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DESPERTAR

>> domingo, 28 de octubre de 2012


Dos montañas blancas
pesan sobre mis ojos
y no me permiten abrirlos
(aunque estaría mejor dicho
que son los párpados,
y no ojos, los que
no pueden abrirse)

Hay en la habitación un violín.
Temiendo hacerse daño dentro,
ha escapado de su funda hostil.
Ahora está fuera,  y de polvo lleno.

El silencio
se ha vuelto necio.

¡Habrá que despertarlo
de su letargo!

Ciego, todavía, me levanto
(me salvan los ojos del tacto)
y voy moviendo clavijas
obligándolas a no estar fijas
para despertar, por fin
al prematuramente envejecido violín.

La habitación, que fue negra,
poco a poco torna en otros colores,
y en mis ojos ya no pesan montes.
Están abiertos, del sueño despiertan.  

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SUJETO


Cada vez, su diminuto cuerpo se hace más pesado.
Apenas puede moverse, ir de aquí a allá fácilmente.
Toda embutida en un sobrio negro.
En sus cortos paseos por el estrecho y breve pasillo
(ese espacio que conforma la totalidad de su casa)
ella se siente agobiada, como en una inmensa mansión…
Y su costosa respiración hace que su cuerpo,
ese edificio descascarillado, sea en realidad la casa pequeña.

¿Por qué sufre la vieja dama?
Cree sentirse atenazada por un dolor físico.
Algo crece obstinado en su espalda.
Apenas puede acarrearlo, cada vez le cuesta más.
De aquí para allá, un pesado fardo que transportar.
Este cansancio la hace, con frecuencia, llorar.
¡Hay que ser fuerte y sobreponerse!
Más, a sus años, ¿quién puede exigirla todavía más?

Ella desea que se hable de su historia prosaicamente…
Los mejores poemas son los traducidos del original.
Los que no poseen ninguna rima, pero entendemos.
Un romántico alemán castellanizado bien podría servir
para un lieder de tristeza ¡para un corazón henchido que tiembla!
“¿Cuánto más podré resistir, cuánto más lo podré cargar?”
La espalda, eso que nunca se podrá mirar, se encuentra cargando con algo…
Ese peso supera al suyo propio, al peso de ella, al de la transportadora.

Un día, quiso saber qué es lo que llevaba sujeto.
Un día, giró sobre sí misma mirando hacia dentro
y, entonces, le descubrió a él… al sujeto sujeto…
¡Todavía seguía allí, Dios mío!
Pero él no dijo nada, porque los recuerdos no hablan…
Porque los recuerdos solo entablan una conversación,
y esa es la más silenciosa de todas, hecha de imágenes,
ecos, música… y energías que fueron, y ahora lucen enfriadas.

Ella le mira, pero él no puede verla.
Él tiene la cabeza escondida contra la espalda.
Sus brazos se enroscan, como lazo, al cuello
y ha perdido los zapatos. Sus pies, desnudos, cuelgan.
Ella lo lleva a la cama, apaga la luz y, despierta,
escucha su respiración de hombre dormido.
“¿Cuándo podré yo también cerrar los ojos?”
en medio de la oscuridad, tumbada, se pregunta.

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Teresa Berganza, "Cantares" (de "poema en forma de canciones" de Turina)

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Parecidos asombros: Buero Vallejo y Bertolt Brecht (época de guerra, época de literatura)

>> sábado, 27 de octubre de 2012

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EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (SUNSET BOULEVARD)


La gran Gloria Desmond descendiendo por las escaleras de su palacete

El otro día tuve una pesadilla que no terminó de resultarme desagradable. Era una pesadilla con un cierto aroma estético que podía saborearse, disfrutarse. En ella aparecía una mujer histriónica a la que en un principio confundí con la Aurora Bautista de “locura de Amor”. Luego descubrí que se trataba de la Swanson de “El crepúsculo de los dioses”. Este fue sin duda, su mejor papel, el más recordado más allá de todas sus grandes glorias de la época muda. Aquella época que tantos grandes astros defendieron a capa y espada criticando el cine en su modernidad (la modernidad de por aquel entonces, hoy también caduca como la otra). Y es que hay personas y personajes (caras y caretas) que se quedan ateridos al alma para no marcharse jamás. Estos personajes, ficticios, suelen ser en su mayoría agradables al recuerdo. Durante mi infancia, sin embargo, algunos de estos me causaron verdaderos traumas (y este de la Swanson, de haberlo visto también de niño, también me habría asustado). Pongamos el Boris Karloff de Frankenstein, el Norman Bates de Psicosis y otros tantos para los cuales la rememoración resultaba peligrosa. La Swanson sin duda deseó quedarse grabada en la retina del espectador, pero creo que nunca imaginó que sería recordada por este film de Billy Wilder. Un film en el que prima más el interés por las historias reales que existen dentro del mismo, que la propia valoración como película (sin duda, no es de las mejores de Wilder). “Sunset Boulevard” es, en definitiva, una mirada hacia ese cine perdido que tantos traumas causó para quienes habitaron en él. Una película sobre la decadencia, de la cual siempre se podía extraer una buena novela negra (y, para esto, Wilder tuvo muy buen ojo). La dorada época de los veinte, cuando todo podía expresarse mediante la interpretación gestual, esa que acabó convirtiendo al personaje de Swanson en ese monstruo tan atractivo para un film de suspense. Esa época en la que los actores acababan convirtiéndose en personajes reales. Algunos de ellos, como Bela Lugosi (que ordenó ser enterrado con su capa de Drácula), acabaron muriendo creyéndose más seres ficticios que verdaderos, y sobre otros incluso se especuló (recordemos la otra historia vampírica de Max Shreck, al que se le atribuía ser un chupa sangre realmente). Pero no hace falta irse al género de terror. El mismo Erich Von Stronheim, otro de los actores de “El crepúsculo de los dioses”, jugaba a disfrazarse de oficial alemán y adoptar dotes aristocráticas dentro y fuera del celuloide. Tanto Stronheim como Swanson encarnan sus propias historias reales revestidas de nombres falsos. El único que figura con su nombre original es Cecil B. Demille. Su Cameo bien vale su auténtico nombre, ya que es de los pocos que no sale mal parado en el film. Salvo algunos como él, que supieron adaptarse a los nuevos tiempos, toda una generación fue barrida del mapa con el advenimiento de un cine sonoro lleno de diálogos. Todos aquellos nombres que figuraban en la primera página de las revistas cinematográficas, fueron poco a poco cediendo el puesto a esa sangre nueva con bonitas voces y renovados conceptos del séptimo arte.

