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REFLEXIÓN MUSICOLÓGICA

>> viernes, 27 de julio de 2012


 Últimamente ando muy sensible con el tema dental. El otro día acudí a un homenaje a Debussy organizado en la sala Pereda del Palacio de Festivales de Santander.  Los intérpretes de las diferentes piezas de música de cámara (dúos y tríos sobre todo) eran jóvenes prodigio, cada uno de un punto distinto de la geografía mundial, que habían sido descubiertos gracias a los infinitos tentáculos desplegados por Paloma O´Shea dentro de su omnipotente presencia cultural. Los diferentes pianistas, violinistas, clarinetistas, violonchelistas (e incluso arpistas) revivieron diferentes partituras del maestro francés pertenecientes a su etapa más visionaria, más contemporánea por así decirlo. Solo diré que prefiero del compositor su fauno, su claro de luna o su mar. Esta etapa apenas me interesa. Y aquí es donde entra la odontología. Siempre he dicho que no comprendo los cauces que ha elegido la música contemporánea para ir a morir (no sé si a un mar o a nada). La historia de la música ha estado marcada por la ambición e insaciabilidad de los que la han definido a lo largo de las diferentes épocas. Siempre se ha querido ir más allá de lo que ya existía buscando una mejora, un perfeccionamiento o un avance hacia delante simplemente. Algo así como una muela que, de tanto usarse, ha ido perdiendo el esmalte y a la vez que se la ha ido horadando  para solucionar el problema mediante empastes. Pues bien, ha llegado el momento en el que se ha dejado de tocar hueso porque se ha llegado a la encía. Para volver a la altura original de la muela, para volver a rellenarla, no va a quedar más remedio que retroceder a las diferentes capas anteriores que se han ido horadando (dodecafonismo, impresionismo, neoclasicismo, romanticismo, barroco, renacimiento, etcétera). La pregunta es si esto va a ser posible o nos vamos a quedar definitivamente sin muela. Si algo está ya bien ¿para qué seguir tocándolo? Yo tuve una profesora que me dijo una vez: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. El inconformismo ha tenido la culpa. Queríamos hacer más profundo el garaje y han acabado por venirse abajo los cimientos de la casa.
Escuchando las diferentes piezas debussianas, he llegado el pensar que aquellas no eran sino un mero pretexto para el lucimiento del intérprete, que las obras en sí carecían de interés, de contenido. Llegado a este punto, en el que la creatividad del compositor contemporáneo solo interesa durante los primeros minutos (la música contemporánea puede resultar al principio curiosa de escuchar, e incluso divertida) y luego acaba volviéndose tediosa, solo nos queda retomar a los maestros para diseccionarlos. Así hizo Britten con la “Guía de orquesta para jóvenes”, tomando como melodía principal un tema barroco para irlo llevándolo poco a poco a su terreno como creador perteneciente al siglo XX (como Montsalvatge con su “Descomposición morfológica de una chacona de Bach”), e incluso Luciano Berio y sus versiones de obras de Bocherini o Puccini.

 

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CORTOPLACISMO

>> martes, 24 de julio de 2012

Vivimos en la era del “cortoplacismo”. La gente quiere resultados a la mayor brevedad temporal posible. Este fenómeno lo podemos encontrar en todos los aspectos de la vida imaginables. Antes, las cosas exigían paciencia. Ahora, nosotros les exigimos a las cosas. Todo parece ir más rápido y, paradójicamente, todos vivimos más. Antes, una casa tardaba en construirse lo que tardaba en construirse. Antes había artesanos, personas que ofrecían unas habilidades que no entendían de aplazamientos. ¿Cuánto se tarda en pintar un cuadro? ¿Cuánto puede durar la ejecución del forjado en metal del balcón de una casa de Gaudí? Eso ni el mismo arquitecto lo sabía… Solo quienes en el taller hacían realidad los dibujos en papel del catalán podían darnos unos números… Y ni siquiera creo que lo supieran. Los artesanos, como los pintores, no entendían de tiempo. Cuentan que Picasso perdía no solo la noción del tiempo sino del mundo que le rodeaba. Podía quedarse sin comer ni dormir trabajando en un lienzo.
Recuerdo el cuento contado por uno de los personajes en “Fin de partida” de Beckett. Un inglés le pide a un sastre que le realice un pantalón. Cuando han pasado ya tres meses sin que el encargo haya sido concluido por el sastre, el inglés se lo recrimina recordándole que Dios hizo el mundo en seis días. A esto, el sastre le hace ver al inglés la situación en la que está el mundo y, acto seguido, le hace ver cómo está su pantalón, aun no habiendo sido terminado.
¿Cuánto tarda en escribirse una novela? ¿Cuántas personas que escriben se encuentran capacitadas para afrontar la tarea de elaborar una novela? ¿Cuántas personas pueden seguir abstrayéndose del mundo que les rodea en esta época cortoplacista? Yo no puedo. No soy capaz de contar en doscientas páginas lo que puedo contar en una, dos o tres. Mi terreno es el de los cuentos, relatos (e incluso microrrelatos). He sufrido un proceso de depuración literaria que me ha llevado de un barroquismo innecesario a una esquematización de corte científica basada en las siguientes palabras: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.   
Desde que comencé a escribir en mi propio blog, el cortoplacismo se ha agudizado en mí. Muchas veces publico nada más terminar de escribir, sin someter a revisión mis textos. Esto se debe también en parte a mi miedo por la obsesión. Cuando someto mis textos a un riguroso análisis, llego a estropear el primer borrador con tantas modificaciones. Esto se agrava si el texto ha sido escrito hace tiempo, pues cuando lo retomo suelo haber olvidado lo que tenía en la cabeza cuando lo escribí.
Curiosamente, a pesar de apostar por la escritura breve, a la hora de escoger una lectura suelo leer libros extensos. Los dos últimos que han pasado por mis manos han sido “Ensayo sobre la ceguera” y “Cien años de soledad”. ¿Qué puedo decir acerca de estas dos piezas clave de la literatura contemporánea? Lo primero, que nunca seré capaz de escribir una novela. Lo segundo, que nunca podré tener su universalidad. ¡Qué difícil resulta  empatizar con el público! Esta gente no entendía de cortoplacismos. Cuentan que Saramago solo necesitaba escribir una frase cada día. Hay que imaginarse lo certera que debía de resultar. Una frase, pero bien escrita. Su lenguaje es complicado. Él apostó por un sistema de escritura novedoso, y con ello complejo. Sus páginas eran negro puro. El blanco apenas tenía lugares donde respirar en los márgenes de las hojas. Como el marco del cuando “Negro sobre negro” de Malevich. El punto como signo le resultaba caro, por eso simplemente anunciaba una nueva frase con el empleo de la mayúscula. Con esto podía seguir hablando el narrador o un personaje nuevo. Saramago es duro no solo en la escritura sino en lo que cuenta, que no es sino una radiografía concisa de la condición humana. Su visión política no queda al margen sino que es la herramienta esencial de su discurso. En “Ensayo sobre la ceguera” plantea un dilema que todos tenemos. “¿Qué hacer cuando no tengamos nada?”. Y nada es nada. Cuando quedemos desnudos de todo lo que nos rodea y nos engaña en nuestra visión de las cosas. Saramago se vale de una ceguera física para hablarnos de una ceguera metafórica. Sus personajes van perdiendo la vista contagiándose unos a otros hasta provocar una ceguera a gran escala, una ceguera mundial. El mundo no queda a oscuras, sino que dicha ceguera es una ceguera paradójicamente blanca. El ser humano, que es quien ve las cosas que le rodean y quien puede hablar de ellas debido a su racionalidad, se encuentra abocado a una animalización total, a un retroceso provocado por su propia limitación como ciego rodeado de ciegos. Se plantea, por tanto, una nueva forma de vivir partiendo de cero, buscando la subsistencia pero, por encima de esto, la convivencia. Aquí es donde se ponen al descubierto las bondades y las miserias del hombre.
“Cien años de soledad” comparte con “Ensayo sobre la ceguera” el tratamiento de situaciones que nos afectan a todos. En ambos libros nos sentimos reconocidos. Lo que les sucede a los personajes de ambos libros, por encima de sus circunstancias, es lo más común entre los mortales. A pesar de que Gabriel García Márquez tamiza toda situación de ese “realismo mágico” tan fascinante, que vuelve único cada uno de sus libros. Su lenguaje, a diferencia del de José Saramago, es de una poética ancestral. Saramago, aunque poético, no puede evitar caer en el uso de un lenguaje que ha ido podando su estructura con el paso del tiempo. Márquez todavía posee un idioma español ancestral, lleno de palabras que han ido desapareciendo aquí en España pero que han prevalecido en aquellas tierras que lograron independizarse reivindicando su propia cultura pre-colonial. Aunque García Márquez se inspiró en historias reales, los sucesos acontecidos en su ya legendario “Macondo” lo han convertido en un lugar fantástico casi independiente de su creador. Tanto potencial creativo condensado en una novela de quinientas páginas ha convertido “Cien años de soledad” en un clásico. A pesar de haberlo leído con gusto, no he podido evitar sentir una sensación de agotamiento como lector. Había veces que me resultaba imposible retener tantos sucesos, tantos nombres. En una misma página podían sucederse varias historias, conque imagínense en cinco veces cien.  La prosa poética de la que se vale el autor para describir los diferentes acontecimientos envuelve el relato de una extraña belleza. Las palabras fluyen con engañosa sencillez y el espectador recibe la información casi sin esfuerzo. Algunos vocablos parecen inventados, pero no importa, porque quien lee comprende – aunque desconozca la palabra- aquello a lo que alude dicho término. “Cien años de soledad” no es sino un compendio de historias inverosímiles que acaban volviéndose cotidianas gracias al talento de Gabo. La saga familiar de los Buendía-Iguarán desde su primero hasta su último miembro histórico es en sí la historia de Macondo, es decir, la historia del mundo, de la civilización.

