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CHARLAS DE CAFÉ

>> domingo, 9 de septiembre de 2012


1. EL CHISTE

- ¿Conocéis el chiste del columpio?
- ¿Qué chiste? ¿De qué hablas?
- Es muy sencillo… Resulta que un hombre, a las cuatro de la mañana, se va a meter en la cama. Se desnuda, se mete dentro y, de pronto, oye una voz desde la calle que grita: “¡Que alguien me empuje, que alguien me empuje!”
- ¿Y?
- Bueno, entonces el hombre, como es natural, se asusta.
- ¡Ah, ya entiendo! Lo del columpio tiene que ver con el hombre que grita… Grita porque quiere que le empuje el otro, el que está en la cama, porque no puede hacer que funcione el columpio… Porque tiene los pies cortos y no le llegan al suelo… o porque no sabe impulsarse por sí solo y necesita de otro.
- Lo has contado mal. No tenías que haber mencionado la palabra “columpio” antes de contar el chiste. Así ya no tiene gracia, ya no hay suspense, se sabe por qué alguien grita “¡que alguien me empuje!”
- Es un chiste absurdo… ¿Qué hace un hombre en un columpio a las cuatro de la mañana?
- Era un niño, no un hombre…
- ¡Pues con más razón! ¿Qué hace un niño a las cuatro de la mañana esperando a ser empujado en un columpio?
- ¿Y qué chiste no es absurdo?
- Yo diría más bien que tiene cierto tono de intriga… de suspense… un hombre acostándose desnudo a las cuatro de la mañana… alguien que grita desde la calle “¡que alguien me empujeee!”
- Me recuerda, de hecho, al chiste ese del hombre al que se le para su coche ante un manicomio…
- ¡Ya estamos contando chistes políticamente incorrectos!
- Es que yo creo que todos los chistes siempre se meten con alguien…
- Todos no… están los chistes blancos…
- Sí, esos tan inocentes que solo te hacían gracia de pequeño… ¡Eso ni son chistes ni nada!
- Además, en los de los manicomios, los locos siempre acaban dando lecciones a los cuerdos… Son los más listos de todos…
- Bueno, ahora ya fuera de bromas… Cuéntanos a Rodrigo y a mí el motivo por el que nos has sacado de la cama a estas horas y nos has citado aquí…
- … Para contaros el chiste del columpio…
- Alberto, chico… ¿Tú estás bien de la cabeza?
- ¡A ver si te vamos a tener que hacer un chiste!
- ¡El chiste sois ahora mismo vosotros!  ¿No os hace gracia?
- ¿Y el negocio que te traías entre manos?
- ¡Era una excusa para citaros aquí y reírme en vuestras caras!
- Oye, esto no tiene ninguna gracia Alberto…
- ¿Cómo que no? Miradme cómo me río: ¡Jaaaa jaaa!
- Es por lo de que tu mujer ¿no?
- Sí…
- ¿Te lo ha confesado?
- ¿Por qué me habéis hecho esto a mí?
- Tu mujer se merecía algo mejor que un tipo que se dedica a contar chistes malos sin saber contarlos a horas que no son de recibo…
- … No te aguantaba, vamos…
- Ya no estaba contigo. Era libre.
- ¿Y vosotros os hacéis llamar amigos?
- Lo que me sorprende es tu infantilidad… ¿Esta ha sido tu manera de vengarte de nosotros?
- ¡Nos das asco! Además, copiar las estratagemas de tu mujer…
- ¿Cómo que “copiar las estratagemas de mi mujer”?
- Si… La primera vez que se acostó con Rodrigo, me pidió a mí (que ya me había acostado con ella) que te sacase de casa con la excusa de contarte chistes…
- No nos irás a negar que ya no te acuerdas de la noche de los chistes…
- Luego, cuando empezasteis con ella todavía vivía conmigo… Luego, ella todavía no estaba libre…
- Alberto, hijo, que hablas de tu mujer como si fuera un taxi… Ya solo te ha faltado decir que llevaba la luz verde puesta…
- ¡La luz roja si que os la ponía a vosotros!
- Alberto, ¿sabes el chiste de dos asesinos a sueldo que vienen a matar a un amigo que les ha citado en un bar…?
- No sigas, no sigas, creo que me lo sé… Creo que termina matándoles él a ellos…
- No si lo podemos evitar… Nosotros somos muy buenos inventando chistes sobre la marcha…
- Pero lo de que se acuestan con su mujer… ¿no os parece políticamente incorrecto?
- Que va, hombre, es un acto de justicia… Como lo de los locos, que al final son más listos que los que parecen cuerdos…


  1. EL ARTISTA INCOMPRENDIDO

-         ¿Qué fue lo que te motivó a hacer esto?
-         Fue un acto de rebeldía… Necesitaba hacerme valer…
-         ¿Por qué lo publicaste?
-         Porque sabía que por fin había hecho algo universal…
-         No me parecen suficientes razones. Me debes una explicación.
-         ¡Ya lo sé… Estoy tratando de dártela!
-         Me la estás dando porque te la he sacado con tenazas…
-         ¡Bueno, ya está bien! ¡Un poco de humanidad, por favor!
-         A ver. Sigue…
-         ¿Recuerdas todos aquellos cuadernos de dibujo, aquellos cuadros?
-         Sí. Es algo que has venido haciendo hasta ahora.
-         Tú lo has dicho. He roro con todo eso. Ahora escribiré.
-         ¿Cómo dices?
-         Sí. He comprendido que ese no era mi camino, que yo iba por las letras…
-         ¿Quién te ha metido semejante idea en la cabeza?
-         El haber estado años y años tratando de explicar mi obra, mi universo, sin que nadie lo entendiese…
-         Pero la gente te ha comprado tus cosas… A la gente le has interesado.
-         ¿A quién le he interesado? ¿Al mercado?
-         No te pongas ahora políticamente reivindicativo…
-         La gente compra lo que otra gente les dice. El arte, y esto me lo dijo alguien a quien aprecio, debe merecerse. Ya me he cansado de entregar mi trabajo a personas que no lo saben valorar. Que solo lo quieren para almacenarlo en habitaciones, esperando a que suba de valor para deshacerse de ello. ¡Se acabó! Pero si solo fuera eso… La gente no sabía lo que yo pintaba, no lo entendía. La gente pensaba que yo era pintor abstracto, pero nada más lejos de la realidad… Yo soy figurativo, pero nadie entiende qué estoy representando. Y esa es mi auténtica frustración. No hacerme entender. ¿Sabes cuándo lo descubrí?
-         ¿Cuándo?
-         Después del accidente. Después de perder la movilidad en el brazo derecho. Cuando me empeñé en seguir trabajando pero con la otra mano. Con la zurda. ¡Habiendo siendo diestro toda la vida! Te va a parecer una broma, pero las cosas que pintaba y dibujaba con la mano izquierda acababan siendo iguales que las realizadas con la derecha. Es decir, que descubrí que en realidad no sabía pintar ni dibujar. Pero no porque no supiera volcar mi mundo imaginario a través de mi mano en el papel. Todos sabemos que la mano va por un lado y el cerebro por otro. No era eso, como te digo. Era que había descubierto que era una persona inútil para toda tarea artística. 
-         Y fue entonces cuando escribiste ese bello poema para mí…
-         Sí…
-         Ese bello poema que nunca debiste publicar. Ese bello poema que nunca debió de figurar en ningún libro. Ese poema que tenía que haberse quedado en la hoja de papel que me diste. Ese poema que yo nunca supe que habías escrito por duplicado. Nuestra intimidad la vendiste y no hay más que hablar.

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