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EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (SUNSET BOULEVARD)

>> sábado, 27 de octubre de 2012


La gran Gloria Desmond descendiendo por las escaleras de su palacete

El otro día tuve una pesadilla que no terminó de resultarme desagradable. Era una pesadilla con un cierto aroma estético que podía saborearse, disfrutarse. En ella aparecía una mujer histriónica a la que en un principio confundí con la Aurora Bautista de “locura de Amor”. Luego descubrí que se trataba de la Swanson de “El crepúsculo de los dioses”. Este fue sin duda, su mejor papel, el más recordado más allá de todas sus grandes glorias de la época muda. Aquella época que tantos grandes astros defendieron a capa y espada criticando el cine en su modernidad (la modernidad de por aquel entonces, hoy también caduca como la otra). Y es que hay personas y personajes (caras y caretas) que se quedan ateridos al alma para no marcharse jamás. Estos personajes, ficticios, suelen ser en su mayoría agradables al recuerdo. Durante mi infancia, sin embargo, algunos de estos me causaron verdaderos traumas (y este de la Swanson, de haberlo visto también de niño, también me habría asustado). Pongamos el Boris Karloff de Frankenstein, el Norman Bates de Psicosis y otros tantos para los cuales la rememoración resultaba peligrosa. La Swanson sin duda deseó quedarse grabada en la retina del espectador, pero creo que nunca imaginó que sería recordada por este film de Billy Wilder. Un film en el que prima más el interés por las historias reales que existen dentro del mismo, que la propia valoración como película (sin duda, no es de las mejores de Wilder). “Sunset Boulevard” es, en definitiva, una mirada hacia ese cine perdido que tantos traumas causó para quienes habitaron en él. Una película sobre la decadencia, de la cual siempre se podía extraer una buena novela negra (y, para esto, Wilder tuvo muy buen ojo). La dorada época de los veinte, cuando todo podía expresarse mediante la interpretación gestual, esa que acabó convirtiendo al personaje de Swanson en ese monstruo tan atractivo para un film de suspense. Esa época en la que los actores acababan convirtiéndose en personajes reales. Algunos de ellos, como Bela Lugosi (que ordenó ser enterrado con su capa de Drácula), acabaron muriendo creyéndose más seres ficticios que verdaderos, y sobre otros incluso se especuló (recordemos la otra historia vampírica de Max Shreck, al que se le atribuía ser un chupa sangre realmente). Pero no hace falta irse al género de terror. El mismo Erich Von Stronheim, otro de los actores de “El crepúsculo de los dioses”, jugaba a disfrazarse de oficial alemán y adoptar dotes aristocráticas dentro y fuera del celuloide. Tanto Stronheim como Swanson encarnan sus propias historias reales revestidas de nombres falsos. El único que figura con su nombre original es Cecil B. Demille. Su Cameo bien vale su auténtico nombre, ya que es de los pocos que no sale mal parado en el film. Salvo algunos como él, que supieron adaptarse a los nuevos tiempos, toda una generación fue barrida del mapa con el advenimiento de un cine sonoro lleno de diálogos. Todos aquellos nombres que figuraban en la primera página de las revistas cinematográficas, fueron poco a poco cediendo el puesto a esa sangre nueva con bonitas voces y renovados conceptos del séptimo arte.

