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CINEMA PARADISO

>> lunes, 1 de octubre de 2012


Si hubiese que elegir una película de la historia del cine que hablase sobre el cine mismo, esa sería probablemente “Cinema Paradiso”, de Giuseppe Tornatore.
¿Qué sería del séptimo arte sin su público? Para escribir dicha biografía, no solo se necesitan directores, actores y productores. El espectador que tuvo la oportunidad de presenciar las primeras proyecciones de imágenes en movimiento patentadas por los Lumière, debió sentir en sus carnes una especie de milagro profano casi imposible de creer. Si le cogió todavía niño y pudo además, con el paso de los años (sobreviviendo a guerras y a enfermedades propias de inicios del siglo XX) ser testigo de los nuevos avances como el sonido, el color, o el truco de las tres dimensiones, debió de sentirse en cierto sentido privilegiado, único, gozoso de una “existencia tan completa”. Al menos, siendo cinéfilo empedernido. Y es que el cine atontaba y admiraba. Para el común de los mortales, representaba una vía de escape, un momento para olvidarse de los problemas y dejarse llevar por la magia de la ficción. Además, como en otro tipo de actividades socio-culturales (el teatro, por ejemplo), ir al cine representaba convivir con un número de gente determinada durante un tiempo concreto (el de la duración de la película). Así, se veía a los amigos, se conocía a nuevas personas (incluso se intimaba aprovechando la oscuridad de la sala) y se ovacionaba al bueno de la película, se abucheaba al malo, se pataleaba cuando llegaba el séptimo de caballería, etcétera, etcétera…
¿Y quién mejor que el neorrealismo italiano para mostrar todos estos detalles en la pantalla? “Cinema Paradiso” tiene mucho de “Amarcord”, pues en ella se palpa un cierto ambiente humorístico felliniano, amén de resultar un perfecto fresco costumbrista, un fiel espejo que nos muestra la vida diaria de un pueblo que bien podría ser el Rímini evocado en la infancia del director y en el título citados.
Pero es además una película enclavada en una época de posguerra que nos remite a Rosellini o Visconti, y sus personajes nos recuerdan nombres como el de Ana Magnani, pareciendo haber salido de la pluma de Guareschi o Papini.
“Cinema Paradiso” es una fábula amable, un homenaje a cuanto tiene de mítico el cine. La banda sonora de Morricone duplica si cabe el efecto emotivo propiciado en el espectador, el cual no puede evitar que afloren en su rostro algunas lágrimas en diferentes puntos de la película.
“Totó”, es el niño protagonista del film, tal vez quien mejor represente ese individuo sugerido a la introducción de este escrito. Un niño que siente gran devoción por el cine, que a lo largo de su vida nunca lo abandona (e, incluso, se dedica a él). Toda su vida gira en torno a ese mundo, casi la adapta a él. Mantiene una estrecha relación con Alfredo, proyeccionista en el cine del pueblo en el que vive. Este personaje, interpretado por Philippe Noiret (la que será su actuación más recordada) le dejará un recuerdo imborrable: gracias a él conocerá películas, aprenderá a manejar los aparatos de proyección (y acabará heredando su profesión en la sala de cine) recibirá consejos amorosos… Alfredo representará su faro guía en la vida. Ya en su madurez (etapa interpretada por Jacques Perrin, que curiosamente hará un papel similar en “Los chicos del coro” cambiando “cine” por “música”) retornará a su pueblo, tras muchos años alejado de él. El motivo no es otro que la celebración del funeral por quien tanto representó para él. Su retorno le llevará a volver la vista atrás y rememorar tantos años repletos de alegrías, tristezas, aprendizajes y escarmientos.

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