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EL NIÑO MÁGICO

>> martes, 21 de agosto de 2012


Silencio sepulcral. Dos golondrinas revoloteando donde apenas se las divisa, casi rozando los altos techos de yeso, confundiéndose con los oscuros colores de antiguos frescos. Bajo ellas, un olmo mortecino, atrapado entre las cuatro paredes de la iglesia. Fue en este mismo árbol donde cuentan que se apareció la virgen.
-         Construyeron diferentes iglesias y todas ellas acabaron viniéndose abajo…
-         Hasta que ocurrió el milagro…
-         Levantaron entonces la iglesia en ese lugar y lleva desde entonces en pie la friolera de setenta años…
El nieto no conoce esta historia. Solo sabe que su abuelo conoce una iglesia dentro de la cual crece un árbol. El niño prefiere fantasear construyendo sus propias historias. Hasta la historia de la aparición de la virgen le habría resultado insulsa.
Cerca del pueblo, hace dos años, bajaron las aguas de un río y el niño vio que en sus profundidades había permanecido oculto un viejo puente de piedra. Tal hallazgo le dio para tres semanas de conjeturas.
Para él los misterios matemáticos eran demasiado racionales y prefería alimentar su ignorancia de historias inventadas que no tuvieran la necesidad de enseñar nada práctico.
-         Abuelo, ¿podemos ir esta tarde a ver la iglesia?
-         Hace muchos años que no voy por allí. Es probable que haya olvidado hasta el camino que hay que tomar para llegar a ella.
Contra toda racionalidad, el niño soñó con el árbol. Creyó que podían ponerse puertas al campo, que la naturaleza podía enjaularse con piedras. Recordó el poema de Machado del olmo seco al ver, en la espadaña, la “melena” de madera que cubría por arriba la campana.
El abuelo había decidido quedarse en un banco situado en la falda de la montaña. Arriba de esta, se erigía la iglesia. El nieto, abandonado a su libre albedrío, se encontraba ya allí.
La iglesia, desde su altura, representaba el punto intermedio entre lo ideal y lo terrenal. Era una mediadora, por así decirlo.
El niño había soñado la noche anterior con su abuelo. En el sueño se le apareció dormido, sentado en el suelo apoyando su cuerpo contra la pared de una casa. Lo onírico residía en que aquel cuerpo se encontraba despojado de cabeza, y que esta se encontraba sobre el tejado, casi flotando sobre los sueños.
El niño no encontraba rastro del olmo. Probó a rodear la iglesia esperando encontrarlo escapando con sus ramas, abriéndose camino por el tejado. Trató de escalar una de las tapias que daban al cementerio, para poder ver desde más altura. Nada. No se percató tan siquiera de un pequeño tronco con ramas que aparecía emparedado dentro del muro. Él buscaba un olmo y no un pequeño árbol insignificante.
El abuelo volvió a recordar la imagen de las dos golondrinas revoloteando sobre el olmo, dentro de aquella misma iglesia, hace sesenta años. Él tenía por entonces la edad de su nieto y, a diferencia de él, no encontraba extraño que un árbol creciese dentro de un edificio. En la casa de Pedro, un amigo suyo, crecía un limonero. Su padre tuvo la idea de plantarlo antes de que él naciese, aprovechando el suelo de tierra. Cuando el árbol alcanzó una altura considerable, no tuvo los arrestos suficientes de cortarlo.
El milagro de la virgen tampoco era para el abuelo una cosa mágica. “Los milagros han debido de suceder, mientras que lo mágico siempre tiene una base de mentira, como los trucos de los magos”. Así pensaba el abuelo, basando su razonamiento en la educación que recibió de sus padres, muy distinta de la que su hijo dio a su nieto. A pesar de haber sido educado bajo la norma del escepticismo, el nieto había decidido –como ya hemos dicho- olvidar los fundamentos de la razón y la lógica. No le interesaban los dogmas ni la incredulidad. Quería, simplemente, soñar.
“Dígale al niño que puede dejar de buscar. Ese árbol ya no existe, lo talaron hace poco porque había comenzado a amenazar a la iglesia. El párroco no se lo pensó dos veces cuando algunas grietas comenzaron a salir en las paredes”.
Aquel señor que se paró junto al banco y el abuelo que le escuchó, pertenecían al mundo de lo terrenal, de los que habían decidido despreciar cualquier indicio mágico. El niño no quiso escuchar la realidad. Se inventó entonces la historia del olmo desprovisto de raíces que decidió escapar volando.           

2 comentarios:

Meme 21 de agosto de 2012, 13:56  

Ay Javi, a ver si nos vemos... :) Tú nunca dejarás de soñar!

nosoydali 24 de agosto de 2012, 7:48  

¡Hola Carmenchu! Llevo desde el 30 de julio en Ayllon por una beca que me concedieron de pintura, pero volveré en septiembre a Madrid y ya podremos vernos. Volvemos a representar "La vida es sueño" así que ya te avisaré si te apetece. Será en la RESAD a finales del mes de septiembre. ¡Un besote, majísima!

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