Stronheim, recuperando su antiguo oficio de cineasta, a su pesar

“Sunset Boulevard” es toda una crónica a ese “paraíso perdido”, un guiño o un recuerdo, por así decirlo. Y, qué duda cabe, que la integración de personajes reales dentro de la trama aumentó todavía más ese morbo tan atractivo a la hora de centrar la atención en una historia que se nos ofrece. Pero también este film es una ruptura con todo ese mundo legendario y mítico, una desacralización de todo aquello utilizando su cara más amarga como herramienta más contundente. Otra de las herramientas, sin duda, es la ironía, como forma de quitar hierro al asunto.
Una época en la que los cines se erigían como auténticas iglesias profanas donde se efectuaban ritos diarios por parte de masas enfervorecidas que iban en pos de nuevos dioses. Dioses que, en algunos casos y por causas ajenas a sus propias intenciones, supieron retirarse a tiempo. Estoy pensando, por ejemplo, en el fin de uno de los grandes mitos: Rodolfo Valentino. Con él murieron, de la misma forma que él (esto es, muerte física y no simbólica) un nutrido grupo de féminas fans que supieron llevarlo, como antes he dicho, más allá de la pantalla y volverlo de carne y hueso. Creyeron en un Valentino real, gran error. Pero otras grandes figuras, como “la” Garbo, no necesitaron la muerte natural para desaparecer de las carteleras, sabiamente.
Una época en la que las salas de proyecciones se disfrazaban de arte barroco para no quedar en desigualdad respecto de ese gran espectáculo que proyectaban.
Una época de lujos, desenfreno y frivolidad. La fama hacía derrochar el dinero a manos llenas porque se pensaba que aquello iba a durar eternamente. Pero no hay mal que cien años dure (y en cuanto al bien, bien se sabe que dura muchísimo menos). Y todas aquellas mansiones lujosas, todo ese tren de vida, acabó por acabar con quienes hicieron uso de él tan inconscientemente. He aquí la gran historia. Y ese cambio de status y ese olvido, provocaron en muchas de las víctimas profundas crisis, incluso de identidad.
Norma Desmond (Gloria Swanson para los amigos) se enamora de Joe Gillis, un joven guionista. Más que enamorarse, se encapricha de él, encuentra en su persona una forma de prolongar su juventud y su gloria. Lo secuestra porque cree que él la relanzará como persona y actriz. Tras tres maridos frustrados, debió de decir: “Si no ha podido ser a la tercera, a la cuarta irá la vencida”. ¿Los otros tres dejaron huella en ella? (uno de ellos realmente no se despegó de ella nunca). Al parecer, no, aunque como he dicho al comienzo de este artículo, hay personas que nunca nos abandonan, se quedan en nosotros como cicatrices aunque nos duela recordarlas. ¿Cómo encontrar el láser que las destruya? Para Max (el que no se despegó de ella, de Norma Desmond), esta cicatriz-actriz-mujer debió de ser muy profunda en su alma. Max la continuó amando, tanto sentimental como profesionalmente. Creía en ella como actriz. La quería por encima de todo y deseaba verla feliz, aunque tuviera que obligarla a vivir entre mentiras con olor rancio a pasado. Desmond estaba tocada, tocada psicológicamente, y el jovencito Gillis le vino como anillo al dedo para tratar de llevar a cabo una terapia médica placentera. Max no representaba nada para La señora Desmond, cruel realidad que nos activa todos los sensores emotivos. Gillis, si cabe más frívolo que la Desmond, acepta su juego y se mete en una buena. Esto es “El crepúsculo de los Dioses” más allá de toda evocación histórica a un cine muerto hace veinte años (veinte años en la época en que se hizo al película, se entiende- años 50).
Wilder demuestra, por otro lado, que es capaz de moverse en todo tipo de registros. Por otro lado, se nota que todavía andaba buscando el registro definitivo, ese que ya nunca abandonaría. Esto puede explicar, en cierto sentido, la heterogeneidad del film, incluyendo escenas tan extrañas e interesantes como aquella tan disparatada del entierro del mono, o la ocurrencia de utilizar la voz en off de un cadáver… y, por supuesto, la secuencia final y apoteósica de la “Salomé” improvisada de la Desmond, tan impresionante.
Por eso, “Sunset Boulevard” es un buen testimonio en todos los sentidos. Testimonio de un cine desaparecido y de un Wilder que todavía andaba formándose, gestándose. Y solo por eso, merece tener pesadillas con este film.

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UN PRIMER ACERCAMIENTO AL OFICIO DE GUIONISTA

>> viernes, 26 de octubre de 2012

  
¿Qué es lo que mueve a un estudiante para decidirse a cursar estudios en guión? Quizá está pregunta debería de ir acompañada de una segunda que dijese así: ¿Qué es lo que mueve a una persona a escribir?
Ser guionista es ser escritor, creer en la escritura como catapulta de otra serie de cosas no menos importantes. Y trabajar en la escritura es trabajar. Trabajar constantemente por el dominio del lenguaje. Quien es escritor tiene cosas que contar. El guionista, ya sea de ficción o de no ficción, cree en la palabra como medio de expresión. Y, en la mayoría de los casos, quien escribe confía en que aquello que va a contar puede ser interesante para los demás. Puede, en definitiva, aportar algo.
¿Qué es lo que sucede para que ante algo tan conciso surjan tantas preguntas? Pues muy sencillo: que a veces, muchas veces, ese escritor sufre de flaqueza o de humildad. A veces duda de ser capaz de llevar a cabo su cometido. A veces cree que lo que hace no es tan bueno o no merece estar ahí, donde otras cosas están.
El escritor sufre su propia exigencia y se martiriza rechazando cosas que en su momento (cuando las escribió) consideró buenas, y ahora no le parecen tan interesantes o dignas de existencia.
Nadie nace escribiendo, ni nadie aprende de otros su forma de escribir. Es verdad que puede tomar ideas, inspirarse de escritores que considere buenos, interesantes. Pero él mismo se forja como plumífero. Él mismo se conforma su personalidad en el lenguaje. A pesar de todo esto, necesita canalizar esta faceta autodidacta, conformarla con unas reglas de estructuración básicas. Y es aquí donde considera necesario el aprendizaje externo, el adquirir una serie de normas que le ayudan a realizar más correctamente su trabajo. Y es aquí donde decide aprender a ser escritor… y guionista.
¿Y por qué guionista? ¿Qué le aporta el lenguaje audiovisual? Esto es importante. ¿Qué nos ofrece una película que no nos puede ofrecer un libro? Para ser exactos, ¿qué nos ofrece un relato en pantalla grande? Sin duda, nos exige de mayor atención y nos ofrece una imagen concisa y perfilada que en el caso de un libro se nos queda más abierta. El libro sugiere un relato en nuestra cabeza. Nosotros lo conformamos a nuestro gusto. En cambio, en el cine, la información es la que es y no hay posibilidad de interpretaciones. Con un libro, podemos volver atrás si de algo no nos hemos enterado (o, porque simplemente queremos volver a deleitarnos con un pasaje). En el cine, no hay posibilidad de retroceso. Es siempre un camino hacia delante. Sin duda, con el advenimiento del cine en casa, del VHS o del DVD, sí podemos “rebobinar”. Mas, a mi juicio, esto no termina de ser todo cine. El cine es ya de por sí un rito. Es ir a un lugar concreto donde va mucha más gente con la que se va a tener que convivir durante una hora y media o más, en absoluto silencio y en una casi total oscuridad. El cine es algo más que ver un relato.
Para un guionista, resulta todo un reto conformar imágenes mediante la palabra, imágenes que se van a tener que especificar concretamente después de la escritura. Ser guionista supone una gran responsabilidad. Quien escribe sabe que su relato no va a morir en el propio texto. Un guión ha de materializarse en una película, de lo contrario pierde su sentido. Todavía el guión no se ha aceptado como género literario.
El escritor de guiones debe de ser consciente de la precisión que precisa su escritura. En el guión no cabe la literatura de un libro. Uno no puede extenderse en adornos. Debe de ir al grano. Ser parco en palabras, ser un admirador de los puntos y un detractor de las comas.
En el poco tiempo que llevo como alumno de clases de guión, todas estas cosas se han perfilado en mi cabeza como claras gracias a la tarea de mis profesores, que han insistido en ellas con la persistencia de quien sabe lo que dice, y de quien sabe que es importante para quienes le escuchan.
Quien quiere aprender a escribir guiones ha de apuntar como lo más urgente en su cuaderno de notas de clase lo siguiente: Un guión es una historia con principio y final, un relato dentro del cuál suceden otra serie de relatos que lo conforman. Algo heterogéneo dentro de algo homogéneo. El mensaje ha de ser claro para distraer lo menos posible al espectador. No distraer, que no entretener, pues resulta imprescindible mantenerle trabando en la historia que está viendo, mantenerle atento, interesado, hipnotizado. El guionista invierte muchas horas de trabajo para obtener como resultado casi dos horas de metraje. Es cierto que la creatividad es muy importante en este oficio. Tener grandes ideas. Ahora, también es cierto que resulta necesario el trabajo constante, la persistencia. El guionista está solo ante su historia, ha de luchar por algo en lo que sólo él cree, y esto es duro. Decía Truffaut que “el cine es un tren que avanza en la noche”. A esta bonita metáfora he de añadir otra aportada por uno de mis profesores: “El guionista es aquel que puede esperar horas interminables hasta que llegue ese tren”. Y no solo esto: “El guionista debe de adentrarse en esa habitación que no conoce y que es su historia. Una habitación a oscuras. Deberá avanzar pegado a las paredes de esa habitación invisible hasta llegar al interruptor. Una vez que lo encienda, comprobará las dimensiones de la habitación y verá si corresponden a las de una habitación pequeñita o a la de un gran almacén”.
El guionista deberá de esperar a que lleguen las grandes ideas, pero mientras tanto no le quedará más remedio que poner codos sobre la mesa trabajando en lo que todavía no ha llegado. Trabajar a diario en la historia para que no muera, sino para que avance, a veces más despacio y a veces más deprisa. “Como en un río en el que la corriente va más acelerada y a veces más lenta, e incluso donde a veces el agua se estanca.”
Aquí cierro el primer capítulo de esta crónica guionística en la escuela. A medida que pasen las semanas, tendré más claro el objetivo que me ha llevado a emprender dicha empresa.

