Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

CORTOPLACISMO

>> martes, 24 de julio de 2012

Vivimos en la era del “cortoplacismo”. La gente quiere resultados a la mayor brevedad temporal posible. Este fenómeno lo podemos encontrar en todos los aspectos de la vida imaginables. Antes, las cosas exigían paciencia. Ahora, nosotros les exigimos a las cosas. Todo parece ir más rápido y, paradójicamente, todos vivimos más. Antes, una casa tardaba en construirse lo que tardaba en construirse. Antes había artesanos, personas que ofrecían unas habilidades que no entendían de aplazamientos. ¿Cuánto se tarda en pintar un cuadro? ¿Cuánto puede durar la ejecución del forjado en metal del balcón de una casa de Gaudí? Eso ni el mismo arquitecto lo sabía… Solo quienes en el taller hacían realidad los dibujos en papel del catalán podían darnos unos números… Y ni siquiera creo que lo supieran. Los artesanos, como los pintores, no entendían de tiempo. Cuentan que Picasso perdía no solo la noción del tiempo sino del mundo que le rodeaba. Podía quedarse sin comer ni dormir trabajando en un lienzo.
Recuerdo el cuento contado por uno de los personajes en “Fin de partida” de Beckett. Un inglés le pide a un sastre que le realice un pantalón. Cuando han pasado ya tres meses sin que el encargo haya sido concluido por el sastre, el inglés se lo recrimina recordándole que Dios hizo el mundo en seis días. A esto, el sastre le hace ver al inglés la situación en la que está el mundo y, acto seguido, le hace ver cómo está su pantalón, aun no habiendo sido terminado.
¿Cuánto tarda en escribirse una novela? ¿Cuántas personas que escriben se encuentran capacitadas para afrontar la tarea de elaborar una novela? ¿Cuántas personas pueden seguir abstrayéndose del mundo que les rodea en esta época cortoplacista? Yo no puedo. No soy capaz de contar en doscientas páginas lo que puedo contar en una, dos o tres. Mi terreno es el de los cuentos, relatos (e incluso microrrelatos). He sufrido un proceso de depuración literaria que me ha llevado de un barroquismo innecesario a una esquematización de corte científica basada en las siguientes palabras: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.   
Desde que comencé a escribir en mi propio blog, el cortoplacismo se ha agudizado en mí. Muchas veces publico nada más terminar de escribir, sin someter a revisión mis textos. Esto se debe también en parte a mi miedo por la obsesión. Cuando someto mis textos a un riguroso análisis, llego a estropear el primer borrador con tantas modificaciones. Esto se agrava si el texto ha sido escrito hace tiempo, pues cuando lo retomo suelo haber olvidado lo que tenía en la cabeza cuando lo escribí.
Curiosamente, a pesar de apostar por la escritura breve, a la hora de escoger una lectura suelo leer libros extensos. Los dos últimos que han pasado por mis manos han sido “Ensayo sobre la ceguera” y “Cien años de soledad”. ¿Qué puedo decir acerca de estas dos piezas clave de la literatura contemporánea? Lo primero, que nunca seré capaz de escribir una novela. Lo segundo, que nunca podré tener su universalidad. ¡Qué difícil resulta  empatizar con el público! Esta gente no entendía de cortoplacismos. Cuentan que Saramago solo necesitaba escribir una frase cada día. Hay que imaginarse lo certera que debía de resultar. Una frase, pero bien escrita. Su lenguaje es complicado. Él apostó por un sistema de escritura novedoso, y con ello complejo. Sus páginas eran negro puro. El blanco apenas tenía lugares donde respirar en los márgenes de las hojas. Como el marco del cuando “Negro sobre negro” de Malevich. El punto como signo le resultaba caro, por eso simplemente anunciaba una nueva frase con el empleo de la mayúscula. Con esto podía seguir hablando el narrador o un personaje nuevo. Saramago es duro no solo en la escritura sino en lo que cuenta, que no es sino una radiografía concisa de la condición humana. Su visión política no queda al margen sino que es la herramienta esencial de su discurso. En “Ensayo sobre la ceguera” plantea un dilema que todos tenemos. “¿Qué hacer cuando no tengamos nada?”. Y nada es nada. Cuando quedemos desnudos de todo lo que nos rodea y nos engaña en nuestra visión de las cosas. Saramago se vale de una ceguera física para hablarnos de una ceguera metafórica. Sus personajes van perdiendo la vista contagiándose unos a otros hasta provocar una ceguera a gran escala, una ceguera mundial. El mundo no queda a oscuras, sino que dicha ceguera es una ceguera paradójicamente blanca. El ser humano, que es quien ve las cosas que le rodean y quien puede hablar de ellas debido a su racionalidad, se encuentra abocado a una animalización total, a un retroceso provocado por su propia limitación como ciego rodeado de ciegos. Se plantea, por tanto, una nueva forma de vivir partiendo de cero, buscando la subsistencia pero, por encima de esto, la convivencia. Aquí es donde se ponen al descubierto las bondades y las miserias del hombre.
“Cien años de soledad” comparte con “Ensayo sobre la ceguera” el tratamiento de situaciones que nos afectan a todos. En ambos libros nos sentimos reconocidos. Lo que les sucede a los personajes de ambos libros, por encima de sus circunstancias, es lo más común entre los mortales. A pesar de que Gabriel García Márquez tamiza toda situación de ese “realismo mágico” tan fascinante, que vuelve único cada uno de sus libros. Su lenguaje, a diferencia del de José Saramago, es de una poética ancestral. Saramago, aunque poético, no puede evitar caer en el uso de un lenguaje que ha ido podando su estructura con el paso del tiempo. Márquez todavía posee un idioma español ancestral, lleno de palabras que han ido desapareciendo aquí en España pero que han prevalecido en aquellas tierras que lograron independizarse reivindicando su propia cultura pre-colonial. Aunque García Márquez se inspiró en historias reales, los sucesos acontecidos en su ya legendario “Macondo” lo han convertido en un lugar fantástico casi independiente de su creador. Tanto potencial creativo condensado en una novela de quinientas páginas ha convertido “Cien años de soledad” en un clásico. A pesar de haberlo leído con gusto, no he podido evitar sentir una sensación de agotamiento como lector. Había veces que me resultaba imposible retener tantos sucesos, tantos nombres. En una misma página podían sucederse varias historias, conque imagínense en cinco veces cien.  La prosa poética de la que se vale el autor para describir los diferentes acontecimientos envuelve el relato de una extraña belleza. Las palabras fluyen con engañosa sencillez y el espectador recibe la información casi sin esfuerzo. Algunos vocablos parecen inventados, pero no importa, porque quien lee comprende – aunque desconozca la palabra- aquello a lo que alude dicho término. “Cien años de soledad” no es sino un compendio de historias inverosímiles que acaban volviéndose cotidianas gracias al talento de Gabo. La saga familiar de los Buendía-Iguarán desde su primero hasta su último miembro histórico es en sí la historia de Macondo, es decir, la historia del mundo, de la civilización.

