciones de amor en Lolita´s club”…
Pero quizá haya sido “Tiempo de silencio” una de sus películas más interesantes. Quitando el hecho de lo difícil que resulta adaptar una novela en la cual el argumento es lo de menos (como ya hemos dicho), lo cierto es que Aranda lleva a cabo una labor irreprochable tras la clamara. Los ambientes “neorrealistas” que logra crear son admirables. Todo lo oscuro, todo lo sucio, lo vergonzoso de la sociedad, sale a la luz gracias a un afilado bisturí. De médicos va la cosa, y es que el protagonista de “Tiempo de silencio” es un investigador. En concreto, investiga los efectos del cáncer en las ratas en el Madrid de los años cuarenta (concretamente entre 1946 y 1949). Una posguerra que, aunque no inmediata, sí cercana.


Pedro acude a una chabola de las afueras regentada por gitanos para conseguir los ratones con los que investiga. “El muecas” es el jefe del clan, aquel que le consigue los animales. Un mal día, una de sus hijas aborta un hijo que ha tenido secretamente con su padre. Pedro es llamado para salvar la vida de la chica. A partir de este momento, la vida comienza a complicarse para este personaje al que parecían irle las cosas medianamente bien.
No podemos obviar el factor pesimista que pesa fuertemente sobre toda la novela.
Las únicas víctimas que escapan de esta visión tan desencantada acerca del ser humano son Pedro, Dorita y la mujer e hijas de “El Muecas”, víctimas de sus circunstancias,  impotentes ante la dificultad de salir a flote. Pedro ve truncado sus sueños de investigador para la cura del cáncer por unos sucesos que le complican en su “mal aparentar frente a los del qué dirán” y termina marchando de Madrid rumbo a un futuro como médico rural, de destino decidido por el director del centro donde trabaja, de ideales filosóficos alemanes (como Ortega). Aquí encontramos la influencia marxista de Santos y su crítica a un modo de ver la vida, a su entender, inútil y caduco. Pero la referencia negativa hacia Ortega continúa. “Tiempo de Silencio” no es solo una visión demoledora de la España franquista. Hay toda una revisión de la Historia de España, de sus males. Santos se atreve incluso con la Generación del 98. Para él, el Monasterio de El Escorial es un símbolo de retraso y la meseta castellana la ve como un páramo (recordemos el inicio de la “Meditación del Quijote”).
En un momento concreto de la novela se describe una conferencia dada por Ortega en Madrid. El círculo de mujeres de alta sociedad para el que va destinado dicho evento, se cree culto solo por ir a escuchar al “maestro” (aunque no entiendan nada y se queden en la superficialidad de un discurso por otro lado vacuo).
He aquí la transcripción del referido fragmento de la obra:
 
“Pero ya el gran maestro aparecía y el universo-mundo completaba la perfección de sus esferas. Perseguido por los siseos de los bien-indignados respetuosos, los últimos petimetres se deslizaron en sus localidades extinguida la salva receptora. Los círculos del purgatorio (que como tal podemos designar a las localidades baratas, sólo en apariencia más altas que el escenario) recibieron su carga de almas rezagadas y solemne, hierático, consciente de sí mismo, dispuesto a abajarse hasta el nivel necesario, envuelto en la suma gracia, con ochenta años de idealismo europeo a sus espaldas, dotado de una metafísica original, dotado de simpatías en el gran mundo, dotado de una gran cabeza, amante de la vida, retórico, inventor de un nuevo estilo de metáfora, catador de la historia, reverenciado en las universidades alemanas de provincia, oráculo, periodista, ensayista, hablista, el-que-lo-había-dicho-ya-antes-que-Heidegger, comenzó a hablar, haciéndolo poco más o menos de este modo:
“Señoras (pausa), señores (pausa), esto (pausa) que yo tengo en mi mano (pausa) es una manzana (gran pausa). Ustedes (pausa) la están viendo (gran pausa). Yo (gran pausa) veo la misma manzana (pausa) pero desde aquí, desde donde estoy yo (pausa muy larga). La manzana que ven ustedes (pausa) es distinta (pausa), muy distinta (pausa) de la manzana que yo veo (pausa). Sin embargo (pausa), es la misma manzana (sensación)”