              

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UNE JOURNÉE D'ANDREÏ ARSENEVITCH


En 1999, el canal de televisión “Arte” le ofrece a Chris Marker realizar un capítulo para una serie dedicada a directores de cine de todos los tiempos. Marker elige a Andrei Tarkovski y plantea su narración de una forma muy particular: mostrando imágenes de los últimos momentos del director ruso. Fue al finalizar “Sacrificio” cuando se le detectó el cáncer que acabaría con su vida. Marker parte de imágenes filmadas sobre Tarkovski en tan complicados momentos, a mi juicio, para complicar al espectador emotivamente, cambiando así el rumbo de un documental al uso. El francés no renuncia, por tanto, a su forma personal de narrar hasta en los formatos más aparentemente convencionales. A la par que se nos cuenta este final, aparece una información de índole política que sin duda afecta al propio Tarkovski: La censura ejercida sobre él hasta el final por parte de las autoridades rusas. Una censura que incluso complicó que el propio director pudiera comunicarse físicamente con su familia. Y he aquí donde se resalta una de las facetas que involucran más personalmente a Tarkovski dentro de su cine (si es que no fue todo personal dentro de su trabajo): la apuesta que siempre hizo por los personajes “inocentes”, aquellos seres puros que pueden verse castigados por su forma clarividente de ver el mundo. Quizá con esto Tarkovski buscó desahogar esa rabia por la injusticia social que tanto le afectó a él y a muchas de las personas contemporáneas a él que fueron testigos de un momento terrible de la Historia. Un momento histórico donde todavía había convicción en las ideologías, un momento en el que la forma de ver la vida podía condicionar a quienes defendían unos u otros postulados.
Este tributo que Marker rinde a Tarkovski contiene los puntos más esenciales de su mirada cinematográfica y, por tanto, vital.
Se destaca, por encima de todos, su concepción mística del mundo, reflejada hasta en el más mínimo detalle. Por ejemplo, la posición de la cámara, tantas veces filmando desde arriba a los hombres en la Tierra, al contrario del cine convencional que filma desde la tierra hacia arriba, mostrando escorzos más en contrapicado. Esa Tierra de la que nacen los hombres, ese barro del que proceden (ese material con el que son creados) y al que vuelven al finalizar sus vidas. Ese deber por mostrar los elementos naturales que, junto con la tierra (la lluvia, el aire, el fuego), son creados por Dios.
Otro de los puntos fuertes en la filmografía tarkovskiana son las referencias al mundo del arte, tanto la música como la pintura. Referencias siempre religiosas, aquellas que mejor describen ese sentimiento religioso. Estos elementos conjugados con el propio discurso cinematográfico, pretenden confeccionar una obra de arte total. Esta forma de entender un cosmos no solo estético sino vital define la obra de Tarkovski.
Pero, además de todo esto, es necesario hablar también de su concepción a la hora de enfrentarse al trabajo en sí como artesano. La pulcritud y autoexigencia son también determinantes y empujan al espectador a quedarse maravillado ante cada una de sus imágenes, a casi levitar en el sentido más emocional (como les sucede a algunos de sus personajes) por no decir espiritual.
“Una tournée d´Andreï Arsenevitch” es genuinamente Markeriana por su poética constante y su empleo de asuntos tan frecuentes en la filmografía de su autor. Quien desee conocer a Tarkovski no encontrará una mejor forma de iniciación. Ese mundo tan particular no solo ha influido a los personajes de ficción que se han movido en él, sino que convoca constantemente a sucesivas generaciones de espectadores, las hace partícipes y testigos de él.
Como le dijo el espíritu de Pasternak a tarkovski, según Marker: “Harás solo siete películas, pero siete buenas películas.”
   

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SAÚL BASS. CARTELES DE CINE

>> jueves, 25 de octubre de 2012




El nombre de Saúl Bass se encuentra íntimamente ligado al arte y al cine. Sin él sería muy complicado explicar la renovación que sufrió la industria en lo referente al diseño gráfico (carteles y títulos de crédito).
Saúl Bass sintió desde niño el pálpito creativo. Estudió en el estudio de Artes League en Nueva York y después en el Colegio de Brooklyn. Influido por la Bauhaus (concretamente a la aportación de Moholy-Nagy, pues uno de sus profesores fue alumno del artista alemán), acabó mudándose de Nueva York a Los Ángeles y fue allí donde abrió su propio estudio en 1950, dedicándose a la publicidad.
En 1954, el director de cine Otto Preminger se interesó por él y le propuso diseñar el póster de su película “Carmen Jones”. Sorprendido ante las propuestas de Bass, Preminger le pidió que además colaborara en los títulos de crédito. Se inició aquí, por tanto, su carrera en el séptimo arte. Con Preminger colaboró en posteriores trabajos (“El hombre del brazo de oro”, “Anatomía de un asesinato”) y, poco a poco, otros directores notables fueron contando con él. En el caso de Kubrick, podemos hablar de “Espartaco” o “El resplandor”, con Billy Wilder trabajó en “La Tentación vive arriba” o “Un, dos, tres”. Pero quizá el director que mejor le representó fue Alfred Hitchcock, para el cuál dejó testimonio en “Con la muerte en los talones”, “Vértigo” o “Psicosis” (se llegó, incluso, a hablar de que Bass pudo ser el responsable de la famosa escena de la ducha, a pesar de que Hitchcock nunca lo reconoció).
Saúl Bass era capaz de ilustrar todo tipo de géneros. Su forma de sintetizar los elementos clave de un film (sin, a la vez, evidenciarlos) es ya una marca de la casa que lo define a la perfección. Desde el drama al suspense, pasando por el humor (recordemos los hilarantes títulos de crédito de “la vuelta al mundo en ochenta días” o “El mundo está loco, loco, loco…”), Bass demostró su buen hacer y dejó huella en los futuros creadores.
En la era moderna del cine, trabajó con Spielberg (“la lista de Schindler”) y con Martin Scorsese (“El cabo del miedo”), por el que sentía un gran respeto.            
Desde el 10 de Octubre hasta el 13 de enero, quien lo desee podrá visitar el Círculo de Bellas Artes de Madrid para ver en su “Sala Picasso” una exposición dedicada al maestro Bass. Los fondos han sido cedidos por Gerardo Vera, quien posee una vasta colección de carteles y otros objetos relacionados con el diseñador. La retrospectiva mostrará, además, proyecciones con los títulos de crédito más significativos de la carrera de Bass.






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EL ARTISTA Y LA MODELO

>> miércoles, 24 de octubre de 2012


Tomando como referencia la figura del artista Aristide Maillol, Fernando Trueba regresa a la pantalla para proponernos una película a la antigua usanza.
“El baile de la victoria” o “El embrujo de Shangai” fueron las excepciones entre un grupo de films con los cuales el madrileño trató de buscar fortuna en campos tan distintos como el documental o la animación. Entre sus últimos títulos destacamos “Chico y Rita”, “El milagro de Candeal” o “Calle 54” como exponentes de este idilio del director con los formatos ya mencionados. En cualquier caso, el director nunca renunció al formato de ficción tradicional y siempre supo alternarlo entre sus novedades experimentales. Tal vez “El embrujo de Shangai” representaría una decepción para el público debido a que originalmente la adaptación de la novela de Marsé había recaído en Víctor Erice, de quien se esperaba (y se sigue esperando) desde “El sur” un nuevo largometraje. No obstante, debido a los problemas de tiempo con los que tan mal se ha llevado el vasco a la hora de rodar (un problema verdaderamente grave en cuestiones económicas para toda productora), el proyecto acabó pasando a manos de Trueba, cuya adaptación no acabó cumpliendo con las expectativas generadas.
“El artista y la modelo” es un relato que quizá hayamos podido ver ya en otras películas. No obstante, ello no es inconveniente para valorarlo en cuanto a su calidad. Son dos sus atractivos más importantes: El primero, ser una cinta  producida en colaboración con Francia, lo cual mejora y mucho su calidad respecto a otras propuestas de la raquítica industria cinematográfica española actual (¿y cuando no ha sufrido de depresión nuestro cine?). Es la segunda, el guión, que además de venir firmado por el propio Trueba, cuenta con un nombre bien reconocido dentro de la literatura cinematográfica: Jean-Claude Carrière (asiduo de directores tan importantes como Buñuel). Además, tiene como protagonista a una eminencia del cine francés, Jean Rochefort, que da la talla con más que sobresaliente. Trueba, que no ha podido dejar de contar con nombres fetiches en su filmografía como el de Chus Lampreave (una de nuestras actrices vivas más queridas y que, junto a Luis Ciges, siempre hizo como él de sí misma), nos prepara además otras sorpresas, como la del uso del blanco y negro. Esto no sé si es bueno o malo ni si ha de estar justificado en cine. Con frecuencia se abusa de él aludiendo a que mejora la estética. En el caso de “La artista y la modelo” quizá juegue mejor su papel en relación con la temática que ya es de por sí de intencionalidad artística. Lo peor de todo, a mi juicio, es el uso de cierre de escenas con el recurso tan chapliniano de oscurecer, mediante un círculo cada vez más pequeño, la imagen.
El argumento de la película no es lo suficientemente poderoso como para llenar un largometraje, por lo que puede que la película se nos haga larga excesivamente. Quizá sea una intención por parte del director. Podría definirse del siguiente modo:
Una joven entra a trabajar como modelo en el taller de un escultor. Debido a su provincianismo, en un primer momento desconfía en confiar su desnudez al artista, pero poco a poco va tomando confianza con quien no solo la paga sino quien la va a inmortalizar debido a su fama de reconocido artista. El hombre, ya en el ocaso de la vida, poco a poco va transmitiéndole su concepción del arte y de la belleza a la chica. Nos encontramos en mitad de la Segunda Guerra Mundial (de ahí quizá también la justificación del blanco y negro) y Francia resulta la frontera perfecta para que tanto unos como otros pasen de uno a otro lado por unos u otros motivos bélicos. Un día, un maqui llega al estudio del artista… y qué casualidad, un oficial alemán amigo del escultor también. En este sentido, la vida de Maillol estuvo salpicada de polémica. Se le acusa de haber colaborado con la política de Pétain, el cual apostaba por la amistad con Alemania. Por otro lado, también se habló de su colaboración con algunas personas pertenecientes a la resistencia. Incluso su muerte se achacó a motivos políticos: pudo ser precisamente un maqui quien acabase con su vida.
En el film, todo esto se deja entrever, pero lo que mejor se describe es la concepción pacifista del mundo por parte del artista.
En todo caso, un film agradable y digno de ser visto. Una esperanza al futuro del séptimo arte en España.

