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MADERA DE CREADOR

>> lunes, 1 de octubre de 2012


El otro día, recorriendo la feria del libro viejo y de ocasión que el Ayuntamiento de Madrid organiza todos los años en Recoletos, encontré un puesto que me llamó extraordinariamente la atención: aparentemente era como los demás, pero bastaba con fijarse un poco más de lo normal para descubrir que en cada cajón de libros había etiquetas clasificadoras diferentes de las que se suelen colocar. En este caso, el librero había optado por dotar de títulos originalísimos cada sección de su tienda. Había una etiqueta que decía, por ejemplo: “Escritores que aspiran a convertirse en clásicos”. En esto, pensé, nos encontramos todos los individuos con aspiraciones literarias que deseamos salir del anonimato gracias al talento que creemos tener. Confiamos en que ese escritor que llevamos dentro nos saque de pobres. Ahora se encuentra gestándose en el interior, creándose. Ahora es cuando toca formarse, adquirir conocimientos y utilizarlos a favor nuestro, dotarlos de nuestra propia coherencia. Construir mediante nuestra originalidad, proponer algo todavía inexistente. Combinar los elementos que la cultura nos ofrece para crear nuestro propio puzzle. Un puzzle que existe en el caos de las cosas, en ese limbo que espera a ser tenido en cuenta. Ir sacando poco a poco todas esas construcciones pre-existentes. En realidad no creamos sino que mostramos al mundo algo ya construido. Hemos utilizado una serie de piezas que se nos han dado y hemos dado con una clave hasta entonces desconocida… ¿O no? A lo mejor alguien ya ha escrito en algún punto del mundo lo que nosotros consideramos único, irrepetible. ¿Quién sabe? Alguien dijo que el creador simplemente siente el arte con toda la pasión que le es posible, resultando a veces constructivo y a veces destructivo.
¿Y quién soy yo ante todo esto? He tratado de construir un autorretrato rescatando de aquí y de allá elementos que he empleado en construir ficciones pero que en realidad hablan de mí, porque ahí estoy yo. Mi propia vida, a veces tan inverosímil, me ha servido para construir novelas, poemas, ensayos u obras de teatro.
Para comenzar, he de confesar que soy de esas personas que tratan de amar la vida, más allá del arte.
Una persona muy especial me recordó en cierta ocasión un fragmento de la novela “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury:

“¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y ¿qué significa la palabra calidad? Para mí significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través de la lente, encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener de cada hoja de papel, cuanto más "literario" se sea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente. Los buenos escultores tocan la vida a menudo. Lo mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos la violan y la dejan por inútil”.    

No puedo estar más de acuerdo. Aunque resulte de cajón, para escribir es necesario mirar alrededor y comprender algo del espectáculo que se nos ofrece. No importa que de este espectáculo hablemos de si hemos participado de él o no. Aunque toquemos a la realidad de un halo fantástico, no podemos dejar de tenerla en cuenta. No es que resulte necesario hablar de la realidad, es que no podemos no hablar de ella si escribimos, pintamos, componemos o filmamos.
Buero Vallejo decía que su teatro trataba de poner las miserias del ser humano en escena para que el espectador fuese consciente de ellas y sintiera cierto compromiso como individuo. Él anhelaba que un día no muy lejano esas miserias desaparecieran, y encontraba muy loable la escritura como medio para reflexionar sobre esto. No creía que su trabajo pudiese hacer que desaparecieran, pero confiaba en que con ello pudiese ponerse una losa en la construcción del camino.
El escritor debe ser consciente de que se debe a un público (es decir, en ese otro que lee lo que escribe aparte de él mismo) y que ese público debe sentir cierta identificación en lo que lee. Yo nunca he creído, como tampoco creyó nunca Rafael Azcona, que para ver una película o leer un libro hubiera que pasar antes por la Sorbona. Las cosas abstrusas que confunden oscuridad con profundidad, como él bien decía, no son tampoco de mi agrado.
La pregunta es por qué creo que llegaré algún día a ser algo más que un aspirante a algo. Mucha gente cree en mí, presume por tanto de dotes adivinatorias, pero yo aún así veo cada vez más complejo el hacerse camino dentro de un mundo tan atestado de promesas que desean dejar de serlo para convertirse en evidencias.
Sé que llevo algo dentro que me empuja a trabajar en este camino que, más que enlosado, parece resultarme una losa. Creo que lo que digo puede ser importante, puede llegar a tenerse en cuenta. Puede interesar al arte, a la cultura, a la vida.
El artista maldito ha muerto junto con el romántico. Las leyendas de grandes creadores han expirado. El morbo ha disminuido. Ahora, cada vez más, se tiene antes en cuenta la obra que el autor.
Me alegra decir esto, puesto que ni fumo, ni bebo, ni arriesgo mi vida tontamente. Además, cuando hablo, se me entiende. Todo esto ha sido construido mediante la siguiente fórmula: evitar lo que siempre he detestado. No creo en que haya que vivir rápido para dejar un bonito cadáver, como dicen que dijo James Dean. Desprecio los paraísos artificiales. Cierto es que han dado lugar a obras bellas, pero no debemos dejar embaucarnos por Baudelaire. Lo estético no conoce de trabas, por lo que podemos desarrollarlo por multitud de caminos sin renunciar nunca a nuestra autobiografía. No es cuestión narcisista, sino realista. ¿Podríamos escribir algo sin nuestra propia experiencia como herramienta fundamental? Incluso si escribimos basándonos en este autor o en tal obra, esto también forma parte de nuestra vida, pues ha sido “nuestra” elección el fijarnos en esto o en lo otro. Estos autores deben de tener algo en común con nosotros, pues como ya he dicho juega mucho a nuestro favor la identificación, el sentirnos afines en algún aspecto con aquello que nos llama la atención.
Sigo y seguiré luchando por esta intuición que siento dentro de mí. Sin ella, el barco quedaría sin timonel y naufragaría sin remisión. 
          

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