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RECLUTA CON NIÑO

>> martes, 3 de julio de 2012



De las películas que recuerdo de mi infancia con más cariño, “Recluta con niño” ocupa uno de los lugares privilegiados. Aunque resulte de Perogrullo decir que, cuando se es un niño, todavía no se tiene una idea formada de las cosas, lo cierto es que muchas veces las obviedades –por considerarse como tales-, se pasan por alto no dándoles la importancia que requieren. En mi caso, mi infancia ha representado un mundo al que he querido retornar muchas veces a lo largo de mi vida. Todo parecía más sencillo. Aquellas películas sin malicia representaban para mí un reflejo de la realidad. Creía que aquel mundo representado en el que hasta el alma más dura tenía su parte noble, tenía que ser así. Los desencantos y desengaños por los que uno va pasando y que conforman esa transición hacia la madurez me decían cada vez más claramente que la ficción podría ser un buen parapeto contra este mundo tan extraño que no terminaba de comprender. Cuanto más estaba en él y más lo conocía, más ajeno me resultaba. “Recluta con niño” forma parte de una época llena de luces y oscuridades. El cine era un modo de evasión contra la dura realidad diaria. Yo no entendía de aquello, todavía no sabía casi nada del mundo en el que vivía. Conocía a mi familia y a mis amigos. “El drama social” era algo que sonaba más a título de una obra de teatro que a la definición de una parte de esa “realidad” tan extraña para un niño como yo. La “Historia” siempre se me dio mal, me resultaba aburrida. Todo fechas y nombres, todo memorización. La Historia es el resultado de un cúmulo de acontecimientos que definen la evolución del mundo como tal. En el cine había buenos y malos, o personas sujetas a sus circunstancias, o seres humanos que en el fondo (a veces muy en el fondo) eran buenos. En la realidad acabaría creyendo tan solo en el segundo tipo de realidad cinematográfica. ¿Qué es una persona “mala”? ¿Y “buena”? Difícil de definir. Siempre andamos dependiendo de los casos concretos que rompen con la generalidad. Dependiendo de quien viese la realidad, había un enfoque diferente (más pormenorizado o exhaustivo, más o menos acertado, más rudimentario, más maniqueo e incluso más fantasioso.
La Historia de España era la que verdaderamente acabábamos estudiando. ¿Se imaginan cuántos cursos se necesitarían para impartir la Historia del Mundo? En la época en la que se hizo “Recluta con niño”, el contexto social limitaba ciertamente las posibilidades de hacer cine en este país. Se hicieron auténticas joyas del séptimo arte y auténticas porquerías. “Cine de evasión” (historias de amor, comedias, películas para niños), “Cine afín a las ideas de un régimen concreto” (cine políticamente de derechas, cine religioso…). No sé quién dijo que el cine español del franquismo era un cine cursi. Puede que tuviese razón en muchos casos. En otros aquel cine resultó todo un ejemplo a seguir a diferencia de ciertas películas que se realizan en la actualidad.
Para mí, “Recluta con niño” era una película hecha con una cierta sensibilidad que incentivaba los sentimientos más nobles de quien la veía. En ella se relata un hecho muy normal en aquella época: un hombre tiene que realizar el servicio militar. Si a esto le queremos sacar punta, podríamos decir que dicho argumento nos enlaza con la política, con la exaltación del soldado. En aquella época en la que la ví, todavía existía el servicio militar obligatorio. Para mí aquella película podría haberse hecho en esa época o en esta. ¿Qué es lo que cambiaba? ¿Qué en lugar de salir el rey de España en los retratos del cuartel apareciese Franco? ¿Y qué? Yo desconocía la identidad de aquel señor con bigote. Me daba igual.
El tipo en cuestión al que le toca salir del pueblo y venirse a Madrid para cumplir con su obligación se llamaba Miguel Cañete. Este recluta tiene un hermano pequeño de 6 años, Pipo. Como no sabe con quien dejarlo, decide llevárselo a la ciudad para que no se quede solo. Es aquí donde comienzan los problemas.