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EL CANTO AL GALLO

Entre hierbas y hielos
Me observas con cara alucinada
¡Monstruo más picassiano que cubista!
Pareces hecho en dos dimensiones
Y tus ojos, tan juntos,
No necesitan nariz para mirar de perfil

Algunas moscas revolotean en torno a ti
Preguntándose por el peligro de unos dientes
Muertos, o todavía acechantes
Suena un número,  miro mi papeleta
Y te meten entre papeles de estraza
¡Ya eres mío! … Pescado bromista…

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Fernando Fernán Gómez nunca entendió "El espíritu de la colmena"

>> sábado, 21 de julio de 2012

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TODAVÍA NO

No conozco el sentido del verbo  “morir”
Mi misión todavía no ha llegado
Es pronto para decir
“Tengo la moneda”… La barca es aún árbol

¿Qué me retiene?
La felicidad ajena
¡Tengo que hacer feliz
A alguien que me espera!

Alguien que se encuentra como yo
Que no me conoce pero me intuye
Como yo puedo intuirla a ella
A alguien para quien la vida es espera

La madre de todas las paciencias
La que nos retiene aquí en la Tierra
 La espera de saberse esperado
La que da fuerza, la que nos regenera

Nacemos una y mil veces
Esperando que sea la última
Los ojos no se cierran nunca
Con la tranquilidad que precisan

Podré hacer mil cosas en esta vida
Que todavía no ha llegado la buena
Para cuando esta se produzca
Quizá sea inútil la función de este poema

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¡LOHENGRIN TE NECESITA!


Allí estaba yo, en mitad de la carretera y con mi botella rellena de agua y renacuajos. El conductor del autobús me había dicho: “No puedo llevarte de vuelta a Madrid con eso”. “Eso” aludía directamente a mi proyecto de criadero de aspirantes a ranas. Los había recogido junto a unos amigos  cerca de un río. Ellos también tenían intención de hacer lo mismo, pero a la hora de la verdad se echaron atrás para poder volver con los demás compañeros de colegio en el autobús. Yo me negué rotundamente. No iba a dejar abandonadas a aquellas criaturitas de Dios por el capricho de un insensible señor… Por su cara no sabía si detestaba más a los niños que a los renacuajos. Sé que no había contado con la opinión de mis padres. ¿Y si al llegar a casa me hacían arrojarlos por el retrete? Podían incluso morirse por el camino, mientras trataba de llegar andando a la capital… Nunca terminaron de convencerme los viajes escolares. ¡Un día de esparcimiento no compensa el resto de días lectivos! El patio se reduce a una gran plaza de cemento donde apenas cabe un campo de fútbol y sí en cambio un abrevadero más ventajoso para caballos que para niños sucios y sedientos.
¡Las ilusiones que se hace uno al principio, cuando decide convertirse en Todopoderoso y llevarse a unos bichos acuáticos cabezones para cuidarlos y, de paso, utilizarlos como baratas mascotas! No se piensa en los inconvenientes de la empresa, tan solo en las divertidas ventajas.
¿Tenía nueve años aquella mañana? ¿Vestía mi vestido de primera comunión? Yo nunca supe lo que era ir de marinerito. Mi atuendo era más angelical: una gran túnica blanca y el pelo cortado a tazón. ¿A quién se le ocurre meterse en una iglesia vestido de marinero para recibir el cuerpo de Cristo?
Me hacia ilusión pensar que iba vestido de marinerito. Aquí tenía más sentido, en mitad del campo castellano, y no ante un altar. Igualmente no había barcos en la costa (ni en la meseta), ni a babor ni a estribor. Solo yo y mi botella rellena de agua y renacuajos.
Durante el “paseo”, traté de cantar entera la sinfonía de un compositor al que admiraba, pero me resultó imposible hilar más de cinco notas seguidas. Es lo malo de la música contemporánea, que se memoriza mal…
Tardé en llegar al mundo civilizado. Creo que cuando divisé las primeras casas había cumplido ya los veinte años. El traje de marinerito se me había quedado todavía más corto. No sé qué pueblo era en el que me encontraba. Toda la gente se había concentrado en la Plaza Mayor. Allí había una iglesia y de ella salía música celestial. No sé si Mendelssohn o Wagner. En efecto, era una boda. Decidí acercarme hasta allí. La gente se mostró extrañamente educada conmigo, llegando a dejarme pasar hasta las primeras filas que hacían pasillo hasta el portón de entrada. Por fin llegó el coche, todo lleno de flores. De él salió la novia. Iba acompañada de un idiota con chistera. De pronto noté que la gente me miraba expectante. ¿Qué esperan ustedes de mí?
“¿Vamos?” me dijo la novia. Trató de cogerme del brazo. Yo me resistí. “Acabo de pasar la adolescencia andando un camino, no sé nada de la vida… y menos, del amor. Es usted muy guapa y parece hasta simpática, pero entiéndame. ¡Acabamos de conocernos y esto que me propone es para toda la vida!”
La gente se tomó a mal esta salida de tono. Era comprensible, pero también tenían que comprenderme a mí… Mi vestido era bonito, pero no bastaba solo con eso.
Al final accedí, pensando que si regresaba al camino con ella (en plan viaje de novios intrépidos) para cuando llegara a Madrid ya nos habríamos divorciado y todo. ¡La vida pasa tan rápido!          

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PARA REVIVIR MI ESPÍRITU

>> domingo, 15 de julio de 2012



Los veraneos de mi infancia
viajando en coche por los Pirineos
Grieg, Dvorak y Bruckner
La música en casette sonando

El majestuoso paisaje
descrito incidentalmente
y, por accidente
siguiendo el siguiente orden:
“Peer Gynt”, “El Nuevo Mundo”
y “Cuarta Sinfonía”. No quiero
que lleguemos

¡Qué bien describe este sonido
tanto silencio! ¡Tanta maravilla!
Todos esos mundos imaginarios
están aquí contenidos… escondidos.

No quiero bajarme
Quiero seguir recorriendo
Las mañanas, los atardeceres
Moviéndome sin andar
Como en un sueño…

Todo ese color que inventaron
Los impresionistas… todo eso
Ya existía… y todo esto lo vieron
Como yo ahora lo he visto
Lo guardaron, de la retina a la memoria
E invocan a su biblioteca
Cada vez que buscan una imagen
LA IMAGEN

Esta es mi imagen
A la que tantas veces recurro
Buscando avivar el espíritu
Alentarlo cuando tiene frío
Antes de que muera su última brasa
El papel que lo enciende
Es solo imagen y música

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Soledad

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¡Aaaah, la barba! (podría ser Tolstoi)

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GIGANTE (“GIANT”. GEORGE STEVENS, 1956)




