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FUE SOLO UN “JUEGO”

>> miércoles, 24 de octubre de 2012


Cuando abrió la cajita, su mentalidad había cambiado por completo. Ahora creía en lo que iba hacer, creía en aquel juego. De nada habría servido tomárselo a broma. ¿Habría sido útil en un alquimista trabajar creyéndose incapaz de su tarea para con el oro? No. Pues esto, en parte, era lo mismo.
Cuando sacó de dentro de la cajita aquel artefacto mágico, había olvidado su pasado. Se encontraba deseoso de presente y, sobre todo, de futuro. ¿Qué destino le aguardaría? Pronto lo iba a saber.
En el fondo de la caja, quedaba todavía algo, quizá lo más importante.: un sobrecito blanco que guardaba dentro un disco de cartón. A través de su circularidad rodaban una serie de imágenes en miniatura que el artefacto se encargaría de agrandar y volver reales.
Introdujo el disco en la ranura delantera de aquel artefacto, mitad prismático y mitad linterna mágica, y observó a través de sus lentes sus cinco nuevas propuestas para su vida.
En la primera, se describía una escena encantadora dentro de un salón idéntico al de su casa. En ese salón se encontraba en este momento. ¿Qué es lo que sucedía dentro de la diapositiva? Una muchacha se encontraba sentada en el sofá (el mismo sofá en el que él se encontraba sentado en aquel momento) cogiendo de la mano a un muchacho. La muchacha era su vecina. El muchacho era él. ¡Por fin se confirmaban sus sospechas! Ella se encontraba enamorado de él, había accedido a su “petición de mano”. Ahora, aparecían unidos por sus miembros superiores. Satisfecho de esta primera predicción futura, le dio a la palanca de la maquinita para que la siguiente imagen apareciera. Esta nueva adivinación mostraba un parque que tal vez sería el que había debajo de su casa. Sí, tenía que ser ese parque. En la imagen, él y ella paseaban llevando un cochecito de bebé. ¡Su primer hijo! Qué emocionante… Rápidamente, deseando adelantarse a un nuevo capítulo vital, hizo que la palanca girase el disco con la correspondiente nueva imagen. En esta tercera estampa, aparecía un muchacho discutiendo con su padre. El padre era él, por lo que el muchacho tenía que ser por fuerza su hijo ya crecido. Calculó que tendría menos de veinte años. El muchacho se mostraba violento de carácter y el padre, aparentemente paciente, trataba de calmar las aguas tormentosas de aquella situación. Entonces, se preguntó: ¿Dónde estaba ella? La palanca continuó realizando su trabajo obedientemente y una cuarta escena apareció ante los ojos del espectador. En ella, aparecía un hombre cogido del brazo de una mujer. La mujer era la vecina. El interesado, sintió que había perdido el apetito de juego y bajó la máquina para apoyarla sobre sus piernas.
Quedaba todavía una imagen. ¿Qué podría suceder? Había visto dos escenas positivas para él y otras dos correspondientes que ejercían de contrapeso a las anteriores. ¡No todo iba a ser maravilloso en la vida!
Cuatro imágenes vistas y una todavía inédita. Había que romper el empate de buena y mala suerte. Haciendo un pequeño esfuerzo, volvió a colocar la máquina a la altura de sus ojos. La última imagen era la imagen de un crimen. Un hombre había matado a otro. Uno era más joven que el otro. Uno de los dos tendría que ser él. Sintió un profundo mareo que comenzó a emborronar su visión. “¿Iba a dejarse amedrentar por un juego de niños como este?” se preguntó para sus adentros siendo consciente de que acababa de dejar de creer en lo mágico. Deseando retomar su antigua vida guardó la máquina en la caja. Este fue el primer acto que realizó, no habiéndolo meditado demasiado. Sentía curiosidad por aquella terrible escena que había acabado de ver. Necesitaba saber cuál sería su papel, si el de verdugo o el de víctima (fatales los dos), y quién sería el otro sujeto ejecutador o ejecutado. Su malestar no pasaría hasta descubrir aquello… Quizá lo que encontrara en aquella imagen podría ponerle en peor estado. No le importaba, la decisión ya estaba tomada. Volvió a abrir la caja, sacó la máquina, miró y trató de enfocar con cuidado. El hombre que yacía en el suelo, definitivamente, era él. ¿Quién era entonces el otro? Los rasgos eran inconfundibles: se trataba de su hijo, un poco mayor quizá que en la otra imagen. Terrible conclusión la que acababa de contemplar. ¿Pero por qué su propio hijo iba a acabar con él?
En ese momento, sonó el timbre de la puerta. Fue a abrir y se encontró con la vecina. Quería un poco de sal ¡qué típico! Luego, se sintió interesada por la máquina, que se encontraba sobre el sofá. Él le dijo que era una vieja máquina que le habían regalado de niño y en la cual se podían ver las cosas en tres dimensiones. “¿Y para qué necesitas una máquina cuando ya puedes ver las cosas en tres dimensiones?” Entonces él se percató de que había olvidado comentarle que aquella máquina funcionaba con pequeños discos a través de los cuales podían verse todo tipo de historietas: Desde “Buffalo Bill” hasta el cuento de “Los Tres Ositos”. Ella preguntó si podía verla y entonces él le dio un rotundo “NO”.
En cuanto pudiera se mudaría de casa y devolvería aquella máquina al charlatán que se la había vendido. Le diría “esto es una gran mentira. No me gusta que me engañen y exijo mi dinero”. Debía pensar, y esto era más delicado, cómo debía de despedirse de la vecina, cortar lazos.
¡Menuda paradoja! Renunciar al amor por superstición y volverse de repente un incrédulo. Dos decisiones tomadas al mismo tiempo.
Solo una cosa continuaba siendo cierta en su vida: Temía “creer”.  

                         

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