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EL INFRANQUEABLE ÁRBOL DORADO

>> sábado, 25 de agosto de 2012




Por: Hugo González Aroca
        Javier Mateo Hidalgo


Todavía no ha caído el último fruto del árbol dorado.
¿Es el crepúsculo el que lo define con este color?
¿Soy yo quien lo ve así por acudir a esta precisa hora?
La manzana, como la gota de agua, busca desprenderse de la rama
pero es precisamente este momento eterno previo a su liberación
lo que condensa el tiempo, reteniéndolo en esta armoniosa agonía.

Un silencio naranja invade este prado revestido por el verano.
He olvidado traer a Faulkner y a Tenessee Williams.
Solo quiero mirar este árbol que consigue hacer retroceder la silueta de mi casa.

Nada acaba cuando algo empieza,
mas el eterno presente sobrevive a las agujas del pasado
y a los relámpagos del futuro.
Y aquí estoy yo, mas en el futuro que en el presente,
mas en el pasado que en el ahora,
aprendiendo a congelar este instante en mi retina.

No te olvido.
Fuiste esperanzador suicidio
nacido de una rama
y culminado bajo la sombra del fulgor dorado.
El sol nuevamente se esconde tras el horizonte
fundiéndose con los trazos de este escrupuloso autorretrato
que asusta tanto como advierte.

¿Qué burla del destino ha conseguido cautivar mis pasos
acercándolos, uno a uno, hasta este cruel oráculo?
 Y justo en ese momento certero
Cuando el hombre vislumbra su apogeo,
La manzana dorada cae del árbol
mientras una perla se desliza
por los inexpresivos surcos de un rostro
que ha asumido su presente más que su futuro
y mucho más que su pasado.

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PÁJARO SIN PLUMAS

 


Por: Hugo González Aroca
        Javier Mateo Hidalgo



Y emprendió el vuelo
Mas, no fue un gran vuelo.
Algo inconcluso, difuso
pero atrevido al fin y al cabo.
Yo lo vi, juro que lo vi despegar los pies de su madre tierra
como aquel que rompe su cordón umbilical.

Se mantuvo en el aire un tiempo determinado.
Por un momento pensé que me observaba
pero era ilusorio, no era a mí a quien miraba
si no a su sombra, que se proyectaba en las comisuras de mi retaguardia.
Esta sombra, a veces grande y a veces pequeña
como su arrogancia, como su esperanza,
como su ambición, como aquella triste canción ¿recuerdas?

Pero no era a mí a quien miraba.
Era a su pasado, era a sus recuerdos cubiertos de polvo
del que él se despojaba abatiendo sus brazos.

No fue un gran vuelo, pero esos 20 centímetros de aire
densos, muy densos, extremadamente densos
para un pájaro sin plumas
consiguieron agrietar sus viejas perspectivas.

En las paredes de sus ojos, ahora apuñaladas de ventanas
Se adivinaban paisajes de otros mundos:
De colores aún no catalogados,
de formas vírgenes que no han sido violadas,
de sonidos imperceptibles y a la vez contundentes
que nos hablan del silencio, que nos hablan del silencio,
que nos hablan de palabras impronunciadas.

Y fue justo en este lugar,
dentro de las hendiduras arrogantes como cuchillos en forma de aislantes vidrios
donde este alma inexperta vislumbró la estela de un incierto porvenir.

Yo lo vi, juraría que lo vi, mas no puedo demostrarlo.
Solo podéis fiaros de mis palabras
que ahora también vuelan a 20 centímetros del suelo
junto con la difusa silueta de este pájaro sin plumas.

No fue un gran vuelo, mas fue su vuelo.