1938 fue el año de una película que marcaría un antes y un después en la Historia del Cine. “Gone with the wind” (“Lo que el viento se llevó”) se presentó a bombo y platillo como la primera película rodada a color y como el primer gran relato cinematográfico. Más allá de los ejemplos de Griffith, Eisenstein e incluso Stronheim (que trató de realizar películas de ocho horas como “Avaricia”, con cien horas de material en bruto rodado) esta producción de David O´Selznick logró desbancar a lo anteriormente rodado, pues todo lo que podía pedirse al cine (sonido y color) estaba ya allí construyendo una historia que superó a la de “El nacimiento de una nación”. Aquella adaptación de la novela de Margaret Mitchell sobre la historia de América durante la Guerra de Secesión cautivó a generaciones de espectadores (aquí en España, se llegaron a hacer rimas como “Lo que el viento se llevó, lo que el culo no aguantó”, refiriéndose a sus casi 240 minutos de duración).
Casi 20 años después, George Stevens trató de contarnos una nueva historia de América con su película “Gigante”. El resultado fue también un éxito, aunque menor que el que logró cosechar su predecesora.
En sus 201 minutos, Stevens nos narra la evolución social americana mediante la historia de Jordan Benedict, un ganadero de Texas, y Leslie, la mujer con la que acaba casándose.
El film, basado en la novela homónima de Edna Ferber, relata la vida de los dos personajes desde que se conocen hasta que nacen sus nietos.
La película se muestra crítica respecto a diversos aspectos de una sociedad en evolución. La mirada es esperanzadora, pues diversos baches como el racismo, la educación o el machismo son presentados como fenómenos en vías de extinción a medida que las etapas históricas mostradas en el film van sucediéndose.
Todos estos aspectos negativos de un joven país (respecto de otros) como es EEUU se encuentran anclados en una forma de ver el mundo que se transmite de padres a hijos. El mundo tradicional, con sus cosas malas y buenas, se ve constantemente amenazado por un progreso no siempre positivo. La comercialización del petróleo acaba imponiéndose al negocio ganadero. La ambición del poder y del dinero se ve representada en la figura de Jett Rink, un antiguo trabajador del rancho de Jordan que acaba heredando unas tierras en las que descubre el ansiado oro negro.
A pesar de la visión arcaica del mundo que Benedict posee (heredada, como ya hemos dicho, de su padre y de su abuelo, quienes comenzaron con el negocio en aquellas tierras), el personaje se nos muestra como dispuesto al cambio. Las personas que tiene en torno suyo le ayudan a modificar sus planteamientos: su mujer, sus hijos, sus nietos… Leslie representa a la mujer moderna, siempre dispuesta a debatir cualquier cuestión y a defender sus derechos, haciéndose valer. Sus hijos, por otro lado, reniegan de la herencia familiar amasada por su padre, prefiriendo dedicar sus vidas a otras cuestiones antes que a cuidar del ganado. Además, tanto la mujer como los hijos entran en contacto con la comunidad india afincada en las tierras de Jordan. Este, en un principio reacio a relacionarse con las gentes de dicha raza, acaba abandonando su posición clasista.
Rink representa a la figura del luchador equivocado, que piensa que el dinero lo da todo. Su empecinamiento en progresar viene dado por la envidia y la ambición de encontrarse por encima de los que le han estado manteniendo a cambio de su trabajo.
George Stevens comenzó como director de fotografía. En sus inicios, fue cameraman en pelílas de Oliver & Hardy, dirigió musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers y comedias románticas como “Serenata Nostálgica”.
 Tras entrar en contacto directo con algunos de los acontecimientos más crueles de la II Guerra Mundial, su enfoque cinematográfico sufre un cambio hacia el planteamiento de películas de mayor seriedad (por ejemplo, “El diario de Ana Frank”).
“Gigante” cuenta con un plantel de actores impresionante: Rock Hudson, Elizabeth Taylor, Dennis Hopper, Rod Taylor o James Dean son los principales nombres. Para el “Rebelde sin causa” fue el último de sus tres filmes antes de morir en un accidente de tráfico. Su trilogía cinematográfica no tiene desperdicio. Dennis Hopper ya había actuado junto a él en su primera aparición fílmica.   


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RETABLO PROFANO

>> sábado, 14 de julio de 2012

INFANCIA

Sonaron las carracas
Y las cajas de música
Los muñecos articulados
marionetas mecánicas
autómatas de fría sonrisa
Y otros monstruos de latón
Allí estaban todos de noche
Y yo, escondido bajo la cama

ADOLESCENCIA

Un camino siempre recorrido
De la clase de la mañana
A los deberes de la tarde
¿Cuándo aparecerá ella?
Algún día, al torcer la esquina
Aparecerá preguntándome
¿Por qué siempre este camino?

AMIGOS

Tantos momentos entre vosotros
Tantas confidencias, tantas vivencias
Sabéis mucho de mi existencia
Calláis por mí demasiadas cosas
Y yo, todavía os debo una sola
Tras tantas charlas sin comas ni puntos
Os debo… ¿lo adivináis?: Mi silencio

CAMBIO DE ETAPA

Allí queda empaquetada
Comprimiendo veinte años
Con un cartel que dice:
“Nunca debo recordar
Qué contiene este paquete”
Escondido en el fondo del armario
Sepultado bajo mil objetos
Donde nadie lo encuentre
Empezando por mí mismo
Una feliz etapa de mi existencia
(Preparo concienzudamente ahora
El paquete de la etapa siguiente)

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LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS EN DVD




Dentro del páramo cultural cinematográfico español de posguerra hubo algún que otro brote verde. Edgar Neville fue una de esas plantitas que intentaron convertir España en una huerta como Dios manda. Con un nombre tan extranjero, Neville fue de todo o no fue nada. Tenía dentro de sí el espíritu de la aventura y el sentido del buen vivir. Por ello, con su título nobiliario (era “Conde de Berlanga de Duero”) aterrizó en el Hollywood de los años veinte y se hizo amigo de Chaplin, se codeó con Fairbanks e hizo algún que otro trabajillo cinematográfico en calidad de guionista. Tras su experiencia americana, regresó a España en el peor de los momentos. Tras el final de la contienda, decidió quedarse en su país para tratar de aplicar a la industria cinematográfica ibérica aquello que había aprendido junto a otros compañeros como López Rubio, Jardiel Poncela o Tono (todos ellos también regresaron a España). Sus alocadas ideas parecían tener poca cabida en una península ibérica para pocas bromas (aunque, en general, este humor tan especial resultaba estrafalario aquí y en la Conchinchina). No obstante, muchos de aquellos sueños acabaron cumpliéndose. “La torre de los siete jorobados” es una de estas muestras. Dentro de la conocida como “Trilogía criminal” (las otras dos películas que conformaron este ciclo fueron “El crimen de la calle bordadores” y “Domingo de Carnaval”) esta película parte de una novela de Emilio Carrere que nunca llegó a escribirse realmente (el novelista entregó el manuscrito habiendo escrito apenas unas pocas páginas, para enfado de su editor que le pagó como si hubiese escrito algo coherente). Para adaptarla se contó con el guionista José Santuguini, autor de otros guiones para películas como “Viaje sin destino”, de estilo parecido. Neville nos cuenta una historia de fantasmas, de sectas secretas y de civilizaciones perdidas bajo la apariencia de un Madrid castizo. Una joya del cine fantástico español (aunque quizá no valgan las etiquetas pues resulte inclasificable). Antonio Casal, Guillermo Marín y Félix de Pomés encabezan el reparto.
Con la lenta recuperación de la figura de Edgar Neville en el panorama español cultural actual parece haberse cerrado un caso de injusticia, de memoria histórica que clamaba al cielo. Las filmotecas parecen desempolvar sus cintas para redescubrir a quien fue un genio incomprendido dentro y fuera de nuestras fronteras. Uno de esos pocos casos de talento absoluto que nos dejó algunos ejemplos memorables de su labor: novelas como “Don Clorato de Potasa”, obras de teatro como “El baile” (también hecha en cine) y películas como las ya mencionadas y alguna más como “La vida en un hilo”, quizá la mejor de todas. Recientemente, “Versus” ha publicado en DVD “La Torre de los siete jorobados”, una edición restaurada y acompañada por dos discos más con contenido extra.

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POEMAS SUELTOS

LARGO COMO UN VERSO PENSANTE

Qué duda cabe que lo que sufro son cambios en el estado del ánimo…
Hay quien dice que es normal en los que son inquietos intelectualmente
Pero yo no sé si esto se debe totalmente a mi condición de mente pensante
O a cierta sensibilidad caprichosa, que va y viene cuando menos se piensa

Me agobia en muchos sentidos poseer esta condición tan indomable
El resultarme imposible controlarla, ponerla coto, marcarle normas
De la felicidad más absoluta a la incertidumbre, la agitación, el mutismo
La soledad como herramienta necesaria con la que luchar conmigo mismo

A veces reflexiono sobre la dificultad de luchar contra un medio tan hostil
Las personas que no sabemos cómo sacar adelante determinadas situaciones…
… no sé si deberíamos existir… si hacemos caso a las leyes darwinistas
Pero la realidad es que aquí estamos, y seguimos respirando… sobreviviendo

Somos supervivientes de nuestra propia inanición interior… somos valientes cobardes
Cuando parece que no hay salida… entonces subimos a la superficie… sin creérnoslo
Ya estamos otra vez aquí... ¿He sido yo el causante de tal prodigio?... Supongo que sí
¿De dónde he sacado toda esa fuerza? Luego me pregunto: ¿Cómo pude ser tan débil?

….


UNA CARTA

Tengo miedo de recibir una carta
Tengo miedo de no recibir una carta

Hace tiempo que no sé de ti
Sabes que no soporto la incertidumbre

Antes me gustaban las cartas
Antes disfrutaba paseando por lugares
Que ahora me recuerdan catástrofes

El tiempo lo cura todo
Hace que olvidemos lo que nos desagrada-o recordemos lo que injustamente olvidamos

Han pasado ya muchos días, muchos meses ¿pasarán muchos años?
Y mi nueva vida ha sido solo a medias

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DESINTEGRACIÓN GRADUAL DE UN POEMA DE MACHADO

>> viernes, 13 de julio de 2012


 
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar… dejamos atrás
Lo que hemos recorrido.

