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LA CASA DEL LOCO

>> sábado, 8 de septiembre de 2012


Todavía no había caído la última luz de la tarde cuando dos siluetas aparecieron sobre el fondo crepuscular. Aquellos cuerpos negruzcos apenas se detuvieron a contemplar el paisaje que se encontraban atravesando. Todo un espectáculo desperdiciado por cuatro ojos ingratos. Aquel panorama bien podría resumir el sentido de las palabras “silencio”, “soledad” o “vacío”. Un pueblo convertido en escombros. La mitad de las casas, todas construidas en pizarra, venidas abajo. Toda aquella destrucción acometida por el tiempo parecía marcar un camino claro para los forasteros. Montañas de fachadas hechas pedazos conducían claramente hacia la única casa que todavía se mantenía en pie en aquel lugar. Una casa que parecía haber sido construida con material de otras. Su eclecticismo desconcertaba al primer vistazo, pero si la labor de observación continuaba podían advertirse signos todavía más aturdidores dentro de su elaboración. Entre los bloques de piedra, curiosamente amarillos a diferencia de la gama cromática oscura de las otras edificaciones, podían encontrarse pequeños relieves ciertamente perturbadores: el dibujo de una mano ejecutado con un increíble hiperrealismo, el rostro de una mujer boca abajo, una serpiente enroscada formando un círculo infinito…
Cuando los detectives llegaron al lugar en cuestión que aquí se describe, se detuvieron por unos instantes como si tratasen con ello de elaborar un plan estratégico de entrada en la casa.
-         Los datos de la descripción coinciden… Tiene que ser aquí.
-         Cosa de brujas…
-         ¿Cómo dices?
Al parecer, por primera vez uno de ellos se había percatado de algo concreto. Habían ido allí a tiro fijo, como guiados por una suerte de mano mágica invisible que les impedía concretar los detalles de todo cuanto les rodeaba. Una mano presurosa, que podía amenazar con desaparecer en caso de aminorar la marcha de quienes la seguían ciegamente.
Ahora, habiendo llegado al punto final, podían mirar y ver. Las dos cosas. Observar, como buenos investigadores que eran. Fue curiosamente la peculiaridad de esta casa lo que les hizo volver a poner los pies sobre la tierra, ser conscientes del resto del pueblo.
-         La guerra…
-         No. El tiempo y el éxodo.
-         ¿Cuánta gente pudo vivir aquí?
-         A lo mejor todavía prevalecen sus olores… Eso de allí debió de ser una cuadra… ¿No hueles a caballo?
-         ¡No digas tonterías! Eso es cosa de la poética, que te tiene trastornado…
-         ¿Y estos graffitis? ¡Aquí hay cosas escritas en la piedra! ¿Lo ves? Junto a los relieves… Aquí, a la derecha de la mano… Creo que puedo leerlo.
-         ¿Qué dice?
-         No sé… ¡Esto es cosa de brujas!
-         ¡Déjate de tonterías!
-         No, no… De tonterías nada… ¿Y si lo son, qué pasa? No está mal soñar de vez en cuando. En esta casa pudieron practicarse ritos de brujería. Las marcas no dejan duda…
Pero todavía no lo habían visto todo. A la derecha había una puerta de doble hoja. Al encontrarse medio abierta, cualquiera podía asomarse y contemplar lo que aquella casa escondía (en parte) y que no era otra cosa que un taller de artesanía.
Los detectives, por fin, dieron con esta zona de entrada.
-         ¿Has visto?
-         ¡Esculturas!
-         … Está todo manga por hombro.
-         ¿Pero este hombre seguro que vive aquí?
-         Este hombre TIENE que vivir aquí. ¿No lo entiendes?
Consiguieron entrar fácilmente. Desde fuera se podía quitar el seguro de la hoja inferior de la puerta.
La repentina oscuridad les cegó por unos momentos. El polvo dorado que entraba desde fuera marcaba sendas escondidas en el aire. La luminosidad detectaba la suciedad enmarcándola, señalándola sin piedad.
Aquellas esculturas recordaban en estilo a las ejecutadas en los bloques de piedra de la fachada. Los seres inventados que pujaban por volverse tridimensionales parecían salir de los bloques de madera y piedra ajustándose a su formato. Eran como tótems de tan rectangulares que eran. Siempre estrechos y estirados, como deseando escapar hacia arriba.