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EL NIÑO MÁGICO

>> martes, 21 de agosto de 2012


Silencio sepulcral. Dos golondrinas revoloteando donde apenas se las divisa, casi rozando los altos techos de yeso, confundiéndose con los oscuros colores de antiguos frescos. Bajo ellas, un olmo mortecino, atrapado entre las cuatro paredes de la iglesia. Fue en este mismo árbol donde cuentan que se apareció la virgen.
-         Construyeron diferentes iglesias y todas ellas acabaron viniéndose abajo…
-         Hasta que ocurrió el milagro…
-         Levantaron entonces la iglesia en ese lugar y lleva desde entonces en pie la friolera de setenta años…
El nieto no conoce esta historia. Solo sabe que su abuelo conoce una iglesia dentro de la cual crece un árbol. El niño prefiere fantasear construyendo sus propias historias. Hasta la historia de la aparición de la virgen le habría resultado insulsa.
Cerca del pueblo, hace dos años, bajaron las aguas de un río y el niño vio que en sus profundidades había permanecido oculto un viejo puente de piedra. Tal hallazgo le dio para tres semanas de conjeturas.
Para él los misterios matemáticos eran demasiado racionales y prefería alimentar su ignorancia de historias inventadas que no tuvieran la necesidad de enseñar nada práctico.
-         Abuelo, ¿podemos ir esta tarde a ver la iglesia?
-         Hace muchos años que no voy por allí. Es probable que haya olvidado hasta el camino que hay que tomar para llegar a ella.
Contra toda racionalidad, el niño soñó con el árbol. Creyó que podían ponerse puertas al campo, que la naturaleza podía enjaularse con piedras. Recordó el poema de Machado del olmo seco al ver, en la espadaña, la “melena” de madera que cubría por arriba la campana.
El abuelo había decidido quedarse en un banco situado en la falda de la montaña. Arriba de esta, se erigía la iglesia. El nieto, abandonado a su libre albedrío, se encontraba ya allí.
La iglesia, desde su altura, representaba el punto intermedio entre lo ideal y lo terrenal. Era una mediadora, por así decirlo.
El niño había soñado la noche anterior con su abuelo. En el sueño se le apareció dormido, sentado en el suelo apoyando su cuerpo contra la pared de una casa. Lo onírico residía en que aquel cuerpo se encontraba despojado de cabeza, y que esta se encontraba sobre el tejado, casi flotando sobre los sueños.
El niño no encontraba rastro del olmo. Probó a rodear la iglesia esperando encontrarlo escapando con sus ramas, abriéndose camino por el tejado. Trató de escalar una de las tapias que daban al cementerio, para poder ver desde más altura. Nada. No se percató tan siquiera de un pequeño tronco con ramas que aparecía emparedado dentro del muro. Él buscaba un olmo y no un pequeño árbol insignificante.
El abuelo volvió a recordar la imagen de las dos golondrinas revoloteando sobre el olmo, dentro de aquella misma iglesia, hace sesenta años. Él tenía por entonces la edad de su nieto y, a diferencia de él, no encontraba extraño que un árbol creciese dentro de un edificio. En la casa de Pedro, un amigo suyo, crecía un limonero. Su padre tuvo la idea de plantarlo antes de que él naciese, aprovechando el suelo de tierra. Cuando el árbol alcanzó una altura considerable, no tuvo los arrestos suficientes de cortarlo.
El milagro de la virgen tampoco era para el abuelo una cosa mágica. “Los milagros han debido de suceder, mientras que lo mágico siempre tiene una base de mentira, como los trucos de los magos”. Así pensaba el abuelo, basando su razonamiento en la educación que recibió de sus padres, muy distinta de la que su hijo dio a su nieto. A pesar de haber sido educado bajo la norma del escepticismo, el nieto había decidido –como ya hemos dicho- olvidar los fundamentos de la razón y la lógica. No le interesaban los dogmas ni la incredulidad. Quería, simplemente, soñar.
“Dígale al niño que puede dejar de buscar. Ese árbol ya no existe, lo talaron hace poco porque había comenzado a amenazar a la iglesia. El párroco no se lo pensó dos veces cuando algunas grietas comenzaron a salir en las paredes”.
Aquel señor que se paró junto al banco y el abuelo que le escuchó, pertenecían al mundo de lo terrenal, de los que habían decidido despreciar cualquier indicio mágico. El niño no quiso escuchar la realidad. Se inventó entonces la historia del olmo desprovisto de raíces que decidió escapar volando.           