Stronheim, recuperando su antiguo oficio de cineasta, a su pesar

“Sunset Boulevard” es toda una crónica a ese “paraíso perdido”, un guiño o un recuerdo, por así decirlo. Y, qué duda cabe, que la integración de personajes reales dentro de la trama aumentó todavía más ese morbo tan atractivo a la hora de centrar la atención en una historia que se nos ofrece. Pero también este film es una ruptura con todo ese mundo legendario y mítico, una desacralización de todo aquello utilizando su cara más amarga como herramienta más contundente. Otra de las herramientas, sin duda, es la ironía, como forma de quitar hierro al asunto.
Una época en la que los cines se erigían como auténticas iglesias profanas donde se efectuaban ritos diarios por parte de masas enfervorecidas que iban en pos de nuevos dioses. Dioses que, en algunos casos y por causas ajenas a sus propias intenciones, supieron retirarse a tiempo. Estoy pensando, por ejemplo, en el fin de uno de los grandes mitos: Rodolfo Valentino. Con él murieron, de la misma forma que él (esto es, muerte física y no simbólica) un nutrido grupo de féminas fans que supieron llevarlo, como antes he dicho, más allá de la pantalla y volverlo de carne y hueso. Creyeron en un Valentino real, gran error. Pero otras grandes figuras, como “la” Garbo, no necesitaron la muerte natural para desaparecer de las carteleras, sabiamente.
Una época en la que las salas de proyecciones se disfrazaban de arte barroco para no quedar en desigualdad respecto de ese gran espectáculo que proyectaban.
Una época de lujos, desenfreno y frivolidad. La fama hacía derrochar el dinero a manos llenas porque se pensaba que aquello iba a durar eternamente. Pero no hay mal que cien años dure (y en cuanto al bien, bien se sabe que dura muchísimo menos). Y todas aquellas mansiones lujosas, todo ese tren de vida, acabó por acabar con quienes hicieron uso de él tan inconscientemente. He aquí la gran historia. Y ese cambio de status y ese olvido, provocaron en muchas de las víctimas profundas crisis, incluso de identidad.
Norma Desmond (Gloria Swanson para los amigos) se enamora de Joe Gillis, un joven guionista. Más que enamorarse, se encapricha de él, encuentra en su persona una forma de prolongar su juventud y su gloria. Lo secuestra porque cree que él la relanzará como persona y actriz. Tras tres maridos frustrados, debió de decir: “Si no ha podido ser a la tercera, a la cuarta irá la vencida”. ¿Los otros tres dejaron huella en ella? (uno de ellos realmente no se despegó de ella nunca). Al parecer, no, aunque como he dicho al comienzo de este artículo, hay personas que nunca nos abandonan, se quedan en nosotros como cicatrices aunque nos duela recordarlas. ¿Cómo encontrar el láser que las destruya? Para Max (el que no se despegó de ella, de Norma Desmond), esta cicatriz-actriz-mujer debió de ser muy profunda en su alma. Max la continuó amando, tanto sentimental como profesionalmente. Creía en ella como actriz. La quería por encima de todo y deseaba verla feliz, aunque tuviera que obligarla a vivir entre mentiras con olor rancio a pasado. Desmond estaba tocada, tocada psicológicamente, y el jovencito Gillis le vino como anillo al dedo para tratar de llevar a cabo una terapia médica placentera. Max no representaba nada para La señora Desmond, cruel realidad que nos activa todos los sensores emotivos. Gillis, si cabe más frívolo que la Desmond, acepta su juego y se mete en una buena. Esto es “El crepúsculo de los Dioses” más allá de toda evocación histórica a un cine muerto hace veinte años (veinte años en la época en que se hizo al película, se entiende- años 50).
Wilder demuestra, por otro lado, que es capaz de moverse en todo tipo de registros. Por otro lado, se nota que todavía andaba buscando el registro definitivo, ese que ya nunca abandonaría. Esto puede explicar, en cierto sentido, la heterogeneidad del film, incluyendo escenas tan extrañas e interesantes como aquella tan disparatada del entierro del mono, o la ocurrencia de utilizar la voz en off de un cadáver… y, por supuesto, la secuencia final y apoteósica de la “Salomé” improvisada de la Desmond, tan impresionante.
Por eso, “Sunset Boulevard” es un buen testimonio en todos los sentidos. Testimonio de un cine desaparecido y de un Wilder que todavía andaba formándose, gestándose. Y solo por eso, merece tener pesadillas con este film.

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