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FUE SOLO UN “JUEGO”


Cuando abrió la cajita, su mentalidad había cambiado por completo. Ahora creía en lo que iba hacer, creía en aquel juego. De nada habría servido tomárselo a broma. ¿Habría sido útil en un alquimista trabajar creyéndose incapaz de su tarea para con el oro? No. Pues esto, en parte, era lo mismo.
Cuando sacó de dentro de la cajita aquel artefacto mágico, había olvidado su pasado. Se encontraba deseoso de presente y, sobre todo, de futuro. ¿Qué destino le aguardaría? Pronto lo iba a saber.
En el fondo de la caja, quedaba todavía algo, quizá lo más importante.: un sobrecito blanco que guardaba dentro un disco de cartón. A través de su circularidad rodaban una serie de imágenes en miniatura que el artefacto se encargaría de agrandar y volver reales.
Introdujo el disco en la ranura delantera de aquel artefacto, mitad prismático y mitad linterna mágica, y observó a través de sus lentes sus cinco nuevas propuestas para su vida.
En la primera, se describía una escena encantadora dentro de un salón idéntico al de su casa. En ese salón se encontraba en este momento. ¿Qué es lo que sucedía dentro de la diapositiva? Una muchacha se encontraba sentada en el sofá (el mismo sofá en el que él se encontraba sentado en aquel momento) cogiendo de la mano a un muchacho. La muchacha era su vecina. El muchacho era él. ¡Por fin se confirmaban sus sospechas! Ella se encontraba enamorado de él, había accedido a su “petición de mano”. Ahora, aparecían unidos por sus miembros superiores. Satisfecho de esta primera predicción futura, le dio a la palanca de la maquinita para que la siguiente imagen apareciera. Esta nueva adivinación mostraba un parque que tal vez sería el que había debajo de su casa. Sí, tenía que ser ese parque. En la imagen, él y ella paseaban llevando un cochecito de bebé. ¡Su primer hijo! Qué emocionante… Rápidamente, deseando adelantarse a un nuevo capítulo vital, hizo que la palanca girase el disco con la correspondiente nueva imagen. En esta tercera estampa, aparecía un muchacho discutiendo con su padre. El padre era él, por lo que el muchacho tenía que ser por fuerza su hijo ya crecido. Calculó que tendría menos de veinte años. El muchacho se mostraba violento de carácter y el padre, aparentemente paciente, trataba de calmar las aguas tormentosas de aquella situación. Entonces, se preguntó: ¿Dónde estaba ella? La palanca continuó realizando su trabajo obedientemente y una cuarta escena apareció ante los ojos del espectador. En ella, aparecía un hombre cogido del brazo de una mujer. La mujer era la vecina. El interesado, sintió que había perdido el apetito de juego y bajó la máquina para apoyarla sobre sus piernas.
Quedaba todavía una imagen. ¿Qué podría suceder? Había visto dos escenas positivas para él y otras dos correspondientes que ejercían de contrapeso a las anteriores. ¡No todo iba a ser maravilloso en la vida!
Cuatro imágenes vistas y una todavía inédita. Había que romper el empate de buena y mala suerte. Haciendo un pequeño esfuerzo, volvió a colocar la máquina a la altura de sus ojos. La última imagen era la imagen de un crimen. Un hombre había matado a otro. Uno era más joven que el otro. Uno de los dos tendría que ser él. Sintió un profundo mareo que comenzó a emborronar su visión. “¿Iba a dejarse amedrentar por un juego de niños como este?” se preguntó para sus adentros siendo consciente de que acababa de dejar de creer en lo mágico. Deseando retomar su antigua vida guardó la máquina en la caja. Este fue el primer acto que realizó, no habiéndolo meditado demasiado. Sentía curiosidad por aquella terrible escena que había acabado de ver. Necesitaba saber cuál sería su papel, si el de verdugo o el de víctima (fatales los dos), y quién sería el otro sujeto ejecutador o ejecutado. Su malestar no pasaría hasta descubrir aquello… Quizá lo que encontrara en aquella imagen podría ponerle en peor estado. No le importaba, la decisión ya estaba tomada. Volvió a abrir la caja, sacó la máquina, miró y trató de enfocar con cuidado. El hombre que yacía en el suelo, definitivamente, era él. ¿Quién era entonces el otro? Los rasgos eran inconfundibles: se trataba de su hijo, un poco mayor quizá que en la otra imagen. Terrible conclusión la que acababa de contemplar. ¿Pero por qué su propio hijo iba a acabar con él?
En ese momento, sonó el timbre de la puerta. Fue a abrir y se encontró con la vecina. Quería un poco de sal ¡qué típico! Luego, se sintió interesada por la máquina, que se encontraba sobre el sofá. Él le dijo que era una vieja máquina que le habían regalado de niño y en la cual se podían ver las cosas en tres dimensiones. “¿Y para qué necesitas una máquina cuando ya puedes ver las cosas en tres dimensiones?” Entonces él se percató de que había olvidado comentarle que aquella máquina funcionaba con pequeños discos a través de los cuales podían verse todo tipo de historietas: Desde “Buffalo Bill” hasta el cuento de “Los Tres Ositos”. Ella preguntó si podía verla y entonces él le dio un rotundo “NO”.
En cuanto pudiera se mudaría de casa y devolvería aquella máquina al charlatán que se la había vendido. Le diría “esto es una gran mentira. No me gusta que me engañen y exijo mi dinero”. Debía pensar, y esto era más delicado, cómo debía de despedirse de la vecina, cortar lazos.
¡Menuda paradoja! Renunciar al amor por superstición y volverse de repente un incrédulo. Dos decisiones tomadas al mismo tiempo.
Solo una cosa continuaba siendo cierta en su vida: Temía “creer”.  

                         

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Me singing Red by Taylor Swift (Cover)



Cantante y actriz: Tatiana Aldrovandi
Guión, realización y montaje: Javier Mateo Hidalgo

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Dos retratos. Javier Mateo Hidalgo

>> martes, 23 de octubre de 2012





Fotografías realizadas por Javier Ramírez Serrano

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MOVIMIENTO PERPETUO


Te conozco en tu imagen primera.
Sé de ti lo que otros pueden saber.
No obstante, no deseo saber más.
No deseo que puedas ser otra.
Solo esa persona que eres.
Me niego a creer que seas distinta.
Quiero conservarte en mi cabeza
sin que un solo rasgo sea cambiado.
Toda modificación es dolor.
La decepción suena intensamente.
No te vayas, no te borres. ¡Sigue!
Tu movimiento será perpetuo
y yo, por una vez, seré feliz.

