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¿CASUALIDAD? (SOBRE FELISBERTO HERNÁNDEZ Y “JUEGO A DOS MANOS”)

>> martes, 2 de octubre de 2012


Paradójicamente, a la vez que los pueblos, las ciudades también se despueblan. La gente se marcha a vivir en un punto intermedio llamado “barrios de protección oficial”. Así, la zona céntrica ha ido permitiendo que sus edificios históricos hayan sido adquiridos por marcas comerciales. Como el negocio es el negocio, los grandes comerciantes cada vez son más inconformistas y ya no solo necesitan el piso bajo de las casas sino que ansían adquirir el edificio entero. Como si de un Corte Inglés o de un Fnac se tratase, las casas habitadas antes por inquilinos han sido gradualmente ocupadas por maniquíes vestidos a la última moda que asoman a los balcones como lo hiciesen por escaparates. Casas no habilitadas para uso comercial (como sí las construcciones de grandes almacenes, más tardías) que ahora deslumbran con sus carteles de neón.
Esta tarde, bajando desde la Plaza de Callao hasta las Descalzas, he sido “deslumbrado” por un antiguo palacete ahora reformado como librería. “La central” reza con letras grandes anunciadas en banderolas alicaídas. Entro, porque la tarde es joven y merezco un respiro (otro, en mi lugar, se habría sentado en un banco). Es como andar por una casa con sus escaleras, sus salas y sus puertas, solo que atestada de lecturas que nunca podrán caber en la vida de un ser mortal, por muchos años que viva.
Por haber hay hasta una pequeña capilla en su segundo piso, con sus frescos pintados en una pequeña bóveda que puede observarse subiendo al tercero.
No sé cómo me las ingenio para que llegue a parar a mis manos un libro de Felisberto Hernández. Le conozco desde hace poco. Me recomendó su lectura una persona cien por cien fiable en su criterio. Coetáneo a Cortázar, aunque un poco más viejo, su “casa inundada” es un antecedente de “casa tomada”. Otro de sus cuentos, titulado “El balcón”, me fascinó. Hernández tiene el mágico poder de encandilarte desde las primeras líneas de cada cosa que escribe. Una de sus características es la de cosificar a las personas y humanizar a las cosas. En el cuento citado, una muchacha no se atreve a salir al balcón de su casa porque está enamorado de él. El balcón acaba suicidándose en un ataque de celos, precipitándose abajo, destruyéndose en mil pedazos al golpearse contra la acera. Maravilloso. Felisberto se me adelantó en cierto sentido. Cuando realicé mi cortometraje “Juego a dos manos”, todavía no lo había leído. Aquí me gustaría hacer un paréntesis aclaratorio: No me gusta denominar “cortometraje” a mis piezas cinematográficas. Parecen tener menos valor llamándolas así que un largometraje, cuando bien es sabido que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Además ¿cómo empezó el cine? ¡Con cortometrajes! ¡Como todo buen experimento…! Así, mis “experimentos” pueden valer tanto como un largometraje (y un largometraje echarse a perder por extenderse en el tiempo innecesariamente).
“Juego a dos manos” partió de un cuento escrito por mí y titulado “La espalda de la pared”. En él, daba sentido a los balcones de un edificio, porque a través de ellos se comunicaban los dos personajes de la trama. Uno se encontraba enamorado del otro, y el otro parecía también enamorado a su vez de su vecino.
¿Por qué “la espalda de la pared”? Entre ambos personajes mediaba un tabique, el que separaba sus dos viviendas. Ambos sentían la necesidad de encontrarse, pero solo podían hacerlo mediante los balcones. La casa acaba tomando casi la misma importancia que un personaje.
En cuanto a lo de que ambos personajes se encontraban secretamente enamorados… no es más que un anzuelo. Esto es lo que pretendo que crea quien me lee. En realidad, lo único que desean es jugar una partida de ajedrez (con todo lo sexual que para ello entrañaría para Duchamp). ¡Lo único que quieren es concluir una partida de ajedrez que en algún momento comenzaron! Ahí está el gag, la broma… No obstante, cuando traté de llevarla al cine, surgieron una serie de imprevistos que me hicieron cambiar sobre la marcha el argumento. El nuevo cariz que tomó acabó resultando mucho más interesante, pues al final acabó habiendo solo un personaje en pantalla. Ese personaje necesita pasar al otro lado de la pared para encontrarse supuestamente con otro ser. Así, se mete en uno de los armarios de su casa y hace un agujero en la pared que se encuentra al fondo, consiguiendo pasar al otro lado, a la casa vecina. Allí está el otro ser, que parece dormir escondido bajo la sábana que lo cubre en su cama. Cuando el personaje principal lo destapa, descubre que ese ser es… ¡él mismo! Se abre, por tanto, una nueva cuestión: la de la problemática de la identidad. Ese ser acaba jugando consigo mismo la anhelada partida de ajedrez… y no sabemos cual de sus dos “yo” la acabará ganando.
Para más inri, el personaje es pianista, como lo fue Felisberto Hernández. Su piano es también cosificado en el relato, hablando de la sala de conciertos vacía y del silencio inundando la sala. Al inicio de “juego a dos manos” aparece un personaje entrando en una sala de conciertos vacía para tocar un piano. ¿Casualidad? “¡Quí lo sá!”

1 comentarios:

LOOEPZ 6 de octubre de 2012, 3:45  

Hace poco estuve releyendo el susodicho relato y algunos más de ese recopilatorio de El Mamut Clonado. El corto no se si lo he visto. Páaame un enlace. Si vuelvo a mis aventuras editoriales no dudes que contaré contigo. hablamos! sigue produciendo!

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