Ya no hay suela de zapato
 Sino planta de un pie descarnado
Que, a fuerza de hacer callo
Ha dejado de sentir dolor andando

Una y otra vez se repite:

HAY
QUE
SEG
UIR
CAM
INA
NDO

… Pero ¿hacia donde?
¿Tenemos claro el rumbo?
Huimos hacia delante
Escapamos tal vez de un pasado
Buscando tierras todavía no gastadas
Por el recuerdo…

Evitar el dolor…
Buscar el alivio…
Como una fuente en el camino
Cuya agua nos renueva por dentro

Siento la energía de la que estoy cargado
La que me mantiene con vida…
La que arrastra este cansado cuerpo
Hacia un lugar indeterminado

Hace frío aquí en el extranjero
Todo son bosques que me humedecen
(Me renuevan) y me pudren
¡Cruel paradoja!
El sediento acatarrado….

¿Cuando duermo sigo caminando?
Quizá mi espíritu se me haya adelantado
Viajando con ventaja, aprovechando
Las horas de mi sueño…
¡Quiere llegar él antes que yo!

¡Inútil competición!

¿Caminaré hacia el Norte?
Sería difícil retroceder en mis pasos
Desandar lo andado
Migas de pan… Pulgarcito
Sísifo… Penélope
Almas cuya meta es una repetida acción
Que renace de lo que es… ceniza

No llegar nunca a ningún sitio
La meta es esto mismo…
Sucede a cada instante
Es ella en todo momento

¿Por qué me asusta la humanidad?
¿Es ella de quien huyo?
¿O tal vez el peligro soy yo mismo?
Es difícil escapar de la propia sombra
Proyectada en la tierra del camino

Algún día formaré parte de estas plantas
Y necesitaré seguir bebiendo de la lluvia
Algún día me clavaré a este suelo
Aún a pesar de carecer de patria

Algún día recordaré por fin aquellos versos
¿Cómo decían? Necesito sacar de la mochila
El libro… Al andar… Al andar… ¡ah, sí!:

“Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.”

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Madre e hija

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La cucamona

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CUANDO SAURA CONOCIÓ A AZCONA

>> miércoles, 11 de julio de 2012




Del primer encuentro del que tenemos constancia, apenas podemos disfrutar unos segundos. José Luis López Vázquez abre una puerta por la que sale José Isbert y de la que entran dos frailes. Se trata de la película “El cochecito” de Marco Ferreri, y los frailes son en realidad Carlos Saura y Rafael Azcona. Todavía era muy pronto para organizar planes. Saura acababa de realizar su primer largometraje, “Los golfos” (en colaboración con Mario Camus), apadrinado por el mismo productor de Ferreri, Pedro Portabella. El catalán produciría un film más, nada menos que “Viridiana” de Buñuel. Después, llegarían las quejas del Vaticano y Portabella daría por concluida su etapa como productor. Buñuel enmarcaría y colgaría en su casa el papel certificando su excomunión. Saura, que ya sentía verdadera devoción por este ateo aragonés, acabaría cumpliendo su deseo conociéndole finalmente. Cuenta Portabella que, realizando un viaje en coche con Buñuel y con Saura, este le contaría a su admirado maestro la última idea que se le había ocurrido: el argumento de “la caza”. Buñuel propuso que en lugar de conejos de verdad fuesen conejos autómatas. Saura, que no terminaba de comprender el sentido del humor del de Calanda, trató de razonar la idea de que fuesen conejos de carne y hueso y no motorizados.
Azcona había comenzado su carrera de guionista casi por azar, como él mismo dijo. Por entonces era un jovencito de Logroño con ínfulas de escritor que ya había colaborado en “La Codorniz” y había publicado unos cuantos libros. Dos de ellos, “El pisito” (obra de teatro) y “Pobre, paralítico y muerto”, fueron llevados a la gran pantalla por el ya citado Ferreri (el último título sería cambiado por “El cochecito” también citado, que sonaba menos cruel y más italiano).
Antes de que Saura acabase convirtiéndose en quien después fue, Azcona trabajó con Luis García Berlanga, y esto terminó por elevarle al séptimo cielo artístico, el del celuloide. La crítica de Berlanga se volvió más ácida con los guiones de Azcona. Y es que el guionista fue siempre defensor del humor, pero del humor negro. Con Saura, el humor casi se volatilizó para entrar de lleno en el drama (un drama a veces grotesco que rozaba lo cómico, todo sea dicho). Saura no sería nadie sin Azcona como tampoco Berlanga (al igual que Wilder no sería nadie sin Diamond). Él ha sido uno de nuestros mejores guionistas. Sin duda exigió un precio por ello, lo que hizo que las películas en las que intervino fuesen un poco más pobres en cuanto a cierto despliegue de medios. Y es que el cine español siempre ha sido pobretón, un cine de cuatro pesetas con más voluntad que medios técnicos (y ganas de tenerlos). Uno de los fotógrafos más cotizados de por entonces, Luis Cuadrado, defendía un cine con planos “buenos, bonitos y baratos”. Esto resulta bastante sintomático en cuanto a lo referente al cine económico. Incluso algunos de los filmes más sobresalientes, como los realizados por Erice (de gran orfebrería, narrando más con una estética de imagen que de palabra) resultan ejemplos de una austeridad casi monacal. No obstante, de sus dos filmes más significativos (“El espíritu de la colmena” y “El sur”), fue el segundo el que trajo más de cabeza al productor Querejeta, que acabó cortando el rodaje cuando todavía quedaba media película por hacer. Los gastos se debieron a una mala planificación por parte de Erice, ese “hombre tranquilo” y tan “zeng”.
Cuadrado fue el responsable de la fotografía de “El espíritu de la colmena” así como de casi todas de las de Saura. Con Azcona, llegaron títulos como “Peppermint Frappé”, “La prima Angélica”, “El jardín de las delicias”, “Ana y los lobos”, “La madriguera” o “¡Ay, Carmela!”. Comenzaba una nueva etapa para el aragonés, quien ya nos había ofrecido un aperitivo de su nuevo cine con “La caza”. Fue en esta película donde comenzó su colaboración con Cuadrado, Querejeta, Luis de Pablo… Se estaba fraguando un nuevo lenguaje bien interesante y apartado de lo que se venía proponiendo dentro de la industria cinematográfica española.
El mundo de Saura y Azcona trata de ahondar en la sociedad española de posguerra desde un punto de vista no realista. Sus personajes son seres traumatizados, afectados por una serie de rémoras que han ido desgastándolos psicológicamente, convirtiéndolos en víctimas de su propio pasado. A pesar de representar a una serie de individuos que socialmente han salido victoriosos del conflicto bélico (la guerra civil española no se encontraba tan lejana), interiormente se encuentran tullidos (y a veces, exteriormente, como en el caso del personaje de “El jardín de las delicias”).
España ha sido siempre un país traumatizado por su propia Historia. El carácter de los españoles ha sido siempre un tanto peculiar. Azcona mismo relataba una escena costumbrista de su infancia bastante significativa. Fue durante una entrevista concedida a Luis Alegre en el programa televisivo “El reservado” de 2007:

“No me he mortificado mucho, no he creído que el dolor sea algo que enaltece, que el dolor ennoblece. Yo siempre he pensado que una vida placentera, dentro de unos límites, es mucho mejor que eso que en la vida española se ha recomendado mucho que es sufrir. Ahora no, pero en aquellos tiempos donde yo me formé estaba muy bien visto sufrir y sacrificarse. Yo he contado muchas veces que en mi casa se hablaba comiendo y nos reíamos. En mi casa, mi padre era sastre y trabajaba en la misma casa. Era un sastre modesto. Tenía dos chicas (dos oficialas) y mi madre que también cosía. Mi padre por la tarde estaba cortando y cantaba trozos de zarzuela y aquellas dos chicas y mi madre le hacían los coros. Y en este ambiente es donde yo me formé y era muy placentero. Sin embargo, mi madre, cuando lo pasábamos demasiado bien, adoptaba esa actitud de las madres españolas de entonces y decía mucho: “Ya lo pagaremos, ya” por el hecho de estar pasándolo bien.”

La moral de la época, fue decisiva en este sentido. También Azcona tuvo palabras para esto:

“El recuerdo que yo tengo de esa posguerra, desde los escolapios hasta los doce años. Atascado, indigestado de misas, de rosarios, de ejercicios espirituales, que eran una cosa terrible. […] El sentido del pecado lo perdí enseguida. Yo me puedo sentir culpable, pero no en pecado.”