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Análisis de "La araña", de Hanns Heinz Ewers

Portada original de la novela 

Tenía muchas ganas de encontrar aquel relato. La primera vez que oí hablar de él, quedé fascinado. Se trataba de una rareza, y entiendo por rareza aquello que solo puedes llegar a conocer mediante una situación especial, nunca de forma oficial. Algo que debes buscar o que te debe encontrar. Algo que tiene su particular canal de transmisión y solo conociendo este canal se puede llegar a ello. Algo que permanece escondido hasta que alguien lo rescata del limbo cultural. Un limbo que, por ser tan extenso, ha de condenar muchas cosas para destacar otras. La pregunta es si esas cosas que son seleccionadas para darlas a conocer (mediante su edición) son siempre las más adecuadas y aquellas otras que quedan en lista de espera merecen la decisión que cae sobre ellas.
Tenía muchas ganas de encontrar aquel relato. Desde que aquella persona me habló de él, no he olvidado nada de su argumento. Y es que, cuando las cosas te sorprenden, viven contigo mucho tiempo hasta que acaban cayendo en el saco del olvido debido al capricho de nuestra memoria. Las desatendemos, no ejercitamos su recuerdo. Acaban pasando a segundos y terceros planos, como le pudo suceder a este relato. Quien me habló de él, no recordaba el nombre de su autor. Autor desconocido (al menos para mí) en este género tan interesante y tan complicado de definir con una sola palabra… ¿”Misterio”? ¿”Terror”?... Quizá el autor del relato haya colaborado a ello al introducir diferentes elementos en él hasta volverlo bastante heterogéneo. Podría hablarse incluso de género “`policíaco” e incluso de “fábula”.
Tenía muchas ganas de encontrar aquel relato. No me importaba conocer de antemano su desenlace. Cuando una obra es buena (y aquella me lo parecía, por lo que escuché) el deleite de su lectura es ya de por sí un regalo. Cada momento del relato es interesante, digno de ser leído. Estoy seguro de que antes de haber leído muchos libros nos han hablado ya previamente de ellos. O bien por que han alcanzado cierta fama o bien, como en este caso, porque nos son recomendados por gente entusiasta que consigue contagiar del mismo espíritu a quienes les escuchamos.
No obstante, esto puede servir de aviso al lector: si, a pesar de esto, no quiere que el argumento se le sea desvelado (este texto no trata de ser más que un análisis pormenorizado del relato y debe por ello tocarlo de principio a fin) le recomiendo que deje de leer – o retome esta lectura una vez leída “La araña”.          
Tenía muchas ganas de leer “La araña” de  Hanns Heinz Ewers. En cierto sentido, me sentía como su protagonista, Richard Bracquemont: Sabía cuál iba a ser el final de la historia pero aún así me sentía empujado por ella irremediablemente. Empujado hacia su trágico final.
No obstante, a pesar de conocer lo que iba a acontecer, considero que este relato provoca rápidamente ciertas deducciones en quien lo lee. Creo que resulta sencillo adivinar lo que está pasando, lo que está oculto (la solución a los secretos de su trama).

Hanns Heinz Ewers

“La araña” nos habla de una serie de suicidios que han venido sucediéndose en una misma habitación de hotel y de la misma forma por parte de las víctimas. Todas han aparecido ahorcadas del cordel de la cortina de la ventana. Será el estudiante de medicina, Richard Bracquemont, quien decida ocupar nuevamente la habitación tras estos extraños sucesos. Interesado sin duda en el caso y aprovechando el precio tan asequible de la habitación, decide colaborar con la policía instalándose allí y prometiendo ir informando de novedades periódicamente. El arma que esgrime para erigirse como persona idónea a la hora de resolver el caso no es más que una teoría inventada (con la que engaña a los servicios de investigación, haciéndoles creer que con ella puede estarse más cerca de la verdad).
Puede decirse que Richard es un temerario, un aventurero que se siente excitado ante la idea de poder experimentar en carne propia algo bien peligroso. O por la contra, Richard puede ser un inconsciente, alguien a quien no le importa todo lo que ha sucedido y confía en que él no correrá la misma suerte.
En cualquiera de los dos casos la historia comienza verdaderamente aquí, con la aparición de este personaje, el cuál acabará convirtiéndose en protagonista de la historia. A partir de aquí, el relato dejará de narrarse por la que suponemos que es la voz del escritor, para pasar al punto de vista de Richard. De un punto de vista bastante impersonal pasamos al otro extremo, el más personal que podemos concebir: la voz de un diario. El texto supuestamente escrito de puño y letra por Richard. Día tras día, nos va informando de su vida en aquella habitación del hotel.
La situación cobra también mayor dramatismo al desarrollarse en las circunstancias que ya se han presentado: un individuo en soledad, comienza a vivir en el lugar del crimen. Además, a medida que avance la historia, se irá quedando cada vez más solo.
La sensación de misterio que desde el principio del relato existe, se va incrementando cuando nos enfrentamos al peligro por medio de Richard. El lector se irá introduciendo cada vez más en la historia, sintiéndose uno solo con el personaje del joven médico. Ambos parten del desconocimiento de lo que puede estar sucediendo, aunque quizá el lector avispado vaya tomando conciencia de lo que pasa antes que el personaje. Sucederá incluso que conocerá antes el peligro que acecha y no podrá evitárselo a Richard, y esto forma parte indiscutible de la buena construcción del relato. Algo parecido a una situación de guiñol: el personaje del malvado está detrás del personaje del bueno, a sus espaldas. El público infantil lo ve, grita para prevenir al héroe pero éste no les escucha (tan imbuido se encuentra en su propio plan).
Nos encontramos ante un relato que trabaja desde lo psíquico. El terror, el mal, actúa dentro del propio cuerpo del protagonista, haciéndole actuar en su propia contra. He aquí el poder sugestionador de lo invisible. Lo que no vemos, pero está ahí. “La araña” se considera un relato vampírico precisamente por esto mismo. El poder del vampiro puede usurpar una personalidad ajena y moldearla según sus propios intereses. Richard
Bracquemont descubre que está perdido cuando ha perdido a su propia voluntad, cuando sabe que él no puede controlarla.



Otro elemento interesante es la representación de la figura de la araña en un humano. Cómo determinados detalles pueden definir una personalidad tanto física como psíquica. Todo descrito mediante una apariencia externa. Clarimonde viste y posee una apariencia oscura. Además, teje constantemente en una rueca (lo que nos enlaza con Aracne). Sirva para todo ello la descripción que de ella hace en el diario Richard:

“Tiene cabellos negros con rizos ondulados y es bastante pálida. Su nariz es estrecha y pequeña, con aletas que palpitan dulcemente. Sus labios son pálidos y me da la impresión de que sus pequeños dientes son puntiagudos como los de un animal feroz. Sus párpados son sombríos, pero cuando los abre, brillan unos ojos grandes y oscuros. Todo esto, más que saberlo, lo presiento. Es difícil describir con exactitud algo que se encuentra detrás de unos visillos. Algo más: lleva siempre un traje negro, cerrado hasta el cuello, con grandes lunares color lila. Y siempre lleva largos guantes negros, posiblemente para no estropearse las manos mientras trabaja. Resulta curioso ver cómo esos delgados y negros dedos se mueven rápida y, en apariencia, desordenadamente, cogiendo y estirando los hilos... de forma tal que casi recuerda el movimiento de los insectos.”

Clarimonde no sale nunca de casa. Vive enfrente del piso en el que se encuentra alojado Richard. Pronto surge entre ellos una relación distante, valga la paradoja (les separan las casas). Hablan por señas, crean entre ellos una serie de juegos en los que invierten horas y horas de cada día. Richard no sabe por qué se siente atraído por ella. Poco a poco, deja de comportarse como antes se comportaba, solo tiene tiempo para Clarimonde.
Antes de que ella aparezca en escena, Richard nos describe en su diario una escena que observa en la ventana de su cuarto: una araña hembra se deja cubrir por una araña macho y, después, el macho es aniquilado por la hembra (recordemos, también, la historia de la Mantis Religiosa).
Con todos estos datos, no nos resultará difícil establecer un paralelismo directo entre la forma de actuar de la araña y el futuro que le espera a Richard con Clarimonde (así como con el pasado de los tres ahorcados). Lo que no sabemos todavía es qué tiene que ver la historia de los ahorcamientos con el peligro de Clarimonde. Esto quedará resuelto definitivamente con la idea vampírica, la de la posesión de la voluntad. Además, si Drácula podía convertirse en murciélago, también Clarimonde podía hacerlo en araña. El Eros y el Thanatos vuelven a aparecer en escena, siendo este otro de los atractivos del relato. El placer y la muerte, unión terrible.
      