Por un lado, está la figura del hombre rural que debe enfrentarse al cambio que supone viajar a la capital de España. A destacar, su nobleza, que es lo que crea empatía, afinidad con el público. No encuentro en “Recluta con niño” una caricatura del pueblerino. Hay personajes (sus compañeros de servicio) que en un principio le gastan todo tipo de bromas abusando de su condición de “paleto”, pero después acaban respetándolo, al descubrir realmente cómo es. Esto puede definirse, si se quiere, como una lección moral. El cine de aquel entonces pretendía aleccionar, tratar de transmitir historias con moraleja. La idea de que una persona de campo tiene que ser “noble” por fuerza puede resultar una verdadera utopía, pero no olvidemos que ya desde Rousseau se nos transmitía esta idea. La idea del buen salvaje, de hombre no contaminado. El actor que encarnaba a Miguel, José Luis Ozores, acabó encasillándose en papeles de hombre bondadoso, y no tenía por qué salir con una boina y con una cesta de gallinas. Sin ir más lejos ahí tenemos otro film, “El tigre de Chamberí” tambiñen dirigido por el director Pedro L.Ramírez, en el que Ozores no interpretaba a un pueblerino. Este actor, más allá de sus papeles, creaba también afecto en el público.
La visión de la “mili” muestra su parte más cruel pero también su otra cara de la moneda. Por una parte, están las quintadas y el trato de los superiores hacia aquellos que deben “formarse” como soldados. Las quintadas podrían representar una especie de desahogo de aquellos que no se encuentran cómodos en la situación por la que les toca pasar. Un desahogo injusto, pues siempre acaba colmándose en aquellos que se encuentran por debajo de los “verdugos”. Los que son todavía más débiles. Esto es cruel pero también humano. Respecto al trato duro de los “formadores de quintos”, resulta también necesario. Una preparación dura como prólogo de posibles situaciones duras. Las guerras siempre acaban despojando al hombre de su consciencia de hombre. La parte positiva de todo esto es la que ya nos enseñó Jean Renoir en “La gran ilusión”. En general, los Films de Renoir presentan a personajes un tanto ingenuos y simplones, pero que acaban resultando siempre simpáticos (desempeñen o no roles sociales mejor o peor aceptados). “Todo el mundo es bueno o todo el mundo tiene su parte menos seria y más infantil- en el sentido positivo de la palabra). Quizá sea esta necesidad de ser otra vez niño la que me identifica con estos personajes. Los niños pueden ser lo más adorable o lo más insoportable del mundo. Pueden ser auténticos generales o auténticos reclutas que siempre acaban picando en las quintadas.  
Manolo Morán, el sargento Palomares, representa lo más temido y lo más bondadoso a la vez.  
Y luego, está la parte romántica del asunto. Julia, la hija de Palomares, invidente, de la que acaba enamorándose Miguel. Dos seres bondadosos entre los que no existe ningún problema que pueda separarlos. El dilema de “qué pasará si ella recupera la vista” también nos remite a otro clásico cinematográfico, nada más y nada menos que de Chaplin: “Luces de ciudad”. 
También, por qué no, otro film de Renoir titulado “la regla del juego” nos puede recordar en algo “La escopeta nacional” de berlanga (aunque este fuese más admirador de otro francés, René Clair). En el mundo de las asociaciones todo está permitido, como en el amor y en la guerra (dos asuntos que nos vuelven a traer al asunto del que tratábamos).
Miguelito Gil (“Pipo”) no corrió la misma suerte (o desventura, según se mire) que otros niños prodigio como Joselito o Pablito Calvo. No obstante, forma un perfecto tándem como su hermano Miguel (Ozores).
“Recluta con niño” fue realizada en 1956 y tuvo una secuela algunos años más tarde (concretamente en 1970), titulada “Cateto a babor”, dirigida por Ramón Fernández e interpretada por el no menos inigualable Alfredo Landa.

 

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