La opinión de Azcona coincide con la de la mayoría de personas que pasó por aquella época. Sus opiniones, además, nunca pasaron de moda. Fue un hombre universal y a la vez común (que no vulgaris). Podría ser perfectamente el vecino de enfrente que pasaba a pedir sal y a la vez escribía guiones cuando nadie le veía. Siempre trató de darse el menos bombo posible. Ya que permanecer en el anonimato resultaba imposible, al menos trató de dejarse ver las menos veces posibles. Su labor fue muy importante en la historia del cine español, pero él siempre se quitaba importancia. Azcona, a su pesar, pasará a la historia.  

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ANDREI RUBLIOV



Si en Rusia la “Guerra y Paz” de Tolstoi es considerada el mejor exponente de su literatura, el “Andrei Rubliov” de Tarkovski representa idéntica posición en la cinematografía. Y es que, este filme sobre el gran iconógrafo medieval se escapa incluso del género de cine biográfico. No se habla ya de un personaje solo, ni de una sociedad o época. Lo que trata Tarkovski en este filme es aquello que aspira a convertirse en universal, algo que escape de todo encasillamiento concreto. Por esto mismo, hay una importante vigencia en la película, una especie de halo que la mantiene fresca en sí misma. Para este director, tan importante puede ser la historia de su personaje principal como la de los otros que van apareciendo en su camino: el hombre que aspira a volar, el joven campanero, la mujer con limitaciones mentales... Así, no hablamos tanto de una guerra (el relato de la invasión tártara) como de la ambición de un hombre por derrocar a su hermano y así conseguir el poder. La naturaleza por encima de aquello que crea el hombre: Cirilos que envidian a Rubliovs (hombres de religión que pueden sentir la soberbia en su propia naturaleza).
Si bien hay momentos ya citados de epopeya histórica (aunque hay que decir que algunos datos reales fueron trucados para que encajasen en el todo del relato), a Tarkovski no le interesa relatar con un lenguaje convencional grandilocuente. Esa “mala” realización que puede adjudicársele para aquellos momentos como los de las batallas, se debe principalmente a que no había en él una intención por emplear la narración digna de una producción de Samuel Bronston. El empleo de planos aéreos en algunos momentos puede tratar de suplir a aquellos otros que se podrían esperar para estas escenas grandiosas. Es evidente que hubo un gran despliegue de medios para llevar a cabo la realización de esta historia.
La historia del ser humano se ve clara hasta en la figura de Andrés, el cual sufre constantemente transformaciones en su forma de comprender el mundo y la vida, llegando a cuestionar en muchos momentos a la propia religión. Así, el genio ruso recorre todo un viaje vital desde su salida del monasterio hasta este conocimiento de su propia debilidad como ser terrenal. Es, por tanto, este encuentro personal con el mundo real lo que le permite crear sus obras maestras. Perfecto conocimiento teórico de las premisas sagradas y análisis del mundo que le rodea (vedado durante su formación religiosa, durante la cual permaneció encerrado entre cuatro muros). El arte como religión y el artista como profeta. Este “creador” ofrece al mundo aquello que quiere volver tangible, explicable. Aquello que se anhela, que queda por ser descubierto. Una especie de intuición que quiere concretarse.
Si bien los elementos naturales reflejados por Tarkovski en sus filmes han sido muchas veces considerados como cotidianos dentro del paisaje ruso, podría hablarse de un mínimo contenido simbólico que, por otra parte, resulta fácil de comprender: el fuego como purificación o destrucción de etapas vitales, el agua como el fluir, el renacer, la vida…
El empleo del color al final del filme puede ser un recurso con el que romper con la narración “de ficción” y tratar de representar con la mayor fidelidad posible la obra “real” de Rubliov, esa Trinidad. Aquello verdaderamente importante como es la representación pictórica conservada del personaje real, una “reliquia” o “testimonio conservado” de un personaje “sagrado”. Manifestación terrenal de un talento casi espiritual. Tarkovski asumía el blanco y negro como elemento generador de poética y consideraba el color como algo que debía ser utilizado con cuidado para que no interrumpiese la captación de otro tipo de cosas que podían resultar más intereses para el desarrollo de la propia historia. En este caso, el color trata de hacer justicia a lo pictórico del cuadro, evitando ese cromatismo más o menos plano tan característico del cine de Tarkovski. 
El denso lenguaje con el que impregna a sus historias puede llegar a resultar tedioso para el espectador medio, acostumbrado por su acontecer diario a encontrarse siempre en movimiento, sin tener tiempo para un reposo, una concentración e incluso un conocimiento de si mismo. Por esto mismo, ese trato del tiempo fílmico (pausado, detenido casi siempre) acompañado de una exigencia hacia el espectador de un mínimo intelectual, puede crear en sus planteamientos cierta incomprensión (cuando no otros sentimientos más irracionales de carácter negativo). Podemos hablar de un código a descifrar que es ofrecido al espectador para su interpretación particular.


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Sergiu Celibidache dirige el "Bolero" de Ravel

>> martes, 10 de julio de 2012

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LA DANZA DEL ARLEQUÍN

Me he vuelto astrónomo
Y miro las estrellas tumbado
Con las piernas hacia arriba.
El patio está todo blanco
En una oscuridad absoluta

De nada sirven los catalejos
Pies ¿para qué os quiero?
Los insectos ya no andan por la hierba
y me hacen cosquillas por ahí dentro

Hay siempre un pavo real
con el que más me identifico
y es aquel que levanta el abanico
cuando ya se han ido las pavas

¿Dónde te has ido, amor mío?
Seguramente andes como un satélite
Dándome vueltas allá arriba
En el destino escrito…
¡Oigo la música pero no veo tu baile!

Quiero que me cuentes TODO (no sé nada de ti)
Tengo ganas de conversar largamente contigo
Solo por saber si no se me ha olvidado escuchar
Sé que no te conozco, ni tú tampoco a mí
Pero creo firmemente en tu sonrisa
En el silencio curvado en tu boca…
Porque a veces eso vale más que palabras mil

Sé que mi poesía suena
A la traducción prosaica
de un poema extranjero
Pero no me importa…
Mis versos dicen “Te quiero”
“I love you”, “Je t´adore” o “Il mio amore”
Por tanto… sobran las asonantes
Los diptongos, las tónicas y las esdrújulas.

Cada representación tuya es diferente
Aunque en amor tanto se parezca
Hay diferentes grados de timidez, dulzura
Carácter, humor o testosterona
Puedes llamarte María, Mary o Marie
Y en un mismo idioma Claudia, Sonia o Malena


Siempre serás la misma
que tuve en la cabeza
De niño a viejo
tu imagen me atraviesa
perfectamente delimitada
Tan clara te me apareces
Siempre has estado tan cerca


El arlequín siente que algo serio brota de él
Y, siendo consciente, no quiere que le tomen a broma
Siente necesidad de hacerse respetar
Quiere ser maduro de repente
Y… claro… tropieza

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TODO LO QUE SABES, TODO LO QUE CALLO



Sería inútil decir
Que las cosas se mueven
Porque tú las miras…

Que la noche vence al día
Porque tú quieres dormir
Que la música resuena
Porque te cansa el silencio
Que el agua brota
Porque tus labios se secan

Sería inútil…

Que las estrellas vibran
Porque la oscuridad te parece…
Cómo decirlo…
Demasiado densa

Sería inútil pensar
Que todas estas cosas funcionan
Gracias a tu mera existencia

Sería inútil decir
Que me he vuelto astrónomo
Que quiero volver a ser músico
Y que tengo más sed que nunca
Porque tú me miraste…

Es fácil que todas estas cosas sucedan
Mientras andes tú por medio
A un lado mío y a un lado de ellas

