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REFLEXIÓN MUSICOLÓGICA

>> viernes, 27 de julio de 2012


 Últimamente ando muy sensible con el tema dental. El otro día acudí a un homenaje a Debussy organizado en la sala Pereda del Palacio de Festivales de Santander.  Los intérpretes de las diferentes piezas de música de cámara (dúos y tríos sobre todo) eran jóvenes prodigio, cada uno de un punto distinto de la geografía mundial, que habían sido descubiertos gracias a los infinitos tentáculos desplegados por Paloma O´Shea dentro de su omnipotente presencia cultural. Los diferentes pianistas, violinistas, clarinetistas, violonchelistas (e incluso arpistas) revivieron diferentes partituras del maestro francés pertenecientes a su etapa más visionaria, más contemporánea por así decirlo. Solo diré que prefiero del compositor su fauno, su claro de luna o su mar. Esta etapa apenas me interesa. Y aquí es donde entra la odontología. Siempre he dicho que no comprendo los cauces que ha elegido la música contemporánea para ir a morir (no sé si a un mar o a nada). La historia de la música ha estado marcada por la ambición e insaciabilidad de los que la han definido a lo largo de las diferentes épocas. Siempre se ha querido ir más allá de lo que ya existía buscando una mejora, un perfeccionamiento o un avance hacia delante simplemente. Algo así como una muela que, de tanto usarse, ha ido perdiendo el esmalte y a la vez que se la ha ido horadando  para solucionar el problema mediante empastes. Pues bien, ha llegado el momento en el que se ha dejado de tocar hueso porque se ha llegado a la encía. Para volver a la altura original de la muela, para volver a rellenarla, no va a quedar más remedio que retroceder a las diferentes capas anteriores que se han ido horadando (dodecafonismo, impresionismo, neoclasicismo, romanticismo, barroco, renacimiento, etcétera). La pregunta es si esto va a ser posible o nos vamos a quedar definitivamente sin muela. Si algo está ya bien ¿para qué seguir tocándolo? Yo tuve una profesora que me dijo una vez: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. El inconformismo ha tenido la culpa. Queríamos hacer más profundo el garaje y han acabado por venirse abajo los cimientos de la casa.
Escuchando las diferentes piezas debussianas, he llegado el pensar que aquellas no eran sino un mero pretexto para el lucimiento del intérprete, que las obras en sí carecían de interés, de contenido. Llegado a este punto, en el que la creatividad del compositor contemporáneo solo interesa durante los primeros minutos (la música contemporánea puede resultar al principio curiosa de escuchar, e incluso divertida) y luego acaba volviéndose tediosa, solo nos queda retomar a los maestros para diseccionarlos. Así hizo Britten con la “Guía de orquesta para jóvenes”, tomando como melodía principal un tema barroco para irlo llevándolo poco a poco a su terreno como creador perteneciente al siglo XX (como Montsalvatge con su “Descomposición morfológica de una chacona de Bach”), e incluso Luciano Berio y sus versiones de obras de Bocherini o Puccini.

 

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