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SONATA PARA YVETTE

>> martes, 10 de julio de 2012

    
Cuando Xavier Montsalvatge compuso “Sonatina para Yvette”, pensó en su hija pequeña a la hora de escribirla (el tercer movimiento parte de una conocida canción popular infantil) y en Gonzalo Soriano, a quien se la dedicó.
El propio título de “Sonatina para Yvette” me evoca una historia muy distinta. Quizá haya incluso que renombrarla como “Sonata para Yvette”.
Yvette era una muchacha de veinticinco años que vivía en un piso de Barcelona con su pareja. El lugar concreto en el que vivían podría ser el Paseo de Gracia. Por aquella misma zona vivía un extraño tipo al que muchos podrían relacionar con el dibujante del film de José Luis Guerín “En la ciudad de Sylvia”. A diferencia de este personaje al que hacemos referencia, el individuo que vivía cerca de la casa de Yvette era compositor además de violinista. Su nombre poco importa. Le gustaba vestir camisas Mao de color crema, pantalones de lana y lucía una generosa melena además de una tímida barba. Él tenía algunos años más que Yvette. ¿Qué es lo que le cautivó de ella? Solo él nos lo podría decir. La seguía a todas partes, tratando de captar su esencia musical. Yvette tenía el pelo castaño y largo. Vestía camisas coloridas con motivos florales y no acostumbraba a llevar pantalones sino falda. Para ella todavía existía ese modus vivendi en el que apenas había que trabajar, en el que la vida podía gozarse en sus veinticuatro horas.
El novio de Yvette era casi tan maravilloso como ella.
En la casa del músico sonaban a todas horas pasajes de una melodía todavía por determinar. El violín trataba de ejecutar lo que acababa de componerse recientemente en una hoja de papel pautado. Lo único que quedaba en claro de todo aquello era el título de la obra en construcción: “Sonata para Yvette”.
¿Cómo sabía el nombre de ella? Digamos que alguna vez la había seguido hasta el portal de su casa y había mirado el nombre en su buzón una vez que ella había desaparecido escaleras arriba. Allí, en la oscuridad de la entrada de la casa, consiguió sonsacarle al letrero sobre el buzón en penumbra  el nombre de aquella musa musical. En tinta morada y con una tipografía toda hecha de caracolillos, ponía “Yvette”. Abajo, ponía con letras mucho menos barrocas “Leonardo”: Fue en aquel día cuando descubrió que Yvette no estaba sola.
Era extraño, pues ella solía salir sola a la calle. Leonardo saldría en otros momentos, o no saldría.
La Sonata había quedado dividida en tres movimientos: “Vivo e spiritoso”, “Moderato Molto” y “Alegretto” (en efecto, como la de Montsalvatge).
Cuando iba ya por el segundo movimiento, se asomó por la ventana y observó a Yvette salir de la puerta de su casa con un hombre. ¡Ya tenía a Leonardo! Así era, como ella, pero no tan bello.
Leonardo escribía páginas de actualidad en un periódico. La obvia necesidad de permanecer atento a las novedades con que el mundo sorprendía aburría a Yvette. No comprendía cómo a Leonardo podían interesarle los aspectos, según ella, más aburridos de la vida. No sería muy arriesgado asegurar que Yvette coincidía más con la visión del mundo del violinista y compositor que la perseguía (sin que ella lo supiese) que con la de aquel con el que convivía. ¿Qué es lo que valoraba de Leonardo? Su bondad innata, su fuerza de voluntad.
Leonardo era tan idealista como Yvette. Ambos creían en un mundo plagado solo de belleza. Aquello que por ser más terrenal afeaba esta visión tan ingenua del mundo les exasperaba.
Faltaba concluir el “Alegretto”. El compositor decidió truncarlo en una marcha solemne, casi de aire fúnebre. Cogió un cuchillo y salió a la calle. Se sentó en un banco cerca del portal de Yvette, guarecido tras unos árboles. Esperó y esperó. No tenía prisa.