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CUATRO PUNTOS DE VISTA

>> viernes, 17 de agosto de 2012

El enunciado dice así:

"La mariposa tuvo que elegir entre tener una larga vida o poseer unos bellos colores"

El niño piensa:

"Qué injusto que la belleza sea efímera"

La profesora ordena:

"Tenéis que localizar el sujeto, el predicado, el complemento directo..."

La pizarra muestra lo que le obligan. A veces le da tiempo a decir cosas secretas que rápidamente desaparecen. Los niños la pintarrajean durante el recreo, cuando la profesora se encuentra fuera de la clase.
Lo que hay escrito en el encerado tiene la obligación de ser cierto. Ya sea negra o verde, la pantalla debe de ser un ejemplo a seguir para quienes la contemplan.
Debe de lavarse una vez por semana para mantenerse con un mínimo de higiene y evitar ese mar de bruma que todo lo confunde.
Cuando, concluído el día, todos se van, la pizarra deja de existir al no ser vista por nadie.
La fecha puesta con tiza en el ángulo superior izquierdo deberá ser modificada el día siguiente. ¿Sufren los niños de desmemoria? A ellos todavía no les importa saber el día en el que viven, no piensan en el paso del tiempo como puede pensar su profesora. En su cuaderno apunta cada uno meticulosamente lo que hace cada día.

El niño está ya en casa y se encuentra terminando de cenar. Ahora que se había acostumbrado al sabor de la sopa acaba de quedarse vacío su plato. Puré de espárragos y patata. Color verde triste. De nuevo, aquella mariposa que prefirió ser bella antes que longeva.

Desde la ventana de su dormitorio, la profesora busca en el exterior motivos sobre los que inspirarse para nuevas frases.
Finalmente, baja la persiana, mira a un espejo y escribe:
"La vejez volvió malva a la mujer roja".

 

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EL ANACORETA

>> martes, 14 de agosto de 2012



Basándose en “Las tentaciones de San Antonio” de Flaubert, Rafael Azcona redactó un guión con miras a una posible película. El proyecto tuvo que demorarse un tiempo hasta ver la luz. Fue Juan Esterlich, colaborador de cineastas de la talla de Berlanga, Bardem, Buñuel, Welles  tras las cámaras, quien sacó de su letargo en el cajón a “El anacoreta”. Se enfrentaba al que sería su único trabajo como director y Alfredo Matas fue su mecenas. San Antonio fue Fernán Gómez y el desierto un cuarto de baño.     
El personaje del filme, Fernando Tobajas, es un hombre que lleva viviendo desde hace unos años encerrado en un cuarto de baño. Ha conseguido desentenderse del mundo, renunciar a sus deberes terrenales. Se dedica a leer la prensa para recordar los motivos por los que renunció a ser un mortal común y, de vez en cuando, escribe mensajes que introduce en cilindros para fármacos y envía al mundo exterior arrojándolos por el váter. A pesar de todo esto, la soledad perseguida solo ha sido ha sido lograda a medias. En el piso, so en la calle madrileña de Hortaleza, viven su ex mujer y el amante de esta que además se encarga de llevar las cuentas de Fernando. Y es que, hasta para excluirse de la sociedad, hay que seguir pagando. 
Este anacoreta laico acabará recibiendo a su Reina de Saba contemporánea, una joven que encontrará desde la isla de Capri uno de los mensajes “embotellados”. El papel de ella, dictado por la figura histórica de la que parte, será el de lograr sacarle de su enclaustramiento. Le atrae la extraña forma de ser de aquel sobre el que se ha erigido en salvadora.
Aún a pesar de que la historia se desarrolle en su totalidad en una sola habitación, el interés del espectador no decae en ningún momento. La banda sonora procede además del mismo lugar: Una música accidental de violín interpretada por un vecino llamado Polack (y al que rápidamente se relaciona con el humorista “Tip”).
La interpretación de Fernán Gómez le valió el Oso de Plata del Festival de Berlín en 1977. Esterlich había colaborado con él en “El extraño viaje”. También había trabajado tiempo atrás con Rafael Azcona en el mediometraje “Se vende un tranvía” (episodio piloto de una serie de TVE que nunca llegó a ver la luz). Por el guión del film, el logroñés obtuvo el Premio al mejor guión  que otorgaba el Círculo de Escritores Cinematográficos.
A pesar del humor patente de la cinta, “El anacoreta” no deja de ser uno de los muchos dramas que Azcona concibió valiéndose de la mirada amarga que le inspiraba la sociedad. Esto puede verse en el anverso y reverso del cuadro que Tobajas tiene en su baño: Por un lado, la cita de Anatole France “en aquellos tiempos el desierto estaba lleno de anacoretas”. Por el otro, “vendrán tiempos en que todos los retretes estarán llenos de anacoretas”, escrita por el mismo personaje.
  


