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UNOS ARTISTAS DE LOS LUNARES

>> domingo, 24 de junio de 2012


Aquel día estaba contento. Cuando a las diez de la noche se metió en la cama, sin darse cuenta, se puso a cantar una ópera entera. Habían pasado cuarenta y cinco minutos y se encontraba atravesando el segundo acto de “La Boheme”, cuando alguien llamó a la puerta. Era su hermano pequeño:
 “¡He perdido un lunar!”
El niño entró en el dormitorio y le señaló a Elías la parte de su rostro en la que se había producido tal desaparición.
“Hermano ¿los lunares se cambian de sitio?”
Elías no sabía qué responder. Para empezar, se había sentido un poco ridículo al ser descubierto in fraganti cantando a Puccini. Su hermano Ezequiel entonces se quedó estupefacto mirándole la cara. Al parecer, había descubierto algo en su rostro con lo que no contaba.
“¡Elías, tienes tú mi lunar!”
“¡No digas tonterías!”
“¡Que sí, que sí! Ve al baño a mirarte. ¡Lo tienes donde yo lo tenía!”
“¡Déjame ahora, Ezequiel! ¡Es tarde! Ya lo miraré mañana…”
Ezequiel tenía razón. A Elías le había salido un lunar sobre la boca que antes no tenía. Según cuentan los entendidos, los lunares no surgen aleatoriamente en cualquier parte del cuerpo. Cada zona tiene su sentido.
A Ezequiel siempre le había gustado la poesía. Era muy ducho inventando rimas y todo tipo de trabalenguas. Aquel mismo día en que le desapareció el lunar, se había inventado uno que decía así: “En el cementerio, un tanto perezosos, aparecieron los que habían perecido y ahora eran aparecidos”. Su hermano Elías, sin embargo, nunca había cantado. A partir de esa noche, Ezequiel dejó de recitar y su hermano descubrió la faceta musical en él mismo.
Pero aquel traspaso debía de tener consecuencias. No tardaría en producirse otro suceso de similares características pero a la inversa, conformando estos dos hechos un intercambio justo de hermano a hermano. Y es que Elías había donado a Ezequiel, sin saberlo, la pasión por el dibujo. Desde siempre había tenido un lunar en el dedo índice de su mano izquierda. En el lenguaje secreto de los lunares, esto simboliza destreza en la escritura o en el dibujo. Lo curioso es que Elías nunca había sentido interés por ninguna de estas cosas y, sin embargo, su hermano, era un apasionado rellenando hojas con cualquier excusa. Solía componer poemas con estilográfica y papel de carta. El lunar, como era de esperar, pasó del dedo de un hermano al dedo del otro hermano. A pesar de haber perdido la pasión por la poesía, a Ezequiel todavía le quedaba la posibilidad de ser un gran dibujante, y no se lo pensó dos veces.
Eran, a todas luces, unos artistas de los lunares.            
       

24 – 6 - 12     

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