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DESPUÉS DE TANTOS AÑOS

>> martes, 9 de octubre de 2012


Después de tantos años, Leopoldo y Federico volvieron a verse las caras. Treinta años sin volver a verse y tuvo que ser la esquina de una calle la que obrase el milagro. De hecho, más que un encuentro, fue un encontronazo. Como si uno fuese un plano y otro un punto dentro de un ejercicio de diédrico, casi provocan una intersección en toda regla.
Lo primero de todo, vinieron las disculpas: Un “perdone, perdone…” al que secundaría un “no tiene por qué, yo también le pido disculpas”. Luego, el esperado reconocimiento. “¡Leopoldo!” y “¡Federico!” Miradas de arriba abajo incrédulas. También algún que otro pensamiento como los siguientes: “¿Y ahora qué le digo después de tanto tiempo?” o “Resulta imposible justificar por qué no hemos vuelto a vernos, por qué no hemos hecho nada para retomar la amistad”.

-         ¡Qué bien te ha tratado el paso de los años!
-         ¡Bah! Uno que se cuida, nada más…
-         ¿Sí? Pues yo también me cuido y no he llegado a tanto…

Los pasos siguientes resultarán más complicados. Hay que tratar de establecer nexos con el pasado, crear empatía. ¡Engañar a la realidad disfrazando treinta años de distancia con anécdotas acaecidas en tiempos remotos! Como si no hubiera pasado el tiempo, como si el día de ayer hubiese sido aquel en el que se despidieron por última vez.

-         ¿Y qué? ¿Cómo está tu mujer? ¡Los hijos estarán ya bien creciditos!...

Primer error.

-         … ¿Qué mujer?... ¿Qué hijos?... ¡Ay, ay, ay, que te falla la memoria! Me confundes con otro, seguramente… Yo siempre he presumido de soltería. ¡Cada día estoy más cotizado entre el público femenino!

No hace falta tratar de correr un tupido velo, porque enseguida un segundo fallo vendrá de parte del otro lado.

- … Lo de antes iba en serio… Se nota que continúas practicando deporte con asiduidad. ¡Estás tan atlético como siempre!
- … Ahora soy yo el que te tengo que echar la regañina. Como Antonio Machado, estoy en contra del deporte. ¡Pero si siempre me poníais de portero en los partidos!
- Poco te pondría de portero…Yo nunca jugué al fútbol. Lo mío era el baloncesto.
- ¿En serio? ¡Pues yo juraría que…!

Ahora mismo los dos antiguos amigos se encuentran en empate técnico. Lo mejor para estos casos es despejar con un chiste.

-         El otro día me contaron un chiste muy bueno, ya verás… ¿Sabes lo que son los boy scouts? ¡Unos idiotas vestidos de niño que dan clase a unos niños vestidos de idiotas!
Silencio sepulcral.

-         … Ya entiendo… Es por que es un chiste muy malo ¿verdad?
-         No… Es porque yo fui boy scout. Y si algún día tengo hijos, también ellos lo serán. ¡Lo juro!
-         Vaya… Lo siento… Los chistes suelen ser crueles… en ello radica uno de sus componentes más químicamente explosivos…
-         No pasa nada. ¡Si en el fondo, me ha hecho gracia!

En el fondo, no le ha hecho ni pizca de gracia. Si esta situación hubiese sucedido treinta años antes… o mejor, cuarenta años antes, cuando ambos estaban en el colegio, el del chistecito habría recibido por parte del otro una buena patada en los bajos... en los bajos fondos de París.

-         … Por cierto ¿adónde ibas ahora?
-         Pues he quedado en El Retiro. En la puerta de la Puerta de Alcalá (valga la rebuznancia), jeje.
-         ¡Qué casualidad! ¡Yo también iba hacia allí!
-         A ti siempre te gustó la Puerta de Alcalá y El Retiro…

Esto es jugar con trampa. ¿A quién no le gusta la Puerta de Alcalá? ¿A quién no le gusta El Retiro? Es como al que no le gusta el chocolate. Esa gente existe, pero deben de estar escondidas debajo de piedras, porque no hay quien les encuentre. Y cuando por fin aparece alguno, nunca terminas de creerles en los razonamientos que exponen. 

- … Bueno, no es tanto que me guste como que vivo al lado. Alguna vez te invité… ¡Anda que no pasamos horas jugando al ajedrez!
- De eso sí me acuerdo, mira tú por donde… Te encantaba jugar siempre con las blancas…
- … Con las negras…
- ¿Con las negras? ¡No me lo creo! ¡Pero si todo el mundo prefiere las blancas!

He aquí un “rarus individuus” de los del chocolate de antes.

-         Bueno, te tengo que dejar. Menos mal que, por lo menos, me acuerdo de tu nombre.

De nuevo, el silencio de antes.

-         No me llamo Federico, sino Francisco.
-         Ah… Por lo menos empezabas por “F”…Yo tampoco te he querido decir nada a ti, pero yo tampoco me llamo Leopoldo sino Ramón.
-         No es verdad. Tú sí te llamas Leopoldo, no me engañes. Bueno, me tengo que ir. ¡Me alegro de haberte vuelto a ver! Ya volveremos a vernos. Seguro que conservas mi número de teléfono en alguna agenda…


Con aquella evidente dosis de cinismo se despidió. Aunque, bien mirado, fue una buena forma de quedar bien vetando cualquier posibilidad de futuros momentos posibles para volver a “quedar” con su viejo colega (a no ser que otro “encontronazo” les volviera a juntar).  

Era cierto. Siempre se llamó Leopoldo. Ahora iba entendiendo por qué dejó de ser amigo de Francisco. ¡No había quien lo aguantara!

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