Es fácil ser consciente de ello…
Por eso pensarlo o decirlo… sobra

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SONATA PARA YVETTE

    
Cuando Xavier Montsalvatge compuso “Sonatina para Yvette”, pensó en su hija pequeña a la hora de escribirla (el tercer movimiento parte de una conocida canción popular infantil) y en Gonzalo Soriano, a quien se la dedicó.
El propio título de “Sonatina para Yvette” me evoca una historia muy distinta. Quizá haya incluso que renombrarla como “Sonata para Yvette”.
Yvette era una muchacha de veinticinco años que vivía en un piso de Barcelona con su pareja. El lugar concreto en el que vivían podría ser el Paseo de Gracia. Por aquella misma zona vivía un extraño tipo al que muchos podrían relacionar con el dibujante del film de José Luis Guerín “En la ciudad de Sylvia”. A diferencia de este personaje al que hacemos referencia, el individuo que vivía cerca de la casa de Yvette era compositor además de violinista. Su nombre poco importa. Le gustaba vestir camisas Mao de color crema, pantalones de lana y lucía una generosa melena además de una tímida barba. Él tenía algunos años más que Yvette. ¿Qué es lo que le cautivó de ella? Solo él nos lo podría decir. La seguía a todas partes, tratando de captar su esencia musical. Yvette tenía el pelo castaño y largo. Vestía camisas coloridas con motivos florales y no acostumbraba a llevar pantalones sino falda. Para ella todavía existía ese modus vivendi en el que apenas había que trabajar, en el que la vida podía gozarse en sus veinticuatro horas.
El novio de Yvette era casi tan maravilloso como ella.
En la casa del músico sonaban a todas horas pasajes de una melodía todavía por determinar. El violín trataba de ejecutar lo que acababa de componerse recientemente en una hoja de papel pautado. Lo único que quedaba en claro de todo aquello era el título de la obra en construcción: “Sonata para Yvette”.
¿Cómo sabía el nombre de ella? Digamos que alguna vez la había seguido hasta el portal de su casa y había mirado el nombre en su buzón una vez que ella había desaparecido escaleras arriba. Allí, en la oscuridad de la entrada de la casa, consiguió sonsacarle al letrero sobre el buzón en penumbra  el nombre de aquella musa musical. En tinta morada y con una tipografía toda hecha de caracolillos, ponía “Yvette”. Abajo, ponía con letras mucho menos barrocas “Leonardo”: Fue en aquel día cuando descubrió que Yvette no estaba sola.
Era extraño, pues ella solía salir sola a la calle. Leonardo saldría en otros momentos, o no saldría.
La Sonata había quedado dividida en tres movimientos: “Vivo e spiritoso”, “Moderato Molto” y “Alegretto” (en efecto, como la de Montsalvatge).
Cuando iba ya por el segundo movimiento, se asomó por la ventana y observó a Yvette salir de la puerta de su casa con un hombre. ¡Ya tenía a Leonardo! Así era, como ella, pero no tan bello.
Leonardo escribía páginas de actualidad en un periódico. La obvia necesidad de permanecer atento a las novedades con que el mundo sorprendía aburría a Yvette. No comprendía cómo a Leonardo podían interesarle los aspectos, según ella, más aburridos de la vida. No sería muy arriesgado asegurar que Yvette coincidía más con la visión del mundo del violinista y compositor que la perseguía (sin que ella lo supiese) que con la de aquel con el que convivía. ¿Qué es lo que valoraba de Leonardo? Su bondad innata, su fuerza de voluntad.
Leonardo era tan idealista como Yvette. Ambos creían en un mundo plagado solo de belleza. Aquello que por ser más terrenal afeaba esta visión tan ingenua del mundo les exasperaba.
Faltaba concluir el “Alegretto”. El compositor decidió truncarlo en una marcha solemne, casi de aire fúnebre. Cogió un cuchillo y salió a la calle. Se sentó en un banco cerca del portal de Yvette, guarecido tras unos árboles. Esperó y esperó. No tenía prisa.
Yvette se había quedado en casa. Al parecer, no tenía muchas ganas de salir. Se había quedado sentada frente a un viejo piano. Aquel instrumento ya estaba en la casa cuando ellos se quedaron con ella. Sobre el atril había algunas partituras. Yvette llevaba un vestido amplio de gasa blanca. Parecía un personaje pintado por Alma Tadema.
Comenzó a tocar algo. Se dejaba llevar por la intuición, algo que desde niña le había funcionado. Recordaba a su padre interpretando aquellas melodías en el piano que tenía en su despacho. Cuando él se iba, llegaba ella y trataba de repetir lo que había visto. Se había fijado en los movimientos de las manos. Durante muchos años repitió este hábito. Nunca le pidió a su padre que le enseñase a tocar. Quería aprender por iniciativa propia, cosa muy loable aunque muy complicada también.
Sacó un tímido “Claro de luna” de Debussy, apenas las primeras notas del inicio. Solo con una mano, por supuesto.
No sabía si Leonardo estaba en casa en ese momento. Ella se acababa de despertar de una breve siesta.
Leonardo no estaba en casa. De hecho, se encontraba volviendo a ella.
Yvette, de pronto, sintió que su intuición le pedía interpretar la “Carmen” de Bizet. El duelo entre los dos hombres se aproximaba. En este caso, no era un torero sino un escritor, y el militar se había convertido en músico.
Cuando vio que Leonardo se acercaba al portal, se levantó del banco. Mientras buscaba las llaves para abrir, se fue aproximando a él. La hoja se adentró en la camisa hasta llegar a la carne. La llave, encajada ya en la cerradura, quedó liberada de la mano que la hacía girar para accionar los resortes de seguridad de la puerta.
Unos ojos que se habían quedado abiertos de par en par fueron cerrándose poco a poco, recuperados de un primer sobresalto.
Unas piernas se flexionaron por medio de las rodillas hasta caer contra el escalón que separaba la puerta de la casa de la acera de la calle.
No hubo ningún grito.
El músico abrió la puerta con la llave, metió el manojo en un bolsillo y subió hasta el piso donde estaba Yvette. Una vez allí, lo sacó y con otra llave abrió la segunda puerta. Llegó hasta la sala en la que estaba Yvette, que había dejado de tocar debido a algún misterio.
Extendió hacia ella los legajos que conformaban su “Sonata”. Ella los cogió y leyó el título. Luego le miró y dijo: “No sé leer música”. El otro, no dudó en volver a coger los papeles, ponerlos en el atril, sentarse al piano y comenzar a interpretar su composición.
Al concluirla, miró a Yvette para decirla: “¿Te ha gustado?” Entonces ella dijo que sí. Luego él dijo “le he matado”.
Yvette le dijo que se fuera.
Él no se fue.
Ella bajó a buscar a Leonardo. Había perdido bastante sangre pero todavía vivía. Había conseguido sacarse el cuchillo, que ahora estaba en el suelo.
La gente llevaba arremolinada en torno al portal un largo rato. Algunos habían tratado de socorrer al malherido, uno incluso le había hecho con su camisa un torniquete. Otros habían ido a llamar a una ambulancia, que no tardó en llegar.
Cuando subieron a detener al músico, este se encontraba interpretando de nuevo la partitura.
Leonardo milagrosamente se recuperó. Yvette nunca le contó el episodio acontecido en el piso.
La partitura permaneció por siempre sobre el atril del piano de Yvette.
El padre de Yvette, afamado pianista, encontró la obra un día que estuvo en casa de su hija y su nuero y se la llevó. La estrenó en el Palacio de la Música y hoy en día es una de las piezas imprescindibles de todo repertorio que se precie. Su bella música la ha vuelto clásica pero solo Yvette conoce su historia.

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CONFESIONES DE UN ESCÉPTICO



Durante algunos años he estado viajando de forma esporádica por Castilla. Cada uno de los lugares visitados ha tenido su lógica, su razón de ser para quien pasó por ellos. Las experiencias extraídas representan un todo que se ha ido poco a poco erigiendo sobre una base. Como un jarrón de la dinastía Ming, cada uno de sus trozos han ido completando huecos que habían estado esperando ser ocupados por una pieza concreta e irrepetible. El resultado es un todo, un solo camino.
Este camino único podría desarrollarse de la siguiente manera:

Observo la catedral de León desde fuera. Para verla por dentro hay que pagar la suma de cinco euros o bien esperar a la celebración de una misa. No tengo tiempo. Me conformo con verla así, a plena luz del día (dicen que por la noche se ilumina desde dentro y se destacan sus vidrieras, mucho más hermosas que las de Chartres en Francia) sintiéndome privilegiado por poder contemplarla todavía desde fuera gratis. Es este un ejemplo fundamental del gótico español.
El Panteón Real de San Isidoro, al cual algunos denominan “La capilla Sixtina del románico” se conserva en excelentes condiciones. El Pantocrátor se muestra con rostro agradable, a diferencia de otros como el de Taúl (en cuya mirada se refleja la Ira Divina de quien puede juzgar a la Humanidad por sus actos).

En la iglesia de Santo Tomás, en Ávila, se encuentra el sepulcro de Juan de Aragón y Castilla, hijo de los Reyes Católicos. Su fallecimiento prematuro provocó que el poder recayese en su hermana Juana la Loca. La pieza, esculpida en mármol de Carrara, representa uno de los grandes ejemplos del arte renacentista español. Ante él, reflexiono en silencio. ¿Qué habría sido de la Historia de España de haber sobrevivido el príncipe Don Juan? 
El Oficium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria suena de fondo.

