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ESPÍAS, MISTERIO, CUENTOS Y LEYES CON PIES DE BARRO

>> jueves, 11 de octubre de 2012


Con mi amigo Humphrey

El otro día, caminando por la Calle Alcalá, pasé por “La tienda del Espía”. Desde pequeño, me había llamado la atención. Por entonces, el muñeco de Humphrey Bogart ya decoraba la entrada, situado entre los dos escaparates de los lados. El espía, como tal, ofrece sus servicios a bombo y platillo, se convierte en un secreto a voces. Ya no hay misterio, el negocio se ha hecho público. En realidad, un espía, por la influencia cinematográfica, se convierte en un proscrito, en un apestado al que “todo hombre de bien” debe de temer. Algo que sabemos que existe, que está ahí, pero que la sociedad rechaza. La sociedad políticamente correcta, la que luego no se inmiscuye en esos sucios asuntos que tanto rechaza. Un espía es algo así como un detector de radares. Suena a ilegal, pero todo el mundo puede hacer uso de él en algún momento de su vida. Todos en algún momento nos hemos sentido estafados de algún modo y nos hubiera gustado que alguien investigase aquello a lo que no podemos llegar con nuestros propios medios. Algo moralmente inaceptable pero práctico, al fin y al cabo. Recopilar información de carácter privado o íntimo para redactar luego un informe para alguien que “no debería enterarse” de aquello.
El cine resulta fascinante porque consigue que nos interesemos por aquello que no es aprobado gubernamentalmente. Las leyes dictadas por la política y violadas por ella misma cuando cree que nadie la ve. El caso Watergate, por ejemplo.
El cine puede conseguir que un ladrón de guante blanco cautive a un niño que establece su primer contacto con el género negro. Su elegancia, su alto nivel de vida, sus conquistas, lo hacen suculento… y algunas veces se encuentra incluso dentro de los límites de la legalidad.
Sam Spade investiga un caso turbio por su cuenta. Humphrey Bogart resulta un actor atractivo, aunque precise subirse a una caja para llegar a la altura de Ingrid Bergman en “Casablanca”. Dicen que a Clark Gable, otro tipo duro, le olía el aliento.
En la clandestinidad de una sala de cine, llena de oscuridad y de humo (cuando antiguamente se podía fumar dentro de ellas) asistimos a una representación de aquello que trata de ocultársenos en la realidad (pero que sale a relucir de algún u otro modo), aquello que nos entretiene por su morbosidad. Crímenes, lujuria, corrupción… El código Hays se encargó de meter mano en este terreno que, hasta entonces, parecía vedado para las autoridades. Restricciones de todo tipo que evitasen una “mala educación” en el espectador.
Otro terreno peligroso: un hombre representante de la ley decide pasarse por el forro las normas de la policía para aplicar su propia ley. Un “Harry el Sucio” que va por libre y que es admirado por el espectador porque, en el fondo, todos piensan que está haciendo justicia.
Pero los niños ya conocieron un primer ejemplo claro de renegado: el cazador que debe ir al bosque a por Blancanieves para asesinarla (sí, digámoslo con esta palabra, “asesinar”) y llevarle, en prueba de su buen trabajo a su jefa, su corazón metido en una cajita. No obstante, el cazador comprende que lo que va a hacer es monstruoso y decide en último momento salvar a Blancanieves y entregar, en lugar de su corazón, otro de un animal que cace en el bosque.
“Lo prohibido” está presente en muchos cuentos infantiles. Aquello que no se debe conocer y que, por culpa de la curiosidad, se llega a conocer. Una curiosidad que puede matar al gato en muchos casos. Hay multitud de ejemplos y muchos de ellos se enmarcan en la imagen de una habitación que esconde algo secreto, algo “fascinante” para el que quiere conocerlo y no le es permitido.
Desde la habitación que esconde el huso envenenado de “La bella durmiente”, hasta la habitación llena de cadáveres de las víctimas de “Barba Azul”… o, por qué no, el desván donde se encuentra la talla del Cristo en “Marcelino pan y vino”.
El cuento, siempre moralizante, castiga a quien desobedece la orden (aunque, en algunos casos, sea necesario este descubrimiento para que el cuento muestre por fin partes imprescindibles para su comprensión completa- véase la habitación de “Barba Azul, gracias a la cual se descubre la maldad del personaje, su tendencia criminal).
El castigo puede ser relativo, no siempre incluye la pena capital: “La Bella Durmiente” no muere sino que queda sumida en un sueño que solo cesará cuando el Príncipe la bese. “Barba Azul” “casi” asesina a la chica por descubrir la habitación. En “Marcelino pan y vino”, la historia es distinta. Por lo que se ve, que Marcelino subiese a desván formaba parte de su destino… y de él, nunca se puede escapar.
¿Y cuando lo misterioso se encuentra en el lugar natural de su protagonista? ¿Y cuando es el misterio el que acude allá donde se encuentra el protagonista para atormentarlo? Véase “el hombre del saco” o “el monstruo del armario”. Un viejo cuento ilustrado de Calleja, contaba la historia de una niña a la que le encantaba leer “Cuentos de hadas”. Durante una noche, mientras la niña duerme, un cortejo de personajes fantásticos se introduce en su dormitorio y la someten a una “mágica” operación, la cual consiste en clavarle en la espalda dos alas. La niña es convertida por la fuerza en hada mediante procedimientos casi de la KGB. El cuento consigue convertirse (a pesar suyo, gracias a su crueldad) en una pesadilla terrible. Los cuentos siempre contienen algo cruel, algo que impulsa a los niños a hacerse mayores (también contra su voluntad). Mediante la ficción, mediante lo mágico, se dan de lleno con hechos terribles de una realidad que todavía no conocen. La maldad está ahí, latente, en la sociedad. Lo malo es que se crea por parte del niño que esto se encuentra, como lo mágico, dentro de los límites de lo irreal. Que haya sido soñado, como lo que la pobre niña imaginó mientras dormía después de haber leído cuentos de hadas (sugestionada por la lectura, indudablemente).

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