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Los viajeros voladores

>> viernes, 19 de octubre de 2012

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LO DIJO PICASSO



En la vida de Ignacio de Loyola hay un episodio que no puede pasar desapercibido al común de los mortales: dicho momento acontece durante el viaje a Jerusalén que efectúa el santo, disponiéndose a convertirse en peregrino y abandonando sus pasados sueños de hidalguía caballeresca. Durante ese largo camino coincide con otro viajero, un musulmán que monta a caballo. Él está siendo llevado por un burro. Decididos a hacer el trayecto más llevadero, comienzan una plática a través de la cuál se van conociendo. Y, llega un momento donde surge uno de los dos temas de los que nunca se debe hablar en público si se quiere llevar a buen puerto una conversación: La religión (la otra sería la política).  El compañero de viaje de San Ignacio expuso sus recelos respecto de algunos dogmas de la religión católica. Concretamente, afirmaba que le costaba creer en “la virginidad” de María. Por supuesto, San Ignacio no recibió estás palabras de buen grado, y solo cuando el moro le dejó apretando el paso en su viaje pudo concretar una serie de sentimientos que habían ido adueñándose de él: odio y rabia. Sintió ganas de castigar a aquel sujeto que se había atrevido a poner en cuestión a su “dama”, una de las figuras clave de su Fe. ¿Qué hizo finalmente san Ignacio de Loyola? Poner la decisión en manos (o en patas) de su burro. El camino se había bifurcado y había que elegir seguir la senda que había escogido el musulmán o aquella otra que le separaría de él evitando toda acción reprobatoria. El burro eligió afortunadamente aquel otro que le sería de más ayuda al santo para sus propósitos.
Y así - nos dice Unamuno - el burro “…dejando el camino ancho y llano por donde había ido el moro, se fue por el que era más a propósito para Ignacio. Y ved como se debe la Compañía de Jesús a la inspiración de una caballería”.
Y ahora, yo me digo: “¿Dónde está el burro de tantos españoles, europeos y gentes del mundo-mundial? (citando una de las frases preferidas de “Manolito Gafotas”) A lo mejor ya lo tenemos y no lo sabemos… Sin ánimo de ofender a nadie, quizá haya un burro en alguna parte que nos esté guiando de algún modo… Y es que (y esta frase viene al pelo con San Ignacio) los caminos del Señor son inescrutables…
Lo que está claro es que, para encontrar caminos que elegir hay que caminar (díganselo a Machado)… y, cuanto más se siembre, más probabilidades habrá de que algún árbol nazca, se desarrolle saludablemente y alcance una plenitud deseada. Hay quien se propone una meta y la alcanza (quien la sigue la consigue). Proyectando un deseo es más sencillo que se cumpla. Quien lo visualice como ya conseguido tendrá más papeletas para ganar el sorteo, dicho de la forma más ramplona posible.
Estos dicen llamarse emprendedores, gente con iniciativa y espíritu positivo. Gente para quienes las raíces que brotan de la tierra en mitad del camino y pueden provocar el propio tropiezo no representan sino “accidentes naturales”. Para quien tropiece con alguna de ellas y acabe cayéndose, de poco le servirá enfadarse. ¿Con quién va a aplacar sus iras? ¿Contra la raíz? ¡Qué cosa más estúpida! ¿Qué culpa tiene la raíz de que el caminante no se fije en donde está pisando? No hace falta ser visionario, solo saber mirar de vez en cuando y no distraerse con cantos de sirena. ¿Qué va a decir? “¡La culpa fue de ella, que se puso delante de mi camino!” Algo tan grotesco como ese personaje de película que camina sobre burro (otro más) y, además, sobre una vía del tren y, de pronto llega el ferrocarril y le comienza a pitar para que se salga de ahí, y a él no se le ocurre otra cosa que decir: “¡Chufla, chufla! ¡Como no te apartes tú…!”


Respecto a personas visionarias o con la mente bastante despejada y clara, baste citar a Picasso. El andaluz (más francés que andaluz, por cierto), por lo que se ve, podía haber sido pensador (si no lo fue ya en cierto sentido). Innumerables frases se le atribuyen a él. Tantas como a Groucho. A los que dicen “como dijo Picasso” Picasso les podría haber dicho rechazando su pedantería: “Como dijo Picasso: No me hagáis ni caso”. Claro, que el pintor también tenía el ego bastante subidito. No puedo por menos que recordar la lección que Woody Allen en “Annie Hall” dio a un pedante en la cola del cine. Tuvo que sacar a Marshall Mcluhan, que andaba escondido detrás de un cartel, para que el propio filósofo acabase dándole en las narices a quien había hablado de él sin su consentimiento y de forma equivocada.
Solo me fío de una de las tantas frases que se dicen de Picasso, y es la siguiente: “Yo no busco. Encuentro”. Así que nada… ¡A ponerse manos a la obra!... y que la inspiración nos coja trabajando… con burro o sin burro.

18 – 10 - 12

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"Cantos canarios" (Teobaldo Power).

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NIMIEDADES

>> jueves, 11 de octubre de 2012


Había quedado con él para poner en claro las cosas. Lo que no podía imaginar es que se iban a enredar todavía más.
Hacía un par de semanas que había descubierto algo. Su chica estaba saliendo con otro. Pero ¿desde cuándo? Lo peor de todo es que ese “otro” lo conocía. Ese “otro” era su mejor amigo. Por eso había quedado con él para aclarar las cosas. Lo peor es que el problema, lejos de desaparecer, iba a agrandarse todavía más.
Y lo peor de todo es que su amigo no sabía nada de que él lo sabía. No podía saberlo. No obstante, cuando habló con él notó en su voz una cierta preocupación.
¿Qué es lo que podía temer su amigo?
El problema estaba ahí y había que afrontarlo, disipar dudas para convertirlas en soluciones. Volver palpable lo translúcido, que no es ni visible ni invisible. Algo se barrunta, pero nada más.
Los dos llegaron puntuales al lugar de la cita, quizá decididos a matar esos nervios traviesos que no había cómo quitarse de encima.
Se sentaron uno frente a otro, los dos con rostro grave. Había prisa por hablar y se adelantó el amigo.
-         Mi novia me engaña con otro.
Todo había saltado por los aires. ¿Por qué ahora él le había usurpado su personalidad? ¿No tenía bastante con usurparle a quien más quería? No era justo. Ahora él, su amigo traidor, era la víctima.
No comprendía nada. Quizá se tratase de una maniobra para desestabilizar al contrario. Si era esto, lo había conseguido. Le había desarmado con su propio argumento. Pero no tenía bastante, no. El acusado necesitaba ir más allá, hacer astillas al acusador.
-         Tú eres el otro.
Francamente previsible. La paciencia se había agotado. Había que ser fuerte, volver atrás y retomar el ánimo con el que se pretendía comenzar aquel “distendido coloquio”.
-         ¡Basta! No he venido aquí para que me despellejes. Sé lo que tienes con ella, ahora no trates de darle la vuelta al asunto.
-         ¿Hablas de…? ¿…Tú? ¡Vamos, no te hagas la víctima!
¿Qué hacer en estas circunstancias? ¿Cómo buscar al culpable? A lo mejor la cosa era más sencilla de lo que parecía… A lo mejor… aplicando una tonta regla de tres, la responsabilidad podría tal vez recaer en ella.    
-         ¿Tú crees que nos ha tenido engañados?
-         Es probable… Lo mejor sería hablar con ella.
Tan rápido como coger un teléfono y marcar.
-         Hola… ¿Podrías pasarte un momento por aquí? Sí, estoy donde siempre… Venga, te espero.
Y ese “te espero” se convirtió en un “te esperamos” justo cuando ella entró y los vio mirándola interrogantes.
- ¿Qué hacéis aquí? ¡Qué sorpresa! ¡Mis dos amores…!
De nuevo, algo inesperado. ¡Habrá algo que decir! Vamos, digo yo…
-         Tus “dos amores” clandestinos. Tú solo lo sabías…
 Ella sonríe y les trata como a dos chiquillos.
-         Pero, vamos a ver… ¿Quién os ha dicho que yo haya firmado un contrato con alguno de vosotros?
Y dice el amigo:
-         Bueno, eso no resulta necesario. Se sobreentiende.
De nuevo, una risa por primera respuesta. Luego, una segunda:
-         ¿Pero qué concepto tenéis del amor? Vamos a ver…
De nuevo, indignación por duplicado. Los dos hombres irritados esgrimen nuevos argumentos.
-         Para ti ¿qué éramos?
-         ¡Has jugado con nosotros!
Y ella, resuelta, responde:
- ¡Y vosotros me habéis seguido la melodía! Solo somos tres buenos amigos… Vosotros es que sois muy cariñosos… Yo accedo a vuestros cariños, nada más. ¿Qué nos diferencia de la amistad, vamos a ver?
Esto era cierto. Ellos siempre se habían sentido fascinados por ella, pero ella nunca había dado pasos serios con ellos. Eran individuos que fácilmente se contentaban con cualquier cosa, magnificándola, dando nombre falso a lo que no lo tenía.
-         ¡Hala, volved a casa y dejad de perder el tiempo! ¡Con lo bien que nos llevamos! Sería una mala idea esto de discutir por cosas tan nimias…

