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CUANDO SAURA CONOCIÓ A AZCONA

>> miércoles, 11 de julio de 2012




Del primer encuentro del que tenemos constancia, apenas podemos disfrutar unos segundos. José Luis López Vázquez abre una puerta por la que sale José Isbert y de la que entran dos frailes. Se trata de la película “El cochecito” de Marco Ferreri, y los frailes son en realidad Carlos Saura y Rafael Azcona. Todavía era muy pronto para organizar planes. Saura acababa de realizar su primer largometraje, “Los golfos” (en colaboración con Mario Camus), apadrinado por el mismo productor de Ferreri, Pedro Portabella. El catalán produciría un film más, nada menos que “Viridiana” de Buñuel. Después, llegarían las quejas del Vaticano y Portabella daría por concluida su etapa como productor. Buñuel enmarcaría y colgaría en su casa el papel certificando su excomunión. Saura, que ya sentía verdadera devoción por este ateo aragonés, acabaría cumpliendo su deseo conociéndole finalmente. Cuenta Portabella que, realizando un viaje en coche con Buñuel y con Saura, este le contaría a su admirado maestro la última idea que se le había ocurrido: el argumento de “la caza”. Buñuel propuso que en lugar de conejos de verdad fuesen conejos autómatas. Saura, que no terminaba de comprender el sentido del humor del de Calanda, trató de razonar la idea de que fuesen conejos de carne y hueso y no motorizados.
Azcona había comenzado su carrera de guionista casi por azar, como él mismo dijo. Por entonces era un jovencito de Logroño con ínfulas de escritor que ya había colaborado en “La Codorniz” y había publicado unos cuantos libros. Dos de ellos, “El pisito” (obra de teatro) y “Pobre, paralítico y muerto”, fueron llevados a la gran pantalla por el ya citado Ferreri (el último título sería cambiado por “El cochecito” también citado, que sonaba menos cruel y más italiano).
Antes de que Saura acabase convirtiéndose en quien después fue, Azcona trabajó con Luis García Berlanga, y esto terminó por elevarle al séptimo cielo artístico, el del celuloide. La crítica de Berlanga se volvió más ácida con los guiones de Azcona. Y es que el guionista fue siempre defensor del humor, pero del humor negro. Con Saura, el humor casi se volatilizó para entrar de lleno en el drama (un drama a veces grotesco que rozaba lo cómico, todo sea dicho). Saura no sería nadie sin Azcona como tampoco Berlanga (al igual que Wilder no sería nadie sin Diamond). Él ha sido uno de nuestros mejores guionistas. Sin duda exigió un precio por ello, lo que hizo que las películas en las que intervino fuesen un poco más pobres en cuanto a cierto despliegue de medios. Y es que el cine español siempre ha sido pobretón, un cine de cuatro pesetas con más voluntad que medios técnicos (y ganas de tenerlos). Uno de los fotógrafos más cotizados de por entonces, Luis Cuadrado, defendía un cine con planos “buenos, bonitos y baratos”. Esto resulta bastante sintomático en cuanto a lo referente al cine económico. Incluso algunos de los filmes más sobresalientes, como los realizados por Erice (de gran orfebrería, narrando más con una estética de imagen que de palabra) resultan ejemplos de una austeridad casi monacal. No obstante, de sus dos filmes más significativos (“El espíritu de la colmena” y “El sur”), fue el segundo el que trajo más de cabeza al productor Querejeta, que acabó cortando el rodaje cuando todavía quedaba media película por hacer. Los gastos se debieron a una mala planificación por parte de Erice, ese “hombre tranquilo” y tan “zeng”.
Cuadrado fue el responsable de la fotografía de “El espíritu de la colmena” así como de casi todas de las de Saura. Con Azcona, llegaron títulos como “Peppermint Frappé”, “La prima Angélica”, “El jardín de las delicias”, “Ana y los lobos”, “La madriguera” o “¡Ay, Carmela!”. Comenzaba una nueva etapa para el aragonés, quien ya nos había ofrecido un aperitivo de su nuevo cine con “La caza”. Fue en esta película donde comenzó su colaboración con Cuadrado, Querejeta, Luis de Pablo… Se estaba fraguando un nuevo lenguaje bien interesante y apartado de lo que se venía proponiendo dentro de la industria cinematográfica española.
El mundo de Saura y Azcona trata de ahondar en la sociedad española de posguerra desde un punto de vista no realista. Sus personajes son seres traumatizados, afectados por una serie de rémoras que han ido desgastándolos psicológicamente, convirtiéndolos en víctimas de su propio pasado. A pesar de representar a una serie de individuos que socialmente han salido victoriosos del conflicto bélico (la guerra civil española no se encontraba tan lejana), interiormente se encuentran tullidos (y a veces, exteriormente, como en el caso del personaje de “El jardín de las delicias”).
España ha sido siempre un país traumatizado por su propia Historia. El carácter de los españoles ha sido siempre un tanto peculiar. Azcona mismo relataba una escena costumbrista de su infancia bastante significativa. Fue durante una entrevista concedida a Luis Alegre en el programa televisivo “El reservado” de 2007:

“No me he mortificado mucho, no he creído que el dolor sea algo que enaltece, que el dolor ennoblece. Yo siempre he pensado que una vida placentera, dentro de unos límites, es mucho mejor que eso que en la vida española se ha recomendado mucho que es sufrir. Ahora no, pero en aquellos tiempos donde yo me formé estaba muy bien visto sufrir y sacrificarse. Yo he contado muchas veces que en mi casa se hablaba comiendo y nos reíamos. En mi casa, mi padre era sastre y trabajaba en la misma casa. Era un sastre modesto. Tenía dos chicas (dos oficialas) y mi madre que también cosía. Mi padre por la tarde estaba cortando y cantaba trozos de zarzuela y aquellas dos chicas y mi madre le hacían los coros. Y en este ambiente es donde yo me formé y era muy placentero. Sin embargo, mi madre, cuando lo pasábamos demasiado bien, adoptaba esa actitud de las madres españolas de entonces y decía mucho: “Ya lo pagaremos, ya” por el hecho de estar pasándolo bien.”

La moral de la época, fue decisiva en este sentido. También Azcona tuvo palabras para esto:

“El recuerdo que yo tengo de esa posguerra, desde los escolapios hasta los doce años. Atascado, indigestado de misas, de rosarios, de ejercicios espirituales, que eran una cosa terrible. […] El sentido del pecado lo perdí enseguida. Yo me puedo sentir culpable, pero no en pecado.”

La opinión de Azcona coincide con la de la mayoría de personas que pasó por aquella época. Sus opiniones, además, nunca pasaron de moda. Fue un hombre universal y a la vez común (que no vulgaris). Podría ser perfectamente el vecino de enfrente que pasaba a pedir sal y a la vez escribía guiones cuando nadie le veía. Siempre trató de darse el menos bombo posible. Ya que permanecer en el anonimato resultaba imposible, al menos trató de dejarse ver las menos veces posibles. Su labor fue muy importante en la historia del cine español, pero él siempre se quitaba importancia. Azcona, a su pesar, pasará a la historia.  

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