… Aquí hay que realizar una parada obligatoria. Toda parada tradicional exige de una fonda en la que hospedarse por un tiempo. A falta de fonda buena es una ermita. Allá, en lo alto de un monte. Desde allí, se contempla parte de esa Castilla. Como en un estado de superconsciencia, las cosas se presentan desde una visión única, sin margen de error. Todo puede contemplarse de una sola vez. Antes, caminando por aquel sendero que desde este lugar se observa y que me ha conducido aquí arriba, era imposible hacerse una idea general del paraje que me encontraba recorriendo. Ahora todo se muestra pequeño y abarcable. Ya los árboles no aparecen grandes, impidiendo ver el bosque general. Es ahora el bosque el que se presenta diminuto pero a la vez concreto, dejándose ver en cada una de sus partes. Solo la cruz que corona la ermita aparece con su tamaño real, gigantesco, desde este punto en el que me encuentro.
Desde aquí todo parece calmado. He olvidado hace días que me encuentro en un país con individuos problemáticos que se empeñan en dirigir el destino de quienes habitan los terrenos que gobiernan. Hace tiempo que no veo una televisión, que no ojeo un periódico. Lo mejor de todo es que no siento esa necesidad. Me he apartado del mundanal ruido por un breve periodo de tiempo, y he olvidado incluso su brevedad. He olvidado el tiempo. Todo en mí se ha calmado.
Cada vez le hago menos caso a la razón. Cada vez más me dejo guiar por la intuición, por el silencio y la meditación interior.
La ciudad aturde, desconcentra, desvía la atención de las cosas importantes. Cuando a uno no le queda más remedio que vivir allí, procura buscarse momentos de sosiego, de relajación, de provecho para las cosas personales.
Mi habitación tiene una ventana que da a un patio con jardín. Todos los ruidos parecen quedar amortiguados al tratar de penetrar en este espacio concreto.
En este cuarto hay tres elementos esenciales: una cama, un ordenador y un aparato de música. En la primera procuro dormir unas ocho oras diarias, con el segundo escribo (antes tenía una Olivetti eléctrica) y con el tercero me evado artificialmente. La música puede ser ese campo definido con algunas notas armoniosas.
Meditar representa ese volver a casa.
Contactamos con nuestro interior para preguntarnos sobre nosotros mismos. ¿Somos felices con la vida que llevamos? ¿Somos al menos coherentes?
Todo ser humano trata de buscar la felicidad, el placer, evitar la tristeza, el dolor. Esa norma dorada de los budas puede encontrarse hasta en ese escarabajo que escapa de un humano para evitar ser pisado.
Muchas veces me he preguntado acerca del sentido de la vida. He sentido esa energía interior que provocaba el milagro de estar vivo.
También conozco la fuerza de voluntad que pongo cada día desde que me levanto hasta que me acuesto para sacar adelante esas metas que me propongo realizar. Sé que son caminos largos, pero poco a poco se van recorriendo.
Cuando ya no posea esta energía quiere decir que dejaré de proyectar sombra. Exhausto, iré acomodándome a la postura más cómoda, aquella que denominan como horizontal. Cuando no me soporte a mí mismo y mi cuerpo quede vacío, quiero pensar que esa energía, ese espíritu, continuará inquieto buscando fuera nuevas formas de perfección.
He conocido a un hombre sabio. Se llama Udaba y vive en una casa en el campo con otras gentes con las que comparte una misma filosofía de vida. No teme a la muerte ni al sufrimiento. Ha encontrado la respuesta a sus preguntas, sabe cómo llegar al final de ese camino denominado “sentido de la vida”. Dentro de poco desentrañará aquellos secretos que permanecen ocultos para tantos mortales. Tanta gente que anda echando a perder su vida porque no se conoce a sí mismo ni comprende aquello que es esencial en la vida. Tanta gente que, en el trasiego de su rutina “civilizada”, olvida quien es (o no le interesa saberlo porque tiene otras prioridades).    
El haber conocido a una persona tan firme en sus convicciones (alguien que asegura conocer el funcionamiento del universo), me ha hecho tambalearme sobre mis propios cimientos. Yo, que me considero una persona llena de defectos, temores e inseguridades. Alguien que desconfía por naturaleza de cualquier opinión oficial y personal. Un escéptico.

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BIENVENIDO MÍSTER MARSHALL

>> jueves, 5 de julio de 2012




Recién salidos de la Escuela de Cinematografía, Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem decidieron iniciar juntos su andadura en esto del séptimo arte. A pesar de que tenían formas distintas de ver el cine, los dos largometrajes que realizaron en equipo han llegado a convertirse en dos piezas clave de nuestro celuloide.
Tras “Esa pareja feliz” en 1951, que contó con la baza de Fernando Fernán Gómez en el papel protagonista, llegó “Bienvenido Míster Marshall” un año después. En esta ocasión, no dudaron en rodearse de unos cuantos pesos pesados. En primera fila, figuran José Isbert o Manolo Morán, dos grandes actores cómicos (con Isbert, Berlanga realizaría ya en solitario otros filmes memorables como “Calabuch”, “Los Jueves milagro” o “El verdugo”, esta última de las mejores de su filmografía). Una cantante de moda llamada Lolita Sevilla se encargó de poner la nota musical, y un escritor de nombre Miguel Mihura se encargó de colaborar en las tareas de guión. El resultado: un sonoro éxito. Con “Bienvenido Mister Marshall” se inaugura una nueva etapa dentro del cine español. Su acerada crítica hacia esa imagen que se tenía en el extranjero de España como país folclórico de flamenco y toros ha pasado a la historia dejando momentos tan memorables como el de las “Coplas de las Divisas”, en el que todo el pueblo salía a la calle en pasacalle para cantar aquello de “Americanos, os recibimos con alegría”.
La idea parte de una situación histórica actual en aquel momento: “El plan Marshall”. Desde América, se prometía ayudar económicamente a los países más necesitados, fomentando su desarrollo y promoviendo su modernización. Había una intención de reconstrucción tras la II Guerra Mundial y, además, se pretendía detener el avance del comunismo. En el imaginario pueblo español de “Villar del Río” (el rodaje se llevó a cabo en Guadalix de la Sierra), se recibe la noticia con entusiasmo. Pretenden beneficiarse de dicho plan y no dudan en preparar una gloriosa bienvenida a los americanos. Para ello, no dudan en engalanar el pueblo disfrazándolo de andaluz, escondiendo sus viejas casas tras fachadas de cartón piedra con rejas y flores. Todo el pueblo se viste para la ocasión. Es la representación de la ilusión, de la espera de tiempos mejores, de las grandes expectativas.
“Bienvenido Míster Marshall” es la historia de un pueblo y de sus habitantes. Mediante una inteligente presentación por medio de la voz en off de un narrador (Fernando Rey), los espectadores tienen la oportunidad de conocer a los más importantes personajes que pueblan el lugar, entran dentro de sus casas, conocen sus ambientes, sus virtudes y deficiencias. Todo construido con la herramienta del humor. Así, se nos presentan los personajes del alcalde, de la maestra, del cura, del viejo hidalgo, etcétera, etcétera…
Berlanga tenía un gran aprecio por las pequeñas historias individuales que se entrelazaban generando toda una comunidad, una gran colmena… Un patio de vecinos. Las historias de los pueblos las repitió en “Calabuch” y “Los Jueves Milagro” para salirse después a las grandes capitales como Madrid (“Plácido”) y, finalmente, la gran comunidad que fue y ha sido España (“La vaquilla”, “La Escopeta Nacional”, “París Tombuctú”…)
Sus conocidos e interminables planos secuencia todavía no habían sido suficientemente desarrollados y esto permitió en los primeros filmes una mejor traducción para otros países. Los diálogos podían seguirse mejor, subtitulándolos todos en diferentes idiomas. Luego, lo berlanguiano se disparó y aquello resultó imposible de detener (y de comprender fuera de España).
Otros momentos antológicos del filme fueron, por ejemplo, el del discurso del alcalde desde el balcón, o aquel otro en el que también Isbert participa, soñando que se encontraba en un western y hablaba un inglés macarrónico.
La película no se encontró desprovista de polémica, y algunas escenas fueron censuradas (concretamente una en la que se sucede otro sueño, el de la maestra, en el que imagina que es violada por un conjunto de jugadores de rugby).
Franco dijo de Berlanga: “No es comunista, es simplemente un mal español”. Ha sido precisamente esa mirada crítica teñida de humor del valenciano (a diferencia de la de Bardem, que apostó en adelante por el drama) la que le ha caracterizado a lo largo de su carrera. Una crítica hacia una sociedad llena de defectos pero también de sentimientos nobles. 