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ESPÍAS, MISTERIO, CUENTOS Y LEYES CON PIES DE BARRO


Con mi amigo Humphrey

El otro día, caminando por la Calle Alcalá, pasé por “La tienda del Espía”. Desde pequeño, me había llamado la atención. Por entonces, el muñeco de Humphrey Bogart ya decoraba la entrada, situado entre los dos escaparates de los lados. El espía, como tal, ofrece sus servicios a bombo y platillo, se convierte en un secreto a voces. Ya no hay misterio, el negocio se ha hecho público. En realidad, un espía, por la influencia cinematográfica, se convierte en un proscrito, en un apestado al que “todo hombre de bien” debe de temer. Algo que sabemos que existe, que está ahí, pero que la sociedad rechaza. La sociedad políticamente correcta, la que luego no se inmiscuye en esos sucios asuntos que tanto rechaza. Un espía es algo así como un detector de radares. Suena a ilegal, pero todo el mundo puede hacer uso de él en algún momento de su vida. Todos en algún momento nos hemos sentido estafados de algún modo y nos hubiera gustado que alguien investigase aquello a lo que no podemos llegar con nuestros propios medios. Algo moralmente inaceptable pero práctico, al fin y al cabo. Recopilar información de carácter privado o íntimo para redactar luego un informe para alguien que “no debería enterarse” de aquello.
El cine resulta fascinante porque consigue que nos interesemos por aquello que no es aprobado gubernamentalmente. Las leyes dictadas por la política y violadas por ella misma cuando cree que nadie la ve. El caso Watergate, por ejemplo.
El cine puede conseguir que un ladrón de guante blanco cautive a un niño que establece su primer contacto con el género negro. Su elegancia, su alto nivel de vida, sus conquistas, lo hacen suculento… y algunas veces se encuentra incluso dentro de los límites de la legalidad.
Sam Spade investiga un caso turbio por su cuenta. Humphrey Bogart resulta un actor atractivo, aunque precise subirse a una caja para llegar a la altura de Ingrid Bergman en “Casablanca”. Dicen que a Clark Gable, otro tipo duro, le olía el aliento.
En la clandestinidad de una sala de cine, llena de oscuridad y de humo (cuando antiguamente se podía fumar dentro de ellas) asistimos a una representación de aquello que trata de ocultársenos en la realidad (pero que sale a relucir de algún u otro modo), aquello que nos entretiene por su morbosidad. Crímenes, lujuria, corrupción… El código Hays se encargó de meter mano en este terreno que, hasta entonces, parecía vedado para las autoridades. Restricciones de todo tipo que evitasen una “mala educación” en el espectador.
Otro terreno peligroso: un hombre representante de la ley decide pasarse por el forro las normas de la policía para aplicar su propia ley. Un “Harry el Sucio” que va por libre y que es admirado por el espectador porque, en el fondo, todos piensan que está haciendo justicia.
Pero los niños ya conocieron un primer ejemplo claro de renegado: el cazador que debe ir al bosque a por Blancanieves para asesinarla (sí, digámoslo con esta palabra, “asesinar”) y llevarle, en prueba de su buen trabajo a su jefa, su corazón metido en una cajita. No obstante, el cazador comprende que lo que va a hacer es monstruoso y decide en último momento salvar a Blancanieves y entregar, en lugar de su corazón, otro de un animal que cace en el bosque.
“Lo prohibido” está presente en muchos cuentos infantiles. Aquello que no se debe conocer y que, por culpa de la curiosidad, se llega a conocer. Una curiosidad que puede matar al gato en muchos casos. Hay multitud de ejemplos y muchos de ellos se enmarcan en la imagen de una habitación que esconde algo secreto, algo “fascinante” para el que quiere conocerlo y no le es permitido.
Desde la habitación que esconde el huso envenenado de “La bella durmiente”, hasta la habitación llena de cadáveres de las víctimas de “Barba Azul”… o, por qué no, el desván donde se encuentra la talla del Cristo en “Marcelino pan y vino”.
El cuento, siempre moralizante, castiga a quien desobedece la orden (aunque, en algunos casos, sea necesario este descubrimiento para que el cuento muestre por fin partes imprescindibles para su comprensión completa- véase la habitación de “Barba Azul, gracias a la cual se descubre la maldad del personaje, su tendencia criminal).
El castigo puede ser relativo, no siempre incluye la pena capital: “La Bella Durmiente” no muere sino que queda sumida en un sueño que solo cesará cuando el Príncipe la bese. “Barba Azul” “casi” asesina a la chica por descubrir la habitación. En “Marcelino pan y vino”, la historia es distinta. Por lo que se ve, que Marcelino subiese a desván formaba parte de su destino… y de él, nunca se puede escapar.
¿Y cuando lo misterioso se encuentra en el lugar natural de su protagonista? ¿Y cuando es el misterio el que acude allá donde se encuentra el protagonista para atormentarlo? Véase “el hombre del saco” o “el monstruo del armario”. Un viejo cuento ilustrado de Calleja, contaba la historia de una niña a la que le encantaba leer “Cuentos de hadas”. Durante una noche, mientras la niña duerme, un cortejo de personajes fantásticos se introduce en su dormitorio y la someten a una “mágica” operación, la cual consiste en clavarle en la espalda dos alas. La niña es convertida por la fuerza en hada mediante procedimientos casi de la KGB. El cuento consigue convertirse (a pesar suyo, gracias a su crueldad) en una pesadilla terrible. Los cuentos siempre contienen algo cruel, algo que impulsa a los niños a hacerse mayores (también contra su voluntad). Mediante la ficción, mediante lo mágico, se dan de lleno con hechos terribles de una realidad que todavía no conocen. La maldad está ahí, latente, en la sociedad. Lo malo es que se crea por parte del niño que esto se encuentra, como lo mágico, dentro de los límites de lo irreal. Que haya sido soñado, como lo que la pobre niña imaginó mientras dormía después de haber leído cuentos de hadas (sugestionada por la lectura, indudablemente).

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GRAFFITI INESPERADO

>> miércoles, 10 de octubre de 2012



Me lo contó un compañero hace un par de días. Un compañero por el que me suelo enterar de lo que pasa en este santo mundo mucho antes de que otros canales informativos se encarguen de ponerme al día. Además, él lo tamiza todo de un humor único, aunque muchas veces las noticias no necesitan de cierta ironía para que nos las tomemos a guasa. Y, en este caso, no es para menos.
Resulta que, en Valencia, se han descubierto unos frescos que decoraban antiguamente la cúpula de la Catedral. Unos frescos que, presuntamente por su mala calidad, habían sido tapados. A han salido a la luz. Las pinturas datan del periodo renacentista y han permanecido ocultas 300 años. El papa Alejandro VI las mandó realizar a los artistas Paolo de San Leocadio y Francesco Pagano. Hasta el año 2004 nadie se había preguntado por ellas y fueron los restauradores del Instituto Valenciano de Conservación los primeros en descubrirlas. ¡Y cuál sería su sorpresa al descubrir algo con lo que no contaban! Nada más y nada menos que un graffiti de motivo fálico realizado “presuntamente” (me encanta la palabra “presuntamente”) por uno de los obreros que se encargaron de tapiar aquellos frescos en el siglo XVII. La manufactura gamberril poco dista de las “obscenas” intervenciones de aquellos que son denominados en la actualidad “alteradores del orden público”. Desde Pompeya, el viejo arte de la expresión plástica pública poco ha cambiado, pues hoy en día los esquemas con los que se gestan los símbolos que todos identificamos al salir a la calle en paredes o muros en general parecen ser los mismos. Un órgano sexual masculino sigue siendo representado con el mismo grafismo ahora y hace mil años.
Pero no solo quedó esta muestra testimonial: los restauradores encontraron pegotes de yeso sobre las figuras de algunos ángeles. Por lo visto, los obreros mataban el tiempo tratando de acertar desde abajo a los ojos y bocas de dichas representaciones divinas pintadas en la bóveda… Y, por lo que se ve, tenían buena puntería.
Ahora, tras la restauración, todo esto ha desaparecido. Como si no hubiese existido. Y digo yo: si los graffiti de Pompeya se conservan por muy polémicos que resulten debido a su importancia histórica ¿por qué no estos graffiti? Eso sí, han quedado datados en fotografías para que no caiga en el olvido y ya nadie pueda decir nunca que no existieron ni fueron imaginados por una mente perversa. Algo así como lo que hizo Carlos III durante las excavaciones en Pompeya (sí, de nuevo Pompeya) que él mismo sufragó: mandar a unos dibujantes copiar las esculturas más obscenas que se iban encontrando para catalogarlas (datándolas, dotándolas de su propia existencia) y después destruirlas. Carlos III, que ante todo era ilustrado.