Mesas de herramientas mostraban los bisturís que habían logrado aquellas artísticas cirugías.
Los dos detectives siguieron su camino sin detenerse excesivamente en toda aquella parafernalia delirante. Al fondo se adivinaba lo que parecía un dormitorio. Llegaron hasta allí y miraron a través de la puerta. En el interior había dos hombres: el primero se encontraba tumbado sobre una cama mientras que el segundo, sentado en un extremo del colchón, tenía sus dos manas colocadas sobre el otro cuerpo, sin tocarlo. Ambos tenían los ojos cerrados.
Uno de los detectives interrumpió:
-         ¿Alguno de ustedes es Olivero Gandaria?
Ninguno de los dos hombres contestó. Tuvieron que esperar los detectives a que aquel silencio fuese interrumpido voluntariamente por uno de aquellos extraños personajes. El primero en moverse (y casi en volver a respirar) fue el hombre de las manos tendidas. Después, el otro se incorporó de la cama y abrió los ojos.
-         ¿Qué desean?- dijo el hombre de las manos tendidas (que ya las había bajado). Los ojos permanecieron cerrados un tiempo más.
-         ¿Es usted Oliverio Gandaria?- volvió a repetir uno de los detectives. El hombre que había estado en la cama esperaba ahora pacientemente a que le dejasen salir de la habitación.
-         En efecto. Ese es mi nombre. Dejen marchar a mi amigo…
El otro detective le abrió la puerta al hombre que esperaba a salir. Ahora que se habían quedado los tres a solas, los detectives pudieron comenzar a formular preguntas más personales a Oliverio.
-         Usted estuvo recluido en el centro psiquiátrico “Los abedules” ¿no es cierto?
-         Sí, estuve allí hasta que, por orden del gobierno, quedó desmantelado.
-         Por entonces ustedes tuvieron potestad para ir adonde quisieran y rehacer sus vidas…
-         Eso es…
-         … Una libertad un tanto incomprensible ¿no cree?- aventuró el otro detective, que por fin intervenía en el interrogatorio.
-         ¿A qué se refiere?- preguntó Oliverio.
-         Darle libertad a un loco… Otorgarle el beneficio de la responsabilidad.
-         Bueno, yo no lo pedí.
Los dos detectives no salían de su asombro. Por lo visto, aquel “loco” parecía más cuerdo de lo que se habían pensado.
-         ¿Cómo llegó aquí?
-         Tallando.
-         ¿Tallando?
-         Sí, tallando esculturas. Al principio no era más que un entretenimiento para salir del paso. Pero luego aquellas gentes que me daban de comer acabando por tomarme cariño y me “apadrinaron”.
-         ¿Qué gentes?
-         Las de este pueblo…
-         Pero usted es consciente de que aquí ya no vive nadie…
La locura parecía comenzar a hacerse visible, pensaron los detectives.
-         … ¿Cómo que no? ¿Y esa persona que acaban ustedes de ver salir por aquella puerta?
-         Oliverio… Las casas están derrumbadas.
-         ¿No me diga?- dijo Oliverio con ironía.
-         ¿Dónde está entonces toda esa gente de la que usted habla?
-         Sabían que ustedes iban a venir y se marcharon de aquí. Destruyeron sus propiedades para irse a vivir al bosque…
-         ¿Y ese hombre con el que estaba usted?
-         Se encontraba mal, muy mal. Ahora he conseguido regenerar su energía, devolverle la salud.
-         ¿Usted le ha curado posando sus manos sobre su cuerpo?
-         En efecto. Sé de lo que hablo. Medicina natural oriental, señores…
-         … ¿Por qué se han ido al bosque?
-         Ustedes limítense a hacerme preguntas sobre mí mismo, dejen a los demás en paz. – Oliverio parecía enfadado.
-         Entonces imaginamos que no le importará que le preguntemos por su salud mental.
-         Ya ven. Me encuentro perfectamente. Tan bien como la gente que ha vivido conmigo aquí. Cuando ustedes terminen conmigo, me dejarán ir con ellos al bosque ¿verdad?
Habían venido a llevárselo. Uno a uno, habían logrado localizar a todos los antiguos pacientes de los distintos sanatorios del país. ¿Qué había ocurrido? Simplemente, que aquel hombre había recuperado la cordura. ¿Y por qué no podría suceder?   

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