Según Luis Martín-Santos, filosofías como las de Ortega se encontraban anacrónicas. La ironía es sutil, mordaz, inteligente. Reserva al público casi como en la “Divina Comedia”, dispuestos a escucharle. Un pensador que tanto para la derecha como para la izquierda estaba bien visto.
En contraposición a este ambiente, resulta interesante la descripción que Santos hace del mundo marginal de las chabolas. Para Pedro, representa su viaje a los infiernos. El lenguaje empleado para describir un lugar miserable es grandilocuente. Parece describirse, de hecho, bajo la visión del régimen. No le falta verdad pero lo que ya no se puede sentir es “orgullo”.
Se viola el tabú del incesto como en cualquier playa paradisíaca (forma parte del “encanto” de esos lugares, si es que “encanto” es la palabra).
Lenguaje barroco, de párrafos inmensos donde se ansía un punto final que lo cierre, una respuesta al acertijo, a la adivinanza que se nos plantea. Es necesario en muchas de estas ocasiones llegar al final de tales descripciones para adivinar adónde quiere ir a parar el escritor.
Ese lenguaje tan culto del narrador contrasta con el lenguaje social de los personajes, donde, hasta en las clases más altas se cae en lo coloquial. Quizás en la intención irónica de las intervenciones del narrador entra la de crear este fuerte contraste que hace todavía más corrosiva la denuncia de aquella España de posguerra. Así también encontramos contrastes de otro tipo, en las relaciones sociales: cómo Pedro, el protagonista, puede alternar con las tres clases en una sola noche: primero con Matías cuando sale con él de fiesta (clase alta), después al retornar a la pensión donde se le prepara una encerrona para casarle con Dorita, la nieta de la dueña (aquí nos encontramos con la misma clase media que la de Pedro) y cuando ya parece que la noche toca a su fin, es requerido por “El Muecas” para intervenir en un aborto en el mundo del extrarradio chabolista (clase baja). Digamos que Luis Martín-Santos pertenecería a la primera, junto con Juan Benet, al que siempre se consideró inspirador del personaje de Matías. Y no nos referimos a una clase alta por posibles sino a la cuestión cultural, a la baza que no todos poseían en el momento.
Luis-Martín Santos introduce elementos autobiográficos en su personaje. Los años de Pedro corresponderían a aquellos en los que el autor estudió medicina y ejerció, hasta marchar para Alemania donde ampliaría estudios en psicología.
Aquellos juegos comparativos en los que se atreve a relacionar al chivo de Goya con Ortega llegan a recordarnos a los desvaríos del Ulises de Joyce, donde ansiamos una separación de lo real y lo imaginativo.


Algunas características de la vanguardia literaria de “Tiempo de silencio” son, por ejemplo:
-         La corriente de conciencia o monólogo interior. Luis-Martín Santos dota de este sistema novedoso a sus personajes, concretamente, el protagonista. El pensamiento parece fluir sin cortapisas volviendo más creíble y real el factor literario de ficción. Así, conocemos todo lo que le pasa por la cabeza a Pedro, recluido en una celda y después de tantas cosas como le han sucedido. Un tratar de poner orden por su parte, una intención tranquilizadora correspondiente a la ética individual. Dentro de él luchan diferentes fuerzas que no hacen más que trastornarle.
-           Lenguaje irónico que hace caricatura de lo que cuenta, que se inventa palabras mezclando idiomas.
-         Utilización de guiones para describir una conversación en la que solo habla una persona. Como ejemplo, la conversación del policía con Dorita. Un diálogo que no es, que conserva los guiones pero donde solo escuchamos la voz del policía, que representa por tanto la soledad de la que reclama, de la imposibilidad del recurrir al socorro.
-         El narrador muestra objetivamente lo que sucede (literalmente las supuestas palabras de los personajes) pero mutila la realidad, así como se atreve a comentar más allá de lo que se consideraría correcto en una narración imparcial: el tono editorial que trasciende el omnisciente, esto es, lo que piensan los personajes por boca de ese dios que todo lo sabe y que nos hace llegar la información.     
-         Narrador que alcanza categoría de personaje. No se respeta voluntariamente el decoro de los personajes, algunos no hablan conforme a su condición social. Ejemplo: Lenguaje barroco en los barrios más bajos.
-         No hay saltos en el tiempo.
-         Es un viaje poético, no busca nada más. Prácticamente no hay acción sino retratos de personajes que cuentan historias y se enlazan como muñecas rusas.
-         Pasa de la tercera persona que realiza comentarios (donde identificamos al autor, inevitablemente) a un “yo” que narra historias al que pasa la palabra.
-         Mezcla del tiempo mitológico con el actual: Grandes barcos y aviones, Amadís de Gaula, Ricardo Corazón de León y Ulises. 
-         Una serie de acciones secundarias convergen en la principal.
-         Los personajes son más complejos que los de la novela social.
-         Contenido ideológico: Marxismo y existencialismo como bases. Hay un determinismo ambiental importante. Importancia de la responsabilidad moral de los actos individuales. Si el protagonista hubiese tenido la fuerza de voluntad para mantenerse en su posición no le habrían pasado las cosas que le acaban por pasar.
-         Uso excesivo de extranjerismos: palabras del inglés, alemán, francés, pero también del griego y de un latín macarrónico. No utiliza un virtuosismo técnico para demostrar “lo listo que soy y lo bien que sé escribir”. Tiene una función el porqué se cuenta así.

“Tiempo de Silencio” supuso una ruptura dentro de la literatura española que se venía escribiendo. No por ello renuncia al costumbrismo, a las estampas sociales que Madrid le transmite. Desde las calles en torno a Atocha, el bullicio nocturno, la descripción de los locales, los días de feria, el mundo organizado de aquellos seres marginales que habitan en sus moradas ilegales en las afueras… Todo explicado con una voz que podríamos comparar a la del NO-DO. El relato puede resultar tan terrible como los de Valle-Inclán, pero el leguaje resulta bello hasta para describir las situaciones más desagradables. 
Un libro delatador de una propia sociedad que nada hizo por salir adelante en pos del progreso (y, por supuesto, en la medicina incluyo el comentario). El autor, conocedor de la psicología más europea del momento, concienciado político y médico ante todo (desarrolla la novela veinte años antes de su publicación, cuando era todavía estudiante), crea una novela filosófica donde, tanto la trama como el hacer pensar más allá de una historia, se encuentran perfectamente equilibrados.



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