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WILLIAM BLAKE EN EL CAIXA FORUM



Desde el 3 de julio, el Caixa Forum ofrece una retrospectiva sobre William Blake y su influencia en el arte británico. Aprovechando que queda poco para que finalice dicha exposición (concretamente podrá visitarse hasta el 21 de Octubre), animo a los curiosos a que se pasen por el número 36 del Paseo del Prado para disfrutar no solo de las obras del inglés sino de otras pertenecientes a la época de los prerrafaelitas, simbolistas y algunas enclavadas en el mismo siglo XX. Y es que la obra de Blake ha inspirado y sigue inspirando debido a su fuerza y modernidad. Se le ha considerado un “visionario” en este aspecto, a pesar de que durante su época no fue valorado y permaneció casi en el anonimato. Ello puede deberse, en parte, a su revolucionaria visión del arte y, por ende, del mundo que le rodeaba. Su librepensamiento, que en un primer momento le condenó al ostracismo, fue paradójicamente lo que le hizo resurgir con fuerza con posterioridad siendo aclamado como uno de los artistas más completos y vanguardistas. 
Su poética se debe casi en su totalidad a un radical inconformismo ligado a un sentimiento místico profundo que él mismo reinterpretó, canalizándolo por diferentes vías estéticas. Así, rechazó el neoclasicismo imperante y abogó por un trabajo diferente en cuanto a las técnicas que se empleaban en el momento.
Sus fuentes de inspiración fueron muy variadas: desde Shakespeare hasta las Sagradas Escrituras llegando incluso a la creación de un universo propio con sus propios mitos y reglas. William Blake se sintió atraído por todo lo asociado con una visión profética del mundo.
Fueron precisamente las corrientes artísticas posteriores ya citadas (prerrafaelitas y simbolistas) las que colocaron a Blake en el lugar que siempre le correspondió. Estos artistas compartían una visión cosmogónica parecida a la de Blake. Anteponían la espiritualidad a la materialidad que ya por entonces se había empezado a imponer en el mundo occidental. Había, por tanto, una defensa de la imaginación como potencial creador frente a una racionalidad que poco tenía que ver con el alma del artista.  
“William Blake (1757-1827). Visiones en el arte británico” incluye un total de 74 obras –entre acuarelas, grabados, dibujos y pinturas al óleo de este artista– y se complementa con una treintena de piezas de creadores posteriores influenciados por su obra.     

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"La Conga Blicoti" (Joséphine Baker)

>> martes, 9 de octubre de 2012

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DESPUÉS DE TANTOS AÑOS


Después de tantos años, Leopoldo y Federico volvieron a verse las caras. Treinta años sin volver a verse y tuvo que ser la esquina de una calle la que obrase el milagro. De hecho, más que un encuentro, fue un encontronazo. Como si uno fuese un plano y otro un punto dentro de un ejercicio de diédrico, casi provocan una intersección en toda regla.
Lo primero de todo, vinieron las disculpas: Un “perdone, perdone…” al que secundaría un “no tiene por qué, yo también le pido disculpas”. Luego, el esperado reconocimiento. “¡Leopoldo!” y “¡Federico!” Miradas de arriba abajo incrédulas. También algún que otro pensamiento como los siguientes: “¿Y ahora qué le digo después de tanto tiempo?” o “Resulta imposible justificar por qué no hemos vuelto a vernos, por qué no hemos hecho nada para retomar la amistad”.

-         ¡Qué bien te ha tratado el paso de los años!
-         ¡Bah! Uno que se cuida, nada más…
-         ¿Sí? Pues yo también me cuido y no he llegado a tanto…

Los pasos siguientes resultarán más complicados. Hay que tratar de establecer nexos con el pasado, crear empatía. ¡Engañar a la realidad disfrazando treinta años de distancia con anécdotas acaecidas en tiempos remotos! Como si no hubiera pasado el tiempo, como si el día de ayer hubiese sido aquel en el que se despidieron por última vez.

-         ¿Y qué? ¿Cómo está tu mujer? ¡Los hijos estarán ya bien creciditos!...

Primer error.

-         … ¿Qué mujer?... ¿Qué hijos?... ¡Ay, ay, ay, que te falla la memoria! Me confundes con otro, seguramente… Yo siempre he presumido de soltería. ¡Cada día estoy más cotizado entre el público femenino!

No hace falta tratar de correr un tupido velo, porque enseguida un segundo fallo vendrá de parte del otro lado.

- … Lo de antes iba en serio… Se nota que continúas practicando deporte con asiduidad. ¡Estás tan atlético como siempre!
- … Ahora soy yo el que te tengo que echar la regañina. Como Antonio Machado, estoy en contra del deporte. ¡Pero si siempre me poníais de portero en los partidos!
- Poco te pondría de portero…Yo nunca jugué al fútbol. Lo mío era el baloncesto.
- ¿En serio? ¡Pues yo juraría que…!

Ahora mismo los dos antiguos amigos se encuentran en empate técnico. Lo mejor para estos casos es despejar con un chiste.

-         El otro día me contaron un chiste muy bueno, ya verás… ¿Sabes lo que son los boy scouts? ¡Unos idiotas vestidos de niño que dan clase a unos niños vestidos de idiotas!
Silencio sepulcral.

-         … Ya entiendo… Es por que es un chiste muy malo ¿verdad?
-         No… Es porque yo fui boy scout. Y si algún día tengo hijos, también ellos lo serán. ¡Lo juro!
-         Vaya… Lo siento… Los chistes suelen ser crueles… en ello radica uno de sus componentes más químicamente explosivos…
-         No pasa nada. ¡Si en el fondo, me ha hecho gracia!

En el fondo, no le ha hecho ni pizca de gracia. Si esta situación hubiese sucedido treinta años antes… o mejor, cuarenta años antes, cuando ambos estaban en el colegio, el del chistecito habría recibido por parte del otro una buena patada en los bajos... en los bajos fondos de París.

-         … Por cierto ¿adónde ibas ahora?
-         Pues he quedado en El Retiro. En la puerta de la Puerta de Alcalá (valga la rebuznancia), jeje.
-         ¡Qué casualidad! ¡Yo también iba hacia allí!
-         A ti siempre te gustó la Puerta de Alcalá y El Retiro…

Esto es jugar con trampa. ¿A quién no le gusta la Puerta de Alcalá? ¿A quién no le gusta El Retiro? Es como al que no le gusta el chocolate. Esa gente existe, pero deben de estar escondidas debajo de piedras, porque no hay quien les encuentre. Y cuando por fin aparece alguno, nunca terminas de creerles en los razonamientos que exponen. 

- … Bueno, no es tanto que me guste como que vivo al lado. Alguna vez te invité… ¡Anda que no pasamos horas jugando al ajedrez!
- De eso sí me acuerdo, mira tú por donde… Te encantaba jugar siempre con las blancas…
- … Con las negras…
- ¿Con las negras? ¡No me lo creo! ¡Pero si todo el mundo prefiere las blancas!

He aquí un “rarus individuus” de los del chocolate de antes.

-         Bueno, te tengo que dejar. Menos mal que, por lo menos, me acuerdo de tu nombre.

De nuevo, el silencio de antes.

-         No me llamo Federico, sino Francisco.
-         Ah… Por lo menos empezabas por “F”…Yo tampoco te he querido decir nada a ti, pero yo tampoco me llamo Leopoldo sino Ramón.
-         No es verdad. Tú sí te llamas Leopoldo, no me engañes. Bueno, me tengo que ir. ¡Me alegro de haberte vuelto a ver! Ya volveremos a vernos. Seguro que conservas mi número de teléfono en alguna agenda…


Con aquella evidente dosis de cinismo se despidió. Aunque, bien mirado, fue una buena forma de quedar bien vetando cualquier posibilidad de futuros momentos posibles para volver a “quedar” con su viejo colega (a no ser que otro “encontronazo” les volviera a juntar).  

Era cierto. Siempre se llamó Leopoldo. Ahora iba entendiendo por qué dejó de ser amigo de Francisco. ¡No había quien lo aguantara!

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