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ANDREI RUBLIOV

>> miércoles, 11 de julio de 2012



Si en Rusia la “Guerra y Paz” de Tolstoi es considerada el mejor exponente de su literatura, el “Andrei Rubliov” de Tarkovski representa idéntica posición en la cinematografía. Y es que, este filme sobre el gran iconógrafo medieval se escapa incluso del género de cine biográfico. No se habla ya de un personaje solo, ni de una sociedad o época. Lo que trata Tarkovski en este filme es aquello que aspira a convertirse en universal, algo que escape de todo encasillamiento concreto. Por esto mismo, hay una importante vigencia en la película, una especie de halo que la mantiene fresca en sí misma. Para este director, tan importante puede ser la historia de su personaje principal como la de los otros que van apareciendo en su camino: el hombre que aspira a volar, el joven campanero, la mujer con limitaciones mentales... Así, no hablamos tanto de una guerra (el relato de la invasión tártara) como de la ambición de un hombre por derrocar a su hermano y así conseguir el poder. La naturaleza por encima de aquello que crea el hombre: Cirilos que envidian a Rubliovs (hombres de religión que pueden sentir la soberbia en su propia naturaleza).
Si bien hay momentos ya citados de epopeya histórica (aunque hay que decir que algunos datos reales fueron trucados para que encajasen en el todo del relato), a Tarkovski no le interesa relatar con un lenguaje convencional grandilocuente. Esa “mala” realización que puede adjudicársele para aquellos momentos como los de las batallas, se debe principalmente a que no había en él una intención por emplear la narración digna de una producción de Samuel Bronston. El empleo de planos aéreos en algunos momentos puede tratar de suplir a aquellos otros que se podrían esperar para estas escenas grandiosas. Es evidente que hubo un gran despliegue de medios para llevar a cabo la realización de esta historia.
La historia del ser humano se ve clara hasta en la figura de Andrés, el cual sufre constantemente transformaciones en su forma de comprender el mundo y la vida, llegando a cuestionar en muchos momentos a la propia religión. Así, el genio ruso recorre todo un viaje vital desde su salida del monasterio hasta este conocimiento de su propia debilidad como ser terrenal. Es, por tanto, este encuentro personal con el mundo real lo que le permite crear sus obras maestras. Perfecto conocimiento teórico de las premisas sagradas y análisis del mundo que le rodea (vedado durante su formación religiosa, durante la cual permaneció encerrado entre cuatro muros). El arte como religión y el artista como profeta. Este “creador” ofrece al mundo aquello que quiere volver tangible, explicable. Aquello que se anhela, que queda por ser descubierto. Una especie de intuición que quiere concretarse.
Si bien los elementos naturales reflejados por Tarkovski en sus filmes han sido muchas veces considerados como cotidianos dentro del paisaje ruso, podría hablarse de un mínimo contenido simbólico que, por otra parte, resulta fácil de comprender: el fuego como purificación o destrucción de etapas vitales, el agua como el fluir, el renacer, la vida…
El empleo del color al final del filme puede ser un recurso con el que romper con la narración “de ficción” y tratar de representar con la mayor fidelidad posible la obra “real” de Rubliov, esa Trinidad. Aquello verdaderamente importante como es la representación pictórica conservada del personaje real, una “reliquia” o “testimonio conservado” de un personaje “sagrado”. Manifestación terrenal de un talento casi espiritual. Tarkovski asumía el blanco y negro como elemento generador de poética y consideraba el color como algo que debía ser utilizado con cuidado para que no interrumpiese la captación de otro tipo de cosas que podían resultar más intereses para el desarrollo de la propia historia. En este caso, el color trata de hacer justicia a lo pictórico del cuadro, evitando ese cromatismo más o menos plano tan característico del cine de Tarkovski. 
El denso lenguaje con el que impregna a sus historias puede llegar a resultar tedioso para el espectador medio, acostumbrado por su acontecer diario a encontrarse siempre en movimiento, sin tener tiempo para un reposo, una concentración e incluso un conocimiento de si mismo. Por esto mismo, ese trato del tiempo fílmico (pausado, detenido casi siempre) acompañado de una exigencia hacia el espectador de un mínimo intelectual, puede crear en sus planteamientos cierta incomprensión (cuando no otros sentimientos más irracionales de carácter negativo). Podemos hablar de un código a descifrar que es ofrecido al espectador para su interpretación particular.


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