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“¡VIVAN LOS NOVIOS!” DE LUIS GARCÍA BERLANGA

>> sábado, 22 de septiembre de 2012





En muchas ocasiones, las películas luchan por sobrevivir al paso del tiempo. Precisamente por ser reflejo, testimonio de una época, corren el riesgo de caer en el olvido al ir desapareciendo el público para el que fueron creadas. Durante el tiempo en el que ejercieron de contemporáneas, disfrutaron de un frescor que, con el paso de los años, se ha ido amarilleando.
En el caso de “¡Vivan los novios!” hay elementos con los que nuevo público  sigue identificándose y otros que se han ido diluyendo y que ya no se reconocen como presentes dentro de la sociedad actual.
Por otro lado, somos hijos de una Historia (con hache mayúscula) que debemos conocer para saber de dónde procedemos. De no ser por ello, la amnesia general no nos permitiría construir un futuro, paradójicamente.
“¡Vivan los novios!” se rodó en 1970, cinco años antes del final de una época que había durado cuarenta años en España, y cinco años antes del inicio de una nueva etapa para el país. Este momento “bisagra” entre un pasado y un futuro (un futuro ya pasado), en este cisma, iba contenido también el final de una forma de ver el mundo, de una forma de ver la vida. Se conservarían unas cosas, se perderían otras y se adoptarían elementos nuevos dentro de dicha idiosincrasia española.
Decía Jardiel Poncela que en Hollywood lo mismo podían verse las estrellas estándose tumbado sobre la arena que se podía estar tumbado sobre las estrellas mirando la arena.
En Sitges, durante el rodaje de “¡Vivan los novios!”, debió de resultar curioso ver toda una representación de “estrellas” españolas desfilar en cortejo fúnebre y vestidos de etiqueta mientras los habitantes “hippies” que habían invadido la costa por entonces (y que parecían mayor número que los habitantes autóctonos, o sea, catalanes) ejercían de público, todos ellos luciendo sus pieles extranjeras en bañador. Se trata de la escena final del film y en ella se encuentra condensada la crítica política de la película. Berlanga, una de las tres “B” del cine crítico español (junto a  Buñuel y a su amigo Bardem) escribió junto a Azcona, su fiel Diamond ibérico, el argumento de esta película. Para Berlanga representaba el inicio de una nueva etapa en su carrera cinematográfica tras éxitos tan sonoros como “Bienvenido Mister Marshall”, “El verdugo” o “Calabuch”. El film fue rodado en color y representa junto con su cinta anterior “La boutique” (o “Las pirañas”) el inicio de su cine de “transición”. La representación de una España que acababa y otra que se llevaba anhelando hace mucho tiempo. Una España que había quedado anticuada debido a una férrea moral que impedía progresar en muchos aspectos. Los “hippies”, en este sentido, representaban las ansias de liberación de los españoles (los “hippies”, que también han quedado como figuras prehistóricas).
“¡Vivan los novios!” es la historia de una pareja de burgaleses (Laly Soldevilla y José Luis López Vázquez) que llega a Sitges para contraer matrimonio. Hay además otras personas: la madre del novio, los dos hermanos de la novia (José María Prada y Manuel Alexandre).
Leo, que así se llama el protagonista, decide correrse una noche de juerga antes de casarse. Por ello, en cuanto puede, se desembaraza de la madre y de la futura mujer (figuras que representan las trabas de su libertad), a las que deja en la pensión en la que se encuentran hospedados, y sale a la calle dispuesto a todo. En su aventura encuentra personajes de lo más exóticos para él: féminas “guiris” que se besan entre ellas y un hombre de raza negra transformista al que confunde verdaderamente con una mujer. Todas estas “novedades” acaban por hacerle desistir de sus patéticos intentos de conquista anquilosados en una rancia tradición española (que tanto nos recuerda, por cierto, a tantas películas de Mariano Ozores tan exitosas en la época).
Leo, al día siguiente, retorna con el rabo entre las piernas y le cuenta lo sucedido a su futura mujer en un acto de increíble sinceridad. Sinceridad que, como es de esperar, no termina de entender la mujer. Cuando va a ver a su madre, descubre que ha muerto ahogada en la piscina en la que dejó la noche anterior. Tratando de evitar que este suceso entorpezca la boda, su mujer y su cuñado tratan de esconder el cadáver.  Leo ya no sabe dónde se encuentra y qué esta haciendo con su vida, y solo tiene ojos para todos esos bañadores que lucen chicas francesas y americanas. Con ello trata de olvidar el futuro de luto (físico y espiritual) que le espera.
Como buen film de Berlanga, no faltan los peculiares personajes secundarios, algunos de ellos ya citados: por ejemplo, uno de los hermanos de la novia, que padece de amnesia, el cura interpretado por Luis Ciges o el jefe del banco en el que trabaja Leo.
La banda sonora de Antonio Pérez Olea (“La tía Tula”), fusiona inteligentemente las diversas situaciones que curiosamente se contraponen durante el film. Sirva, como ejemplo, el momento en el que Leo conoce a una de las hippies dentro de la iglesia, mientras espera confesión. El sonido del órgano acaba cambiando su melodía para narrarnos esta situación de enamoramiento de Leo. Podría definirse como “música-sensual-religiosa”, si esto fuese posible.
La película, dentro de ese humor negro al que nos tuvo acostumbrados Azcona y Berlanga, podría definirse con una frase de su propio director:  “Dije que la vida era una broma, no que la broma tuviera gracia”.


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