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CONFESIONES DE UN ESCÉPTICO

>> martes, 10 de julio de 2012



Durante algunos años he estado viajando de forma esporádica por Castilla. Cada uno de los lugares visitados ha tenido su lógica, su razón de ser para quien pasó por ellos. Las experiencias extraídas representan un todo que se ha ido poco a poco erigiendo sobre una base. Como un jarrón de la dinastía Ming, cada uno de sus trozos han ido completando huecos que habían estado esperando ser ocupados por una pieza concreta e irrepetible. El resultado es un todo, un solo camino.
Este camino único podría desarrollarse de la siguiente manera:

Observo la catedral de León desde fuera. Para verla por dentro hay que pagar la suma de cinco euros o bien esperar a la celebración de una misa. No tengo tiempo. Me conformo con verla así, a plena luz del día (dicen que por la noche se ilumina desde dentro y se destacan sus vidrieras, mucho más hermosas que las de Chartres en Francia) sintiéndome privilegiado por poder contemplarla todavía desde fuera gratis. Es este un ejemplo fundamental del gótico español.
El Panteón Real de San Isidoro, al cual algunos denominan “La capilla Sixtina del románico” se conserva en excelentes condiciones. El Pantocrátor se muestra con rostro agradable, a diferencia de otros como el de Taúl (en cuya mirada se refleja la Ira Divina de quien puede juzgar a la Humanidad por sus actos).

En la iglesia de Santo Tomás, en Ávila, se encuentra el sepulcro de Juan de Aragón y Castilla, hijo de los Reyes Católicos. Su fallecimiento prematuro provocó que el poder recayese en su hermana Juana la Loca. La pieza, esculpida en mármol de Carrara, representa uno de los grandes ejemplos del arte renacentista español. Ante él, reflexiono en silencio. ¿Qué habría sido de la Historia de España de haber sobrevivido el príncipe Don Juan? 
El Oficium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria suena de fondo.

… Aquí hay que realizar una parada obligatoria. Toda parada tradicional exige de una fonda en la que hospedarse por un tiempo. A falta de fonda buena es una ermita. Allá, en lo alto de un monte. Desde allí, se contempla parte de esa Castilla. Como en un estado de superconsciencia, las cosas se presentan desde una visión única, sin margen de error. Todo puede contemplarse de una sola vez. Antes, caminando por aquel sendero que desde este lugar se observa y que me ha conducido aquí arriba, era imposible hacerse una idea general del paraje que me encontraba recorriendo. Ahora todo se muestra pequeño y abarcable. Ya los árboles no aparecen grandes, impidiendo ver el bosque general. Es ahora el bosque el que se presenta diminuto pero a la vez concreto, dejándose ver en cada una de sus partes. Solo la cruz que corona la ermita aparece con su tamaño real, gigantesco, desde este punto en el que me encuentro.
Desde aquí todo parece calmado. He olvidado hace días que me encuentro en un país con individuos problemáticos que se empeñan en dirigir el destino de quienes habitan los terrenos que gobiernan. Hace tiempo que no veo una televisión, que no ojeo un periódico. Lo mejor de todo es que no siento esa necesidad. Me he apartado del mundanal ruido por un breve periodo de tiempo, y he olvidado incluso su brevedad. He olvidado el tiempo. Todo en mí se ha calmado.
Cada vez le hago menos caso a la razón. Cada vez más me dejo guiar por la intuición, por el silencio y la meditación interior.
La ciudad aturde, desconcentra, desvía la atención de las cosas importantes. Cuando a uno no le queda más remedio que vivir allí, procura buscarse momentos de sosiego, de relajación, de provecho para las cosas personales.
Mi habitación tiene una ventana que da a un patio con jardín. Todos los ruidos parecen quedar amortiguados al tratar de penetrar en este espacio concreto.
En este cuarto hay tres elementos esenciales: una cama, un ordenador y un aparato de música. En la primera procuro dormir unas ocho oras diarias, con el segundo escribo (antes tenía una Olivetti eléctrica) y con el tercero me evado artificialmente. La música puede ser ese campo definido con algunas notas armoniosas.
Meditar representa ese volver a casa.
Contactamos con nuestro interior para preguntarnos sobre nosotros mismos. ¿Somos felices con la vida que llevamos? ¿Somos al menos coherentes?
Todo ser humano trata de buscar la felicidad, el placer, evitar la tristeza, el dolor. Esa norma dorada de los budas puede encontrarse hasta en ese escarabajo que escapa de un humano para evitar ser pisado.
Muchas veces me he preguntado acerca del sentido de la vida. He sentido esa energía interior que provocaba el milagro de estar vivo.
También conozco la fuerza de voluntad que pongo cada día desde que me levanto hasta que me acuesto para sacar adelante esas metas que me propongo realizar. Sé que son caminos largos, pero poco a poco se van recorriendo.
Cuando ya no posea esta energía quiere decir que dejaré de proyectar sombra. Exhausto, iré acomodándome a la postura más cómoda, aquella que denominan como horizontal. Cuando no me soporte a mí mismo y mi cuerpo quede vacío, quiero pensar que esa energía, ese espíritu, continuará inquieto buscando fuera nuevas formas de perfección.
He conocido a un hombre sabio. Se llama Udaba y vive en una casa en el campo con otras gentes con las que comparte una misma filosofía de vida. No teme a la muerte ni al sufrimiento. Ha encontrado la respuesta a sus preguntas, sabe cómo llegar al final de ese camino denominado “sentido de la vida”. Dentro de poco desentrañará aquellos secretos que permanecen ocultos para tantos mortales. Tanta gente que anda echando a perder su vida porque no se conoce a sí mismo ni comprende aquello que es esencial en la vida. Tanta gente que, en el trasiego de su rutina “civilizada”, olvida quien es (o no le interesa saberlo porque tiene otras prioridades).    
El haber conocido a una persona tan firme en sus convicciones (alguien que asegura conocer el funcionamiento del universo), me ha hecho tambalearme sobre mis propios cimientos. Yo, que me considero una persona llena de defectos, temores e inseguridades. Alguien que desconfía por naturaleza de cualquier opinión oficial y personal. Un escéptico.

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