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ORIGEN DE UNA HUMILDE MODERNIDAD

>> lunes, 1 de octubre de 2012


Un escultor trabajaba intensamente para dar a luz un cuerpo femenino casi de tamaño natural. Como uno de esos personajes fantásticos (en los dos sentidos de “Fantástico”- maravilloso y más allá de lo real) de Álvaro Cunqueiro, aquella mujer estaba tardando en nacer varios días. El periodo de gestación se estaba alargando más de lo normal. El artista iba clavando su cincel aquí y allá, en aquella masa de escayola bajo la cual se escondía la pieza, todavía ciega (y, paradójicamente, esperando a ser deslumbrada por las luces de la vida). Con el formón iba quitando capas y capas, destrozando aquella caverna tras la cual un cuerpo ansiaba respirar.
Un día, descubrió que el gran caparazón blanco se había adoptado lo máximo posible a la escultura que contenía. La mujer parecía ahora cubierta de una fina capa de lodo blanco que la insinuaba todavía sin concretarla. La mano iba cada vez más cautelosa, temiendo dañar con un golpe errado aquello que había esperado a ver tanto tiempo. Cada día, se encontraba más cerca del final de aquel misterioso parto. Aún a pesar de carecer de madre, la criatura esperaba que su creador le diese el empujoncito que le faltaba.
Entonces, el autor detuvo su faena para contemplar algo que acababa de descubrir. La belleza ya se encontraba ahí. Un nuevo tipo de belleza, eso sí, pero belleza al fin y al cabo. Una belleza todavía por descubrir. Una belleza tosca, muy rudimentaria, abocetada. Pero… ¿Y la otra belleza? La belleza para la que había estado trabajando durante tanto tiempo. ¿Ahora no importaba? Al parecer, no. Una nueva ilusión había germinado en el escultor, y esta había desplazado a la anterior, como el hermano pequeño desplaza al mediano en cierto sentido.
Cuando Kandinsky descubrió el arte abstracto al contemplar uno de sus cuadros figurativos boca abajo, debió sentir algo parecido.
El escultor se alejó de su obra para alcanzar una mayor perspectiva. Pisó todos los trozos blancos que yacían muertos y descascarillados en el suelo. Tenía que asimilar su descubrimiento.
Inocente de él, lo que no sabía es que esta nueva “visión” había sido propiciada por el temor, por el miedo a equivocarse de un cincelazo y destruir algo por lo que había estado trabajando durante tanto tiempo. ¡Qué caprichosa es la voluntad humana… y qué difícil de domar!

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