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FÁBULA-REALIDAD, REALIDAD-FÁBULA

>> martes, 2 de octubre de 2012

Un niño en un zoológico acaba de presenciar una escena sorprendente. El niño acababa de asumir una gran mentira ideada por su padre. La culpa la había tenido una jaula de monos. El padre le había contado una milonga al hijo acerca de uno de los simios, aprovechando esa ingenuidad infantil que da crédito a lo más disparatado. Una crueldad, vamos a decirlo sin ambages. “Fíjate hijo, ese mono de ahí antes de comerse los frutos secos que le tiran se los mete en el trasero.” El niño necesita saber por qué. El padre se lo explica (se lo inventa): “Porque una vez se comió uno sin pelar y luego tuvo problemas de estreñimiento. Por eso, cada vez que va a tomarse uno, lo mide para ver si cabe en el agujero, para ver si podría salir fácilmente una vez ingerido.”
Tras esta escatología, comienza la escena sorprendente. El niño se ha ido pensando en esto que le acaba de contar su padre. Sin saber cómo, ha aterrizado de narices contra el estanque de los patos. En el estanque hay una valla que separa los patos de color negro de los patos de color blanco. Es temporada de polluelos y se observan grupitos de nuevos inquilinos en los dos bandos. La cosa está en que uno de esas criaturas (concretamente, una de las criaturas blancas) ha pasado la valla sin saberse muy bien cómo y ha aterrizado en el lado de los patos blancos. Como si del patito feo se tratara, una de las madres trata de echarlo a picotazos del lado de sus hijitos negros. Su comportamiento ha sido de protección, una protección humana. El patito blanco, resignado, ha vuelto al regazo de su madre, la cual, le ha sorprendido también con picotazos. En jerga humana se entendería como: “¡Si es que no se te puede dejar solo! ¡No vuelvas a acercarte más allí, que mira la que has montado!” Tras esto, la madre pata blanca ha cruzado como su hijo la valla y ha llegado hasta la madre pata negra para comportarse de forma también bastante humana, emprendiéndola a picotazos con ella: “¿Y tú quién te crees que eres para portarte así con mi hijo? ¡Bruja, más que bruja!” ¡Como si solo la madre tuviese derecho a regañar a su hijo, a picotearlo! Fantástico. Toda una escena costumbrista acaecida en menos de cinco minutos. Y todo esto lo ha visto el niño pequeño. La pregunta es: ¿El padre, de haber visto lo que vio su hijo, se habría replanteado la historia del mono? Poniendo delante las dos historias, actuarían casi como si de una imagen especular se tratase.
Después de todas estas cuestiones, cabría incluso una más: ¿Tiene algo que ver esta historia con la actitud que dicho niño tomó después, al cumplir veinticuatro años? ¿Le influyó en su personalidad? La actitud puede resumirse en que dicho niño sustituyó el suelo de moqueta verde de su habitación por césped natural que plantó de la noche a la mañana, a puerta cerrada, sin que su fantasioso padre se enterase.

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