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UN INVENTO DE ÚLTIMA HORA

>> viernes, 15 de junio de 2012

La policía no tardó en llegar. Allí estábamos todos, recluidos en el gran salón de la casa, con la puerta cerrada, mientras dos representantes del grupo hablaban en el descansillo con los representantes de la ley y el orden. Había sido una gran fiesta, con cerca de treinta invitados. Todos fumaban, todo bebían, a todos les gustaba la música sonando por encima de los decibelios permitidos. Los vecinos ya habían avisado. No sabíamos qué iba a pasar. Seguramente, habría que pagar una multa.
Yo estaba sentado en un sofá pequeño en el que milagrosamente habían cabido cuatro personas más. Hace un rato que ya no bebía, porque siempre que los anfitriones de la fiesta veían mi vaso vacío, volvían a llenarlo. Aturdido por los éxitos musicales de todos los veranos inimaginables, mis oídos también habían dejado de escuchar. Ahora sonaba “Il Mondo” de Jimmy Fontana, pero para mí podía ser Jimmy Fontana o Betty Missiego. Me daba igual. Mis ojos, irritados por el tabaco, también habían dejado de mirar a algún lado concreto.
Creo que fue a partir de ese momento cuando comencé a elucubrar. Aquella casa me sugería todo tipo de fantasías temporales. La más divertida fue la de pensar cómo sería la vida en aquel piso céntrico madrileño hace cien años. Cuando la casa acababa de construirse. Mi cerebro, tan inteligente como siempre fue, comenzó a jugarme buenas pasadas. Toda la gente que tenía a mi alrededor ya no contaba. Ahora, en el centro de la pista estaba toda una familia cenando. ¿Qué hora sería? En la realidad, podrían ser las dos de la mañana. ¿En la vida de aquella familia antigua? Pues, las nueve de la noche. Allí estaba el padre, con sus bigotes engominados y su uniforme de cajista todavía sin quitar sorbiendo de la cuchara los fideos de la sopa. Su mujer, con su pelo recogido en moño y su vestido blanco pegando capones al niño. Este, de seis años, estaba gastándole pequeñas bromas a su hermana pequeña utilizando los fideos de su plato como ricitos para la niña. Esta, tenía sobre su cabeza una pequeña colección de fideos colocados de forma muy original, conformando un cabello que todavía no le había salido. La abuela, que cenaba muy poco, ya había terminado y ahora estaba en una mecedora tejiendo unos calcetines.
No recuerdo en qué momento aquella respetable familia se percató de la fiesta que había organizada en su casa. Poco a poco, cada uno de ellos fue tomando conciencia de su nueva situación. Dos épocas se habían juntado y debían convivir.
El padre me miró como pidiéndome explicaciones. Era lo mínimo, puesto que yo les había metido en aquel lío. “Deja a los muertos en paz y dedícate a tus cosas, que bastante tienes con lo que tienes” parecía decirme. La niña comenzó a llorar. Jimmy Fontana parecía haberla asustado. El niño, no obstante, había logrado escaparse de los capones de la madre refugiándose entre aquellos jóvenes que bailaban, fumaban y bebían. La mujer se levantó para buscarle y acabó llegando hasta la puerta. A ver a las fuerzas del orden le dijo a su marido: “¡Paco, está aquí la benemérita!” El pobre hombre se sintió desangelado pero rápidamente encontró la solución a sus problemas. Me señaló y le dijo a su mujer: “¡Él, él tiene la culpa!” La mujer movió la cabeza, como comprendiendo, y dijo después: “¡Ah, ya entiendo!” Luego, me llamó: “¡Joven, joven!... Venga acá un momentito, por favor.” Yo obedecí (no me quedaba otra). Cuando estuve a su lado, le pregunté: “¿Qué se le ofrece, señora?” a lo que me contestó “¡Pues pasa que ya está usted sacando a toda esta gente de aquí, que esto es una casa decente!” Era momento de actuar con cordura. Aún así, me defendí como gato panza arriba: “A mí me han invitado, yo detesto como ustedes todo este jolgorio. Nunca he sido de fiestas nocturnas…” El hombre, que tenía que hacerse respetar como hombre de la casa, me contravino: “¡Pero usted está aquí, como los demás, disfrutando! ¡Si tiene hasta un vaso con bebida en su mano! No nos engañe. Sé que somos producto de su imaginación, que nos ha rescatado de la nada para volver a darnos forma y torturarnos…” Entonces me agarré a un último recurso, como si se tratase de un clavo ardiendo: “Pues si son producto de mi imaginación, ¿quién les dice que esta fue su casa? ¿Y si yo ahora digo que no?” a lo que la mujer dijo: “¿A que le pego a usted dos bofetadas bien dadas?”. A mí no me preocupaban las bofetadas imaginarias, por lo que volví a la carga: “No pueden pedirme algo que no puedo hacer. Yo no soy quién para desmontar esta fiesta. Estaría actuando bajo los dictámenes de mi imaginación. Lo que sí podemos hacer es salir fuera, a la calle, y buscarles una nueva casa”.
Esto último les pareció muy bien y fue lo que hicimos. Al salir, nos despedimos de los guardias pero no nos oyeron, tan ocupados estaban hablando con aquellos dos jóvenes. Una vez estuvimos abajo el hombre, la mujer, los dos niños y la abuela, les designé un nuevo hogar en la casa de enfrente. La verdad es que no me compliqué mucho la existencia a la hora de buscarles una casa. Aquella también era antigua, por lo que me vino de perlas.
Una vez me despedí de ellos y les vi desaparecer atravesando el portalón, me dirigí a casa, que ya era hora.

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