Yvette se había quedado en casa. Al parecer, no tenía muchas ganas de salir. Se había quedado sentada frente a un viejo piano. Aquel instrumento ya estaba en la casa cuando ellos se quedaron con ella. Sobre el atril había algunas partituras. Yvette llevaba un vestido amplio de gasa blanca. Parecía un personaje pintado por Alma Tadema.
Comenzó a tocar algo. Se dejaba llevar por la intuición, algo que desde niña le había funcionado. Recordaba a su padre interpretando aquellas melodías en el piano que tenía en su despacho. Cuando él se iba, llegaba ella y trataba de repetir lo que había visto. Se había fijado en los movimientos de las manos. Durante muchos años repitió este hábito. Nunca le pidió a su padre que le enseñase a tocar. Quería aprender por iniciativa propia, cosa muy loable aunque muy complicada también.
Sacó un tímido “Claro de luna” de Debussy, apenas las primeras notas del inicio. Solo con una mano, por supuesto.
No sabía si Leonardo estaba en casa en ese momento. Ella se acababa de despertar de una breve siesta.
Leonardo no estaba en casa. De hecho, se encontraba volviendo a ella.
Yvette, de pronto, sintió que su intuición le pedía interpretar la “Carmen” de Bizet. El duelo entre los dos hombres se aproximaba. En este caso, no era un torero sino un escritor, y el militar se había convertido en músico.
Cuando vio que Leonardo se acercaba al portal, se levantó del banco. Mientras buscaba las llaves para abrir, se fue aproximando a él. La hoja se adentró en la camisa hasta llegar a la carne. La llave, encajada ya en la cerradura, quedó liberada de la mano que la hacía girar para accionar los resortes de seguridad de la puerta.
Unos ojos que se habían quedado abiertos de par en par fueron cerrándose poco a poco, recuperados de un primer sobresalto.
Unas piernas se flexionaron por medio de las rodillas hasta caer contra el escalón que separaba la puerta de la casa de la acera de la calle.
No hubo ningún grito.
El músico abrió la puerta con la llave, metió el manojo en un bolsillo y subió hasta el piso donde estaba Yvette. Una vez allí, lo sacó y con otra llave abrió la segunda puerta. Llegó hasta la sala en la que estaba Yvette, que había dejado de tocar debido a algún misterio.
Extendió hacia ella los legajos que conformaban su “Sonata”. Ella los cogió y leyó el título. Luego le miró y dijo: “No sé leer música”. El otro, no dudó en volver a coger los papeles, ponerlos en el atril, sentarse al piano y comenzar a interpretar su composición.
Al concluirla, miró a Yvette para decirla: “¿Te ha gustado?” Entonces ella dijo que sí. Luego él dijo “le he matado”.
Yvette le dijo que se fuera.
Él no se fue.
Ella bajó a buscar a Leonardo. Había perdido bastante sangre pero todavía vivía. Había conseguido sacarse el cuchillo, que ahora estaba en el suelo.
La gente llevaba arremolinada en torno al portal un largo rato. Algunos habían tratado de socorrer al malherido, uno incluso le había hecho con su camisa un torniquete. Otros habían ido a llamar a una ambulancia, que no tardó en llegar.
Cuando subieron a detener al músico, este se encontraba interpretando de nuevo la partitura.
Leonardo milagrosamente se recuperó. Yvette nunca le contó el episodio acontecido en el piso.
La partitura permaneció por siempre sobre el atril del piano de Yvette.
El padre de Yvette, afamado pianista, encontró la obra un día que estuvo en casa de su hija y su nuero y se la llevó. La estrenó en el Palacio de la Música y hoy en día es una de las piezas imprescindibles de todo repertorio que se precie. Su bella música la ha vuelto clásica pero solo Yvette conoce su historia.

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