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EVA AL DESNUDO (ALL ABOUT EVE)

>> miércoles, 4 de julio de 2012



Margo Channing, afamada actriz de Broadway, se encuentra en su camino con Eve Harrington, una joven que se considera su admiradora número uno. La recibe en su camerino, tras una de sus exitosas actuaciones teatrales. Eva (Eve) parece sincerarse con Margo y con las personas que la rodean, consiguiendo la simpatía de todos. Lo que cautiva de ella es la bondad que manifiesta, su torpe ingenuidad, la filantropía de la que hace gala sin resultar presuntuosa. Eva quiere dedicar su vida a ayudar a Margo. La actriz no se opone a ello. Poco a poco, la joven fan va haciéndose hueco en el día a día de la madura actriz, conociendo los detalles más precisos de su historia y de su intimidad, así como los de sus más allegados. Está Lloyd Richars (autor de las obras que Margo representa), Karen (esposa de Lloyd) Bill Samson (joven director con el que Margo espera casarse), Max Fabian (productor teatral) o  Addison DeWitt (eminente crítico teatral). Margo, que va cumpliendo años y teme ir perdiendo peso en los escenarios, posee un carácter desconfiado que irrita a cuantos le rodean. Ella es fiel reflejo del precio de la fama, de lo efímero del reconocimiento y de los caprichos de un público exigente e inconformista. Ve en Eva una rival por su juventud, su belleza y su extraordinaria forma de ser. Llega a creer incluso que su prometido ha sucumbido a los encantos de la muchacha. Todo esto no hace más que poner en contra a los demás.
“Eva al desnudo” es una película llena de encanto. De cabo a rabo se encuentra plagada de ingeniosos diálogos que esconden una crítica demoledora sobre el mundo del espectáculo. Dicha visión continúa de actualidad, donde ninguna luz ni ninguna sombra han cambiado. El deseo de llegar hasta lo más alto puede funcionar como motor destructor en la persona. La ambición ciega y afecta tanto a quien la posee como a quien la sufre dentro de su entorno.
La trama parte de una novela de Mary Orr titulada “The Wisdom of Eve” (basada en la experiencia real de la actriz Elisabeth Bergner) y supuso una sabia elección por parte de Joseph L. Manckievicz, quien decidió adaptarla a la gran pantalla. Resulta interesante el tratamiento de flashback que le confiere al film, volviéndolo complejo a la vez que enigmático para el espectador.  
En el elenco destaca una formidable Bette Davis interpretando a Margo, con todo su temperamento (antes que ella se habían barajado los nombres de Claudette Colbert, Susan Hayward, Marlene Dietrich, Barbara Stanwyck y Gertrude Lawrence). Anne Baxter encarna a una camaleónica Eve, personaje poliédrico donde los haya. George Sanders vuelve a deleitarnos encarnando a uno de esos personajes tan reconocibles dentro de su filmografía: imperturbable, irónico, de elegancia heredada en su origen británico y cinismo igualmente innato, su Addison Hewitt le reportó un Óscar al mejor actor de reparto. Además de este, la película fue merecedora de otros 5 Óscar en el año 1950 (mejor película, dirección, guión, vestuario y sonido) además de 14 nominaciones.
Como dato curioso, mencionar la breve aparición de Marilyn Monroe, la cual aparecería ese mismo año en el film de John Houston “La jungla de asfalto” y que ya comenzaba a hacerse notar en el mundo del cine. 


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LOS TRAUMÁTICOS VIAJES DE GERARDO ROQUER



Hay quien se empeña en que su vida esté definida por una sola palabra: aventura. Consideran la existencia insoportablemente aburrida, necesitan llenarla de acción. Si algo nos enseñó Samuel Beckett es que la vida no suele pasar generalmente nada digno de mención. El aventurero, por tanto, cree que la vida puede inventarse, y en parte no le falta razón. Uno puede poner de su parte para conducirse hacia un camino determinado, qué duda cabe. Pero lo que nunca sabe es qué le aguarda en ese camino. Esa serie de cosas inesperadas son en realidad la aventura. Es decir, que la aventura no se busca sino que es la propia aventura la que le busca a uno. Para encontrar, no hay más que dejar de buscar. Entonces, las cosas surgen. No estaría nada mal que el aventurero dejase que las cosas circularan por su cauce en lugar de empujarlas por fuerza. Si el barquito de papel es arrastrado por la corriente, resulta innecesario el impulso de un motor. Otra cosa son los impacientes, que necesitan viajar más rápido, pero esa es ya otra historia.
Revisitando la vieja obra de Alejandro Pérez Lugín, “La Casa de la Troya”, he vuelto a encontrarme con su protagonista, Gerardo Roquer, pero esta vez lo he observado desde otro enfoque. El bueno de Roquer forma parte de esa saga interminable de la que se desconoce su origen y de la que no se espera todavía su final, que yo vengo a llamar la de los “viajeros a su pesar”. Durante toda la obra, Roquer viaja de Madrid a Santiago de Compostela y viceversa como una pelota de ping pong manejada por dos raquetas: su padre y su novia.
Roquer ha llevado una vida disoluta en la capital, desatendiendo su formación como estudiante. Su padre, enterado de las juergas que se corre entre teatros y coristas, decide enviarlo a estudiar a Santiago de Compostela para enderezar su rumbo. Primer viaje de Roquer a su pesar.
El madrileño consigue acostumbrarse a su nueva vida en Galicia. Los días de lluvia y el ambiente reservado de sus gentes parecen propiciarle, en un primer momento, a un estado de depresión. No obstante, acaba conociendo a compañeros de estudios que le hacen olvidar su sensación de soledad y desamparo. Luego, conoce a Carmiña, de la que acaba enamorándose. Ella es pieza clave para que Roquer se esfuerce en sacar adelante los estudios. Cuando por fin el esfuerzo acaba reportándole buenos resultados, su padre vuelve a demandarle desde Madrid para felicitarle por el cambio que ha dado a su vida. Es entonces cuando Roquer efectúa de nuevo un viaje a su pesar, pues deja allí, en Galicia, a su querida Carmiña. Esta le promete esperarle hasta que regrese. Ya se palpa en el ambiente que entre los dos ha comenzado un noviazgo. Habrá que esperar a su próximo reencuentro. Roquer vuelve y es entonces cuando oficialmente inicia con Carmiña una relación amorosa. Todo parece ir bien ¿verdad? Lugín piensa: “esto es una novela, hay que darle acción”. El personaje vuelve a sufrir un nuevo revés. El destino le depara una nueva situación (su destino está en manos de Lugín, que desde unas cuartillas se dedica a escribirlo. El aventurero- Roquer- no inventa la aventura, sino que se la inventan. Lugín es la parte artificial del destino, porque él mismo no escribe el suyo propio, sino que se lo escriben sus circunstancias como ser humano, que diría Ortega).
El nuevo destino de Roquer está ahora en manos de la familia de Carmiña. Su padre fallece y unos familiares toman las riendas del destino de la muchacha (y, por ende, de Roquer). Da la casualidad de que estos familiares tienen un hijo que ansía por intereses contraer matrimonio con Carmiña, por lo que Roquer acaba resultando un impedimento para dicha meta. Con una patraña muy bien urdida, los malvados familiares de Carmiña logran apartarla de Roquer, que de nuevo inicia un nuevo viaje en solitario. Cuando el protagonista es consciente de las intenciones de los familiares de Carmiña, trata enmendar la papeleta.
¿Es o no es Roquer un abnegado viajero?
La antítesis de una situación de este tipo sería la de “El ángel exterminador”, en la cual los aventureros son recluidos en una casa. Se les niega todo derecho a viajar, a buscar la aventura, pues esta se encuentra precisamente en la propia casa. No hay necesidad de salir fuera. La trama, escrita por Luis Alcoriza y Luis Buñuel, resulta ambigua, y en esto reside parte de su encanto. Nadie sabe lo que ocurre. Los propios personajes desean salir de aquella mansión pero a su vez algo dentro de sí mismos les impide hacerlo. La propia experiencia son por tanto ellos mismos. Deben soportarse mutuamente, pues por su propia culpa están en esa situación. La gracia reside también en que la gente de fuera tampoco puede entrar allí. La mansión no es la culpable de la situación, pues después vuelve a suceder algo similar en una iglesia. Ni los fieles ni los clérigos pueden salir tras la misa. Interesante reflexión.
Retomando el viejo asunto del “hombre de acción”, vuelvo a insistir en que los mecanismos de la existencia son mucho más sencillos de lo que nos parece.
Seguramente suene familiar la vieja historia del ser humano que se enamora de otra persona por primera vez y, ante la inexperiencia, comienza a construirse una personalidad concreta que pueda sorprender al otro al que se quiere. Se establece, por tanto, un guión de actuación. Luego, a la hora de la verdad, la naturalidad acaba imponiéndose y rompe con las pautas predefinidas. Se debe sorprender por lo que uno es, y si esto no es suficiente para la otra persona quizá no es la media naranja más adecuada.
El explorador, ante lo desconocido, puede salir de mil formas de la situación. Está bien ser previsor, pero siempre en su justa medida. Está bien abogar por la improvisación. De actuar de otra forma distinta, una forma que no se espera en nosotros, estaríamos convirtiéndonos en otro “yo”, un yo ficticio. Una segunda personalidad. Y esta, acaba muriendo tarde o temprano, volviéndonos a quedar desnudos.
A Robinson Crusoe le cambió su forma de vida al naufragar en aquella isla. Tuvo que habituarse a una nueva situación. Siendo él mismo. También pueden darse casos en los que la cordura acabe desapareciendo, pero hasta el loco es file a sí mismo. No hay dramatización, no hay construcción de una nueva identidad. La identidad cambia a pesar del individuo. Un viaje a las entrañas de la locura en la que el propio loco no es consciente de que lo es.
De todos estos casos, el de Gerardo Roquer es el más sencillo. Lo que suele suceder en la vida real, entre el común de los mortales.


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