 

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UNA CARTA

>> miércoles, 8 de agosto de 2012

Te escribo desde regiones remotas
No preguntes en qué lugar concreto
Desde allí, en la lejanía, te observo
y sé que tú miras atrás, me notas

¿Cuánto tiempo hace que me marché lejos?
¿Lo recuerdas? Fue contra mi voluntad
¿Qué provocó la lejanía? ¿El tiempo?
¿La música que ya no sonaba igual?

Digamos que estoy en una montaña
que observo las cosas desde la altura
que da el escepticismo, la distancia
Ya no existe el calor ni la amargura

No puedo permitirme el recordarte
Esta que escribo es mi última carta
Noto el punto final, ya por fin cerca
Esta letra ha dejado de ser mía

Cuando recibas esto, ya no estaré
Destruye este papel, este mensaje
Las palabras se las llevará el viento
y todo lo que llevo de equipaje

C´est la vie, bon voyage, mon amour, je t´aime
Despierta el presente un pasado sueño
Solo tengo fuerzas para caminar
marcharme lejos, olvidar regresar

Este cuerpo convertido en silueta
olvidado de identidad y de destino
cantará tu nombre por siempre al viento
condenado a andar el mismo camino

Tu olor será el fresco de la noche
Tus besos sembrarán mi recorrido
Tus palabras, las campanadas doce
Tus caricias, quien me deje dormido

Y así concluye por fin esta canción
Se despide de ti aquel que, si fue alguien
fue gracias a quien leyó tantas cartas
Tú eres mi punto, esta caligrafía

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EXTRAVAGANTE (AUNQUE PRÁCTICA) COMPARACIÓN

El salmón tiende a nadar contra corriente para acabar llegando arriba de la montaña y desovar. Han de sobrevivir, además, a las zarpas de los osos, hambrientos y pacientes.
Las primeras chicas a las que me acerqué para confesarles mi amor, no esperaban mi peculiar actitud. Yo las llevaba a un lugar apartado y les decía: "Me gustas, te lo tenía que decir". Me encontraba, por tanto, en la falda de la montaña, comenzando mi escalada hacia la cúspide. Todavía no había comprendido que en el amor, como en la poética, no quedaba bien "escribir" de forma evidente. Había que irse por las ramas, poco a poco y con metáforas. Que la cosa en cuestión se entendiese sin necesidad de nombrarla. Como tal primerizo, no me gustaba mover las alas para luchar con el viento. Prefería dejarme llevar, aunque acabase estrellado.
La zarpa del oso era ya conocida por mí, estaba presente como una extraña sensación que se habita dentro de uno desde antes de nacer. Por eso, desde el principio, escribí mis propios poemas y no copié a Bécquer. Conozco al menos un caso en el que el poema fue devuelto al falso poeta con los fallos de la copia corregidos.
También conocí a un mejicano que me dijo: "Nosotros somos los que hablamos español y ustedes, los españoles, los que hablan mejicano. Les superamos en número de habitantes." Y tenía razón. pero esa ya es otra historia...

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