2 comentarios:

LOOEPZ 8 de agosto de 2012, 0:48  

Querido Javier!
Qué aflicción ante el cortoplacismo y celeridad que el mundo nos impone. Yo he sentido muchas veces ese vértigo de querer leerlo todo, ver todas las películas, escribir, dibujar, rodar, pintar... dedicarme a todo.
Aún sigo masticando ideas para relatos, cortos, cómics... etc. Pero ese agobio no hará más que bloquearte. Eres una persona prolífica, hábil, pero cuanto más nivel se tiene, más esfuerzo cuesta avanzar en el aprendizaje. Un relato, una novela, es un proyecto. Lo único que requiere es constancia y compromiso con la idea central (no todo va a poder estirarse para ser novela, cada semilla crece, una da tomates, otra calabazas y otras diminutas habas o lentejas).
Hace poco he vuelto a sentir la desesperación desprovista de angustia de dejarme superar por esta vida acelerada. Pero eso solo debe preceder a la catarsis; reconocerse en lo que uno tiene potencial y trabajar duro en ello ("conócete a tí mismo"). Y luego tomarse ese tiempo como para tomar carrerilla y... volver a despegar.
no renuncies a tu novela. Pero a lo mejor es pronto. Sigue haciendo cancha, o entrenando con tu sombra cual púgil. Las historias se asentarán en un estilo. Y en algún momento tal vez necesites "más espacio".
Ya que hablas de Saramago y el Ensayo sobre la ceguera: no puedo dejar de recomendarte "El día de los trífidos", una sensacional novela de ciencia ficción de los años 50, que tiene un parecido sorprendente con aquella. No digo más; muy recomendable.
Respecto a Cien años de Soledad; para mí fue una aventura leerla un verano, esforzándome a acabarla antes de devolverla a la biblioteca, y además en una edición con notas al pié que te dejaba patidifuso. Es un libro al que volver.
Constancia y ánimo, joven amigo.
Toma carrerilla.

nosoydali 8 de agosto de 2012, 8:02  

¡Muchas gracias por esa "peaso" de parrafada!Seguiré al pie de la letra tus consejos (suelen resultar viniendo de ti)
¡Un abrazo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP