Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

¡LOHENGRIN TE NECESITA!

>> sábado, 21 de julio de 2012


Allí estaba yo, en mitad de la carretera y con mi botella rellena de agua y renacuajos. El conductor del autobús me había dicho: “No puedo llevarte de vuelta a Madrid con eso”. “Eso” aludía directamente a mi proyecto de criadero de aspirantes a ranas. Los había recogido junto a unos amigos  cerca de un río. Ellos también tenían intención de hacer lo mismo, pero a la hora de la verdad se echaron atrás para poder volver con los demás compañeros de colegio en el autobús. Yo me negué rotundamente. No iba a dejar abandonadas a aquellas criaturitas de Dios por el capricho de un insensible señor… Por su cara no sabía si detestaba más a los niños que a los renacuajos. Sé que no había contado con la opinión de mis padres. ¿Y si al llegar a casa me hacían arrojarlos por el retrete? Podían incluso morirse por el camino, mientras trataba de llegar andando a la capital… Nunca terminaron de convencerme los viajes escolares. ¡Un día de esparcimiento no compensa el resto de días lectivos! El patio se reduce a una gran plaza de cemento donde apenas cabe un campo de fútbol y sí en cambio un abrevadero más ventajoso para caballos que para niños sucios y sedientos.
¡Las ilusiones que se hace uno al principio, cuando decide convertirse en Todopoderoso y llevarse a unos bichos acuáticos cabezones para cuidarlos y, de paso, utilizarlos como baratas mascotas! No se piensa en los inconvenientes de la empresa, tan solo en las divertidas ventajas.
¿Tenía nueve años aquella mañana? ¿Vestía mi vestido de primera comunión? Yo nunca supe lo que era ir de marinerito. Mi atuendo era más angelical: una gran túnica blanca y el pelo cortado a tazón. ¿A quién se le ocurre meterse en una iglesia vestido de marinero para recibir el cuerpo de Cristo?
Me hacia ilusión pensar que iba vestido de marinerito. Aquí tenía más sentido, en mitad del campo castellano, y no ante un altar. Igualmente no había barcos en la costa (ni en la meseta), ni a babor ni a estribor. Solo yo y mi botella rellena de agua y renacuajos.
Durante el “paseo”, traté de cantar entera la sinfonía de un compositor al que admiraba, pero me resultó imposible hilar más de cinco notas seguidas. Es lo malo de la música contemporánea, que se memoriza mal…
Tardé en llegar al mundo civilizado. Creo que cuando divisé las primeras casas había cumplido ya los veinte años. El traje de marinerito se me había quedado todavía más corto. No sé qué pueblo era en el que me encontraba. Toda la gente se había concentrado en la Plaza Mayor. Allí había una iglesia y de ella salía música celestial. No sé si Mendelssohn o Wagner. En efecto, era una boda. Decidí acercarme hasta allí. La gente se mostró extrañamente educada conmigo, llegando a dejarme pasar hasta las primeras filas que hacían pasillo hasta el portón de entrada. Por fin llegó el coche, todo lleno de flores. De él salió la novia. Iba acompañada de un idiota con chistera. De pronto noté que la gente me miraba expectante. ¿Qué esperan ustedes de mí?
“¿Vamos?” me dijo la novia. Trató de cogerme del brazo. Yo me resistí. “Acabo de pasar la adolescencia andando un camino, no sé nada de la vida… y menos, del amor. Es usted muy guapa y parece hasta simpática, pero entiéndame. ¡Acabamos de conocernos y esto que me propone es para toda la vida!”
La gente se tomó a mal esta salida de tono. Era comprensible, pero también tenían que comprenderme a mí… Mi vestido era bonito, pero no bastaba solo con eso.
Al final accedí, pensando que si regresaba al camino con ella (en plan viaje de novios intrépidos) para cuando llegara a Madrid ya nos habríamos divorciado y todo. ¡La vida pasa tan rápido!          

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP