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LOS TRAUMÁTICOS VIAJES DE GERARDO ROQUER

>> miércoles, 4 de julio de 2012



Hay quien se empeña en que su vida esté definida por una sola palabra: aventura. Consideran la existencia insoportablemente aburrida, necesitan llenarla de acción. Si algo nos enseñó Samuel Beckett es que la vida no suele pasar generalmente nada digno de mención. El aventurero, por tanto, cree que la vida puede inventarse, y en parte no le falta razón. Uno puede poner de su parte para conducirse hacia un camino determinado, qué duda cabe. Pero lo que nunca sabe es qué le aguarda en ese camino. Esa serie de cosas inesperadas son en realidad la aventura. Es decir, que la aventura no se busca sino que es la propia aventura la que le busca a uno. Para encontrar, no hay más que dejar de buscar. Entonces, las cosas surgen. No estaría nada mal que el aventurero dejase que las cosas circularan por su cauce en lugar de empujarlas por fuerza. Si el barquito de papel es arrastrado por la corriente, resulta innecesario el impulso de un motor. Otra cosa son los impacientes, que necesitan viajar más rápido, pero esa es ya otra historia.
Revisitando la vieja obra de Alejandro Pérez Lugín, “La Casa de la Troya”, he vuelto a encontrarme con su protagonista, Gerardo Roquer, pero esta vez lo he observado desde otro enfoque. El bueno de Roquer forma parte de esa saga interminable de la que se desconoce su origen y de la que no se espera todavía su final, que yo vengo a llamar la de los “viajeros a su pesar”. Durante toda la obra, Roquer viaja de Madrid a Santiago de Compostela y viceversa como una pelota de ping pong manejada por dos raquetas: su padre y su novia.
Roquer ha llevado una vida disoluta en la capital, desatendiendo su formación como estudiante. Su padre, enterado de las juergas que se corre entre teatros y coristas, decide enviarlo a estudiar a Santiago de Compostela para enderezar su rumbo. Primer viaje de Roquer a su pesar.
El madrileño consigue acostumbrarse a su nueva vida en Galicia. Los días de lluvia y el ambiente reservado de sus gentes parecen propiciarle, en un primer momento, a un estado de depresión. No obstante, acaba conociendo a compañeros de estudios que le hacen olvidar su sensación de soledad y desamparo. Luego, conoce a Carmiña, de la que acaba enamorándose. Ella es pieza clave para que Roquer se esfuerce en sacar adelante los estudios. Cuando por fin el esfuerzo acaba reportándole buenos resultados, su padre vuelve a demandarle desde Madrid para felicitarle por el cambio que ha dado a su vida. Es entonces cuando Roquer efectúa de nuevo un viaje a su pesar, pues deja allí, en Galicia, a su querida Carmiña. Esta le promete esperarle hasta que regrese. Ya se palpa en el ambiente que entre los dos ha comenzado un noviazgo. Habrá que esperar a su próximo reencuentro. Roquer vuelve y es entonces cuando oficialmente inicia con Carmiña una relación amorosa. Todo parece ir bien ¿verdad? Lugín piensa: “esto es una novela, hay que darle acción”. El personaje vuelve a sufrir un nuevo revés. El destino le depara una nueva situación (su destino está en manos de Lugín, que desde unas cuartillas se dedica a escribirlo. El aventurero- Roquer- no inventa la aventura, sino que se la inventan. Lugín es la parte artificial del destino, porque él mismo no escribe el suyo propio, sino que se lo escriben sus circunstancias como ser humano, que diría Ortega).
El nuevo destino de Roquer está ahora en manos de la familia de Carmiña. Su padre fallece y unos familiares toman las riendas del destino de la muchacha (y, por ende, de Roquer). Da la casualidad de que estos familiares tienen un hijo que ansía por intereses contraer matrimonio con Carmiña, por lo que Roquer acaba resultando un impedimento para dicha meta. Con una patraña muy bien urdida, los malvados familiares de Carmiña logran apartarla de Roquer, que de nuevo inicia un nuevo viaje en solitario. Cuando el protagonista es consciente de las intenciones de los familiares de Carmiña, trata enmendar la papeleta.
¿Es o no es Roquer un abnegado viajero?
La antítesis de una situación de este tipo sería la de “El ángel exterminador”, en la cual los aventureros son recluidos en una casa. Se les niega todo derecho a viajar, a buscar la aventura, pues esta se encuentra precisamente en la propia casa. No hay necesidad de salir fuera. La trama, escrita por Luis Alcoriza y Luis Buñuel, resulta ambigua, y en esto reside parte de su encanto. Nadie sabe lo que ocurre. Los propios personajes desean salir de aquella mansión pero a su vez algo dentro de sí mismos les impide hacerlo. La propia experiencia son por tanto ellos mismos. Deben soportarse mutuamente, pues por su propia culpa están en esa situación. La gracia reside también en que la gente de fuera tampoco puede entrar allí. La mansión no es la culpable de la situación, pues después vuelve a suceder algo similar en una iglesia. Ni los fieles ni los clérigos pueden salir tras la misa. Interesante reflexión.
Retomando el viejo asunto del “hombre de acción”, vuelvo a insistir en que los mecanismos de la existencia son mucho más sencillos de lo que nos parece.
Seguramente suene familiar la vieja historia del ser humano que se enamora de otra persona por primera vez y, ante la inexperiencia, comienza a construirse una personalidad concreta que pueda sorprender al otro al que se quiere. Se establece, por tanto, un guión de actuación. Luego, a la hora de la verdad, la naturalidad acaba imponiéndose y rompe con las pautas predefinidas. Se debe sorprender por lo que uno es, y si esto no es suficiente para la otra persona quizá no es la media naranja más adecuada.
El explorador, ante lo desconocido, puede salir de mil formas de la situación. Está bien ser previsor, pero siempre en su justa medida. Está bien abogar por la improvisación. De actuar de otra forma distinta, una forma que no se espera en nosotros, estaríamos convirtiéndonos en otro “yo”, un yo ficticio. Una segunda personalidad. Y esta, acaba muriendo tarde o temprano, volviéndonos a quedar desnudos.
A Robinson Crusoe le cambió su forma de vida al naufragar en aquella isla. Tuvo que habituarse a una nueva situación. Siendo él mismo. También pueden darse casos en los que la cordura acabe desapareciendo, pero hasta el loco es file a sí mismo. No hay dramatización, no hay construcción de una nueva identidad. La identidad cambia a pesar del individuo. Un viaje a las entrañas de la locura en la que el propio loco no es consciente de que lo es.
De todos estos casos, el de Gerardo Roquer es el más sencillo. Lo que suele suceder en la vida real, entre el común de los mortales.


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